Gestas de Malaz 3: Memorias del Hielo

MemoriasDelHieloStevenErikson

Una fuerza aterradora ha surgido del continente asolado de Genabackis. Como una marea de sangre corrompida, el Dominio Painita se extiende por el continente como lava hirviente que consume a todos los que no escuchan la palabra de su profeta, el Vidente Painita. En su camino se interpone una alianza incómoda: la de la hueste de Dujek Unbrazo y los veteranos Abrasapuentes de Whiskeyjack con sus antiguos adversarios, el caudillo Caladan Brood, Anomander Rake y sus tiste andii. Superados en número y desconfiando de todo y de todos, deben hacer llegar el mensaje a cualquier posible aliado, incluyendo las Espadas Grises, una hermandad mercenaria que ha jurado defender a toda costa la ciudad sitiada de Capustan.

ANTICIPO:

Los bloques de caliza gadrobiana del puente yacían esparcidos, abrasados y rotos entre el barro revuelto de la orilla, como si la mano de un dios hubiera bajado para destrozar de un manotazo aquel tramo de piedra en un único y miserable gesto de desdén. Y eso, como sospechaba Rezongo, no estaba más que a medio paso de la verdad.
La noticia había ido llegando a Darujhistan menos de una semana después de la destrucción, cuando las primeras caravanas que se dirigían al este por ese lado del río llegaron al cruce y se encontraron con que donde antes se alzaba un puente bastante útil ya no quedaban más que escombros. Los rumores hablaban en susurros de un antiguo demonio desatado por agentes del Imperio de Malaz, un demonio que bajaba de las colinas Gadrobi decidido a aniquilar la propia Darujhistan.
Rezongo escupió en la hierba ennegrecida que había junto al carro. Él tenía sus dudas en lo que a esa historia respectaba. Cierto, habían pasado cosas raras la noche del festival de la ciudad dos meses atrás (tampoco era que él hubiera estado lo bastante sobrio como para hacer muchas observaciones), y testigos suficientes como para dar credibilidad a los avistamientos de dragones, demonios y el aterrador descenso de Engendro de Luna, pero cualquier conjuro con el poder suficiente como para asolar una comarca rural entera habría llegado a Darujhistan. Y dado que la ciudad no era un montón humeante de escombros (o no más de lo habitual después de una celebración que había abarcado toda la ciudad) era obvio que allí no había llegado nada.
No, resultaba mucho más probable que hubiera sido la mano de un dios, o quizás un terremoto, aunque nunca se había sabido de agitación alguna en las colinas Gadrobi. Puede que Ascua hubiera dado alguna vuelta inquieta en su sueño eterno.
En cualquier caso, lo cierto era que tenía la verdad delante. O más bien, no la tenía porque yacía esparcida casi hasta las puertas del Embozado y mucho más allá. Y el hecho seguía siendo que, fueran cuales fueran los juegos a los que se dedicaran los dioses, los que sufrían las consecuencias eran los cabrones pobres como ratas que tenían que trabajar para vivir, como él.
Volvía a utilizarse el viejo vado, doce metros más arriba de donde se había construido el puente. Hacía siglos que el lugar no veía tráfico y, con una semana de lluvias fuera de estación, ambas orillas se habían convertido en un cenagal. Las recuas de caravanas atestaban el cruce, algunas en lo que solían ser rampas y otras en el río crecido, atascadas sin remedio, mientras docenas más esperaban en los caminos, con el malhumor de mercaderes, escoltas y bestias empeorando con cada hora que pasaba.
Dos días llevaban ya esperando cruzar y Rezongo estaba satisfecho con su exigua tropa. Islas de calma, eso eran. Harllo se había metido en el agua, había cruzado hasta los restos del pilar más cercano del puente, y allí se había sentado con una caña en la mano. Piedra Menackis había llevado a una banda de desgreñados escoltas hasta la carreta de Storby, y a este no le había parecido mala idea poder vender unas cuantas jarras de cerveza gredfaliana a precios exorbitantes. Una pena que los barriles de cerveza fueran para una posada que había al borde del camino, en las afueras de Saltoan, pero una pena solo para el posadero que los esperaba. Si las cosas continuaban así, allí terminaría abriéndose un mercado y en poco tiempo todo un maldito pueblo, por el Embozado. Con el tiempo, algún urbanista oficioso de Darujhistan llegaría a la conclusión que sería buena idea reconstruir el puente y en unos diez años, con suerte, se terminaría haciendo. A menos, por supuesto, que el pueblo se hubiera convertido en un negocio próspero, en cuyo caso enviarían a un recaudador de impuestos.
Rezongo estaba igual de satisfecho con la ecuanimidad con la que su jefe se tomaba el retraso. Según las últimas noticias, al mercader Manqui, al otro lado del río, le había estallado una vena en la cabeza y había muerto en nada de tiempo, cosa que era bastante más típica de la raza en cuestión. Pero no, su amo Keruli no tenía nada que ver con los demás, y mira que eso fastidiaba un poco el asco que le inspiraban a Rezongo los mercaderes en general y al que tanto aprecio tenía. Claro que, la lista de rasgos peculiares de Keruli había llevado al capitán de la escolta a sospechar que aquel hombre no tenía nada de mercader.
Tampoco era que importara mucho. Los dineros son dineros y las tarifas de Keruli eran buenas. Mejor que la media, de hecho. En lo que a Rezongo respectaba, aquel tipo podía ser el mismísimo príncipe Arard disfrazado, que a él le daba igual.
—¡Eh, tú, señor!
Rezongo apartó la mirada de los vanos esfuerzos de Harllo por pescar. Un anciano canoso se había plantado junto al carromato y lo miraba haciendo guiños con los ojos.
—Qué es ese tono tan apremiante, maldito seas —gruñó el capitán de la caravana—, por los harapos que llevas o eres el peor mercader del mundo o el criado de un pobre.
—Sirviente, para ser precisos. Me llamo Emancipor Reese y en cuanto a la pobreza de mi amo, más bien al contrario. Pero llevamos ya mucho tiempo de camino.
—Tendré que aceptar tu palabra —dijo Rezongo—, dado que tu acento me resulta irreconocible, y viniendo de mí eso ya es mucho decir. ¿Qué quieres, Reese?
El criado se rascó el rastrojo plateado que le cubría la arrugada mandíbula.
—Tras un interrogatorio cuidadoso de este populacho se ha conseguido averiguar que hay consenso en una cosa, en lo que a escoltas de caravanas se refiere, eres un hombre que se ha ganado el respeto de todos.
—En lo que a escoltas de caravanas se refiere, es muy posible que así sea —dijo Rezongo con tono seco—. ¿Por qué?
—Mis amos desean hablar contigo, señor. Si no estás demasiado ocupado, hemos acampado no lejos de aquí.
Rezongo se recostó en el banco del carromato y estudió a Reese por un instante.
—Tendría que consultar con mi jefe cualquier reunión con otros mercaderes —gruñó.
—Desde luego, señor. Y puede asegurarte que mis amos no tienen deseo alguno de tentarte ni comprometer de ningún otro modo tu contrato.
—¿No me digas? De acuerdo, espera ahí. —Rezongo se bajó con un movimiento ágil del carretón por el lado contrario al que estaba Reese. Se acercó a la puertecita de marco ornamentado que cerraba la carreta y llamó una vez. La puerta se abrió con suavidad y en la relativa oscuridad de los confines de la carreta apareció el rostro redondo e inexpresivo de Keruli.
—Sí, capitán, desde luego, vete. Admito que siento cierta curiosidad por los dos amos de ese hombre. Anota con sumo cuidado los detalles de tu inminente encuentro, y, si es posible, determina qué llevan tramando exactamente desde ayer.
El capitán gruñó para disimular la sorpresa que le inspiraba el profundo conocimiento, obviamente antinatural, que tenía Keruli; aquel tipo todavía no había abandonado el carretón ni una sola vez.
—Como desees, señor —dijo después.
—Ah, y tráete a Piedra al volver. Esa chica ha bebido demasiado y se ha puesto de un humor que no tardará en provocar una pelea.
—Quizá debería ir a recogerla ahora, entonces. Lo mismo se pone a agujerar a alguien con ese estoque que tiene. Sé cómo se pone.
—Ah, bien. Envía a Harllo, entonces.
—Bueno, es que ese es muy capaz de meterse en el jaleo, señor.
—Y sin embargo tú hablas muy bien de ellos.
—Así es —respondió Rezongo—. No quiero ser inmodesto, señor, pero los tres trabajando en el mismo contrato somos capaces de hacer lo mismo que el doble de escoltas cuando se trata de proteger a un amo y su mercancía. Por eso somos tan caros.
—¿Tus tarifas eran altas? Hmm. Ya veo. Informa a sus compañeros, entonces, que una cierta aversión a los problemas producirá unas primas sustanciales en su paga.
Rezongo se las arregló para no quedarse con la boca abierta.
—Eh… eso debería solucionar el problema, señor.
—Excelente. Informa a Harllo, pues, y envíalo a hacer lo que debe.
—Sí, señor.
La puerta se cerró de golpe.
Resultó que Harllo ya estaba de regreso al carromato con una caña en una mano inmensa y un triste lenguado en la otra. Los brillantes ojos azules del hombre bailaban de emoción.
—Mira, amargado, ¡hay pescado para cenar!
—Querrás decir para la cena de una rata de monasterio. Ese bicho podría hasta sorberlo por la nariz.
Harllo frunció el ceño.
—Sopa de pescado. Sabor…
—Estupendo. Me encanta la sopa con sabor a barro. Mira, pero si ese bicho ni siquiera respira, seguro que ya estaba muerto cuando lo pescaste.
—Le arreé con una roca entre los ojos, Rezongo…
—Debía de ser una roca pequeña.
—Solo por eso ya te has quedado sin nada…
—Solo por eso ya te bendigo. Escucha, Piedra se está emborrachando…
—Qué raro, no oigo ninguna pelea…
—Prima de Keruli si no hay ninguna. ¿Comprendido?
Harllo miró la puerta de la carreta y después asintió.
—Voy a decírselo.
—Será mejor que te des prisa.
—Voy.
Rezongo lo vio escabullirse con la caña y el premio todavía en la mano. Los brazos de aquel hombre eran enormes, demasiado largos y demasiado musculosos para el cuerpo escuálido que tenía. El arma que prefería era un mandoble que había comprado en una armería del Cuento del Muerto. Con semejantes brazos de simio, la espada podría estar hecha de bambú. La mata de pelo rubio claro de Harllo le cubría la testa como un haz enmarañado de hilo de pescar. Los desconocidos se reían cuando tenían tratos con él, pero Harllo solía usar la hoja de una espada para ahogar la respuesta. Sucintamente.
Rezongo regresó con un suspiro adonde lo esperaba Emancipor Reese.
—Tú primero.
Reese asintió con la cabeza.
—Excelente.

El carruaje era inmenso, una casa encaramada a unas ruedas altas con varios ejes. Unas tallas ornamentadas atestaban aquel marco extrañamente arqueado, unas figuras diminutas que hacían cabriolas y trepaban con expresiones libidinosas. El pescante del conductor estaba cubierto por una lona desvaída por el sol. Cuatro bueyes se movían con pesadez en un corral improvisado que habían levantado a ocho metros del campamento, a favor del viento.
Era obvio que la privacidad era importante para los amos de aquel criado, habían aparcado muy lejos tanto del camino como de los otros mercaderes, lo que les permitía tener una visión clara de los montecillos que se alzaban al sur del camino y de la amplia extensión de la llanura.
Un gato sarnoso que estaba echado en el carretón observó acercarse a Reese y Rezongo.
—¿Ese gato es tuyo? —preguntó el capitán.
Reese lo miró guiñando los ojos y después suspiró.
—Sí, señor. Se llama Ardilla.
—Cualquier alquimista o bruja de la cera podría tratar esa sarna.
El criado parecía incómodo.
—Me aseguraré de ocuparme de ello cuando lleguemos a Saltoan —murmuró—. Ah
—dijo señalando las colinas que había más allá del camino—, aquí viene maese Bauchelain.
Rezongo se dio la vuelta y estudió a un hombre alto y anguloso que había llegado al camino y se acercaba a ellos sin prisa. Una costosa capa de cuero negro hasta los tobillos, botas altas de montar del mismo color sobre unos pantalones ceñidos grises y, debajo de una camisa suelta de seda (también negra), el destello de una espléndida cota de malla ennegrecida.
—El negro —le dijo el capitán a Reese— era el tono de moda el año pasado en Darujhistan.
—El negro es el tono de moda eterno para Bauchelain, señor.
El rostro del amo era pálido, con forma casi triangular, una impresión que acentuaba todavía más una barba bien recortada. El cabello, lustroso por el aceite, lo llevaba apartado de la amplia frente. Tenía los ojos de un tono gris apagado (tan carentes de color como el resto de su persona) y al encontrarse con ellos Rezongo sintió una oleada visceral de peligro.
—Capitán Rezongo —dijo Bauchelain en voz baja y cultivada—, los fisgoneos de tu jefe no son demasiado sutiles. Pero si bien no somos de los que por lo general premiamos tal curiosidad sobre nuestras actividades, esta vez haremos una excepción.
Me vas a acompañar. —El amo le echó un vistazo a Reese—. Tu gata parece sufrir de palpitaciones. Te sugiero que consueles a la criatura.
—Enseguida, amo.
Rezongo apoyó las manos en los pomos de sus alfanjes y miró a Bauchelain con los ojos entrecerrados. Los muelles del carruaje chirriaron cuando el criado se subió al carretón.
—¿Y bien, capitán?
Rezongo no se movió.
Bauchelain levantó una fina ceja.
—Te aseguro que tu jefe está deseando que accedas a mi petición. Sin embargo, si eres tú el que teme algo, quizá puedas convencerle para que te lleve de la mano durante toda esta empresa. Aunque te lo advierto, sacarlo a cielo abierto podría resultar todo un desafío, incluso para alguien de tu tamaño.
Habían empezado a aparecer brotes verdes nuevos.

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