Historias de hadas para adultos

Tres relatos donde la ciencia ficción se aúna con elementos mágicos y de terror, atrapando al lector hasta el final. Tres historias narradas con sensibilidad, que sirven de marco para profundas reflexiones filosóficas y sociales.

En La Granja, Gilberto llega a una extraña finca cuyos habitantes no dejan de sorprenderle por su curioso comportamiento. Allí descubrirá que las puertas que llevan a mundos fantásticos pueden esconderse tras la apariencia de simples graneros. Esta historia recupera y transforma el legado de las leyendas artúricas.

En La Dama del Ciervo, Vrena y Adante son los protagonistas de una historia de amor prohibido que se verán atrapados en la eterna lucha entre el Bien y el Mal. Una guerra que está profetizada como el castigo por medio del cual los habitantes de su planeta han de expiar el pecado que cometieron al ir demasiado lejos en sus experimentos genéticos. Una historia cargada de referencias bíblicas y de la mitología clásica.

Finalmente Un hada en el umbral de la Tierra es un relato en el que se mezclan hábilmente elementos habituales de la ciencia ficción y del terror. En él, una madre y su hijo que permanecen atrapados en un planeta cercano a la Tierra descubrirán que las hadas no existen únicamente en los cuentos infantiles, aunque jamás se hubieran atrevido a imaginarlas así.

ANTICIPO:
La tarde anterior había estado leyendo un libro de poesía olvidado por alguien junto a la cabecera de mi cama; esta vez decidí escoger por mí mismo. Casi la mitad de los libros tenían títulos y subtítulos en inglés; la otra mitad estaban en español. Me acerqué a un rincón y comencé a leer los lomos: Celtic Myth and Legend: Poetry and RomanceThe Evolution of the DragónEl mito de la AtlántidaThe Sun and the SerpentLos invisibles

Nada de eso me interesaba; así que crucé la habitación y seguí buscando: AelitaEl Señor de los AnillosEl último unicornioLas tumbas de AtuanUn mago de TerramarEl HobbitLa historia interminableLa cueva de cristalFahrenheit 451El último hechizoMomoLas colinas huecasLos hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros

Los títulos —excepto uno o dos— me resultaban tan ajenos y faltos de interés como los anteriores… Sin embargo, escogí al azar tres de ellos y me los llevé al dormitorio. Hice bien, porque la familia regresó al anochecer. Estaba terminando la primera parte de La cueva de cristal, cuando oí voces en la planta baja. Dejé el libro para ir a la cocina.

La sopa humeaba sobre la mesa; las hojas de cilantro flotaban entre las fibras de pollo y los blanquísimos trozos de papas. Una fuente ancha y honda contenía doradas cordilleras de arroz y carne. Los vegetales rojos, amarillos y verdes sudaban de frío junto a las hirvientes viandas.

Me senté Junto a Morgana, quien terminaba su sopa en silencio. Torbellinos de abejas gravitaban sobre nosotros en medio del espeso humo. Fuera la tormenta había arreciado con la llegada de la noche, y los truenos producían un fragor continuo semejante a la explosión de lejanas minas.

—¿No tienen más libros que los de la biblioteca? —pregunté en un susurro que sólo Morgana podía escuchar.

—¿Más libros? —Arqueó una ceja—. ¿Es que no hay suficientes?

—Para ser sincero, creo que la colección resulta bastante monótona.

—Nunca lo pensé. Hay libros de historia, ensayos, novelas…

—Fantasía en exceso.

La mano que sostenía la cuchara se detuvo a mitad de camino.

—¡Ah! ¡No le gusta la literatura fantástica!

—Ni la ciencia ficción.

Reanudó la comida y yo la imité.

—Entonces ¿qué tipo de literatura prefiere?

—Algo más realista: espionaje, biografías, guerras…

—¿Eso es literatura realista?

—Bueno, también las novelas históricas… Me interrumpió.

—¿Usted no cree que los sueños sean parte de la realidad?

—¿Se refiere a Freud?

Su risa se elevó sobre la conversación general.

—¡Cielos! Pero ¡qué contemporáneo es usted! Me mordí los labios, algo molesto.

—¿Qué quiere decir?

Se levantó de la mesa sin esperar al resto de la familia. Aunque yo no había terminado, la seguí hasta la terraza.

Los relámpagos iluminaban el valle a retazos y la visión de la tormenta invitaba al abrigo de una cama, pero los sillones eran cálidos y dos lamparitas rojas doraban el ambiente con una luz protectora. Sin mirarme siquiera, preguntó:

—¿Ha leído a Sir Thomas Mallory, a Jean d´0utremeuse (o, si prefiere su seudónimo: John Mandeville), a Tolkien, a Michael Ende? ¿Conoce a Heródoto, ajames Frazer, a Plinio?

—Nunca oí hablar de ellos.

—Al menos sabrá quiénes son Selma Lagerlof, Úrsula K. Le Guin, Mary Stewart, Anne McCaffrey…

—Tampoco.

—¿Qué ha leído pues?

—Ya se lo dije: libros sobre espionaje, biografías…

—¿Y los sueños? —insistió.

Miré sus ojos. Sin poder evitarlo, me hundí en ellos. Cien huracanes soplaron sobre una región crepuscular. Vi entonces lo que Jamás había visto: prados por donde las antiguas caravanas deambulaban temerosas de los gigantes; bandadas compuestas por aves de fuego; ruinas arrebujadas en el centro de una selva; un cisne en brazos de una mujer desnuda; la sombra de un dragón que vomitaba humo y cenizas; hombres de largas vestiduras sobre una llanura cubierta de menhires; los gemidos de voces femeninas cerca de un barco; una espada brillante emergiendo de cierto lago; un triste bardo que cantaba a su amada, perdida para siempre en el reino de las sombras…

Desperté temblando de frío. La tormenta había amainado para suerte de los moradores de Villa Fénix. Perplejo, contemplé las velas a medio consumir. ¿Qué había sucedido? Al principio pensé que me había dormido mientras Morgana hablaba; quizá sus relatos de hadas me habían aburrido y la brisa hizo el resto. Luego admití que esa explicación no era convincente, ni siquiera para mí. Estaba seguro de que mi última visión habían sido sus ojos: dos lunas que llenaron de luz verde la noche…

El eco de dos campanadas retumbó por los corredores. Me incorporé, sabiendo que me sería imposible pensar con claridad a esa hora. Además, yo debía continuar mi investigación sobre el granero. Soplé las velas antes de cerrar la puerta de la terraza. A tientas, atravesé el pasillo y me dirigí hasta una de las perchas de la cocina, donde colgaban los impermeables.

El frío del exterior me estremeció hasta el último nervio. La oscuridad era tan espesa como la de aquella noche de mi llegada, pero esta vez no tropecé con animal alguno: llevaba linterna.

Me acerqué a la puerta del granero para examinarla. Ni picaporte ni pestillo ni candado. La empujé, primero con suavidad y luego con todas mis fuerzas: igual resultado. Entonces toqué. No hubo respuesta.

—Eh —susurré con el oído pegado a los tablones—. ¿No hay nadie aquí?

Me pareció oír un nervioso aletear de aves. Quizá sólo gallinas y caballos dormían allí.

—¡Eh! ¿Me oye?

Alguien o algo se movió dentro del granero. Decidí imitar al viejo, aunque sin esperar mejores resultados.

—¡Oiga, amigo!

Para mi asombro —y casi horror—, la puerta se abrió de inmediato, revelando unas tinieblas abismales. Aunque no me gustaba la idea de entrar en un sitio donde no querían darme la cara, atravesé el umbral y en seguida enfoqué con la linterna. Allí no había nadie. Y lo que resultó peor, la puerta comenzó a entornarse sola.

Estaba tan espantado que no pude moverme. Desde mi puesto contemplé cómo la pesada hoja de madera se deslizaba sobre sus goznes hasta cerrarse totalmente. Casi al instante un fogonazo me deslumbró. En algún lugar de aquel enorme cascarón, alguien había encendido una luz.

Aquello parecía un almacén colmado de antigüedades: tapices con motivos mitológicos; un sillón con piedras esmeraldinas incrustadas; un cofre de madera oscura, de antigüedad más oscura que él mismo; instrumentos de cuerda desconocidos; una copa de oro cincelado que guardaba en el fondo los restos de una sustancia parecida a la sangre; un escudo de plata maciza; vitrales que mostraban castillos sobre nevados paisajes; velas azules tan grandes como un hombre; la cristalina estatua de un gato con pupilas rojas… Muebles, adornos, trastos de todo tipo y cuadros. Cuadros en las paredes. Cuadros en el piso. Cuadros sobre los muebles. Cuadros pegados al techo. Mucho polvo. Más telarañas.

Me acerqué a un rincón donde había algo semejante a un altar. Sobre el tapete de terciopelo reposaba un bloque de mármol. En la misma roca había una espada hundida y, a sus pies, una inscripción con letras de oro:

QUIEN EXTRAIGA ESTA ESPADA DE LA PIEDRA

SERÁ EL LEGÍTIMO REY DE TODA BRITANIA

La espada era magnífica, con piedras azules enzarzadas. La aferré por la empuñadura e intenté sacarla. Fue inútil; parecía fundida en la misma roca. Probablemente, una broma para incautos. Hubo un movimiento detrás de mí. Me volví con rapidez, pero no vi a nadie. Entonces recordé que el «amigo» aún no había mostrado su rostro.

—¿Por qué huye? —pregunté en el tono más tranquilo que me fue posible.

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Interplanetaria

3 Opiniones

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    Frau Hesselius
    on

    La pregunta va por el anticipo que habéis metido del libro de Daina Chaviano. Es que he querido leerlo y no he podido hacerlo porque me sale el Canguro.net de Telefónica (que yo no había solicitado y que me han metido por la face). No sé, a lo mejor es que se les dispara la censura de ese servicio en cuanto leen "para adultos".

    Un saludo.

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    Alberto
    on

    Yo solo lo he ojeado, pero muy porno no es. Probablemente sea lo de tener el para adultos en el título.

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    ARA
    on

    DONDE PUEDO COMPRARLO?

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