Gestas de Malaz 1: Los jardines de la Luna

jardinesluna

La invasión de Darujhistan se cierne sobre el horizonte mientras el concejo se divide entre los que quieren plantar cara al Imperio y los que están dispuestos a declarar la neutralidad. Sin embargo, todos saben que su caída es cuestión de tiempo, y existen fundadas sospechas de la presencia de agentes de la Garra, una siniestra organización imperial integrada por asesinos. Pero a la ciudad tan sólo ha llegado el pelotón de los Arrasapuentes, liderado por el sargento Whiskeyjack y con una misión orquestada por la propia Emperatriz que consiste en desestabilizar las defensas ¡y barrer de un plumazo a los propios Arrasapuentes!

ANTICIPO:

Prólogo

Año 1154 del Sueño de Ascua
Año 96 del Imperio de Malaz
Último año del reinado del emperador Kellanved

Las manchas de herrumbre parecían trazar continentes de sangre en la superficie oscura de la veleta de Mock. Con un siglo a sus espaldas, coronaba la punta de una vieja pica clavada en la cara exterior de la muralla de la fortaleza. Monstruosa, deforme, había sido forjada hasta adoptar la forma de un demonio alado de maliciosa sonrisa que dejaba al descubierto la dentadura, y toda ella se movía de un lado a otro a merced de un viento cuyos embates protestaba a cada racha.
Aquellos vientos soplaron en contra el día en que las columnas de humo se alzaron sobre el arrabal del Ratón, en Malaz. El silencio de la veleta anunció la súbita caída de la brisa marina que, arrastrándose, llegó a coronar las castigadas murallas de la fortaleza de Mock, para después renacer cuando el aliento cargado de humo del arrabal del Ratón se extendió por la ciudad hasta cubrir la cúspide del promontorio.
Ganoes Stabro Paran, de la Casa de Paran, se hallaba de puntillas para asomarse por encima del merlón. A su espalda se erigía la fortaleza de Mock, antaño capital del Imperio, aunque entonces, puesto que el continente había sido conquistado, se había visto de nuevo relegada a ser otra vez fortaleza del Puño. A su izquierda se alzaba la pica y su antojadizo trofeo.
Ganoes estaba demasiado familiarizado con la antigua fortificación, que se imponía sobre la ciudad, como para que pudiera despertar su interés. Aquella visita era la tercera en otros tantos años; hacía tiempo que había explorado el patio de armas con sus adoquines levantados, el viejo torreón (que a esas alturas servía de establo, mientras que su planta superior hacía las veces de refugio para palomas, golondrinas y murciélagos), así como la ciudadela en la que en ese preciso momento negociaba su padre las tasas de exportación insular con los agentes portuarios. En este último caso, desde luego, había grandes zonas que quedaban prohibidas, incluso para el hijo de un noble, ya que era en la ciudadela donde residía el Puño, en sus salones interiores, donde en el Imperio se conducían los asuntos concernientes a la isla.
Ignorada a su espalda la fortaleza de Mock, Ganoes concentró su atención en la astrosa ciudad que se extendía ante su mirada, y en los disturbios que se sucedían a lo largo y ancho del distrito más humilde. La fortaleza de Mock se hallaba en lo alto de un despeñadero. Se llegaba a la cota más elevada del Pináculo por medio de una escalera que discurría en zigzag, esculpida en la piedra caliza de la pared del acantilado. La caída sobre la ciudad era de ochenta brazos o más, eso sin contar la altura de la propia muralla, que venía a añadir otros seis. El Ratón se encontraba en el margen interior de la ciudad, y estaba compuesto por un conjunto desigual de casuchas y gradas que habían crecido demasiado y que había sido dividido por el cenagal que arrastraba el río en su torpe avance hacia el puerto. Con una buena porción de Malaz entre la posición en que se hallaba Ganoes y los disturbios, era difícil discernir los detalles, aparte de las columnas de humo negro que se alzaban por doquier.
Era mediodía, pero la magia que arrancaba destellos y hacía tronar el cielo volvía lúgubre y cargado el ambiente.
Un soldado, acompañado por el estruendo metálico de la armadura, se acercó a él en la muralla. Se inclinó, apoyando en la almena los antebrazos protegidos por la armadura y con la vaina del acero rascando la piedra.
—Satisfecho de la pureza de tu sangre, ¿verdad? —preguntó mientras observaba con sus ojos grises la ciudad que se consumía a fuego lento.
El muchacho estudió al soldado. Conocía perfectamente todas las enseñas regimentales del Ejército Imperial, y el hombre que se encontraba a su lado servía como comandante del Tercero, perteneciente a las tropas del propio emperador, a la élite. En la capa gris, echada al hombro, lucía un broche: un puente de piedra envuelto en llamas color rubí. Se trataba de un Abrasapuentes.
Era habitual ver circular a los funcionarios y soldados imperiales de alto rango por la fortaleza de Mock. La isla de Malaz seguía siendo puerto de paso obligado, sobre todo desde que habían estallado las Guerras Korelianas. Ganoes se había cruzado con más de uno, tanto allí como en Unta, la capital.
—Entonces, ¿es cierto? —se atrevió a preguntar Ganoes.
—¿El qué?
—La Primera Espada del Imperio. Dassem Ultor. Nos enteramos en la capital, antes de partir. Dicen que ha muerto. ¿Es verdad? ¿Ha muerto Dassem?
El hombre pareció dar un respingo a pesar de lo inquebrantable de su mirada, puesta aún en el distrito del Ratón.
—Así es la guerra —musitó entre dientes, como si hablara consigo mismo.
—Sirves en el Tercero. Creí que el Tercero se hallaba destacado con él, en Siete Ciudades. En Y’Ghatan…
—Por el aliento del Embozado. Aún buscan su cadáver en las ruinas ardientes de esa condenada ciudad, y aquí estás tú, hijo de mercaderes, a tres mil leguas de distancia de Siete Ciudades, con una información que se supone que solo unos pocos poseen. —Siguió sin volverse—. No conozco tus fuentes, pero te aconsejo que no compartas con nadie esa información.
Ganoes se encogió de hombros.
—Dicen que traicionó a un dios.
Finalmente, el hombre se volvió al muchacho. Diversas cicatrices surcaban su rostro, y algo que bien podía ser una quemadura desfiguraba su mandíbula y la mejilla izquierda. A pesar de todo, parecía joven para ostentar el rango de comandante.
—Atiende a la lección, hijo.
—¿Qué lección?
—Todas y cada una de las decisiones que tomes en la vida pueden cambiar el mundo. La mejor vida es aquella que escapa a la atención de los dioses. Si quieres vivir en libertad, chico, no llames la atención.
—Quiero ser soldado. Un héroe.
—Ya crecerás.
Chirrió la veleta de Mock cuando el terral del puerto barrió el denso humo. Ganoes alcanzó a oler el hedor a pescado podrido, y el fuerte olor a humanidad proveniente de los muelles.
Otro Abrasapuentes, que llevaba colgado a la espalda un violín destartalado, se acercó al comandante. Era enjuto, fuerte, y si acaso más joven, apenas sería un poco mayor que el propio Ganoes, que contaba doce años. Unas peculiares marcas le surcaban el rostro y el dorso de las manos, y su armadura estaba formada por una mezcla de accesorios extranjeros, dispuestos sobre un uniforme raído y lleno de manchas. Se inclinó sobre las almenas junto al otro hombre con la confianza que nace de una larga convivencia.
—Qué mal huele cuando los hechiceros pierden los nervios —dijo el recién llegado—. Están perdiendo el control ahí abajo. No creo que sea necesario todo un grupo de magos solo para hacer salir a un puñado de brujas de la cera.
—Se me ocurrió esperar a ver si podían recuperar el control de la situación —dijo el comandante con un suspiro.
—Son novatos y nunca se han puesto a prueba. Esto podría marcarlos para siempre —gruñó el soldado—. Aparte, ahí abajo hay más de uno que está siguiendo las órdenes de otra persona.
—No es más que una sospecha.
—Ahí mismo tienes la prueba —dijo el otro—. En el Ratón.
—Quizá.
—Eres como una gallina clueca —dijo el hombre—. Torva sostiene que esa es tu mayor debilidad.
—Torva es problema del emperador, no mío.
Un segundo gruñido sirvió de réplica.
—Quizá todos nosotros lo seamos dentro de poco.
El comandante guardó silencio mientras se volvía con lentitud para observar a su compañero.
El otro se encogió de hombros, antes de añadir:
—Solo es un presentimiento. Sabrás que ha adoptado un nuevo nombre: Laseen.
—¿«Laseen»?
—Es napaniano; significa…
—Sé qué significa.
—Pues espero que también lo sepa el emperador.
—Señora del Trono —intervino Ganoes.
Ambos se volvieron para mirarle.
El viento roló de nuevo, e hizo gruñir al demonio de hierro encaramado a la pica. Procedente de la propia fortaleza surgió un olor a piedra fría.
—Mi tutor es napaniano —explicó Ganoes.
Una nueva voz habló a sus espaldas, una voz de mujer, apremiante y fría.
—Comandante.
Ambos soldados se volvieron con cierta parsimonia.
—La nueva compañía necesita ayuda ahí abajo —dijo el comandante a su compañero—. Envía a Dujek y a un ala, y ordena a los zapadores que contengan el fuego. No conviene dejar que arda toda la ciudad.
El soldado asintió antes de alejarse con paso marcial, sin siquiera dedicar una sola mirada a la mujer.
Esta permanecía de pie acompañada por dos guardaespaldas cerca del portal que había en la torre cuadrada de la ciudadela. Su piel de color azul oscuro delataba su origen napaniano; por lo demás, llevaba una túnica gris con salpicaduras de sal, el pelo castaño desvaído muy corto, como el de un soldado, y poseía unas facciones finas, poco dignas de ser recordadas. Fueron los guardaespaldas, no obstante, quienes hicieron dar un respingo a Ganoes. Guardaban los flancos de la mujer; eran altos, vestían de negro, con las manos ocultas en las mangas, y las capuchas ensombrecían sus rasgos.
Ganoes jamás había visto a nadie de la Garra, pero el instinto le dio a entender que esas personas eran acólitos del culto. Lo cual significaba que la mujer era…
—Es tu problema, Torva. Parece que tendré que solucionarlo —dijo el comandante.
A Ganoes le sorprendió la ausencia de temor, el deje de desprecio con que había hablado el soldado. Torva había creado la Garra, y había logrado que su poder rivalizara con el del propio emperador.
—Ya no me llamo así, comandante.
Este hizo una mueca.
—Eso he oído. La ausencia del emperador debe de haberte llenado de confianza. Él no es el único que se acuerda de cuando eras poco más que una sirvienta en el casco antiguo. Doy por sentado que habrá desaparecido toda la gratitud que pudieras albergar.
El rostro de la mujer no acusó el menor cambio, de modo que resultó imposible comprobar si las hirientes palabras del soldado habían alcanzado su objetivo.
—La orden era bien sencilla —dijo ella—. Parece que tus nuevos oficiales son incapaces de afrontar la situación.
—Han perdido las riendas —replicó el oficial—. Carecen de experiencia…
—Eso no es asunto mío —interrumpió ella—. Tampoco puedo decir que suponga una decepción para mí. Perder el control constituye una lección en sí misma para quienes se nos oponen.
—¿Quiénes se nos oponen? Son un puñado de brujas sin importancia que venden sus escasos talentos… ¿Con qué siniestro fin? Dar con los bancos de coraval entre los guijarros de la bahía. Por el aliento del Embozado, mujer, no creo que tal cosa suponga una amenaza para el Imperio.
—No cuentan con nuestra aprobación, y desafían las nuevas leyes…
—Tus leyes, Torva, que de nada servirán. A su regreso, el emperador abolirá la prohibición de la magia que has promulgado. De eso puedes estar segura.
La mujer sonrió fríamente.
—Te gustará saber que la torre ha ordenado el avance de los transportes para tus nuevos reclutas. No te echaremos en falta, comandante, ni a ti ni a tus sediciosos e inquietos soldados.
Sin pronunciar otra palabra o dedicar una sola mirada al muchacho que se hallaba junto al oficial, la mujer giró sobre sus talones y, flanqueada por los silenciosos guardaespaldas, entró de nuevo en la ciudadela.
Ganoes y el comandante volvieron a volcar su atención en los disturbios que tenían por escenario el arrabal del Ratón. Podían verse las llamas a simple vista, pues
asomaban por el humo.
—Algún día seré soldado —dijo Ganoes.
—Solo si fracasas en todo lo demás, hijo —gruñó el oficial—. Empuñar la espada es el último acto de un hombre desesperado. Recuerda mis palabras y busca en tu interior un sueño que sea más valioso.
—No eres como los demás soldados con los que he hablado —dijo Ganoes, arrugado el entrecejo—. Tu forma de hablar me recuerda más a mi padre.
—Pero no soy tu padre —masculló.
—El mundo no necesita otro comerciante de vinos —dijo Ganoes.
El comandante abrió los ojos y le observó como si le estuviera calibrando. Despegó los labios para dar una réplica obvia, aunque finalmente decidió cerrarlos. Ganoes Paran recorrió con la mirada el distrito envuelto en llamas, complacido consigo mismo. «Incluso un muchacho, comandante, puede tener razón.» De nuevo chirrió la veleta de Mock. El cálido humo se extendió sobre la muralla, devorándolos. Después, el tufo a tela quemada, a pintura y piedra calcinadas, seguido de algo dulzón.
—Se ha incendiado un matadero. Huele a cerdo —dijo Ganoes.
El comandante torció el gesto. Al cabo, suspiró y recostó la espalda contra la piedra de la almena.
—Lo que tú digas, muchacho, lo que tú digas.

1

Las viejas piedras de este camino
el hierro han sentido,
también la negra herradura, el tambor.
Lo vi marchar venido
del mar, entre colinas, bañado en sangre.
Al anochecer se vino, un niño entre ecos,
hijos y hermanos, todos en las filas
de guerreros fantasma. Se vino a donde
yo reposaba el cansancio al final de la jornada:
Su zancada hablaba por sí sola, y fue esta la que me reveló
todo cuanto debía saber sobre él.
Camina el muchacho;
otro soldado, otro,
enardecido su corazón
que aguarda aún a ser forjado en frío.

Lamento de madre

Anónimo

Año 1161 del Sueño de Ascua
Año 103 del Imperio de Malaz
Año 7 del reinado de la emperatriz Laseen

Un cachete y un empujón —decía la anciana—, así es como actúa la emperatriz, igualito que los dioses. —Se inclinó a un lado y lanzó un escupitajo, para limpiarse después los labios con un trapo sucio—. Tres esposos y dos hijos se me han ido a la guerra.
La mirada de la pescadora brilló al observar la columna de soldados a caballo que pasó al galope, de modo que apenas prestó atención a la vieja que se encontraba de pie a su lado. El aliento de la muchacha se había acompasado al paso de aquellos magníficos caballos. Sintió arder las mejillas, un rubor que nada tenía que ver con el calor. El día tocaba a su fin; el tono rojizo del sol ensangrentaba las copas de los árboles que se alzaban a su derecha, mientras que el suspiro del mar se había enfriado en su rostro.
—Eso fue en tiempos del emperador —continuó la vieja—. Espero que el Embozado haya puesto al fuego el alma de ese cabrón. Mira, moza, Laseen se las apaña bien a la hora de esparcir los huesos de los mejores. Je, je, después de todo empezó por los de su propio marido, ¿o no?
La pescadora asintió con aire ausente. Tal como correspondía a los humildes, aguardaban junto al camino. La anciana atribulada con un tosco saco lleno de nabos, y la joven con un cesto enorme que apoyaba en la cabeza. Cada poco, la anciana cambiaba el saco de un hombro huesudo a otro. Puesto que los jinetes atestaban el camino, y que la zanja a su espalda formaba una pronunciada caída sobre un lecho de roca, no había espacio para dejar el saco.
—Esparcir los huesos, eso he dicho. Los huesos de los maridos, los huesos de los hijos, los de las esposas y también los de las hijas. A ella le da lo mismo. Al Imperio tanto le da. —La anciana escupió de nuevo—. Tres maridos y dos hijos, diez monedas por cabeza al año. Cinco por diez. Cincuenta monedas suponen una magra compañía, moza. Hace frío en invierno, y frío está el lecho.
La pescadora se limpió el polvo de la frente. Su mirada radiante revoloteó entre los soldados que pasaron ante ella. Los jóvenes subidos a las sillas de elevado respaldo lucían severa la mirada, vuelta al frente. Las pocas mujeres que cabalgaban entre ellos se mantenían erguidas y, de algún modo, su mirada era aun más fiera que la de sus compañeros. El sol arrancaba destellos de color carmesí a los yelmos, tales destellos que a la muchacha le dolían los ojos y su visión se empañaba.
—Eres la hija del pescador —dijo entonces la anciana— . Te he visto alguna vez en el camino, y en la orilla también. Os he visto a tu padre y a ti en el mercado. Es el manco, ¿verdad? Más huesos para la colección, ¿me equivoco? —Hizo con la mano ademán de cortar algo, y después asintió—. Mi casa es la primera del sendero. Utilizo las monedas para comprar velas. Cinco velas prendo cada noche, cinco velas que hagan compañía a la vieja Rigga. En mi casa reina el desánimo, y también rebosan cosas desanimadas; yo soy una de esas cosas, moza. ¿Qué llevas en esa cesta?
Lentamente la muchacha comprendió que aquella pregunta le había sido formulada a ella. Apartó su atención de los soldados y sonrió a la anciana.
—Lo siento —dijo—. Los caballos hacen mucho ruido.
—Te preguntaba qué llevas en esa cesta, moza —levantó la voz la anciana.
—Bramante. Lo necesario para tres redes. Mañana debemos tener una de ellas lista para la faena. Papá perdió la última, porque hubo algo en las aguas profundas que se la llevó, y a la pesca también. Ilgrand el Pesimista quiere recuperar el dinero que nos prestó y necesitamos pescar mañana. Necesitamos una buena captura. —Sonrió de nuevo y volvió a observar a los soldados—. ¿No es precioso? —preguntó con un suspiro.
Rigga extendió la mano, aferró la densa mata de cabello negro de la muchacha y tiró con fuerza.
La pescadora lanzó un grito. La cesta que apoyaba en la cabeza se balanceó para después deslizarse hasta un hombro. Tiró con fuerza de un asa, pero era demasiado peso y cayó al suelo.
—¡Ay! —protestó la muchacha, que intentó arrodillarse. Rigga, sin embargo, tiró con más fuerza de su pelo, hasta obligarla a volver la cabeza.
—¡Presta atención, moza! —El agrio aliento de la anciana golpeó el rostro de la joven—. El Imperio lleva cien años moliendo esta tierra. Tú naciste dentro de él, yo no. Cuando tenía tu edad, Itko Kan era una nación. Enarbolábamos nuestra propia bandera y nos pertenecía. Éramos libres, moza.
La muchacha sintió ganas de vomitar ante el aliento de Rigga y cerró los ojos con fuerza.
—Recuerda mis palabras, niña, o el Sayo de las Mentiras te cegará para siempre. —La voz de Rigga se convirtió en un canturreo, y de pronto la muchacha dio un respingo. «Rigga, Riggalai la vidente, la bruja de la cera que atrapaba almas en velas que después quemaba. Almas que se convertían en pasto de las llamas.» Las palabras de Rigga adoptaban el escalofriante tono propio de las profecías—. Recuerda mis palabras. Soy la última que te hablará. Eres la última en escucharme. De esta forma estamos unidas, tú y yo, más allá de todo lo demás. —Rigga tiró con más fuerza del cabello de la muchacha—. Allende el océano la emperatriz ha hundido el cuchillo en tierras vírgenes. La sangre corona el oleaje y te cubrirá toda, niña, si no te andas con cuidado. Te pondrán una espada en la mano, te darán un bonito caballo y te enviarán al otro lado del mar. Pero una sombra cubrirá tu alma. ¡Escucha! ¡Entierra esto en lo más hondo! Rigga te protegerá porque ahora estamos unidas, tú y yo. Pero es lo único que puedo hacer, ¿comprendes? Mira al señor engendrado en la Oscuridad; suya es la mano que liberará, aunque él no lo sepa…
—¿Qué sucede? —voceó alguien.
Rigga volvió la mirada al camino. Un jinete había detenido la montura. La vidente soltó el cabello de la muchacha.
Esta trastabilló, tropezó con una roca del borde del camino y cayó. Al levantar la mirada, el jinete había pasado de largo. Otro cabalgaba en su estela.
—Deja en paz a esa preciosidad, vieja desdentada —gruñó este, que al pasar junto a ellas se inclinó en la silla y abofeteó a la anciana con la mano abierta, enfundada en un guantelete. El guantelete de escamas metálicas alcanzó a Rigga en la cabeza y, debido al golpe, la anciana giró sobre sí hasta caer al suelo.
La pescadora lanzó un grito al desplomarse Rigga con fuerza en sus muslos. Un esputo de sangre salpicó su rostro. Gimoteando se arrastró por la grava y empleó los pies para apartar el cuerpo de Rigga. Finalmente se puso de rodillas.
Hubo algo en la profecía de Rigga que parecía haber anclado en la mente de la joven. Pesaba como una losa, y permanecía oculto a la luz. Descubrió que era incapaz de recordar una sola palabra de lo que había dicho la vidente. Extendió el brazo para tomar el rebozo de lana de Rigga. Luego, con sumo cuidado, cubrió con él a la mujer. La sangre, que manaba de la oreja, cubría la mitad de su rostro. Tenía más sangre en la barbilla, y más en la boca. Los ojos miraban, pero no veían.
La pescadora se apartó, incapaz de recuperar el aliento. Miró a su alrededor, desesperada. La columna de soldados había pasado de largo, sin dejar a su paso más que la polvareda y el rumor lejano de los cascos de los caballos. El saco lleno de nabos de Rigga había esparcido su contenido en el camino. Entre la verdura había cinco velas de sebo. La joven logró llenar por fin de aire polvoriento sus pulmones. Se limpió la nariz y observó su propia cesta.
—No te preocupes por las velas —dijo con voz extraña, recia—. Ya se han ido, ¿o no? Solo un montón de huesos. Olvídalo. —Gateó hacia los restos del cesto, y cuando habló de nuevo su voz volvió a adquirir su habitual jovialidad—. Necesitamos el bramante. Trabajaremos toda la noche y lograremos tener lista una red. Papá espera. Está en la puerta, atento al sendero, esperando a verme llegar.
Se detuvo al sentir un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. La luz del sol casi había desaparecido. Un frío impropio de la estación nacía de las sombras, que fluyeron entonces por el camino como si de agua se tratara.

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