Frankenstein o el nuevo Prometeo

Frankenstein

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Frankenstein o el nuevo Prometeo es el paradigma de la novela gótica creada como respuesta a la necesidad de adaptación del viejo mito griego a las modernas realidades científicas y literarias que el incipiente siglo XIX exigía a un grupo de escogidos creadores. Cuenta la tradición que en una velada literaria –entre rayos, truenos, lluvia torrencial y viento huracanado- Lord Byron, su amante Claire, Polidori y Percy y Mary Shelley se comprometieron a escribir la historia más terrorífica para el hombre nuevo alumbrado por los incipientes rumbos del Romanticismo.

La historia inventada por Mary Shelley nos cuenta como, a finales del siglo XVIII, un estudiante de medicina suizo, Víctor Frankenstein, crea una abominable criatura a partir de los restos de cadáveres. El nuevo ser, rechazado por la gente, abatido por la melancolía y sumido en la más cruel de las soledades, degenera en un brutal monstruo que amarga la vida de su creador.

En Frankenstein se decantan las posibilidades narrativas que ofrecía la antigua polémica sobre la construcción de autómatas, asunto tópico entre los científicos que disputaban sobre las razones éticas del saber. En la novela de Shelley, el doctor Frankenstein termina dominado por su criatura y, con su invención, da forma literaria a uno de los mitos modernos con mayor raigambre popular.

ANTICIPO:
Aunque se marcharan de Europa y vivieran en las regiones deshabitadas del Nuevo Mundo, una de las primeras consecuencias de esos afectos que ansiaba el demonio serían los hijos, y se propagaría por el mundo una raza de demonios que podía hacer precaria la existencia misma de la especie humana y llenarla de terrores. ¿Tema yo derecho a infligir esta maldición perpetua en las generaciones futuras? Antes me había dejado conmover por los sofismas del ser que había creado; sus amenazas diabólicas me habían ofuscado; pero ahora caí por primera vez en la cuenta de que mi promesa había sido inicua; me estremecía al pensar que los siglos futuros pudieran maldecirme como a un parásito que, en su egoísmo, no había dudado en comprarse la paz a costa de la existencia misma, quiza, de toda la raza humana.

Temblé, y el corazón se desmoronó dentro de mí, cuando, al levantar la vista, vi a la luz de la luna al demonio en la ventana. Al verme donde estaba, ocupado en la tarea que me había asignado, fiunció los labios en una sonrisa horrible. Sí: me había seguido en mis viajes; había rondado por los bosques, se había escondido en cuevas o había buscado refugio en páramos amplios y desolados, y ahora vema a observar mis progresos y a reclamarme el cumplimiento de mi promesa.

Vi en su semblante una maldad y alevosía sin igual. Tuve la sensación de haber cometido una locura al prometede crear otro ser semejante a él; y, temblando de ira, hice pedazos el ser en que trabajaba. El desgraciado me vio destruir la criatura en cuya existencia futura cifraba su felicidad y, soltando un aullido de desesperación y rencor diabólico, se retiró.

Salí de la estancia y, tras cerrar la puerta con llave, hice voto solemne para mis adentros de no reemprender jamás mis trabajos; después me dirigí a mi aposento con pasos temblorosos. Estaba solo; no tema cerca a nadie que me disipara la melancolía y me aliviara la opresión penosa de los ensueños más terribles.

Pasaron varias horas, y yo me quedé contemplando el mar desde mi ventana; estaba casi inmóvil, pues habían amainado los vientos y toda la naturaleza reposaba bajo la mirada de la luna silenciosa. Las únicas manchas en la superficie del agua eran algunas barcas de pesca; de vez en cuando, la suave brisa me traía el sonido de las voces de los pescadores; que hablaban a gritos entre sí. Sentí el silencio, aunque casi sin ser consciente de su enorme profundidad, hasta que me llegó de pronto a los oídos un chapoteo de remos junto de la orilla y los pasos de una persona que desembarcó cerca de mi casa.

Al poco rato oí crujir mi puerta como si alguien intentara abrirla sin hacer ruido. Temblé de pies a cabeza; presentí de quién se trataba y estuve tentado de despertar a uno de los habitantes del lugar, que vivía en una casita próxima a la míá; pero me dominó una sensación de impotencia como la que se suele sentir en las pesadillas en que intentamos en vano huir de un peligro que nos amenaza, y me quedé clavado en el sitio.

Oí a poco ruido de pasos por el pasillo; se abrió la puerta y apareció el desgraciado que yo temía. Cerró la puerta, se acercó a mí y me dijo con voz ahogada:

-Has destruido la obra que comenzaste; ¿qué te propones? ¿Osas quebrantar tu promesa? He soportado trabajos y penalidades; salí de Suiza contigo; recorrí las orillas del Rin, sus islas cubiertas de sauces y las cumbres de sus colinas. He vivido muchos meses en los páramos de Inglaterra y en los baldíos de Escocia. He soportado fatigas, IDO y hambre incalculables; ¿osas destruir mis esperanzas?

-¡Vete! Sí, quebranto mi promesa; jamás crearé a otro semejante a ti, igual en deformidad y maldad.

-Esclavo, hasta aquí había razonado contigo, pero has resul tado indigno de mi condescendencia. Recuerda que tengo poder: te crees infeliz, pero puedo hacerte tan desgraciado que llegues a odiar hasta la luz del día. Tú eres mi creador, pero yo soy tu amo: ¡obedece!

-Ya pasó la época de mi debilidad, y se ha puesto punto final a tu poder. Tus amenazas no bastan para obligarme a cometer una iniquidad, sino que me confirman en la resolución de no crearte una compañera de maldades. ¿Acaso voy a soltar en el mundo, a sangre IDa, un demonio que se complace en sembrár la muerte y la desolación? ¡Vete! Seré inflexible, y tus palabras no servirán más que para enfurecerme.

El monstruo leyó en mi rostro mi determinación y apretó los dientes con ira impotente.

-¿He de quedarme solo, entonces, cuando todo hombre puede encontrar una esposa, y cada animal su compañera? Tuve sentimientos de afecto, y me los pagaron con aborrecimiento y desprecio. Puedes odiarme, hombre, pero ¡cuidado! Tus horas pasarán en temor y sufi.-imiento, y pronto ha de descargar la centella que te despojará para siempre de tu felicidad. ¿Tú, feliz, mientras yo me revuelco en la intensidad de mi desventura? Podrás frustrar todas mis demás pasiones, pero me quedará la venganza: ¡la venganza, que desde ahora ha de ser para mí más preciosa que la luz o el alimento! Moriré; pero no antes de que tú, mi tirano y mi verdugo, maldigas el sol que contempla tu desdicha. ¡Ten cuidado, pues yo no temo a nada, y por eso soy poderoso! Te vigilaré con astucia de serpiente para poder morderte con mi veneno. ¡Te arrepentirás de los ultrajes que me has infligido!

-Calla, demonio; deja de envenenar el aire con los sonidos de tu malicia. Ya te he expresado mi resolución, y no soy tan cobarde que me vaya a plegar a tus palabras. Déjame; soy inconmovible.

-Está bien. Me voy; pero, recuerda: estaré contigo en tu noche de bodas.

Salté hacia él, exclamando:

-¡Villano! Antes de firmar mi sentencia de muerte, procura asegurarte de estar a salvo tú mismo.

Quise atraparlo, pero me esquivó y salió de la casa con precipitación; a los pocos momentos lo vi a bordo de su barca, que surcó las aguas como una flecha y no tardó en perderse entre las olas.

Todo volvió a quedar en silencio; pero sus palabras me resonaban en los oídos. Sentía una ira ardiente que me impulsaba a perseguir al asesino de mi paz y hundirlo en el mar. Daba vueltas por mi habitación a paso vivo, perturbado, mientras mi irnaginación evocaba mil imágenes que me atormentaban y espoleaban. ¿Por qué no lo había seguido para entablar una lucha a muerte con él? Pero ya le había dejado partir, y se había dirigido hacia la tierra firme. Me estremecí al pensar quién podía ser la próxima víctima de su venganza insaciable. Y recordé entonces sus palabras: Estaré contigo en tu noche de bodas. Aquel erá, pues, el tiempo designado para que se cumpliera mi destinoYo había de morir en esa hora, satisfaciendo su maldad y apagándola al mismo tiempo. La perspectiva no me daba miedo; pero cuando pensaba en mi amada Elizabeth, en sus lágrimas y su pena infinita cuando viera arrancado de su lado a su amante de un modo tan brutal… entonces me brotaron de los ojos las lágrimas, las primeras que vertía desde hacía muchos meses, y me resolví a no caer ante mi enemigo sin una lucha feroz.

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9 Opiniones

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  • Thor
    on

    ¿Es la primera vez que sale en español la edición original de Mary Shelley? ¿Cómo es que no se ha editado antes?

  • Teobald
    on

    ¿Seguro que es la primera edición? ¿Cómo es posible que no se haya editado antes algo así?

  • DrX
    on

    Es perfectamente posible. La primera edición no tuvo mucho éxito en su tiempo y luego la siguiente versión se convirtió en la común, con lo que esta primera y original no ha circulado mucho, ni siquiera en el ambito anglosajón, al menos comparada con la "canónica".

  • Juan Plata
    on

    Ante todo, hola a todos. Soy nuevo en esta web.

    ¿Alguien ha leido la primera versión?

    ¿Qué diferencias hay con la ya conocida?

  • Ighor
    on

    Esta es la primera versión.

  • Juan Plata
    on

    Si, eso es lo que he entendido.

    Me refería a si esta nueva versión se diferencia mucho de la que todos hemos leido.

  • hur
    on

    La segunda versión tiene ciertos méritos, la revisión "podó" algunas de las partes más "plomo". Al menos eso me pareció en inglés. Tal vez se pasó, pero bueno, ahora en castellano y con calma podemos compararlas. En breve le hinco el diente y os digo.

  • Julio
    on

    Podemos esperar, hecho :-)

  • Gnomo
    on

    Pues yo tenía entendido lo contrario: la segunda versión edulcoró las asperezas de la primera. Pero estoy de acuerdo en que sólo hay que leer ambas versiones y comparar.

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