Germinal

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“Ger-mi-nal, Ger-mi-nal, Ger-mi-nal…”, éste era el grito que el 5 de octubre de 1902 una delegación de mineros franceses coreaba al arrojar sus ramos de rosas rojas sobre la tumba de Émile Zola: cinco mil parisienses habían recorrido las calles de París con el féretro del escritor que había abanderado el enfrentamiento con el sector más conservador de la sociedad francesa a raíz del conocido como “affaire Dreyfus”.

Émile Zola, el padre del naturalismo, describe en Germinal, de una forma descarnada, el mundo sombrío y mísero de la mina, retratando a un grupo de personas que vive ahogado en condiciones infrahumanas y por cuyas venas Zola hace correr el odio y el rencor; seres humanos que se extenúan trabajando en medio de una terrible frustración. Los sueños de juventud, la búsqueda del amor, todo choca contra la realidad siniestra de la mina, que se cobra vidas y apenas permite vivir a los que logran salir de su oscuro pozo. Pero cuando falta el pan, cuando el sueño se convierte en pesadilla, los mineros se alzan contra las fuerzas de la destrucción: la huelga hace brotar de todos y cada uno lo mejor y lo peor del ser humano.

Con Germinal, Zola escribe una epopeya radicalmente moderna: la denuncia de una realidad se convierte en mito.

ANTICIPO:
-Escucha -le dijo la Maheude a su hombre-, como vas a Montsou a por la paga, tráeme una libra de café y un kilo de azúcar.

Él estaba cosiendo uno de sus zapatos, para así ahorrarse un remiendo.

-¡Bueno! -murmuró, sin abandonar su tarea.

-Me gustaría que pasases también por la carnicería… Un trozo de vaca, ¿quieres? Hace tanto tiempo que no la vemos.

Esta vez él alzó la cabeza.

-¿Crees que vaya cobrar miles y más miles?.. La quincena es demasiado escasa, con su maldita idea de parar constantemente el trabajo.

Los dos callaron. Era después del almuerzo, un sábado de finales de octubre. So pretexto del desajuste provocado por la paga, la Compañía había suspendido aquel día la extracción en todos los pozos. Dominada por el pánico ante la crisis industrial, que iba agravándose, y como no quería aumentar unas existencias ya excesivas, aprovechaba los menores pretextos para forzar a sus diez mil obreros al paro.

-Sabes que Étienne te espera en casa de Rasseneur -prosiguió la Maheude-. Llévatelo, será más listo que tú para apañárselas si no os han contado bien las horas.

Maheu hizo una señal de aprobación con la cabeza.

-Y háblales también a esos señores del asunto de tu padre. El médico se entiende con la dirección… ¿No es cierto, viejo, que el médico se equivoca y que vosotros todavía podéis seguir trabajando?

Hacía diez días que el tío Bonnemort, con las patas entumecidas como él decía, permanecía clavado en una silla. Ella hubo de repetir la pregunta, y él gruñó:

-Por supuesto que trabajaré. Uno no está acabado porque le duelan las piernas. Todo eso no son más que historias que inventan para no darme la pensión de ciento ochenta francos.

La Maheude pensaba en los cuarenta sous del viejo, que tal vez nunca más volvería a traerle, y soltó un grito de angustia.

-¡Dios mío! Pronto estaremos todos muertos, si las cosas siguen así.

-Cuando uno está muerto -dijo Maheu-, ya no tiene hambre.

Añadió unos clavos a sus zapatos y se decidió a partir. El poblado de los Deux-Cent-Quarante no debía ser pagado antes de las cuatro. Por eso los hombres no tenían prisa, se demoraban, marchándose uno a uno, perseguidos por las mujeres que les suplicaban volver enseguida. Muchas les hacían encargos, para impedir que se quedaran en los cafetines.

Étienne había ido a la taberna de Rasseneur para informarse de las noticias. Corrían rumores inquietantes, se decía que la Compañía estaba cada vez más descontenta de los entibados. Abrumaba a los obreros a multas, conflicto que parecía fatal. Por otro lado, aquello no era más que la querella declarada, por debajo había toda una complicación, causas secretas y graves.

Precisamente cuando Étienne llegó, un compañero que bebía una jarra, al regreso de Montsou, contaba que en la oficina del cajero había pegado un cartel, pero no sabía bien lo que decía. Entró un segundo compañero, y luego otro más: y cada uno traía una historia diferente. Parecía seguro, sin embargo, que la Compañía había adoptado una resolución.

-¿A ti qué te parece? -preguntó Étienne sentándose cerca de Souvarine, en una mesa donde, por única consumición, había un paquete de tabaco.

El maquinista no se dio prisa y acabó de liar un cigarrillo. -Digo que todo eso era fácil de prever. Van a llevaras hasta el final.

Sólo él tenía inteligencia lo bastante penetrante como para analizar la situación. La explicaba con su aire tranquilo. La Compañía, alcanzada por la crisis, se veía obligada a reducir sus gastos si quería no sucumbir; y, naturalmente, serían los obreros quienes deberían apretarse el cinturón, ella roería en sus salarios, inventando un pretexto cualquiera. Hacía dos meses que la hulla estaba en la era de sus pozos, y casi todas las fábricas se hallaban en paro. Como no se atrevía a parar, asustada ante la inacción ruinosa del material, soñaba, a medio plazo tal vez, con una huelga, de la que su pueblo de mineros saldría domado y menos pagado. En última instancia, la nueva caja de previsión la inquietaba, se volvía una amenaza para el futuro, mientras que una huelga la libraría de ella, vaciándola, cuando apenas estaba provista todavía.

Rasseneur se había sentado alIado de Étienne, y ambos escuchaban con aire consternado. Podían hablar en voz alta, allí sólo estaban ellos y la señora Rasseneur, sentada en el mostrador.

-¡Qué idea! -murmuró el tabernero-. Y todo eso ¿por qué? La Compañía no tiene ningún interés en una huelga, y los obreros tampoco. Lo mejor es llegar a un acuerdo.

Era una idea prudente. Siempre apostaba por las reivindicaciones razonables. Incluso después de la rápida popularidad de su antiguo huésped, exageraba aquel sistema del progreso posible, diciendo que no se sacaría nada si se quería conseguir todo de golpe. En su bondad de hombre gordo, alimentado con cerveza, iba creciendo una envidia secreta, agravada por la deserción de su despacho, al que los obreros entraban cada vez menos a beber y a escuchadle; y así, a veces salía en defensa de la Compañía, olvidando su rencor de antiguo minero despedido.

-Entonces, ¿estás en contra de la huelga? -exclamó la señora Rasseneur sin dejar el mostrador.

Y cuando respondía que sí, ella le hizo callar enérgicamente. -No tendrás valor, deja que hablen esos señores.

Étienne meditaba, con los ojos clavados en la jarra que ella le había servido. Por último, alzó la cabeza.

-Es muy posible todo lo que el compañero cuenta, y tendremos que ir a esa huelga si nos fuerzan… Precisamente Pluchart me ha escrito sobre este punto cosas muy justas. También él está contra la huelga, porque el obrero sufre tanto como el patrón, sin conseguir nada decisivo. Sólo que ve en ella una ocasión excelente para decidir a nuestros hombres a entrar en su gran máquina… Aquí está la carta.

En efecto, Pluchart, desconsolado por la desconfianza que la Internacional encontraba entre los mineros de Montsou, esperaba vedas adherirse en masa si un conflicto los obligaba a luchar contra la Compañía. A pesar de sus esfuerzos, Étienne no había conseguido un solo carné de miembro, por lo que hubo de poner lo mejor de su influencia en la caja de socorro, mucho mejor acogida. Pero aquella caja todavía era tan pobre que debía agotarse enseguida, como decía Souvarine; y, fatalmente, los huelguistas se lanzarían entonces en la asociación de trabajadores, para que sus hermanos de todos los países acudiesen en su ayuda.

-¿Cuánto tiene usted en la caja? -preguntó Rasseneur.

-Tres mil francos apenas -respondió Étienne-. Y ya sabe que la dirección me mandó a llamar anteayer. ¡Fueron muy educados, me repitieron que no querían impedir a sus obreros crear un fondo de reserva! Pero comprendí perfectamente que querían controlarlo… De cualquier modo, por ese lado tendremos batalla.

El tabernero había empezado a caminar, silbando un aire despectivo. ¡Tres mil francos! ¿Qué se puede hacer con eso? No aseguraba ni seis días de pan, y si había que contar con los extranjeros, con gentes que vivían en Inglaterra, cuanto antes se acostasen y se tragasen la lengua, mejor. ¡No, aquella huelga era demasiado imbécil!

Entonces, por primera vez, entre aquellos dos hombres que, por regla general, terminaban entendiéndose en su odio común al capital, brotaron palabras agrias.

-Bueno, y a ti ¿qué te parece? -repitió Étienne, volviéndose hacia Souvarine.

Éste contestó con su frase de desprecio habitual.

-¿Las huelgas? ¡Bobadas!

Luego, en medio del silencio molesto que se había creado, añadió despacio:

-En resumen, no digo que no, si eso le divierte: arruina a unos, mata a otros, y eso siempre supone limpiar… Pero, a ese paso, se tardarán mil años en renovar el mundo. ¡Mejor empezar haciendo saltar esa cárcel donde todos ustedes revientan!

Con su fina mano señalaba al Voreux, cuyas edificaciones se divisaban a través de la puerta que había quedado abierta. Pero le interrumpió un drama imprevisto: Polonia, la familiar coneja preñada, que se había aventurado fuera, regresaba de un brinco huyendo de las piedras de una bandada de chiquillos; y, en su espanto, con las orejas gachas y la cola alzada, fue a refugiarse junto a sus piernas, implorándole, arañándole para que la cogiese. Cuando la hubo tumbado sobre sus rodillas, la abrigó con sus dos manos y de este modo cayó en aquella especie de somnolencia soñadora en que le sumía la caricia de aquel pelo suave y tibio.

Maheu entró casi de inmediato. No quiso beber nada pese a la insistencia cortés de la señora Rasseneur, que vendía su cerveza como si la regalara. Étienne se había levantado, y juntos se fueron hacia Montsou.

Los días de paga en las canteras de la Compañía, Montsou parecía que estaba de fiesta, como en los hermosos domingos de las fiestas. De todos los poblados llegaba un tropel de mineros. Como el despacho del cajero era muy pequeño, preferían esperar a la puerta, se paraban por grupos en el pavimento e interceptaban la carretera con una cola de gente sin cesar renovada. Los vendedores ambulantes aprovechaban la ocasión, se instalaban con sus tiendas rodantes, exhibían incluso porcelanas y embutidos. Pero eran sobre todo los cafetines y los despachos los que hacían su agosto, porque, antes de cobrar, los mineros iba a hacer tiempo delante de los mostradores, y luego volvían a ellos para rociar la paga en cuanto la tenían en el bolsillo. Y se mostraban prudentes cuando no la dejaban entera en el Volcan.

A medida que Maheu y Étienne avanzaban entre los grupos, aquel día sintieron que reinaba una exasperación. No era la habitual despreocupación por el dinero cobrado y mermado en las tabernas. Los puños se cerraban y palabras violentas corrían de boca en boca.

-Entonces, ¿es verdad? -preguntó Maheu a Chaval, a quien encontró ante el cafetín Piquete-, ¿han hecho esa cochinada?

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