Galveston

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La isla de Galveston había recibido el bautismo en dos ocasiones. Una vez con agua en el otoño de 1900. Y una segunda vez por la magia del Mardi Gras, el famoso carnaval de Nueva Orleáns, en 2004. Las criaturas que la poblaban habían nacido de la alegría de los supervivientes y del dolor de los qu sufrían. La isla quedaría dividida por siempre jamás, entre una ciudad anclada en la realidad y otra encerrada en un constante carnaval, en un Mardi Grass sin final…

Sean Stewart es una de las figuras claves de la literatura fantástica actual. Sus novelas tratan de personas reales que se encuentran inmersas en situaciones extrañas, fantásticas, cercanas a lo imposible, donde busca explorar los aspectos más profundos de la existencia humanas.

ANTICIPO:
La noche traía el olor de cangrejos, de sal y arena húmeda. El aire oscuro estaba lleno de murmullos lejanos, de risas y gritos y música. Bajo todo aquello, se distinguía el sonido rítmico del mar rompiendo y rugiendo. Sloane miró hacia atrás sobre su hombro. El débil resplandor de la última lámpara de gas sobre Broadway parecía muy lejano. Se obligó a avanzar por la acera hacia la taquilla.

-Buenas noches, Sloane -dijo una voz desde las sombras-; te sientes afortunada, ¿no es cierto?

La voz no sonaba ni joven ni anciana, ni masculina ni femenina.

No me voy a desmayar, se decía Sloane.

-Yo… yo… lo siento -tartamudeó Sloane-. Conoce mi nombre. -Conozco el nombre de todos.

-Oh. Ah,no lo decía por nada en concreto. Yo n-necesito… –Por amor de Dios, mujer, eres una Gardner. Deja de comportarte como una niña de diez años-, necesito ver a Momus.

-Extienda la mano -dijo la voz.

La piel se le fue poniendo de gallina a Sloane conforme iba estirando el brazo hacia la cabina de la entrada. Vaciló.

-¿Qué me va a hacer?

-Ponerle un sello. Extienda la mano.

-¿Eso es todo?

-La admisión es siempre sin coste alguno -el portero emitió una pequeña risita-. Ya tendrá ocasión de pagar dentro. Extienda su mano.

Sloane cerró los ojos con fuerza. Acercar la mano a la ventanilla y más allá, hacia la oscuridad de la taquilla, era como meterla dentro de un cajón lleno de arañas. Algo le golpeó en la muñeca, justo por debajo de la correa de metal de su reloj. Tragó saliva y retiró la mano. Una caricatura plateada de Momus refulgía en la oscuridad sobre su piel, una cabeza redonda con dos pequeños cuernos y una sonrisa malvada. Incluso entonces, enferma de miedo, no se olvidó de articular un «gracias». Siempre obtienes más con buenas formas que con buenas ideas. Su madre odiaba cuando Sloane decía aquello.

Ella comenzó a descender por las escaleras que la conducirían a la playa Stewart. «La admisión es siempre sin coste alguno. Ya tendrá ocasión de pagar dentro». De eso estoy convencida, se dijo Sloane.

El ruido del carnaval fue creciendo con cada escalón que bajaba. Los olores de la feria fueron ascendiendo paulatinamente por la escalera: barbacoas y cigarrillos, cerveza derramada y… ¡palomitas! Sloane se sorprendió de lo fácilmente que había identificado el aroma. Ella no podía tener más de nueve años cuando se agotó la última bolsa de palomitas.

Cuando alcanzó el final de las escaleras no se encaminó inmediatamente hacia la feria para encontrar a Momus. En lugar de eso, se escondió entre las sombras y observó la escena que se desarrollaba frente a ella. Vendedores con delantales comerciaban en sus barracas con todo tipo de productos: cerveza fría, nachos, jalapeños en vinagreta, perritos calientes, algodón de azúcar, patatas fritas con ketchup y palomitas. Lenguas de fuego se alzaban en el cielo de una docena de parrillas improvisadas para lamer costillas de cordero y pollos y faldas de ternera y camarones, salchichas de Francfort y hamburguesas, todas entre las llamas y achicharrándose. El aire estaba lleno de humo, nubes de humo, flotando por el aire desde las parrilladas, los cigarrillos, los tragado res de fuego, los puros.

Había puestos de buhoneros por doquier, cada uno con un pregonero diferente, cada barraca adornada con estandartes o con luces parpadeantes o globos de colores. La gente se arremolinaba entre ellas, intentando derribar jarras de leche con una pelota de béisbol, adivinar el peso de la Dama Gorda, hacer sonar el timbre de lo alto de la torre con un golpe fuerte de martillo pilón. Arrojaban pasteles a payasos y lanzaban aros a cerdos y tiraban con gran fuerza de la rueda de la fortuna con letras gitanas que traqueteaban y luego se iban ralentizando hasta detenerse en una casilla como un viejo corazón dejando de funcionar.

Incluso el clima era diferente en Mardi Gras de lo que era fuera. Más fresco y menos húmedo. Como le había comentado su madre, siempre era la misma noche en Mardi Gras: 11 de febrero de 2004. Sloane se acercó el Rólex al oído. Para su enorme alivio, todavía funcionaba. Se decía que los relojes funciona¬ban mal en Mardi Gras o no funcionaban en absoluto, pero el Rólex era un talismán además de una máquina, y alguna combinación entre una tecnolo¬gía punta y el amor de su madre parecía funcionar protegiendo el reloj de todo daño. ¿Qué otro talismán podría funcionar como protección contra los hechizos de la corte de Momus si no era un regalo de su propia Duquesa?

Todos los juerguistas de la multitud al parecer llevaban máscaras. Sloane quitó la pinza que sujetaba su velo y lo dejó caer sobre su rostro. No, espera. Mirando más fijamente, Sloane se dio cuenta de que muchas de las figuras no eran del todo humanas. Una mujer emplumada permanecía en pie sobre una sola pierna como una garza real, entre cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba adivinar el peso exacto de la Dama Gorda. Un hombre mascando una pila como si fuera escabeche pasó a casi un metro de donde Sloane estaba observándolo todo. Tenía dientes de acero y sus dedos tenían surcos como unos alicates. Sloane se aplastó más contra la oscuridad. Esas deberían ser personas sobre las cuales la magia había estado trabajando durante años y años. Quizás capturados en los primeros días del Diluvio.

Sus vestimentas eran extraordinarias. Llevaban algodón, inmaculadamente cardado y tejido de tal forma que se pegaba imposiblemente al cuerpo. Vaqueros azules y vestidos de una calidad que Sloane tan solo había visto en fotografías. Algunas de las mujeres habían sacado provecho de las cualida¬des increíbles de la seda artificial. Sloane vio seda gruesa y chaquetas finas de fresco lino, jerséis ceñidos, y más lazos de los que un ejército de abuelas podría tejer en un año. Todas las ropas estaban teñidas de colores pre¬diluvianos que la naturaleza únicamente reproducía en peces o flores: amarillo limón, escarlata brillante, cobre, plata y azul de ultramar.

Pronto se dio cuenta de que podía distinguir a los recién llegados por sus vestimentas. Incluso los que habían empezado a perder su forma humana y les habían crecido bigotes animales o bien escamas, podían identificarse por sus camisas de algodón rugoso, sandalias de suelas de goma, y los colores sórdidos y monótonos que los habitantes de Galveston conseguían a través de la pacana, corteza de roble y de retama.

Con gran sorpresa, Sloane se dio cuenta de algo más: todos parecían estar pasándose lo bien. Los hombres alardeaban, las mujeres sonreían, los niños aplaudían y daban brincos, chillando presa de una gran excitación o persiguiéndose los unos a los otros a través de un bosque de piernas de adultos. De alguna forma, Sloane siempre había asumido que el Carnaval debía ser una especie de infierno,lleno de almas en tormento en una macabra parodia de entretenimiento. Nunca se le había ocurrido que quizás realmen¬te fuera una fiesta infernalmente divertida. Parpadeó con desconcierto. Estáclaro, las cosas no podrían ponerse mejor. Se sorprendió esbozando una sonrisa víctima de un oscuro sentimiento de decepción. Debía ser más hija de su madre de lo que ella misma suponía, una malhumorada hormiga haciendo reproches a unas cigarras jugando entre las briznas de hierba.

Una mujer con cabeza de gato con un vestido de tubo de lamé dorado vagabundeaba cerca del escondrijo de Sloane.

Era hora de encontrar a Momus. Sloane observó con malestar que sus piernas no le obedecían. Vamos. ¿Asustada?, se dijo. Eres la mujer mejor vestida de todo el lugar.

Sloane había invertido mucho tiempo en aprender a ser invisible. Había formado parte de su carácter desde los días en que caminaba a gatas, aquel impulso infantil de sentarse en silencio aun lado y observar a los demás sin que nadie se percatara de su presencia. Una habilidad útil para alguien que trabajara como ayudante de Jane Gardner, pero una característica nefasta para una Gran Duquesa, como ella había intentado más de cien veces (siempre con educación) de hacerle ver a su madre. Pero invisible era exacta¬mente lo que ella quería ser en aquel momento.

Los cuerpos se apretaban entre sí y se daban empujones para avanzar en direcciones opuestas, como Sloane tuvo ocasión de percibir al salir de su escondite y adentrarse en la multitud. Metió los hombros hacia dentro como cualquier chica alta con pechos grandes había aprendido a hacer y mantuvo su cabeza hacia el suelo para prevenir cualquier posible contacto visual. Ahora deseaba haber llevado algo menos elegante que su vestido de noche teñido de color liquen. Nadie aquí te va a prestar atención, se repitió, pero el viejo y familiar temor de que todos se estuvieran fijando en ella se extendió por todo su cuerpo como una oleada de calor a lo largo de toda su piel.

-jCacahuetes! ¡Cacahuetes tostados y calentitos! -gritaba alguien justo al lado de su oído-. ¡Algodón de azúcar!

-¡Todo el mundo gana, señores y señoras!

– … Virgen Sagrada me ha bendecido con poderes…

-¡Collares, collares! -gritaba una mujer de color prácticamente envuelta en collares de plástico-. ¡Cariño, necesitas algunos collares!

-No, gracias -respondió Sloane alejándose hacia un tenderete fingien¬do un gran interés por los premios que podían obtenerse encasquetando unas anillas en unos monos de peluche.

La mujer de color mostró una amplia sonrisa.

-Tú debes ser nueva, tú crees que no necesitas collares -se echó a reír-.

Vuelve a verme cuando hayas aprendido más, cariño.

-Es un tiro fácil, señorita. Un tiro fácil hasta para un mono -dijo el vendedor extendiendo un puñado de anillas de plástico.

-Realmente en lo que estoy interesada es en ver a Momus.

El vendedor se hizo una bacinilla con la mano junto al oído.

-¿Qué has dicho? Habla más alto, dulzura. ¿Dos juegos enteros de anillas?

-Momus -gritó Sloane-, necesito ver a Momus.

El nombre del dios cayó sobre la multitud como una piedra sobre un pozo.

El silencio recorrió a todos los presentes. Todos los juerguistas se miraron los unos a los otros y retrocedieron.

-No tan alto -susurró el feriante-. ¿Quieres que pierda mis clientes? -Lo siento.

-La tienda del encargado -gruñó indicando una dirección mientras le daba la espalda y ofrecía un puñado de anilla s a un niño pequeño disfrazado con una máscara de piel de serpiente-. ¡Haz algunos intentos gratis, chaval! Qué fácil es ganar premios aquí. Alguien tiene que ganar, señores y señoras. ¿Por qué no usted?

Sloane se alejó del feriante intentando sin éxito ver algo que pudiera parecerse a un despacho de encargado.

Una joven demacrada vestida con un traje de fantasía le tiró de la manga gritándole.

-¡Siempre has sido una metepatas, Sloane!

-Oh, Dios mío -exclamó Sloane con sorpresa-. ¿Ladybird? ¿Ladybird Trube?

-La misma que viste y calza.

-Pero cómo…

Ladybird se encogió de hombros.

-O estoy loca, o estoy muerta, o bien Odessa averiguó lo de que veía muertos por nuestra mansión y me envió aquí con las comparsas. Para ser verdaderamente sincera, querida, intento no darle demasiadas vueltas a eso.

Me lo estoy pasando de locura, sin madre alrededor por una vez echándolo todo a perder. -Levantó un vaso de plástico hasta la boca y dio un sorbo de una bebida sin color-. ¿Sabes que las Hijas de la Revolución de Texas se la han jugado otra vez? Esas siete magras Y hambrientas vacas que guardan el proceso de aplicación de las difamaciones de nuestro papeleo. Quiero decir, Sloane, ¿tienes hora?

Sloane miró su reloj.

-Casi medianoche.

El aliento de Ladybird apestaba a alcohol dulce. Se apoyó con todo su peso sobre el brazo de Sloane.

-Gracias, guapa. No sé por qué lo pregunto realmente, ya que aquí nunca llega a amanecer, pero a una le gusta saber las cosas. Hay una encantadora fiesta en marcha donde estás tú, sabes. Bueno, no exactamente donde estás tú, ya me entiendes lo que te quiero decir. Miss Bettie va a tocar aquel curioso piano de cola. Su gusto en lo tocante a música es previsiblemente anticuado, pero toca con verdadera pasión.

-Necesito ver a… -Sloane se dio unos golpecitos indicando el dibujo de Momus que tenía pintado sobre la muñeca.

-Por supuesto que sí, querida. -Ladybird gesticuló con la bebida en la mano. Era tan extravagante como siempre, con su cabello recogido en lo alto de la cabeza en un estilo señorial español sujeto con tres grandes accesorios decorados como caparazones de tortuga-. Todo recto detrás de ti, camina hasta la Mujer Barbuda y después junto al Verdadero Laberinto Humano. No hay pérdida.

-Ladybird… -Sloane miró a la heredera de la fortuna Trube. Ella habría sido una excelente vieja señora excéntrica, pensó Sloane. Pero en aquellos días no era seguro hacerse de notar; las flores de colores más brillantes son las primeras en ser cortadas-. ¿Te busco cuando vaya a salir de aquí?

-No puedo salir de aquí, Sloane -Ladybird sonrió sin alegría-. Cuando camino hacia la puerta, hacia el bulevar Seawall, ya sabes, no vuelvo a casa. Sigo otra vez en este Galveston. Fiestas a lo largo y ancho de toda la avenida, borracheras en tu casa. Coches que funcionan. Me he marchado con las compar¬sas, ya ves. Es el Mardi Gras. Dondequiera que yo vaya, allí está el Mardi Gras-tomó otro trago de su vaso de plástico y fabricó otra sonrisa-. ¡No puedo decir que eche demasiado de menos la vieja vida! Deberías quedarte.

-Parece bastante divertido -comentó Sloane incómoda-, pero tengo cosas que debo… Está madre y todo eso.

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