Fragmentos de burbuja

FragmentosBurbujaMadrigal

Un ser que empieza a despertar a algo parecido a la consciencia dentro de un cuerpo inexplicable.
Niños apartados de sus vidas y convertidos en seres extraordinarios o quizá sólo en piezas de un rompecabezas. Adultos que realmente no saben por qué llegaron a ser lo que son. Animales que durante su evolución dejaron de serlo.
Asesinatos e imposturas; personalidades que se suplantan, emociones enterradas, ruinas irrecuperables, cariño, esquizofrenia… Todo ello causado aparentemente por una batalla secular entre dos razas no humanas que han tomado como rehenes a los más débiles, a los infieles, a los huidos; a los manipuladores y a los manipulados.
Una batalla en la que nadie es inocente y cuya última parada es precisamente el planeta Tierra.

ANTICIPO:

Registro 1054700000006260801204210

Después de que la luz empeñada en salvarme me haya convencido de que permanezca inmóvil tanto tiempo en el mismo sitio con el engaño de hacerme olvidar que lo estoy, abro mis verdaderos ojos, los de la cara, y observo que en la realidad física efectivamente me hallo aquí, inmóvil. No recuerdo bien si antes había ido a otro sitio y he vuelto, o si he estado aquí en pie todo el rato. El caso es que el cambio de visión vuelve a hacer crecer el miedo. (La luz se esconde.)
Cuando abro los ojos, los mil colores que las retinas que ya debía de tener cuando nací me permiten apreciar se han derramado alrededor. Esto, unido al miedo, que trata de convertirse en terror, me da placer. Recuerdo entonces una cosa: que por eso abro los ojos de la cara algunas veces. Para sentir la verdadera perfección de los contornos y renunciar a la más amplia pero amarillenta y sucia visión que me proporciona mi piel. La más simple pero directa puede jugarme alguna vez una mala pasada, porque no me permite ver las amenazas tal y como son, pero eso me excita.

El mar, visto así, no es amarillento ni sucio: hay un precioso color que lo ensangrienta. Es el atardecer, rosa y naranja. En estas tierras ya he visto algunos, eso también lo recuerdo, no sé por qué, y todos son así: como mi sangre cuando alguna vez sea yo la presa cazada y haya de verterse en la tierra.
Acabo de recordar de qué color es mi sangre.
Doy un respingo cuando me doy cuenta de que he recordado varias cosas de seguido, pero el susto ha venido realmente por las luces que han aparecido de improviso en el cielo. Luego me he dado cuenta de que no, de que ha sido por los recuerdos, porque esas luces no son otra cosa que las efímeras estrellas de la constelación del Gran Cultivo. Dibujan al este, por detrás y encima de mí, arcos perfectamente geométricos que se hunden en los horizontes septentrional y meridional como tajadas abiertas de una gran sandía cósmica. O quizá como lo ojos de mi monstruo, capaz de observarme cuando duermo y de localizarme esté donde esté, y que por tanto podría hallarse también allí, tan alto.
Cuando sea noche cerrada, esa efímera constelación será sustituida por las demás, irregulares, dispersas. El Gran Cultivo son las únicas estrellas que no giran, sino que brillan y luego se apagan en el mismo sitio, todas las noches, siempre, eternas, como mi monstruo, que tendrá sus garras bien afiladas cuando el Gran Cultivo desaparezca y yo tenga que dormir.
El espinazo del imaginario animal anfibio de metal oxidado sigue peinando las olas del mar junto a mí, aunque ya apenas se le ve. Por si acaso despertara, o algo se ocultara en sus entresijos, decido marcharme a la carrera, con la débil intención de sumergirme en algún punto impreciso del atardecer escarlata. Me escabulliré con hábiles maniobras de mi cuerpo liso. Mi sombra se alarga mucho hacia el este. La persigo a buena velocidad durante un rato, internándome en tierra, como si fuera la de mi enemigo, sintiendo aún la sensación de posesión regia de todas las cosas inertes que me rodean.

Registro 1054700000006260801205733

De nuevo me sorprende el no haber prestado atención a prácticamente nada durante el trayecto que llevo recorrido. Ah, sí. Recuerdo que me he alejado del mar y del esqueleto varado de la serpiente gigante, que no era una serpiente gigante. Los demás pensamientos ya se han desvanecido.
Me asusta cómo he podido descuidarme tanto, cómo puedo tener la cabeza tan mal. Un golpe de adrenalina bajo la mandíbula me hace cosquillear los dedos de las manos. Me había olvidado de mi monstruo durante no sé cuánto tiempo: he corrido peligro y no me he percatado de que lo corría.
Comienzo a buscar una explicación a mi dejadez: el atardecer me atrapó comenzando a drenar mi energía (también la mental)… Pero no, no necesito razonar ahora, nunca lo he necesitado. Simplemente me he dejado llevar durante un tiempo precioso y demasiado largo, quizá por el cansancio, por las distracciones que me provoca mi luz interior, o por haber corrido mucho rato con poco sol que me dé energía, yo qué sé. No puedo permitírmelo: siempre existen una roca, una cueva o un árbol lo suficientemente gordo y retorcido como para servir de escondite al enemigo. Siempre. Necesito prestar atención para sobrevivir.
«Pero ¿sobrevivir a qué?», dice una vocecilla que me hace girar la cabeza a todos lados para buscar una garra, un movimiento, una sombra afilada.
«¡Pero si todas las amenazas las llevas dentro!»
«¿Qué temes realmente, maldita sea?»
Los fluidos presionan y recorren mi cuerpo, latiendo con fuerza para bombear las sustancias que incrementan mi ansiedad. Mis ojos abiertos (no recordaba tener abiertos esos ojos) se mueven tan rápido, de un lugar a otro, intentando compensar mi anterior negligencia, que me es realmente imposible captar los detalles del entorno ni si hay algún posible peligro acechándome, lo que me da placer porque alimenta mi miedo y eso me provoca aún más ansiedad. Absorbo la negrura y me activo y me despierto a pesar de que la energía me está abandonando. Al menos durante unos instantes puedo disfrutar de sentir de nuevo la amenaza que me sirve de compañía, que siempre ha estado ahí. Mi consorte. Mi monstruo.
En un momento dado, quizá a causa del anochecer, cierro los párpados, trago saliva, aprieto los dedos contra las palmas, toso sin ganas y sin que se oiga, y me detengo.
Estoy tras unas rocas. Me parece que he seguido, sin darme cuenta, la guía de los surcos celestes del Gran Cultivo. (Quizá pensé que me llevarían por lugares que mi monstruo podía rastrear). Luego he debido de desviarme hacia el norte. El cielo ya está borrando el Gran Cultivo y pronto quedará sólo la noche claveteada al azar, que aumenta la posibilidad de ataque. Grupos de troncos secos y algo difuminados rompen el paisaje.
Un movimiento a mi izquierda. Tiemblo fuertemente. Es sólo un pájaro, que se apresura a acicalarse, indiferente a mi extraña presencia.
Vaya, creí durante un instante que era ya noche cerrada. Pero al atardecer le queda un poco. En este lugar (quizás esté en alto) mancha los bordes de las piedras y la plumas del vientre del pájaro de una fea manera, como si el animal estuviera herido. Quizá sea de entre sus vísceras de donde salga y crezca mi monstruo para atacarme. Pero los movimientos tranquilos del pájaro desmienten la carnicería que acabo de imaginar justo antes de que se convierta en real. El atardecer sigue muriendo, y yo lo veo porque estoy cerca de la cima de una colina, sólo eso.
Entonces he de buscar el peligro al otro lado. Hace muchos días que no me ha dado por escuchar. Oiré ahora.
Los leves golpes del pájaro rompen de repente, con el estruendo del trueno, el silencio absoluto en que me bañaba. Me llevo las manos a las orejas en un acto tan reflejo como absurdo y me encojo. Cuando logro reducir los terribles golpes a simples roces de pico y plumas, interpreto ese raspar grueso y constante que lo inunda todo como las caricias de la brisa contra las piedras, y ese otro molesto silbido como el peinado que efectúa el aire sobre la escasa vegetación. Los sonidos del entorno van reduciéndose así, a mi voluntad, uno tras otro, lentamente. Busco a mi monstruo entre ellos. No puedo reconocerlo con seguridad.
Va cobrando sentido la cacofonía que me provocan los oídos. Entonces reparo en unos ecos lejanos, del otro lado de la colina a la que he subido sin darme cuenta.
Un segundo golpe de adrenalina. Más fuerte que el primero. Casi me desplomo al perder tensión en las piernas. (Se acerca la noche, se van las fuerzas.) Cuando puedo, reconozco un patrón mecánico en esas repeticiones sonoras, en el volumen y en los ecos.
No son ruidos naturales. Un tercer golpe de adrenalina afila esa conclusión.
Mi luz interior se enciende con tal fuerza que me asusta aún más que mi monstruo. Nunca lo había hecho de ese modo. Y habla con voz de dios enfadado:
«Hay alguien al otro lado… ¿Será humano?»
Tiemblo de verdad. Soy incapaz de dar un paso: caigo al suelo, me atraviesan mil escalofríos voraces que pretenden desmadejarme y quitarme el control de mi cuerpo, quizá para que mi monstruo acabe finalmente conmigo. ¿Qué otra cosa podría ser si no, tras la demostración de poder de mi luz, que ha tratado, sin duda, de avisarme?
Pero mi luz se ha callado con la misma fuerza con que ha hablado. Y cuando la busco con desesperación (pues comprendo que es lo único a lo que me puedo agarrar si es cierto que ha llegado el momento final), todo está oscuro en mi cabeza. Y bastante más oscuro fuera de ella.
Y mi monstruo no ha atacado.
Luego mi monstruo sigue estando.
El terror, apagado momentáneamente por la luz, reaparece como si nunca se hubiera ido. Comienza a hablarme y a tomar el control.
Comienzo a comprender que un terror como el que me llena no sólo no puede nublar la razón, sino que debe portar la explicación de su propia naturaleza, por ser tan grande y aparente: el motivo de la angustia provocada por unos simples ruidos. Lo busco. Me encaramo al miedo y lo veo. Y la causa de la angustia es la siguiente: dado que los sonidos repetitivos y mecánicos aparentan haber sido producidos por alguien inteligente, no pueden ser fruto de la naturaleza. ¿En qué quedaría yo, regente de todas las cosas de un mundo muerto, si existiera alguien más? ¿Qué quedaría si no sólo existiera un monstruo, sino… varios?
¿Y si no existiera ninguno?

Registro 1054700000006260801205907

Para que mi vista amarillenta y sucia, que es mejor que los ojos de la cara que ya no reciben sol, pueda mostrarme lo que hay al otro lado de la colina, se requiere vencer un poco la parálisis. Pero no mucho (tampoco podría), sino lo suficiente como para arrastrarme hacia arriba como un gusano. No hace falta que mi cara se alinee con el borde de las rocas puesto que ahora no estoy mirando hacia allá. Hago el movimiento de manera muy lenta, tanto que me da la impresión de que anochecerá por completo antes de que consiga ver algo.
Pero no. El cielo ya oscurecido muestra aún un suave tinte de color, como si hoy se resistiera a caer la noche sobre mi reino.
Lo primero que observo es que al otro lado hay una pequeña hondonada, suave, entre muchos otros montes roídos por el viento, bien resguardada. Quizá no había pasado por aquí antes, porque no recuerdo haberla visto, aunque a decir verdad no recuerdo mucho de lo ocurrido desde que anocheció la última vez. Lo segundo es que el hilo de un río parece coser el fondo de la hondonada. Al fin veo lo que hay en medio, de donde provienen los ecos sistemáticos que me asustaron, y que debería haber sido lo primero en saltar a mi consciencia.
Al principio pienso que son ruinas. Es lo más lógico: recuerdo (aunque no sé exactamente cómo puedo recordar algo así) que en la más remota antigüedad no sólo se solía construir a orillas del mar, sino también al abrigo de las montañas y cerca del agua potable. Pero la certeza de que se trata de ruinas dura poco, justo hasta que percibo el movimiento, como de cuadrillas de constructores, en los huecos y bordes de… eso.
Eso… No sé muy bien qué es, pero no es una ruina. Es redondo, y grande, lo que me hace replantearme la profundidad de la vaguada. Me acaba de venir a la mente la imagen del esqueleto del animal que ensoñé junto al mar: quizá la serpiente del fin del mundo haya dejado aquí, entre los montes, antes de irse a morir, un gran huevo, clavado en la tierra y rodeado de insectos. Porque eso es lo que hay ahí abajo: la silueta oscura de un huevo gigante.
Hago movimientos casi inconscientes: levanto la cabeza, abro bien los párpados (mis párpados de verdad), y siento un golpe maravilloso contra el cerebro.
Con los últimos rayos de sol, casi muertos, y rayado por las sombras de los montes cercanos, eso se alza sin duda como una construcción ovoidal que efectivamente ha sido clavada entre las colinas. Los ojos de la cara me muestran también (o imaginan) que hay tres grandes dedos, como una garra, que la sostienen allí: nacen bajo el mismo huevo, como si la gigantesca cría estuviera tratando de salir pero se hubiera quedado atascada. Ahora lo veo con esta nitidez distinta de mi visión completa, y observo que si el huevo fuera orgánico, y tiene todo el aspecto de serlo, el animal que lo habría puesto sería inmenso, efectivamente como mi Jörmundgander moribunda. Por supuesto no puede ser orgánico: una innumerable y regular ristra de pequeños salientes, espinas, arcos y parches vibran cuando los últimos rayos giran sobre los montes y lo golpean. También de esa manera veo que hay una parte de la cáscara que parece rota, arriba, en cuyos bordes pululan más objetos oscuros, como insectos, que en el resto. Por un instante la inminente noche y mis dos ojos me hacen imaginar que el huevo palpita, o peor aún, que está rompiéndose para dejar salir del todo a la cría (quizás es mi monstruo, que nace ahora para comenzar la verdadera persecución). Luego me obligo a creer que es un efecto óptico por el movimiento de las pequeñas cosas que pululan por la cáscara y por la ineptitud de mis dos ojos. Mi monstruo no podría nunca adquirir corporeidad.
Algo se revuelve dentro de mí. Siento náuseas. Es mi luz, que murmura otra vez, muy débil, que mi verdadero monstruo, la soledad, se resistirá a perder su poder, porque es difícil seguir pensando en la soledad cuando es evidente que eso de ahí abajo ha tenido que ser creado por alguien que no soy yo.
Me quedo observando con mis dos ojos lo que ya imagino (porque casi no veo nada) de esa maravilla, mientras los restos de sol desaparecen finalmente. Siento como un privilegio el haber vislumbrado, aunque sea malamente, el trajín de los pequeños insectos oscuros, que aparentaba estar planificado y coordinado, dos conceptos casi inimaginables para mí. Si sólo existo yo, ¿de dónde ha salido toda esa complejidad?
Cuando empiezan a dolerme los ojos me doy cuenta de que he tenido que erguirme durante un buen rato para poder ver bien con ellos, con lo que he quedado al descubierto. Me retiro con rapidez (y el tomar una decisión tan necesaria me causa sorpresa y, otra vez, miedo por mi lentitud) y, durante un segundo, un grupo de luces, como estrellas atadas a la tierra, brillan sobre las colinas cercanas, más o menos a mi misma altura.

compra en casa del libro Compra en Amazon Fragmentos de burbuja
Interplanetaria

1 Opinión

Escribe un comentario

  • Interplanetaria
    on

    El día 24 de abril, a las 19:30 horas, tendrá lugar la primera presentación de Fragmentos de burbuja en Generación X.

    Este día contaremos con la presencia del autor, con el que hablaremos de su libro y de la concepción del mismo. Además, firmará encantado vuestros ejemplares. También proyectaremos, en exclusiva, el divertidísimo corto que presenta a [i]Fragmentos de burbuja[/i]. Y por si todo esto fuera poco, llevaremos las maquetas utilizadas para ciertos momentos estelares en dicho corto…

    Por último, a las 25 primeras firmas, les obsequiaremos con el CD de NGC 3660 especial HispaCon 2008 (un CD donde se encuentran aquellas curiosidades que algunos autores tuvieron en mente respecto de la galaxia anaranjada), que cuenta con aportaciones tanto musicales, como literarias; relatos, poesía… o ilustración.

    Pasaremos un rato muy, muy agradable. Os esperamos y, dada toda la actividad que pretendemos desarrollar, os rogamos puntualidad.

    [b]Pily B.[/b]

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑