Historia Alternativa

¿Cómo se hubiera desarrollado la historia de la humanidad si el Mar Mediterráneo nunca se hubiera llenado de agua?

¿O si el antiguo Imperio Chino hubiera llegado a controlar el mundo?

¿O si la imprenta hubiera sido inventada hace cinco mil años?

La Historia Alternativa (o Ucronía) es un género literario que pretende responder mediante la ficción a todas esas preguntas y muchas más que se plantean en un mundo tan cambiante e inestable como el nuestro.

Mediante algunos de los maestros de la fantasía y ciencia-ficción actual, en este primer Volumen de Historia Alternativa, contamos con cinco apasionantes relatos acerca de un mundo que no pudo ser, todo ello complementado con cinco estudios históricos y literarios que rematan este absorbente libro.

Se incluyen los siguientes relatos:

En las Tierras del Fondo. Harry Turtledove (Premio Hugo de Novela Corta 1994)

Año Drácula 1981: El otro lado de la Medianoche. Kim Newman

0 Uno. Chris Roberson. (Premio Sidewise 2003)

Los Misteriosos Iowans. Paul di Filippo

El Efecto Ashbazu. John McDaid.

ANTICIPO:
—Era un pájaro koprit —respondió Radnal—. Veloz, ¿verdad? Es de la familia de las aves carnívoras, pero adaptado principalmente a la vida sobre el suelo. Puede volar, pero normalmente corre. Como los pájaros excretan urea en forma más o menos sólida, no en la orina como los mamíferos, les ha ido muy bien en las Tierras del Fondo. —Señaló a la hostería, que estaba a sólo unos cientos de codos más adelante—. ¿Veis? Hay otro koprit sobre el tejado, mirando a todos lados para ver qué puede atrapar.

De la hostería salieron un par de empleados del Parque. Saludaron a Radnal con la mano y se hicieron cargo de los turistas, ayudándolos a llevar los asnos al establo.

—Descargad únicamente lo que necesitaréis esta noche en la hostería —dijo uno de ellos, Fer gez Canthal—. Dejad el resto en las alforjas para el viaje de mañana. Cuanto menos tengáis que cargar y descargar, mejor.

Algunos turistas, viajeros veteranos, asintieron al oír el buen consejo. Evillia y Lofosa lanzaron exclamaciones, como si nunca hubiesen escuchado cosa semejante. Arrugando el entrecejo ante su ignorancia, Radnal quiso apartar la vista de las jóvenes, pero eran demasiado bellas.

El hijo de Moblay Sopsirk también opinaba lo mismo. Cuando el grupo salía del establo rumbo a la hostería, se acercó a Evillia por detrás y le rodeó la cintura con un brazo. Al mismo tiempo debió de haber resbalado, porque lanzó un atónito grito que hizo que Radnal se diera vuelta rápidamente para mirarlos.

Moblay estaba tendido en el piso de tierra del establo. Evillia trastabilló, agitó los brazos violentamente y cayó a plomo encima de él. El hombre volvió a gritar, profiriendo un alarido que le hizo perder todo el aliento, cuando ella, apoyándose para volver a ponerse de pie, le golpeó la boca del estómago con el codo.

Evillia lo miró. Era la viva imagen de la preocupación.

—Lo lamento mucho —le dijo—. Me asustó.

Moblay necesitó un buen rato para lograr sentarse, y ni hablar del que necesitó para ponerse de pie. Finalmente, resolló:

—Si vuelvo a tocarla, tenga más cuidado. —Su tono implicaba que la joven llevaría las de perder.

Evillia levantó la nariz. Radnal dijo:

—Debemos recordar que provenimos de diferentes países y que tenemos diferentes costumbres. Si somos lentos y cuidadosos no nos ofenderemos mutuamente.

—¿Qué, ciudadano, acaso te ofendiste anoche? —preguntó Lofosa. En vez de responderle, Radnal comenzó a toser. Lofosa y Evillia rieron. A pesar de lo que había dicho Fer gez Canthal, las dos estaban llevando a la hostería las alforjas completas. Tal vez no tenían mucho cerebro. Pero sus cuerpos, esos cuerpos tersos y ¡ay! tan desnudos, eran otra cosa.

La hostería no era lujosa, pero tenía un tejido de alambre que no dejaba entrar a los insectos del Fondo, luz eléctrica y ventiladores que removían el aire del desierto para uniformarlo, ya que no lo refrescaban. También había un refrigerador.

—No habrá paquetes de raciones esta noche —dijo Radnal. Los turistas vitorearon.

El fogón estaba al aire libre; la hostería ya era bastante calurosa sin que hubiera una fogata para cocinar en su interior. Fer gez Canthal y el otro empleado, Zosel gez Glesir, lo llenaron con carbón, lo salpicaron con aceite ligero y encendieron el fuego. Luego pusieron un cordero troceado sobre una parrilla que después colgaron sobre la fogata. De tanto en tanto, alguno de los dos bañaba la carne con una salsa repleta de pimienta y ajo. La salsa y la grasa derretida chorreaban sobre los carbones, que chisporroteaban y siseaban, despidiendo pequeñas nubes de humo aromático. A Radnal se le hizo agua la boca.

El refrigerador también guardaba hidromiel, vino de dátiles, vino de uvas y cerveza. Algunos de los turistas bebían tumultuosamente. Dokhnor de Kellef sorprendió a Radnal al beber únicamente agua helada.

—Hice votos a la Diosa —explicó Dokhnor.

—No es asunto mío —respondió Radnal, pero su desconfianza dormida volvió a despertar. La Diosa era la deidad a la que comúnmente era devota la aristocracia militar de Morgaf. Era posible que un dibujante viajero pudiera contarse entre sus adoradores, pero Radnal no lo consideraba verosímil.

No tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre el problema que representaba Dokhnor. Zosel gez Glesir lo llamó para hacerle los honores al cordero. El empleado usó un par de palillos grandes para levantar cada trozo de carne y transferirlo a un plato de papel.

Los Martois comieron como gatos de las cavernas famélicos. Radnal se sintió culpable; tal vez las raciones normales no eran suficientes para ellos. Después vio cómo se estiraba la tela de sus ropas por la presión de sus abundantes carnes. El sentimiento de culpa se evaporó. No estaban famélicos.

Evillia y Lofosa se habían servido varios jarros de vino de dátiles, lo que pronto causó dificultades. Los krepalganos usualmente comían con cuchillo y brochetas; les resultaba difícil manipular los palillos de madera descartables. Después de cortar la carne en pedacitos, Lofosa se puso a perseguirlos por todo el plato sin poder levantarlos. Evillia podía hacerlo, pero se le caían antes de llegar a la boca.

Ambas parecían estar bajo los efectos de una borrachera alegre y se reían de sus torpezas. Hasta el rígido Dokhnor se dignó a tratar de enseñarles a usar los palillos. La lección no sirvió de mucho, aunque ambas Cabezas Altas se acercaron a él lo bastante como para poner celoso a Radnal. Evillia le dijo:

—Es usted muy hábil. Los morgafanos debéis usar estos palillos todos los días.

Con la cabeza, Dokhnor hizo el gesto negativo típico de su pueblo.

—Nuestro utensilio habitual sirve de tenedor, cuchara y borde afilado, todo al mismo tiempo. Los tarteshanos dicen que debemos ser gente tranquila, porque corremos el riesgo de cortarnos la lengua cada vez que abrimos la boca. Pero he viajado por Tartesh y aprendí a manejar los palillos.

—Déjeme intentarlo de nuevo —dijo Evillia. Esta vez se le cayó un trozo de cordero sobre el muslo de Dokhnor. Lo levantó con los dedos. Después de que su mano se demorara sobre la pierna del morgafano el tiempo suficiente para que Radnal sintiera otra punzada de celos, Evillia se echó el trozo de comida a la boca.

El hijo de Moblay Sopsirk comenzó a cantar en su idioma. Radnal no comprendía la mayoría de las palabras, pero la melodía era pegadiza, ligera y fácil de seguir. Muy pronto, todo el grupo se puso a batir palmas. Luego siguieron más canciones. Fer gez Canthal tenía una sonora voz de barítono. Todos los integrantes del grupo hablaban tarteshano, pero no todos conocían las canciones de Tartesh tan bien como para cantarlas con él. Igual que con Moblay, los que no sabían cantar hicieron palmas.

Cuando cayó la noche aparecieron unas irritantes nubes de mosquitos. Radnal y el grupo se retiraron al interior de la hostería, donde el tejido de alambre mantenía fuera a los agresores.

—Ahora sé por qué usas tanta ropa —dijo Moblay—. Es una armadura contra los insectos. —El Cabeza Alta de piel marrón oscura daba la impresión de no saber por dónde empezar a rascarse.

—Por supuesto —dijo Radnal, sorprendido de que Moblay hubiese tardado tanto en darse cuenta de lo obvio—. Si puede aguantar un par de segundos, tenemos un aerosol que hará desaparecer la picazón.

Moblay suspiró mientras Radnal le aplicaba el analgésico.

—¿Alguien quiere oír otra canción? —dijo.

Esta vez obtuvo poca respuesta. Algunas personas se inhibían al estar bajo techo. Pero esa pregunta les recordó a muchos el largo día que habían tenido; Toglo zeg Pamdal no fue la única que se dirigió al cubículo dormitorio. Dokhnor de Kellef y el viejo Benter gez Maprab habían descubierto un tablero de guerra y estaban enfrascados en una partida. Moblay se les acercó para mirar. También lo hizo Radnal, que se consideraba un buen jugador de guerra.

Dokhnor, que tenía las piezas azules, hizo avanzar a un soldado de infantería sobre la banda central vacía que separaba su lado del tablero del de su oponente.

—Cruzó el río —dijo Moblay.

—¿Así llaman los lissoneses a la línea divisoria? —dijo Radnal—. Nosotros le decimos el Foso.

—Y en Morgaf se llama la Manga, como el canal que separa nuestras islas de Tartesh —dijo Dokhnor—. No importa cómo la llamemos, sin embargo; el juego es el mismo en todo el mundo.

—Y es un juego que exige reflexión y tranquilidad —dijo Benter, mordaz. Después de pensarlo un poco, movió a un consejero (así se llamaba la pieza que se encontraba en la mitad roja del tablero; su equivalente azul era un elefante) dos cuadrados, en diagonal.

Las pausas concentradas del anciano tarteshano se hicieron cada vez más frecuentes a medida que avanzaba el juego. El ataque de Dokhnor obligaba al gobernador rojo a escabullirse a lo largo de las líneas verticales y horizontales de su fortaleza, mientras sus guardias lo hacían por las diagonales, para evadir o bloquear el paso de las piezas azules. Finalmente, Dokhnor alineó uno de sus cañones detrás de otro y dijo:

—Se terminó.

Benter asintió de mala gana. Era difícil jugar bien con el cañón azul (la pieza roja de valor idéntico se llamaba catapulta), porque se movía vertical y horizontalmente, pero para hacerlo debía saltar por encima de otras piezas. Por lo tanto, era el cañón que estaba detrás, no el de adelante, el que amenazaba al gobernador rojo. Pero si Benter interponía un guardia o alguno de sus carruajes, era el cañón de delante el que se transformaba en una amenaza.

—Muy bien jugado —dijo Benter. Se levantó de la mesa donde estaba el juego de guerra y se dirigió a uno de los cubículos.

—¿Alguno de vosotros queréis jugar? —preguntó Dokhnor a los espectadores.

El hijo de Moblay Sopsirk sacudió la cabeza. Radnal dijo:

—Yo quería hacerlo hasta que lo vi jugar a usted. No me molesta enfrentar a alguien mejor que yo cuando tengo la oportunidad. Aunque pierda, aprendo algo. Pero usted me daría una paliza y eso ya es demasiado.

—Como prefiera. —Dokhnor plegó el tablero y echó las piezas con forma de disco al interior de la bolsa. Volvió a colocar la bolsa y el tablero en un estante—. Me voy a la cama, entonces. —Se encaminó hacia el cubículo que había elegido.

Radnal y Moblay se miraron y luego miraron al juego de guerra. Con mudo consentimiento, parecieron decidir que si ninguno había aceptado jugar con Dokhnor de Kellef, era una descortesía ponerse a jugar entre ellos.

—Alguna otra noche —dijo Radnal.

—Me parece justo. —Moblay bostezó, mostrando unos dientes que refulgieron con una blancura suprema en contraste con su piel marrón—. Estoy bastante agotado… no, en tarteshano se dice "exhausto", ¿verdad? En todo caso, te veo mañana, Radnal.

Nuevamente, el guía turístico contuvo su fastidio al oír que Moblay, al nombrarlo, no empleaba la partícula de cortesía, "gez". Al principio, cuando los extranjeros se olvidaban de esa treta de la gramática tarteshana, se había imaginado que lo insultaban deliberadamente. Ahora tenía más experiencia, aunque aún le molestaba la omisión.

Se encendió una lucecita en el cubículo de Dokhnor: una lámpara de lectura a batería. El morgafano, sin embargo, no estaba leyendo. Estaba sentado en la estera de dormir, con la espalda apoyada contra la pared. Sobre sus rodillas dobladas se apoyaba el cuaderno de bocetos. Radnal escuchó el tenue chic-chic de la carbonilla contra el papel.

—¿Qué hace? —susurró Fer gez Canthal. Un período de paz de una generación no había sido suficiente para que la mayoría de los tarteshanos aprendiera a confiar en sus vecinos isleños.

—Está dibujando —respondió Radnal, con voz igualmente baja. Ninguno de los dos quería atraer la atención de Dokhnor. La respuesta podía haber sonado inocente. Pero no lo era. Radnal continuó—: Sus documentos de viaje dicen que es dibujante. —Otra vez, su tono insinuó mucho más que eso.

Zosel gez Glesir dijo:

—Si realmente fuese un espía, Radnal gez, traería una cámara, no un cuaderno de bocetos. Todos traen cámara al Parque Foso… ni siquiera lo habríamos notado.

—Cierto —dijo Radnal—. Pero no se comporta como un dibujante. Se comporta como un miembro de la casta militar de Morgaf. Ya lo oyeron… hizo votos a la Diosa.

Fer gez Canthal dijo algo soez sobre la Diosa de Morgaf. Pero antes de hacerlo bajó la voz todavía más. Un oficial de Morgaf que lo oyera proferir una ofensa contra su deidad lo desafiaría formalmente a duelo. Ahora bien, como en Tartesh batirse a duelo era ilegal, el oficial podría decidirse, sencillamente, por cometer un asesinato. Lo único cierto era que no ignoraría el insulto.

—No podemos hacerle nada, ni hacer nada al respecto, a menos que descubramos que realmente está espiando —dijo Zosel gez Glesir.

—Sí —dijo Radnal—. Lo último que desea Tartesh es tener un incidente con Morgaf. —Pensó en lo que le sucedería al que cometiera un error tan desmedido. Nada bueno, eso seguro. Entonces se le ocurrió otra cosa—. Hablando del Tirano, ¿sabéis quién está en este grupo? La ciudadana Toglo zeg Pamdal, nada menos.

Zosel y Fer lanzaron suaves silbidos.

—Qué bueno que nos avisaste —dijo Zosel—. La envolveremos como si fuésemos algodón y ella un vidrio cortante.

—No creo que le importen esas cosas —dijo Radnal—. Tratadla bien, eso sí, pero no seáis aduladores.

Zosel asintió. Fer seguía pensando en Dokhnor de Kellef.

—Si de veras es un espía, ¿qué está haciendo en el Parque Foso, en vez de estar en algún lugar importante?

—Yo también lo pensé —dijo Radnal—. Está encubierto, tal vez. ¿Y quién sabe adónde irá después de que se marche de aquí?

—Yo sí sé adónde voy a ir —dijo Zosel, bostezando—. A la cama. Si queréis quedaros levantados toda la noche hablando de espías es cosa vuestra.

—No, gracias —respondió Fer—. Un espía tendría que estar loco o de vacaciones para venir al Parque Foso. Si está loco no tenemos que preocuparnos por él y si está de vacaciones tampoco tenemos que preocuparnos por él. Así que yo también me voy a la cama.

—Si creéis que voy a quedarme aquí hablando solo, los locos sois vosotros —dijo Radnal.

Los tres tarteshanos se levantaron. Dokhnor de Kellef apagó la lámpara de lectura, sumergiendo el cubículo en la oscuridad. Radnal bajó las luces de la sala común.

Se dejó caer sobre la estera de dormir con un largo suspiro. Daba lo mismo que estar afuera, en el campo, enroscado en la bolsa de dormir bajo el mosquitero. Este era el precio que pagaba por hacer lo que quería durante la mayor parte de su tiempo. Sabía que sus ronquidos pronto se unirían a los de los turistas.

Entonces aparecieron dos formas femeninas en la entrada de su cubículo. Por los dioses, otra vez no, pensó mientras sus ojos se abrían como platos, lo que indicaba lo cansado que estaba. Dijo:

—¿No creéis en las bondades del sueño?

Evillia rió suavemente, o tal vez fue Lofosa.

—No cuando hay mejores cosas que hacer —dijo Lofosa—. Además, tenemos algunas ideas nuevas. Pero siempre nos queda la opción de ir a ver quién más está despierto.

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