Flashman y la Montaña de la Luz

FlashmanLuz

El impenitente aventurero viaja a la India y, curiosamente, al poco tiempo estalla la guerra de los sijs. Una aventura en la que, además de descubrir los entresijos de los servicios secretos en tiempo de guerra, Flashman tendrá tiempo de embarcarse en la búsqueda de una mítica piedra preciosa, inmiscuirse en asuntos secretos con su característica falta de tacto e incluso darse un revolcón con alguna de las muchas bellezas orientales que le saldrán al paso. Todo un carácter.

(Volumen IV de la serie Flashman)

ANTICIPO:
–Tengo un oído excelente –continuó–. Bueno, además me acuerdo con toda precisión de aquellas palabras indias que usted me enseñó, a petición mía, hace tantos años. –Suspiró y bebió un sorbito de té y luego para mi desconsuelo las pronunció–: Hamare ghali ana, achha din. Recuerdo que lord Wellington decía que era un saludo hindú.

La verdad es que eso era lo que solían gritar las prostitutas bengalíes para atraer a sus clientes, así que no estaba demasiado equivocada. Fueron las primeras palabras que se me ocurrieron aquel día memorable de 1842 cuando el viejo duque me llevó a palacio después de mis heroicas hazañas en Afganistán; me quedé allí de pie temblando y medio atontado ante la realeza, y cuando Albert me pidió que dijera algo en hindi, me salió aquello. Afortunadamente, Wellington tuvo el sentido común de no traducirlo. La reina no era a la sazón más que una chiquilla, que sonreía tímidamente viendo cómo me colocaba la medalla que yo no merecía; ahora, en cambio, era una viejecilla obesa, marchita y gris, que zangoloteaba sobre las tazas de té en Windsor y devoraba merengues. Su sonrisa seguía intacta, sin embargo, y las patillas de los soldados de caballería, ya canosas, seguían atrayendo a la pequeña Vicky.

–Es una lengua muy alegre –añadió–. Estoy segura de que debe de tener muchos chistes, ¿verdad, sir Harry?

Podía recordar unos cuantos, pero pensé que era mejor contarle el más inocente, que empieza así: «Doh admi joh nashemen the, rail ghari men safar kar raha ta…».

–¿Y qué significa eso, sir Harry?

–Señora, significa que dos amigos viajaban en tren, sabe, y estaban, lamento decirlo, ebrios…

–¡Pero Harry! –gritó Elspeth, conmocionada, pero la reina se limitó a beber otro sorbito de té con whisky y me hizo señas de que continuara. Así que le conté que uno de los tipos dijo: «¿A qué día estamos?», y el otro contestó: «A miércoles», y el primer tipo dijo: «De?monios, ahí es donde tengo que bajarme yo». Ni que decir tiene que esto las hizo reír a carcajadas… Mientras se recuperaban y me pasaban el bizcocho, me pregunté por milésima vez por qué estábamos allí, Elspeth y yo y la Gran Madre Blanca, tomando el té juntos.

Aunque yo estaba ya bastante acostumbrado, durante los últimos años, a que me llamaran a Balmoral en otoño para escoltarla en los paseos, llevarle el chal y soportar sus balbuceos y esos malditos gaiteros por las noches, una reunión en Windsor en primavera era algo nuevo, y cuando aquello incluía «a la querida señora Flashman, nuestra encantadora Rowena» –la reina y ella pretendían sentir pasión por Walter Scott– no podía imaginar de qué demonios se trataba. Elspeth, cuando se recuperó del éxtasis de ser «llamada a la corte», como ella decía, estaba segura de que me iban a ofrecer el título de caballero con motivo de los actos con que se celebraba el jubileo regio. (No hay límites para el absurdo optimismo femenino.) Yo le bajé los humos indicándole que la reina no guardaba coronas en el armario para regalárselas a las visitas; que los nombramientos eran cosa oficial; y, de todos modos, ni siquiera Salisbury llegaría tan lejos como para ennoblecerme, porque no valía la pena sobornarme. Elspeth dijo que yo era un cínico espantoso, y que si la reina en persona requería nuestra asistencia debía ser por algo grande y que, ¿qué demonios se iba a poner?

La gran ocasión resultó ser el espectáculo del Salvaje Oeste de Buffalo Bill.1 Comprendí que me ha?bían llamado porque yo había estado allí y se me consideraba una autoridad en todo lo relativo al salvaje oeste, así que nos quedamos incómodamente sentados en Earl’s Court entre un grupo de cortesanos aduladores, mientras Cody, con un curioso traje de ante que habría hecho morirse de risa a todos en Yellowstone, hacía cabriolas sobre un caballo blanco, saludando con el sombrero. Había suficiente pintura y plumas para adornar a toda la nación sioux, los bravos aullaban y blandían sus hachas, los domadores obligaban a sus caballos a hacer corvetas, una diligencia con vírgenes aterrorizadas sufría un asalto, y el gran hombre llegaba en el último momento disparando hasta que no se pudo ver nada por la nube de humo; la reina dijo que era todo extraordinario e interesante.

–Y ¿qué significan esos extraños diseños de las pinturas de guerra, mi querido sir Harry?

Dios sabe qué le contesté; el hecho es que, mientras todos los demás aplaudían el espectáculo, yo recordaba que sólo once años atrás estuve corriendo como un demonio ante los verdaderos indios en Little Bighorn, a punto de perder mi cabellera en el trance… un punto que le mencioné a Cody más tarde, cuando me lo presentaron. Él gritó que sí, que él se perdió aquella fiesta, y que no me envidiaba demasiado, ¿verdad? Viejo mentiroso. Por cierto: me di cuenta, cuando la reina nos llamó de nuevo a Elspeth y a mí a Windsor y nos invitó a un té para tres al día siguiente, de que nuestra presencia en el espectáculo había sido accidental, y que la verdadera razón de nuestra invitación era otra muy distinta. Resultó ser un tema trivial, pero me inspiró estos recuerdos, así que en ello estamos.

Ella quería nuestra opinión, según dijo, sobre un tema de la mayor importancia… Y si encuentran extraño que confiase en alguien como nosotros, un patán jubilado de heroicas hazañas pero dudosa reputación y la hija de un comerciante de Glasgow…, es que no conocen a nuestra gran emperatriz. Sí, ella era una maniática y una persona intratable, sin duda alguna, la soberana más grande y poderosa que existió jamás, y ella lo sabía, pero… si uno era amigo suyo, entonces la cosa era totalmente diferente. Elspeth y yo no formábamos parte de la corte, y sólo estábamos a medio camino de la alta sociedad, pero la conocíamos desde hacía mucho tiempo… Bueno, yo siempre le había caído bien (como a todas las mujeres) y Elspeth, aparte de ser de una belleza tan feliz e ignorante que ni siquiera las de su propio sexo podían evitar admirarla, tenía el precioso don de ser capaz de hacer reír a la reina. Se habían conocido las dos de jóvenes y ahora, en las raras ocasiones en que se encontraban tête-à-tête, hablaban por los codos como dos abuelas, que es lo que eran… Bueno, pues aquel día precisamente (cuando yo estaba lejos y no podía oírlas) le dijo a Elspeth que había algunos que querían que aprovechase sus bodas de oro para abdicar en favor de su desagradable hijo, Bertie el Basto.

–¡Pero no haré tal cosa, querida! Quiero sobrevivirle, si puedo, porque no está preparado para reinar, como nadie mejor que su querido esposo sabe, ya que tuvo la ingrata tarea de instruirle.

Era verdad, pues hice de proxeneta para él ocasionalmente, pero fue un esfuerzo desperdiciado; se habría convertido en un gamberro y un putero igual de grande sin mi tutela.

Sin embargo, ella quería nuestro consejo sobre sus bodas de oro precisamente.

–Y especialmente el suyo, sir Harry, porque sólo usted tiene los conocimientos necesarios.

Yo no podía imaginar sobre qué. En primer lugar, ella llevaba meses recibiendo cantidad de consejos sobre la mejor forma de celebrar el cincuenta aniversario de su subida al trono. El imperio entero estaba en un frenesí de celebraciones, con discursos, fiestas y todo tipo de extravagancias semejantes; las tiendas rebosaban de jarras, bandejas y baratijas conmemorativas con el escudo de la Unión Jack y retratos de su majestad con un aspecto condenadamente sombrío; se crearon canciones, marchas para los desfiles e incluso polisones del jubileo con música del Dios salve a la Reina, de modo que cuando la portadora se sentaba… Traté de que Elspeth comprase uno, pero dijo que era poco respetuoso, y además la gente podía pensar que la música procedía de «ella».

La reina, por supuesto, tenía la nariz metida en todas partes, para asegurarse de que las celebraciones eran dignas y útiles: aprobó las iluminaciones de Cape Town, las cajas de bombones para niños esquimales, los planes para parques y jardines, los vestíbulos y fuentes para pájaros desde Dublín a Dunedin, las túnicas especiales (es la pura verdad, se lo juro) para los monjes budistas de Birmania, y raciones extra de pudín para los leprosos de Singapur, todo con motivo del cincuentenario. Si el mundo no recordaba 1887 y a la abuela imperial de la que manaban todas las bendiciones, no sería culpa suya. Y después de años de purdah,* le había dado por salir de picos pardos a gran escala, a cenas para conmemorar sus bodas de oro en el trono, asambleas, veladas y dedicatorias… Maldita sea, incluso visitó Liverpool. Pero lo que más la complacía, parece ser, es que la fotografiasen con traje completo como emperatriz de la India; aquello le provocaba casi una fiebre india, y estaba decidida a que el cincuentenario tuviera un fino aroma a curry… de ahí la resolución de aprender hindi.

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Interplanetaria

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