Heliconia. Verano

Es el verano de Gran Año en Heliconia. El rey de Borlien vive acosado por sus adversarios y por conflictos religiosos. Tan sólo puede confiar en su guardia Phagor. Finalmente deberá divorciarse de la hermosa reina Myrdeminggala y contraer matrimonio con la princesa del vecino Oldorado, que no es más que una niña. Los eternos enemigos de los seres humanos, los phagors, se muestran menos beligerantes en esta época: pueden permitirse esperar y sacar provecho de la debilidad del rey y su pueblo.

Esta es la segunda entrega de la saga de Heliconia, a la que el propio Brian Aldiss cataloga como su obra cumbre. Aldiss ha cultivado la ciencia-ficción durante décadas y ha conocido el paso de sucesivas generaciones literarias en este género en su país, Inglaterra, y a todas ha sobrevivido sin pertenecer a ninguna debido fundamentalmente a dos premisas: calidad y originalidad. Ha tocado prácticamente todos los palos de la ciencia-ficción, desde la space-opera a la nueva ola, con resultados desiguales pero imprimiendo a toda su obra un sello muy personal.

ANTICIPO:
La solemnidad de la selva era tal que hacía que pareciese, a los ojos de quienes se aventuraban en ella, más permanente que las praderas y aun que los desiertos. No era así. El elaborado organismo de la jungla sólo podía sostenerse durante menos de la mitad de los 1.825 pequeños años heliconianos que componían el Gran Año. Si se examinaban de cerca, todos los árboles revelaban en sus raíces, troncos, ramas y semillas las estrategias que utilizaban para sobrevivir cuando el clima era menos clemente y debían resistir solitarios en mitad de un aullante . desierto, o aguardar petrificados debajo de la nieve.

La fauna consideraba los diversos estratos que componían su hogar como inmutables. Pero en verdad todo ese intrincado edificio, más admirable que cualquier obra del hombre, había nacido apenas unas pocas generaciones antes en respuesta a los elementos, brotando como un muñeco de resorte entre un montón de nueces.

Había entre esa jerarquía de plantas un orden perfecto que alojo poco educado podía parecerle fruto del azar. Cada animal, insecto o vegetal tenía un sitio -generalmente una capa horizontal- que podía llamar propio. Los Otros eran una de las raras excepciones a esta regla.. Algunos phagors se refugiaban en la selva, a veces en cabañas construidas entre las altas raíces, y los Otros, pendientes de su compañía, desempeñaban un papel intermedio entre el de animal doméstico y esclavo.

A menudo, en la base de algún gran árbol se establecían grupos de una docena o más de phagors, con sus runts. Cuando hallaba alguno de estos grupos, TolramKetinet daba grandes rodeos; desconfiaba de los phagors y temía las salidas de los Otros, que se arrojaban como perros sobre los extraños, blandiendo garrotes.

En esas cabañas a veces se ocultaban hombres, a quienes aceptaban como versiones mayores de Otros. Era como si éstos, en su alianza con los seres de dos filos, concediesen una licencia especial a esos hombres para vivir con ellos en degradada armonía.

La mayoría de los hombres eran desertores de las unidades del Segundo Ejército. TolramKetinet habló con

ellos, tratando de convencerlos de que se unieran a él. Algunos lo hicieron. Otros arrojaron palos. Muchos, aun admitiendo que odiaban la guerra, se unieron a su comandante porque estaban hartos de la jungla, con sus ruidos misteriosos y su dieta miserable.

Después de marchar durante un día bajo las bóvedas de la selva, volvieron a asumir sus antiguos roles militares y aceptaron con una especie de alivio la disciplina y las órdenes familiares. También TolramKetinet cambió. Su porte era el de un hombre derrotado. Pero echó atrás los hombros y recuperó su anterior paso desafiante. Las líneas de su rostro se volvieron tensas, de nuevo se podía reconocer su juventud. Cuantos más hombres tenía a su mando, menos le costaba dar órdenes y más correctas parecían éstas. Con la típica adaptabilidad de la raza humana, se convirtió en lo que sus hombres creían que era.

De este modo, la pequeña fuerza llegó al río Kacol.

Alentados por su nuevo espíritu, lanzaron un ataque por sorpresa y ocuparon el villorrio de Ordelay. Con esa victoria, el espíritu de lucha quedó restablecido por entero.

Entre las embarcaciones que hallaron en el Kacol, había una con la bandera de la Compañía de Transporte de Hielo de Lordryardry. Cuando el pueblo fue invadido, este barco, el Patán de Lordryardry, trató de huir río abajo, pero fue interceptado por TolramKetinet y sus hombres.

El aterrorizado capitán protestó aduciendo su neutralidad y exigió inmunidad diplomática. No había ido a Ordelay sólo para importar hielo sino también para entregar una carta al general Hanra TolramKetinet.

-¿Sabe usted dónde está ese general? –preguntó TolramKetinet.

-En algún lugar de la selva, perdiendo la guerra para el rey.

Con una espada en la garganta, el capitán confesó haber enviado un mensajero a suelo para entregar el mensaje; allí terminaba su responsabilidad. Había cumplido con las instrucciones del capitán Krillio Muntras.

-¿Cuál era el contenido de la carta? -inquirió T olramKetinet.

El hombre juró que no lo sabía. El bolso de cuero que la contenía estaba sellado con el sello de la reina de reinas, Myrdemlnggala. ¿Cómo osaría él manipular un mensaje real?

-¡No pararías hasta enterarte de su contenido! ¡Habla, bribón!

Necesitó un estímulo. Aplastado bajo una mesa volteada, el capitán admitió que el sello del bolso había llegado abierto. Advirtió, sin querer, que la reina de reinas había sido exiliada por el rey JandolAnganol a un lugar de la costa norte del Mar de las Águilas, llamado Gravabagalinien; que ella temía por su vida y esperaba ver, algún día, a su buen amigo el general librado de los pel_gros de la guerra y devuelto a su presencia. Rogaba a Akhanaba que lo protegiese contra todo mal.

Al oír aquello, TolramKetinet palideció. Se acercó a la borda y miró hacia la oscura corriente del río para que sus soldados no viesen su rostro. Se despertaron en él expectativas, temores y deseos. Musitó una plegaria que rogaba más éxito en el amor que en la guerra.

Los hombres de TolramKetinet desembarcaron al capitán del Patán y tomaron posesión de la nave. Pasaron un día de juerga en el pueblo, aprovisionaron el barco y zarparon hacia océanos distantes.

Muy alto sobre la jungla, el Avernus recorría su órbita. En el satélite de observación había algunos, poco familiarizados con las formas de guerra que se practicaban en el planeta, que se preguntaban cuál habría sido el tipo de fuerzas que habían derrotado al Segundo Ejército de Borlien. Buscaban en vano algún conjunto de jactanciosos patriotas de Randonan que hubiesen rechazado una invasión de sus territorios.

No había una fuerza semejante. Los randonaneses eran tribus semisalvajes que vivían en armonía con su entorno. Algunas cultivaban cereales. Todas vivían rodeadas de perros y cerdos que, en su juventud, podían mamar libremente de los pechos de las madres que criaban, si así lo querían. Mataban para comer, y no por deporte. Muchas tribus adoraban a los Otros como a dioses, aunque eso no era impedimento para que mataran tantos dioses como encontraban en las ramas de la gran selva donde vivían. Tal era la confusión de su mente que muchos de ellos adoraban peces, árboles, espíritus, menstruaciones o claros con doble luz solar.

Las tribus de Randonan toleraban a las tribus phagor, en su mayoría integradas por torpes habitantes del bosque o recolectores de hongos. Por su parte, los phagors rara vez atacaban a las tribus humanas, aunque se narraban las habituales historias de stalluns que robaban mujeres humanas.

Los phagors destilaban su propia bebida, el raffel. En ciertas ocasiones preparaban una poción diferente, que las tribus randonanesas llamaban vulumunwun y creían producto de la destilación de la savia del vulu y de ciertos hongos. Incapaces de obtener vulumunwun por sí mismos, lo compraban a los phagors. Luego celebraban fiestas que se prolongaban hasta muy tarde por la noche.

Un gran espíritu solía hablar en esas ocasiones a las tribus. Les ordenaba salir al Desierto.

Las tribus ataban a sus dioses -los Otros- a sillas de bambú y los llevaban en sus hombros lejos de la jungla. Iba toda la tribu, con los niños, los cerdos, loros, gatos y preets. Atravesaban el Kacol y entraban en lo que era oficialmente Borlien. Invadían las tierras ricas y cultivadas de la ilanura central borlienesa.

Eran las tierras que los randonaneses llamaban el Desierto. Allí ardían los dos soles. No poseía grandes árboles, densas espesuras, jabalíes ni Otros. En ese lugar sin dios, tras una nueva libación de vulumunwun, incendiaban o saqueaban las cosechas.

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