Frío

frio

¿Es posible concebir una historia de amor apasionadamente fría y cuadriculada? Ana es una soñadora enfermera, una lectora voraz y escritora frustrada, acostumbrada a aderezar el mundo con su imaginación: se figura que trabaja en una suerte de purgatorio dantesco donde sus compañeras y ella juzgan las almas condenadas, que dispone de su propio oráculo representado en una anciana obstetricia aficionada a los palíndromos o que combate al general Desgana encarnándose en Alejandro Magno. Sin embargo, deberá dejar a un lado su desaforada imaginación para enfrentarse a una crisis en su matrimonio. Su marido, Fred, un apático islandés que parece tener un corazón de hielo, racional recalcitrante, metódico, contrario a soñar o a fantasear, apenas experimenta sentimientos hacia ella, ni hacia su hija, ni hacia nadie en general. Dispuesta a recuperarle a cualquier precio, Ana se verá atrapada en una trama que jamás pudo imaginar, una singular intriga que le desvelará la obsesión casi patológica de su marido por los círculos incompletos o los propósitos seráficos de su nuevo y misterioso vecino. Hallazgos, en definitiva, que le permitirán aprender algo más sobre el siempre intrincado mundo de las relaciones humanas y que redefinirán su concepto de los sentimientos.

Esta obra fue galardonada con el Premio Ategua Castro del Río 2003.

ANTICIPO:
Después de emplear el Drum con Fred, me acosté con él a los pocos días. No sé cómo sucedió, los acontecimientos se precipitaron sin control. ¿Necesidad? ¿Atracción sexual por el exotismo nórdico? ¿Un efecto secundario de la típica compasión que nos inspiran a las enfermeras los hombres indefensos? Lo ignoro. Aunque fije los ojos en la neblina de los recuerdos, no soy capaz de divisar los verdaderos motivos, que de buen seguro se hallan agazapados en algún oscuro rincón de mi cabeza. Mis sentimientos, además, suelen deambular díscolos por donde les viene en gana. Nunca he logrado condensar lo que sentía hacia algo o hacia alguien en un bellísimo haiku o en un epitafio conmovedor, ni siquiera en un anodino «te quiero» o cualquier otra fórmula encorsetada, porque mis exuberantes sentimientos escapan al sentido de las palabras, se cuelan por las fisuras inherentes a la lógica y al raciocinio de una herramienta para la comunicación tan tosca como es el lenguaje. De ese modo, me veía incapacitada para resolver aquel barullo emocional con una descripción, ni para mí ni para los demás. Y sin embargo, aquella sustancia etérea e ininteligible que eran mis sentimientos resultaba ser el motor que me impulsaba a enfrentarme a casi todas las decisiones importantes de mi vida.

Fred, curiosamente, salió de mi vida con la misma facilidad con la que había entrado. Unas semanas más tarde, de improviso, nos encontramos en el pasillo de mi planta. Cuando hubo reparado en mí se quedó paralizado. Luego, ante mi fruncimiento de labios, se acercó vacilante, como si avanzara a tientas por un campo sembrado de minas.

-Ah, hola. -Sus palabras surgieron espesas como el engrudo.

-¿Hola? ¿Cómo te has dignado a venir aquí? -le pregunté, indignada.

-Tenía que hacerme unas pruebas. -Hablaba sin altibajos, imitaba un soniquete de una sola nota.

-Ah, claro, las pruebas. ¿Nada más? -le interpelé de nuevo con más energía.

-Espero que no sea muy desagradable mi presencia aquí.

-Al menos te has presentado, aunque sea por unas puñeteras pruebas. ¿Dónde te habías metido?

-He estado ocupado.

-Ya, ocupado -escupí por aquella desfachatez. –Podrías haberte disculpado, ¿no?

-Estuve a punto de llamarte. -Su tono era dificultoso, abriéndose paso entre las palabras como lo haría por la espesura de una selva virgen.

-Pero perdiste mi teléfono.

-No, no.

-Vaya, lástima, era una buena excusa. Entonces ¿qué haces hablando conmigo? ¿Te remuerde la conciencia?

Comprobó si disponía de algún resquicio para enfilar el pasillo y escapar de mí sin tener que apartarme a un lado. No lo había. Cabizbajo, continuó:

-Los demonios que albergo en mi seno se agitan y me piden cartas en el asunto. Sé que parece retórica pura y dura y un ampuloso juego de metáforas puras e impuras.

-¿Qué? ¿Qué dices? -Aún no me había acostumbrado al peculiar modo de expresarse de aquel islandés que exornaba su discurso hasta extremos ridículos.

-No sé si sabrás lo terrible y mordaz que es la conciencia en algunos casos. Acataré sin remisión ni vacilación la línea de acción que decidas tomar. -Parecía que hablaba con los circunloquios y la laboriosa imprecisión de alguien poco habituado a hablar en público.

-¿Cómo? A ver… ¿cómo esperas que ahora me comporte contigo? -dije intentando ordenar aquel enredo.

-Tan sólo puedo explicarme, escuchar y asentir.

-¿Y qué quieres explicarme?

-Quiero explicarte el dolor y la náusea que estoy experimentando en este momento. Creo que estoy a punto de deshacerme en sollozos y gimoteos.

-¿Por qué? -inquirí, desconfiada; y algo perdida. -Porque me siento, como era de esperar, culpable, y si me siento culpable será por alguna razón.

-Tú sabrás.

-Sé perfectamente los días que han transcurrido desde la última vez que nos vimos y las ocasiones de hablar contigo que he frustrado. De momento, lo único que desearía y esperaría de ti sería que me permitieses la gracia de poderte dirigir la palabra alguna vez que te apetezca o te venga en gana.

-Haz lo que quieras, como has hecho hasta ahora. -Sólo tú lo puedes decidir, y si es nunca jamás lo acataré sin remisión y lo comprenderé con sumisión.

-¿Por qué precisamente ahora? ¿Porque te has encontrado conmigo por casualidad? Y si no llegamos a encontrarnos hoy, ¿me habrías llamado entonces?

-No lo sé, no podía reunir el valor suficiente para agarrar el teléfono. Pero cada vez que te recordaba debía mirar mi imagen circunscrita en el espejo del baño y evitar la náusea. En lo que sí me gustaría hacer especial hincapié es en que no soy mala persona. Creo y quiero pensar que no soy mala persona. Y tú no eres una chica patana o chiquilicuatre de tres al cuarto y es por ello que estoy tomándome este tema con total entrega y dedicación para poder paliarlo en lo que pueda.

Me mordía el labio inferior, intentando descifrar aquella insólita forma de expresarse que, a priori, parecía estar revestida de ironía. Sin embargo, sus ojos límpidos contrastaban con aquellas sospechas. Sus ojos me revelaban que las palabras, aunque inseguras, eran profundamente sinceras. Debían de serio. Creo que me convencí de ello porque lo necesitaba; porque lo difuso y original de su discurso me desarmó.

-Pero a ver… ¿qué esperas de esta conversación? -le pregun¬té.

-Espero recibir mi merecido castigo. Y si de verdad quieres atinar en mi talón de Aquiles yo te ofreceré la espada de Damocles que puedes utilizar para devolverme lo que yo te hice, y esto es la ignorancia y la indiferencia. -Era como si las reglas gramaticales, las metáforas y los símbolos que empleaba hubiesen pasado por un tamiz mal diseñado, permitiendo que se colara lo apropiado y lo inapropiado, lo correcto y lo incorrecto, lo elevado y lo pueril; mezclado todo con un tono teatral similar al de las telenovelas sudamericanas, pero con acento islandés. Me recordaba a un niño aporreando sin ningún orden una máquina de escribir: de buen seguro que, con el tiempo, uno podría leer palabras e incluso fragmentos con sentido en aquella amalgama de letras. Entre los balbuceos de un bebé también puede adivinarse un papá o un caca. -No sé si será ya un imposible y una empresa tan ardua y farragosa como inalcanzable. Quiero que me inflijas todo el daño que seas capaz, y para ello te revelo mi punto débil. De esa manera me sentiré aliviado. 10 que quiero es obtener tu beneplácito; pero lo veo muy distante y lejano. Es por ello que ahora mismo lo que quiero es ganarme la posibilidad y el derecho a que te apetezca hablarme y dirigirme la palabra. No sé como tengo la vergüenza de hablarte.

-Mira, será mejor que lo olvidemos y que cada uno siga su camino. Fue un error, ¿de acuerdo?

-Entiendo perfectamente que no me quieras dirigir la palabra y me trates de la misma manera que yo te traté a ti. No tengo la categoría humana y moral y el nivel de la índole que sea para que hagas otra cosa conmigo.

-Si pretendes darme lástima, no lo estás consiguiendo. Yo nunca hubiera hecho algo así.

-Lo sé, tú tienes esa suerte, o esa gracia, o sencillamente así eres. Algo tan sencillo y básico como un simple y sencillo proce¬so de comunicación sencillo, no lo he logrado ejecutar contigo. Aún no entiendo cómo llevé a cabo un comportamiento tan frío, viscoso, desagradable, feo y nauseabundo.

-Oye, tengo que irme, estoy trabajando -le apremié para huir de allí; era yo la que deseaba encontrar un resquicio en aquellos momentos. ¿Tan ciega fui que me había acostado con ese hombre sin percatarme de la poca naturalidad de su comportamiento?

-Pero no he terminado, yo…

-Vale, mira, eh… salgo en una hora, ¿hablamos luego? -Sí, quiero que me preguntes.

-¿Que te pregunte?

-Sí, lo que se pregunta en los casos en los que se conoce a una persona para una relación de tal índole. Quien, como, para qué, cuando, qué, cuál y los que se te puedan ocurrir a quien sea menester.

Palabras, palabras y más palabras que apenas resaltaban unas de otras en aquella voz metódica, casi sincopada, como la de uno de aquellos relojes para ciegos que dan la hora con una enumeración monocorde. Por suerte, con el tiempo perdió acento islandés y bastante de aquel desconcertante tono maquinal.

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