Goya

Goya

Los caprichos del pintor Francisco de Goya fueron entregados a la Inquisición española: dibujos heréticos, insolentes, subversivos, impresiones del horror, imágenes visionarias. La duquesa Cayetana de Alba, la mujer a quien Goya estaba estrechamente unido, los juzgaba brutales, bárbaros y de mal gusto. El amigo del pintor, el poeta Quintana, los elogia: “Goya da forma visible al miedo profundo y encubierto que paraliza al país”. Podrá creerse solo una cuestión de tiempo que el santo tribunal consiga aniquilar al hereje y destruir su obra… Pero el nuevo arte del pintor, audaz y obstinado, acaba triunfando sobre el fantasma de la arbitrariedad inquisitorial. Con una gran precisión en la descripción de los detalles y en los conocimientos históricos, Feuchtwanger narra la vida de Goya en la Corte española y en los palacios de la nobleza. En verdad, don Francisco había recorrido un largo camino desde el pueblo aragonés de Fuendetodos hasta llegar a ser el pintor de cámara del Rey. El autor ofrece un retrato pleno de color de una época en que, reinando los Borbones, y bajo la amenazadora sombra de la Revolución Francesa, empieza a desmoronarse la antigua España, a la que se aferran con fuerza tanto la arrogante nobleza como el poderoso clero. Este es el mundo en que vivió Goya, amoldándose y manteniéndose independiente al mismo tiempo. También es la época en que el artista dibujante, grabador y pintor, conocedor de la naturaleza humana, se erige en el acerbo crítico que se adelantó en un siglo a su tiempo y que, odiado y perseguido por la Inquisición, se retirará finalmente a la soledad del exilio francés, sordo y completamente decepcionado.

ANTICIPO:
La duquesa de Alba todavía no se había dejado ver. Pero en primera fila se sentaba su marido, el marqués de Villabranca, que, siguiendo la costumbre, había añadido a sus muchos otros títulos también el de ella. El apacible y elegante caballero, más bien delgado, pero de rostro lleno, contemplaba pensativo, con sus hermosos ojos oscuros, a la macilenta actriz que allá arriba declamaba versos sentimentales y patéticos, pretendiendo ser la difunta María Antonieta. El duque de Alba era muy susceptible en lo que se refería a las manifestaciones artísticas que no fueran de primerísimo orden, y desde el principio se había mostrado escéptico. Pero su querida Duquesa le había comentado que, como consecuencia del luto que la Corte había decretado con motivo del espeluznante fin de la reina María Antonieta, la vida en Madrid se había vuelto mortalmente aburrida y se sentía obligada a hacer algo para remediarlo. Una función, como aquella del «martirio», traería animación a la casa y demostraría su adhesión al duelo por el fallecimiento de los reyes de Francia. El duque podía comprender que su esposa, famosa en todas las cortes de Europa por sus caprichos, se aburriera en la enorme soledad de su palacio de Madrid, y había dado su consentimiento, sin poner objeciones, y ahora soportaba con resignación la representación, paciente y escéptico.

Su madre, la viuda del décimo marqués* de Villabranca, estaba sentada junto a él, escuchando indiferente. ¡Qué escandalosa y gimoteante era la Habsburgo del escenario! No, María Antonieta no había sido así; en su día, la marquesa* de Villabranca la había visto y había hablado con ella en Versalles. Había sido una dama encantadora, María Antonieta de Habsburgo y Borbón, divertida y amable, quizá un poco llamativa y demasiado ruidosa. Pero, al fin y al cabo, no había sido más que una Habsburgo y no tenía nada de la discreta nobleza de los Villabranca. La relación de María Antonieta con su taciturno y discreto Luis, ¿no era parecida a la relación de Cayetana de Alba con su don José? Furtivamente miró a su hijo, era su hijo predilecto, tan sensible y frágil, y todo cuanto veía y vivía lo refería a él. Don José amaba a su esposa, y cualquiera que la hubiera visto alguna vez, podía comprenderlo; pero no podía negarse que él estaba a su sombra, para todo el mundo, él era el marido de la duquesa de Alba. ¡Ah!, muy pocos conocían a su hijo José. Conocían y elogiaban su serena elegancia. Pero pocos sabían de su armonía interior, de su maravilloso y equilibrado carácter vibrante, y tampoco su esposa sabía demasiado de ello.

Arriba, sobre el escenario, se encontraba ahora el Presidente del Tribunal Revolucionario, un hombre brutal, para comunicar a la Reina la sentencia. En primer lugar, le reprochó de nuevo todas sus infamias, dio lectura a una lista, tan estúpida como abominable, de atroces delitos.

Perdido en su amplio sillón, flaco y descarnado, llevando el flamante uniforme de legado plenipotenciario, estaba sentado monsieur De Havré, el comisionado del sucesor del trono, que gobernaba desde Verona en lugar del pequeño Rey de Francia, prisionero de los republicanos. No era fácil gobernar un país del que no se poseía ni una pulgada, y todavía era menos fácil ser el embajador de un regente así. Monsieur De Havré era un viejo diplomático, había representado durante décadas el esplendor de Versalles y se adaptaba con dificultad a su nueva y lamentable situación. Las embajadas que por orden de su señor, el regente, debía presentar a la Corte de Madrid, muy pomposas a veces, sonaban extrañas en boca de un hombre cuyo uniforme diplomático se iba deshilachando y que sin el respaldo de la Corte española no habría podido pagar su almuerzo. Allí estaba monsieur De Havré, cubriendo los lugares más desgastados de su casaca con el sombrero abarquillado, con su hija Geneviève, de dieciséis años, delgada, pálida y hermosa, sentada a su lado. Tampoco a ella le habrían venido mal algunos vestidos nuevos, en interés de Francia y en el suyo propio. Pero estaban arruinados. Debían alegrarse de que la duquesa de Alba los hubiera invitado.

Arriba, sobre el escenario, el hombre del Tribunal había anunciado la sentencia de muerte a la regia mártir, y ella había respondido que anhelaba reunirse con su esposo. Pero no iban a permitir que morir le resultara tan fácil: aquellos canallas impíos habían ideado aún una última humillación. María Antonieta —explicó, siempre en verso, sobre el escenario, aquel hombre horrendo— había humillado a Francia a los ojos del mundo durante largos años con su licenciosa lascivia; por lo tanto, era voluntad del pueblo que ella misma fuera deshonrada, y fuera conducida al patíbulo desnuda hasta el ombligo.

Los espectadores habían leído muchos informes sobre el cruel acontecimiento, pero aquello era nuevo. Prestaron atención, estremecidos y expectantes, salieron de su amodorramiento, la representación llegó a su fin, acompañada del interés general.

Se cerró el telón, hubo corteses aplausos. Los invitados se pusieron en pie, celebrando poder mover los miembros, paseando por la sala.

Fueron encendidas más velas. Pudo verse quién estaba presente.

Llamaba la atención un hombre, que, entre todos aquellos caballeros y damas refinados, daba cierta impresión de torpeza, a pesar de su cuidadosa vestimenta, casi lujosa. No era de estatura elevada, bajo los pesados párpados, los ojos aparecían hundidos, el labio inferior era grueso y se adelantaba con violencia, la nariz carnosa y aplastada arrancaba recta desde la frente, la cabeza tenía un cierto aspecto leonino. Recorría con lentitud la sala, casi todos lo conocían y le devolvían el saludo con respeto.

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