Gestas de Malaz 4: La Casa de Cadenas

CasaDeCadenasStevenErikson

En el norte de Genabackis, tres guerreros de una tribu salvaje descienden de las montañas para atacar las tierras del sur. Para uno de esos guerreros, Karsa Orlong, ese día marca el comienzo de lo que resultará ser un destino extraordinario.
Pasados los años, Tavore, la inexperta consejera de la emperatriz, debe enfrentarse a la tarea de adiestrar a doce mil soldados y convertirlos en una fuerza capaz de desafiar a las hordas del profeta Sha’ik, que aguardan en el desierto sagrado.
Pero la espera nunca es fácil. Los caudillos de la profetisa están enzarzados en una lucha de poder que amenaza el alma de la rebelión mientras que Sha’ik está obsesionado por la revelación de que su mayor enemigo es su propia hermana.
Steven Erikson es arqueólogo y antropólogo. Las novelas de su serie Malaz: El libro de los caídos han sido internacionalmente aclamadas y lo colocan como una de las principales voces de la ficción fantástica y épica.

ANTICIPO:

Los hijos de una casa oscura escogen senderos en sombras.

Dicho popular nathii

El perro había destrozado a una mujer, un anciano y un niño antes de que los guerreros lo empujaran a un horno abandonado al borde de la aldea. La bestia jamás había mostrado hasta entonces vacilación alguna en su lealtad. Había protegido las tierras uryd con un celo fiero, uno solo con sus parientes en sus duras, pero justas, obligaciones. No tenía heridas en el cuerpo que pudieran haberse enconado y permi­tido así que el espíritu de la locura entrara en sus venas. Ni estaba el perro poseído por la enfermedad que hacía espuma. Nadie había desafiado su posición en la manada de la aldea. De hecho, no había nada, nada en absoluto, que diera motivos para aquel repentino giro.
Los guerreros utilizaron lanzas para sujetar al animal contra el muro redondo posterior del horno de arcilla y apuñalar a la bestia, que mordía y chillaba sin descanso, hasta que estuvo muerta. Cuando sacaron las lanzas, vieron los astiles mordidos y resbaladizos de saliva y sangre; vieron el hierro lleno de muescas y marcas.
La locura, bien sabían, podía permanecer escondida, enterrada muy lejos de la superficie, un sabor sutil que convertía la sangre en algo amargo. Los chamanes examinaron a las tres víctimas, dos ya habían muerto de sus heridas, pero el niño seguía aferrándose a la vida.
En solemne procesión lo llevó su padre a las Caras en la Roca, lo posó en el claro ante los siete dioses de los teblor y lo dejó allí.
El niño murió poco después. Solo en su dolor ante los duros rostros tallados en la cara del acantilado.
No era un destino inesperado. El niño, después de todo, era demasiado pequeño para rezar.
Todo esto, por supuesto, ocurrió siglos ha.
Mucho antes de que los siete dioses abrieran los ojos.

Año de Urugal el Entretejido 1159 del Sueño de Ascua

Eran relatos gloriosos. Granjas en llamas, niños arrastrados por caballos durante leguas enteras. Los trofeos de ese día, acaecido tanto tiempo atrás, atestaban las paredes bajas de la larga casa de su abuelo. Cráneos llenos de marcas, mandíbulas de aspecto frágil. Fragmentos extraños de ropa hecha de un material desconocido, ennegrecida por el humo y hecha jirones. Orejas pequeñas clavadas a cada poste de madera que se alzaba hasta el tejado de paja.
Pruebas de que Lago de Plata era real, que existía de verdad más allá de las montañas cubiertas de bosques, bajando por pasos ocultos, a una semana (quizá dos) de las tierras del clan Uryd. El camino era peligroso, pasaba por territorios propiedad de los clanes Sunyd y Rathyd, un viaje que constituía un relato de proporciones legendarias. Había que moverse en silencio e invisiblemente a través de los campa­mentos enemigos, cambiar las piedras de las hogueras para que la injuria fuera más grave, eludir a los cazadores y rastreadores, noche y día, hasta que se alcanzaban las fronteras y luego se cruzaban. Desconocido el panorama que quedaba por delante, sus riquezas ni siquiera soñadas todavía.
Karsa Orlong vivía y respiraba los relatos de su abuelo. Se alzaban como una legión, desafiantes y fieros, ante el legado pálido y vacío de Synyg (hijo de Pahlk y padre de Karsa). Synyg, que no había hecho nada en su vida, que cuidaba caballos en su valle y ni una sola vez se había aventurado por tierras hostiles. Synyg, que era al mismo tiempo la mayor vergüenza tanto de su padre como de su hijo.
Cierto, Synyg había defendido más de una vez a su manada de caballos de asaltantes de otros clanes, y la había defendido bien, con ferocidad, honor y una habilidad admirable. Pero eso solo era lo que se esperaba de alguien por cuyas venas corría sangre uryd. Urugal el Entretejido era la Cara en la Roca del clan y Urugal se contaba entre los más fieros de los siete dioses. Los otros clanes tenían buenas razones para temer a los uryd.
Y Synyg tampoco había mostrado ser menos que magistral a la hora de adiestrar a su hijo en las danzas de guerra. La habilidad de Karsa con la hoja de palosangre era muy superior a lo esperable para sus años. Se le contaba entre los mej ores guerreros del clan. Si bien los uryd desdeñaban el uso del arco, sobresalían con la lanza y el átlatl, con el disco dentado y el cabo alquitranado, y Synyg también le había enseñado a su hijo una eficiencia impresionante con esas armas.
No obstante, tal adiestramiento solo era de esperar en cualquier padre del clan Uryd. Karsa no encontraba razón alguna para enorgullecerse de eso. Las danzas de guerra no eran más que una preparación, después de todo. La gloria se hallaba en lo que venía a continuación, en los concursos, las incursiones, la perpetuación cruel de los feudos.
Karsa no haría lo que había hecho su padre. No haría… nada. No, él seguiría el camino de su abuelo. Un camino más parecido de lo que nadie podría imaginarse. Buena parte, demasiada, de la reputación del clan vivía solo en el pasado. Los uryd se habían dormido en los laureles de su posición de preeminencia entre los teblor. Pahlk había murmurado la verdad más de una vez, las noches en las que los huesos le dolían por las antiguas heridas y la vergüenza que era su hijo ardía con más fuerza.
Un regreso a ¡os antiguos modos. Y yo, Karsa Orlong, me pondré en cabeza. Delum Thord está conmigo. Al igual que Bairoth Gild. Todos en nuestro primer año de las cicatrices. Hemos relatado éxitos. Hemos asesinado enemigos. Robado caballos. Cambiado las piedras de las hogueras de los kellyd y los buryd.
Y ahora, con la luna nueva y en el año de tu nombre, Urugal, tejeremos nuestro camino hasta Lago de Plata. Para asesinar a los niños que moran allí
Permaneció de rodillas en el claro, con la cabeza inclinada baj o las Caras en la Roca, sabiendo que el rostro de Urugal, en lo alto de la cara del acantilado, reflejaba su propio deseo salvaje y que los otros dioses, todos con sus propios clanes, salvo ‘Siballe, que era la No Hallada, miraban furiosos a Karsa, con odio y envidia. Ninguno de sus hijos se arrodillaba ante ellos, después de todo, para pronunciar votos tan atrevidos.
La complacencia era una plaga en todos los clanes teblor, sospechaba Karsa. El mundo que había tras las montañas no se atrevía a traspasar sus límites, ni lo había intentado en décadas enteras. No había visitantes que se aventuraran en las tierras de los teblor. Ni tampoco los propios teblor habían mirado más allá de las fronteras con un ansia oscura, como habían hecho con frecuencia generaciones atrás. El último hombre que había encabezado una incursión a territorios foráneos había sido su abuelo. A las orillas de Lago de Plata, donde las granjas crecían como champiñones podridos y los niños corrían como ratones. Por aquel entonces había dos granj as, media docena de cobertizos. Tras tanto tiempo, Karsa creía que habría más. Tres, incluso cuatro granjas. Hasta el día de matanza de Pahlk palidecería ante lo que harían Karsa, Delum y Bairoth.

A eso me comprometo, amado Urugal. Y vendré a ofrecerte un festín de trofeos cuyo igual jamás ha ensombrecido el suelo de este claro. Suficiente, quizá, para liberarte de la propia piedra, para que una vez más camines entre nosotros y repartas la muerte entre todos nuestros enemigos.
Yo, Karsa Orlong, nieto de Pahlk Orlong, te lo juro. Y si dudases, Urugal, has de saber que partimos esta misma noche. El viaje comienza con el descenso de este mismo sol. Y, al igual que el sol de cada día da origen al sol del día siguiente, así contemplará a los tres guerreros del clan Uryd que guiarán a sus destreros por los pasos y descenderán sobre tierras desconocidas. Y Lago de Plata, después de más de cuatro siglos, temblará una vez más ante la llegada de los teblor.

Karsa levantó poco a poco la cabeza y recorrió con los ojos la maltratada cara del acantilado hasta que encontró el rostro duro y bestial de Urugal, allí, entre los suyos. El semblante lleno de marcas parecía clavado en él y Karsa creyó ver un placer ávido en aquellos estanques oscuros. De hecho, estaba convencido y se lo describiría como cierto a Delum y Bairoth, y a Dayliss, para que ella pronun­ciara su bendición, pues Karsa deseaba tanto su bendición, sus palabras frías… «Yo, Dayliss, que todavía he de hallar un apellido, te bendigo, Karsa Orlong, en tu funesta incursión. Que asesines a una legión de niños. Que sus gritos alimenten tus sueños. Que su sangre te dé sed de más. Que las llamas acosen el sendero de tu vida. Que regreses a mí, con mil muertes sobre tu alma, y me tomes como esposa.»
Quizá lo bendijera así de verdad. Una primera pero innegable expresión del interés que sentía por él. No por Bairoth (Dayliss no hacía más que jugar con Bairoth como podría hacerlo cualquier joven no casada, para divertirse). El Cuchillo de la Noche de la joven permanecía envainado, por supuesto, pues Bairoth carecía de ambición fría, un defecto que él quizá negase, pero la verdad era obvia, Bairoth nunca guiaba, solo seguía, y Dayliss no se conformaría con eso.
No, Dayliss sería suya, de Karsa, a su regreso, la culminación del triunfo que era la incursión contra Lago de Plata. Para él, y solo para él, Dayliss desenfundaría su Cuchillo de la Noche.
«Que asesines a una legión de niños. Que las llamas acosen el sendero de tu vida.»
Karsa se irguió. No había viento que agitara las hojas de los abedules que rodeaban el claro. El aire era pesado, un aire de tierras bajas que había trepado y se había abierto camino por las montañas, tras el rastro de la marcha del sol, y al desvanecerse la luz se había quedado atrapado en el claro, ante las Caras en la Roca. Como un aliento de los dioses que pronto se filtraría por el suelo medio podrido.
A Karsa no le cabía ninguna duda de que Urugal estaba presente, tan cerca tras la piel de piedra de su cara como siempre. Atraído por el poder del juramento de Karsa, por la promesa de un regreso a la gloria. También rondaban allí los otros dioses. Beroke Voz Suave, Kahlb el Cazador Silencioso, Thenik el Quebrado, Halad el Portador de Ruina, Imroth el Cruel y ‘Siballe la No Hallada, todos despiertos una vez más y ansiosos de sangre.
Y yo no he hecho más que ponerme en camino. Recién llegado a mi octogésimo año de vida, al fin un guerrero de verdad. He oído las palabras más antiguas, los susurros, del Único, que unirá a los teblor, que ligará a todos y cada uno de los clanes y los llevará a las tierras bajas, y así comenzará la Guerra de los Pueblos. Estos susurros, son la voz de la promesa, y esa voz es mía.
Unos pájaros ocultos anunciaron la llegada del atardecer. Era hora de irse. Delum y Bairoth lo aguardaban en la aldea. Y Dayliss, silenciosa pero aferrándose a las palabras que le diría a él.
Bairoth se pondrá furioso.
La bolsa de aire cálido del claro tardó en desaparecer tras la partida de Karsa Orlong. El suelo blando y pantanoso tardó en borrar la huella de sus rodillas, de sus pies envueltos en mocasines, el fulgor profundizado del sol continuó pintando los rasgos duros de los dioses aunque las sombras comenzaran a llenar el claro en sí.
Siete figuras se alzaron del suelo, con la piel arrugada y manchada de marrón oscuro sobre unos músculos marchitos y unos huesos pesados, el cabello rojo como el ocre y chorreando un agua negra y estancada. A algunos les faltaban miembros, otros se apoyaban en piernas partidas, hechas pedazos o mutiladas. A uno le faltaba la mandíbula inferior, mientras que el pómulo y la frente de otro estaban aplastados y ocupaban el espacio de la cuenca del ojo. Cada uno de los siete roto de algún modo. Imperfectos. Defectuosos.
Tras el muro de roca, en algún lugar, había una cueva sellada que había sido su tumba durante siglos, un encarcelamiento que resultó ser breve. Nadie había esperado su resurrección. Demasiado destrozados para permanecer con los suyos, los habían dejado atrás, como era costumbre entre los de su raza. La condena por el fracaso era el abandono, una eternidad de inmovilidad. Cuando el fracaso era con honor, sus restos sensibles se colocaban bajo el cielo, abiertos a los paisajes y el mundo exterior, para que encontraran paz en la contemplación del paso de los eones. Pero para aquellos siete el fracaso no había sido con honor. Así pues, la oscuridad de una tumba había sido su condena. No habían sentido amargura al saberlo.
Ese regalo oscuro llegó después, no de su prisión sin luz, sino del exterior, y con él, la oportunidad.
Lo único que hacía falta era el incumplimiento de un voto y jurar lealtad a otro. La recompensa: renacimiento y libertad.
Los suyos habían marcado su lugar de enterramiento con caras talladas, cada una con un retrato que se burlaba de las vistas con oj os ciegos y vacíos. Habían pronunciado sus nombres para cerrar el ritual de vinculación, nombres que persistían en aquel lugar con poder suficiente como para retorcer las mentes de los chamanes del pueblo que había encontrado refugio en esas montañas y en la meseta que ostentaba el antiguo nombre de Laederon.
Los Siete guardaban silencio y permanecían inmóviles en el claro bajo el atardecer que iba cayendo. Seis esperaban a que uno hablara, pero ese uno no tenía prisa. La libertad era un júbilo puro y, aunque limitada como estaba a ese claro, la emoción subsistía todavía. Ya no faltaba mucho para que esa libertad se librara de las últimas cadenas, el truncado campo visual de las cuencas talladas en la roca. El servicio al nuevo amo prometía viajes, un mundo entero que volver a descubrir y un sinfín de muertes que provocar.
Urual, cuyo nombre significaba Hueso Musgoso y al que conocían entre los teblor con el nombre de Urugal, habló al fin.
—Él bastará.
Sin’b’alle (Liquen para Musgo), que era ‘Siballe la No Hallada, no ocultó el escepticismo de su voz.
—Pones demasiada fe en estos teblor caídos. Teblor. No saben nada, ni siquiera su verdadero nombre.
—Alégrate de que no lo sepan —dijo Ber’ok, su voz era un chirrido áspero que salía de una garganta aplastada. Con el cuello torcido y la cabeza inclinada hacia un lado, se veía obligado a girar el cuerpo entero para mirar la cara de roca—. En cualquier caso, tú tienes tus propios hijos, Sin’b’alle, que son los portadores de la verdad. Para los otros, para nuestros fines, es mejor que la historia perdida continúe perdida. Su ignorancia es nuestra mejor arma.
—Fresno Muerto está en lo cierto —dij o Urual—. No podríamos haber retorcido así su fe si fueran conocedores de su legado.
Sin’b’alle se encogió de hombros con gesto desdeñoso.
—El llamado Pahlk también… bastaba. En tu opinión, Urual. Un candidato digno para guiar a mis hijos, parecía. Y sin embargo, fracasó.
—Culpa nuestra, no suya —gruñó Haran’alle—. Fuimos impacientes, confiamos demasiado en nuestra eficacia. La ruptura del voto nos arrebató buena parte de nuestro poder.
—¿Pero qué nos ha dado nuestro nuevo amo que fuera de él, Asta del Verano? —preguntó Thek Ist—. Nada, salvo unas simples gotas.
—¿Y qué esperabas? —inquirió Urual en tono tranquilo—. Se recupera de su ordalía como nosotros de la nuestra.
Emroth habló entonces, la voz de mujer era sedosa.
—Así que crees, Hueso Musgoso, que este nieto de Pahlk tallará para nosotros el sendero a la libertad.
—Así lo creo.
—¿Y si nos decepcionan de nuevo?
—Entonces comenzaremos de nuevo. El hijo de Bairoth crece en el vientre de Dayliss.
Emroth siseó.
— ¡Otro siglo de espera! ¡Malditos sean estos longevos teblor!
—Un siglo no es nada…
—¡No es nada, pero lo es todo, Hueso Musgoso! Y sabes muy bien a qué me refiero.
Urual estudió a la muj er, a la que le habían dado el acertado nombre de Esqueleto con Colmillos, y recordó su tendencia hacia lo soletaken y el ansia que había llevado con tanta claridad al fracaso de todos tanto tiempo atrás.
—El año de mi nombre ha regresado —dijo—. Entre todos nosotros, ¿quién ha hecho avanzar más que yo por nuestro camino a un clan de los teblor? ¿Tú, Esqueleto con Colmillos? ¿Liquen para Musgo? ¿Pierna de Lanza?
Nadie dijo nada.
Después, al fin, Fresno Muerto emitió un sonido que podría haber sido una carcajada suave.
—Como Musgo Rojo, callamos todos. El camino se abrirá. Así lo ha prometido nuestro nuevo amo, que encuentra su poder. El guerrero escogido de Urual ya posee una veintena de almas en su rastro asesino. Y son, además, almas teblor. Recordad también que Pahlk viajó solo, pero Karsa tendrá a dos guerreros formidables a su lado. Si muriera, siempre quedan Bairoth o Delum.
—Bairoth es demasiado listo —gruñó Emroth—. Se parece al hijo de Pahlk, su tío. Y lo que es peor, su ambición no aspira a nada externo. Finge seguir a Karsa, pero ya ha puesto la mano en la espalda de Karsa.
—Y yo tengo la mía en la suya —murmuró Urual—. Ya casi se nos ha echado encima la noche. Debemos regresar a nuestra tumba. —El antiguo guerrero se giró—. Esqueleto con Colmillos, no te alejes mucho del niño que habita el vientre de Dayliss.
—Ya la estoy alimentando de mi pecho —afirmó Emroth.
—¿Una niña?
—Solo de cuerpo. Lo que hago en su interior no es niña ni cría humana.
—Bien.
Las siete figuras regresaron a la tierra cuando las primeras estrellas de la noche despertaron con un parpadeo en el cielo. Despertaron con un parpadeo y contemplaron desde su altura un claro donde no moraba dios alguno. Donde jamás había morado ningún dios.
La aldea estaba situada en la orilla pedregosa del río Laderii, un torrente alimen­tado por las montañas de agua gélida que abrían un valle en el bosque de coníferas, de camino a algún mar remoto. Las casas estaban construidas con cimientos de cantos rodados y muros de cedro mal cortado, los tejados eran marañas espesas, abombados y plagados de musgo. A lo largo de la orilla se levantaban marcos enrejados repletos de tiras de pescado puestas a secar. En los bordes de los bosques habían talado algunas zonas para proporcionarles pastos a los caballos.
La luz brumosa de las hogueras parpadeaba entre los árboles cuando Karsa llegó a la casa de su padre tras pasar junto a la docena de caballos que permanecían quietos y silenciosos en el claro. La única amenaza eran posibles asaltantes, ya que esas bestias eran asesinos natos y los lobos de montaña ya habían aprendido mucho tiempo atrás a evitar a aquellos enormes animales. De vez en cuando, un oso de cuello de color óxido se aventuraba a bajar de su guarida en las montañas, pero por lo general eso coincidía con la temporada de los salmones y las criaturas no mostraban demasiado interés en desafiar a los caballos, los perros de la aldea o sus audaces guerreros.
Synyg estaba en el corral de adiestramiento, almohazando a Estragos, su preciado caballo de guerra. Karsa podía sentir el calor del animal al acercarse, aunque era poco más que una masa negra en la oscuridad.
—Ojo Rojo sigue vagando suelto —gruñó Karsa—. ¿Es que no harás nada por tu hijo?
Su padre continuó almohazando a Estragos.
—Ojo Rojo es demasiado joven para un viaje así, como ya he dicho antes…
—Pero es mío, y por tanto lo montaré.
—No. Carece de independencia y no ha cabalgado todavía con las monturas de Bairoth y Delum. Alojarás una espina en sus nervios.
—¿He de caminar, entonces?
—Te daré a Estragos, hijo mío. Lo han montado sin cansarlo esta noche y todavía lleva puesta la brida. Ve a recoger tu equipo, antes de que se enfríe demasiado.
Karsa no dijo nada. Se había quedado asombrado. Se dio la vuelta y se dirigió a la casa. Su padre había colgado su alforja de un caballete cerca de la puerta para que no se mojara. Su espada de palosangre colgaba de su arnés a su lado, recién lubricada, con el escudo de guerra de los uryd recién pintado en la ancha hoj a. Karsa baj ó el arma y se ató el arnés, la empuñadura ambidiestra de la espada, envuelta en cuero, le sobresalía sobre el hombro izquierdo. La alforja la llevaría a lomos de Estragos, acoplada a los cordajes del estribo, aunque las rodillas de Karsa soportarían buena parte del peso.
Los arreos de los teblor no incluían silla de montar, un guerrero cabalgaba directamente sobre el lomo de su montura, con los estribos altos y la mayor parte del peso justo detrás de los hombros del animal. Los trofeos de las tierras bajas incluían sillas que revelaban, cuando se colocaban sobre los caballos más pequeños de los habitantes de las tierras bajas, un cambio claro en el peso, que se desplazaba hacia la espalda. Pero un auténtico destrero necesitaba los cuartos traseros libres de cualquier peso extra para garantizar la rapidez de las coces. Y aún más, un guerrero debe proteger el cuello y la cabeza de su montura con la espada y, si es necesario, con los brazales de los antebrazos.
Karsa regresó adonde esperaban su padre y Estragos.
—Bairoth y Delum te aguardan en el vado —dijo Synyg.
—¿Dayliss?
Karsa no pudo ver la expresión de su padre cuando este le respondió con tono inexpresivo.
—Dayliss le dio su bendición a Bairoth después de que partieras rumbo a las Caras en la Roca.
—¿Bendijo a Bairoth?
—Así es.
—Al parecer, la he juzgado mal —dijo Karsa mientras luchaba contra una contrac­ción poco conocida para él, que le tensaba la voz.
—Cosa fácil, pues es una mujer.
—¿Y tú, padre? ¿Me darás tu bendición?
Synyg le dio a Karsa la única rienda y después se dio la vuelta.
—Pahlk ya lo ha hecho. Date por satisfecho con eso.
— ¡Pahlk no es mi padre!
Synyg hizo una pausa en la oscuridad, pareció pensarlo un momento y después contestó.
—No, no lo es.
—¿Entonces, me vas a bendecir tú?
—¿Qué quieres que bendiga, hijo? ¿Los siete dioses, que son una mentira? ¿La gloria, que está vacía? ¿Me complacerá que asesines a niños? ¿Los trofeos que te atarás al cinturón? Mi padre, Pahlk, abrillantaría su propia juventud, pues tiene esa edad. ¿Con qué palabras te bendijo, Karsa? ¿Que superes sus logros? Me imagino que no. Piensa con atención en sus palabras y creo que averiguarás que le servían a él más que a ti.
—«Pahlk, descubridor del sendero que tú vas a seguir, bendice tu viaje.» Tales fueron sus palabras.
Synyg se quedó callado un momento y cuando habló, su hijo pudo oír la sonrisa triste de su boca, aunque no la viera.
—Como he dicho yo.
—Madre me habría bendecido —soltó Karsa de repente.
—Como debe hacer una madre. Pero el corazón le habría pesado. Ve ya, hijo. Tus compañeros te aguardan.
Con un gruñido, Karsa se subió al amplio lomo del caballo de guerra. Estragos agitó la cabeza al sentir un jinete con el que no estaba familiarizado y después resopló.
Synyg habló en medio de la penumbra.
—Le desagrada llevar ira sobre su lomo. Has de calmarte, hijo.
—Un destrero que teme a la ira no sirve de casi nada. Estragos tendrá que aprender quién lo monta ahora. —Y tras eso, Karsa echó una pierna hacia atrás y con un papirotazo de la única rienda hizo dar la vuelta al caballo de repente. Un tirón con la rienda envió al caballo por el camino.
Cuatro postes de sangre, cada uno de los que conmemoraban a los hermanos sacrificados de Karsa, flanqueaban el sendero que llevaba a la aldea. Al contrario que otros, Synyg había dejado los postes tallados sin adornos; solo se había limitado a labrar los glifos que daban nombre a los tres hijos y la hija entregados a las Caras en la Roca, seguidos por una salpicadura de sangre de familia que no había durado mucho más allá de las primeras lluvias. En lugar de trenzas que trepasen por los postes de la altura de un hombre hasta un tocado de plumas y tripas anudadas en la cumbre, solo unas parras entrelazaban la madera, curtida por los elementos, y la cumbre roma estaba manchada de excrementos de pájaros.
Karsa sabía que la memoria de sus hermanos merecía algo más y resolvió llevar sus nombres cerca de sus labios en el momento del ataque, para poder asesinar con los gritos de sus hermanos hendiendo el aire. Su voz sería la voz de sus hermanos cuando llegara el momento. Ya habían sufrido el descuido de su padre demasiado tiempo.
El sendero se ampliaba, flanqueado por antiguos tocones y enebros bajos. Por delante, el fulgor chillón de los fuegos entre las casas cónicas, oscuras y achaparradas brillaba con luz trémula entre la calima del humo. Cerca de una de esas hogueras esperaban dos figuras montadas. Una tercera forma, a pie, permanecía a un lado, envuelta en pieles. Dayliss. Bendijo a Bairoth Gild y ahora viene a despedirlo.
Karsa se acercó a ellos, contenía a Estragos para que no pasara de un ritmo largo y perezoso. El líder era él y pensaba dejarlo bien patente. Bairoth y Delum lo esperaban a él, después de todo, ¿y cuál de los tres había ido a las Caras en la Roca? Dayliss había bendecido a un seguidor. ¿Quizá Karsa se había mantenido demasiado distante? Pero tal era la carga de los que ostentaban el mando. La chica debería haberlo entendido. No tenía ningún sentido.
Karsa detuvo el caballo ante ellos y no dijo nada.
Bairoth era un hombre más pesado, aunque no tan alto como Karsa o, de hecho, Delum. Poseía aire osuno que ya había admitido mucho tiempo atrás y que incluso había terminado por fingir de forma un tanto tímida. Cuando vio a Karsa hizo rodar los hombros, como si los relajara para el viaje, y sonrió.
—Un comienzo atrevido, hermano —bramó—, el robo del caballo de tu padre.
—No lo he robado, Bairoth. Synyg me dio tanto a Estragos como su bendición.
—Una noche llena de milagros, al parecer. ¿Y Urugal también salió de la roca para besarte la frente, Karsa Orlong?
Dayliss bufó al oír eso.
Si se hubiera adentrado en suelo mortal, no habría encontrado más que a uno de los tres ante él. Karsa no contestó a la pulla de Bairoth, se limitó a dirigir la mirada con lentitud a Dayliss.
—¿Has bendecido a Bairoth?
El encogimiento de hombros de la chica fue desdeñoso.
—Lamento mucho —dijo Karsa— que hayas perdido el coraje.
Los ojos femeninos se clavaron en los suyos con una furia repentina.
Con una sonrisa, Karsa se volvió hacia Bairoth y Delum.
—«Las estrellas giran. Cabalguemos.»
Pero Bairoth hizo caso omiso de las palabras y en lugar de pronunciar la respuesta ritual, gruñó otra cosa.
—Una mala elección, desatar tu orgullo herido sobre ella. Dayliss será mi esposa cuando regresemos. Atacarla a ella es atacarme a mí.
Karsa se quedó inmóvil.
—Pero Bairoth —dijo en voz baja y suave—, yo ataco donde quiero. La falta de coraje puede extenderse como una enfermedad, ¿se ha posado su bendición sobre ti como una maldición? Soy caudillo de guerra. Te invito a que me desafíes ahora, antes de abandonar nuestro hogar.
Bairoth encorvó los hombros y se inclinó poco a poco hacia delante.
—No es falta de coraje —dijo entre dientes— lo que detiene mi mano, Karsa Orlong.
—Me complace oírlo. «Las estrellas giran. Cabalguemos.»
Bairoth frunció el ceño ante la interrupción y quiso decir algo más, pero se detuvo. Sonrió y se relajó de nuevo. Miró a Dayliss y asintió, como si reafirmara en silencio un secreto, después entonó:
—«Las estrellas giran. Condúcenos, caudillo, a la gloria.»
Delum, que lo había observado todo en silencio, con el rostro vacío de expresión, habló a su vez.
—«Condúcenos, caudillo, a la gloria.»
Con Karsa por delante, los tres guerreros recorrieron toda la anchura de la aldea. Los ancianos de la tribu se habían pronunciado contra el viaj e, así que no salió nadie a verlos partir. Pero Karsa sabía que nadie podría evitar oírlos pasar y sabía también que, algún día, llegarían a lamentar no haber sido testigos de nada más que de los pasos pesados y ahogados de los cascos de los caballos. No obstante, deseó con todas sus fuerzas algún otro testigo que no fuera Dayliss. Ni siquiera Pahlk había aparecido.
Y sin embargo, yo tengo la sensación de que nos están observando en realidad. Quizá sean los Siete. Urugal, ascendido a la altura de las estrellas, a lomos de la corriente de la rueda de estrellas, nos contempla ahora desde su altura. ¡Óyeme, Urugal! ¡ Yo, Karsa Orlong, asesinaré por ti a un millar de niños! ¡ Un millar de almas que posar a tus pies!
No muy lejos, un perro gimió en un sueño inquieto, pero no despertó.
En el lado norte del valle que se asomaba a la aldea, al borde mismo de los árboles, veintitrés testigos silenciosos presenciaban la partida de Karsa Orlong, Bairoth Gild y Delum Thord. Fantasmales en la oscuridad que cubría los huecos entre los árboles de hoja ancha, esperaron, inmóviles, hasta mucho tiempo después de que los tres guerreros se perdieran de vista por el camino oriental.
Nacidos uryd. Sacrificados uryd, eran parientes carnales de Karsa, Bairoth y Delum. En su cuarto mes de vida, a cada uno de ellos los habían entregado a las Caras en la Roca, posados por sus madres en el claro al atardecer. Ofrecidos al abrazo de los Siete, se habían desvanecido antes de la salida del sol. Entregados, todos y cada uno, a una nueva madre.

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