Historias Escocesas

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Se presentan en este volumen cinco historias que tienen como escenario dramático las sombrías tierras de Escocia, patria del más emblemático escritor de aventuras del mundo anglosajón. El ladrón de cadáveres se centra en los sórdidos días del desarrollo de la Anatomía como ciencia, cuando las aulas debían estar bien abastecidas de cadáveres, y criminales sin escrúpulos se las ingeniaban para saquear cementerios e incluso suministrar carne «más fresca». Janet la torcida es una historia de brujería y posesión, y narra el acoso a que es sometido un severo párroco de un pueblo de Escocia anclado en las viejas supersticiones. En Los Hombres Dichosos, Stevenson sitúa la acción en las escabrosas costas del norte de Escocia, y nos cuenta la búsqueda del tesoro de un galeón español naufragado, cuyo guardián es ahora el proceloso mar, que aparece aquí como verdadera fuerza del infierno. El sótano de la plaga transcurre en los años de la insurrección de los «covenanters» escoceses, en una atmósfera opresiva que nos lleva hasta un sótano donde habita un mal de naturaleza innombrable. Por último, en El pabellón de los Links nos hace asistir al asedio de una mansión en la cual se ha refugiado un comerciante perseguido por los carbonari italianos, que le reclaman una cuantiosa suma.

ANTICIPO:
Hacía mucho tiempo que el reverendo Murdoch Soulis era pastor de la parroquia de Balweary, en los páramos del valle del Dule. Aquel anciano de rostro severo y triste, que atemorizaba a cuantos le escuchaban, moraba en los últimos años de su vida, sin parientes ni criados ni ninguna otra compañía humana, en la pequeña y solitaria rectoría más abajo del Hanging Shaw. A pesar de la férrea serenidad de sus facciones, tenía una mirada extraviada, asustada e insegura; y cuando, en admoniciones privadas, hacía hincapié en el futuro que les esperaba a los que no se arrepentían, parecía como si sus ojos contemplasen, a través de las tormentas temporales, los terrores de la eternidad.

Muchos jóvenes que acudían a él para prepararse a recibir la Sagrada Comunión por Pascua quedaban espantosamente afectados por su forma de hablar. Tenía un sermón sobre la Primera Epístola de Pedro (v. 8), “El demonio como león rugiente”, para el primer domingo después de cada diecisiete de agosto, y en dicho texto solía superarse a sí mismo tanto por la horrible naturaleza del tema expuesto como por el terror que inspiraba su comportamiento en el púlpito. Los niños temblaban de miedo y los viejos parecían más sentenciosos de lo que era habitual en ellos, y se pasaban todo el día dando aquel tipo de consejos que Hamlet desaprobaba.

La rectoría misma, situada junto a las aguas del Dule entre árboles frondosos, con el Shaw sobresaliendo por un lado y, por el otro, varias cumbres frías y yermas que se elevaban hacia el cielo, había empezado, desde muy al comienzo del ministerio del señor Soulis, a ser evitada en las horas del crepúsculo por todo aquel que se jactara de prudente; y los hombres de bien, sentados en la taberna de la aldea, daban muestras de desaprobación ante la idea de pasar a hora tan tardía por aquella extraña vecindad. Había un lugar en concreto que inspiraba un sobrecogimiento extraordinario. La rectoría se hallaba entre la carretera y la corriente del Dule, y tenía un gablete a cada lado; desde su parte posterior se veía la iglesia parroquial de la aldea de Balweary, a eso de media milla de distancia; por delante, un jardín pelado, rodeado de espino, ocupaba la franja de tierra entre el río y la carretera.

La casa era de dos plantas, con dos amplias habitaciones en cada una de ellas. No se comunicaba directamente con el jardín, sino a través de un sendero o pasaje en terraplén, que daba a la carretera por un lado y, por el otro, terminaba entre los altos sauces y saúcos que bordeaban la corriente. Y era aquel trozo de sendero elevado el que gozaba de tan infame reputación entre los jóvenes feligreses de Balweary. El pastor paseaba a menudo por allí después de anochecer, gimiendo a veces en voz alta por la insistencia de sus silenciosas plegarias; y cuando estaba ausente, y la puerta de la rectoría cerrada con llave, los colegiales más osados se aventuraban, con los corazones palpitantes, a «seguir a mi guía» a través de aquel legendario lugar.

Esa atmósfera de terror que rodeaba de aquel modo a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era frecuente motivo de asombro y tema de indagación para los escasos forasteros que el azar o los negocios llevaban a aquellos desconocidos y remotos parajes. Pero incluso muchos de los parroquianos ignoraban los extraños acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del señor Soulis; y entre los que estaban mejor informados, algunos eran de natural reservado, y otros desconfiaban de aquel asunto en particular. Sólo de vez en cuando, alguno de los más viejos se armaba de valor después de su tercer vaso y volvía a contar la causa del extraño aspecto y vida solitaria del pastor.

Hace cincuenta años, cuando llegó por vez primera a Balweary, el señor Soulis era todavía un hombre joven… un mozo, decía la gente… lleno de saberes librescos y elocuente al exponerlos, pero, como era natural en un hombre tan joven, sin ninguna experiencia en materia de religión. Los más jóvenes apreciaban mucho su talento y su palique; pero los de más edad, hombres y mujeres, preocupados y serios, incluso se sentían impulsados a rezar por el joven pastor, al que consideraban que, además de engañarse a sí mismo, resultaba perjudicial para la parroquia, que iba a estar mal atendida.

Ocurrió antes de la época de los moderados… la maldición caiga sobre ellos; pero las cosas malas son como las buenas… unas y otras vienen poco a poco, una pequeña cantidad cada vez; y hubo gente, incluso entonces, que decía que el Señor había dejado que los catedráticos de universidad se las arreglaran solos, y que los muchachos que iban a estudiar con ellos habrían hecho mejor quedándose sentados en una turbera como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y actitud devota en su corazón.

En resumidas cuentas, no había la menor duda de que el señor Soulis había pasado demasiado tiempo en la universidad. Se interesaba y preocupaba de muchas cosas además de la única realmente necesaria. Tenía un montón de libros… más de los que nunca se habían visto en aquella casa parroquial; y menudo trabajo debieron de darle al transportista, pues había tantos como para haberlos enterrado en la Ciénaga del Diablo desde aquí a Kilmackerlie. Eran libros de teología, por supuesto, o así los llamaban; pero la gente seria era de la opinión de que no podía servir de mucho tener tantos cuando la Palabra de Dios cabría en la esquina de un cuadro escocés.

Además se pasaba la mitad del día y de la noche nada menos que escribiendo, lo cual es poco razonable; al principio temían que leyera sus sermones; y después resultó que estaba escribiendo un libro, lo que sin duda no encajaba con sus años ni con su escasa experiencia.

En todo caso, le incumbía buscar una mujer vieja y decente que se hiciera cargo de la rectoría y le preparase sus frugales comidas; y le recomendaron una vieja prostituta… Janet M’Clour la llamaban… y, como estaba tan abandonado a sí mismo, se dejó convencer. Hubo muchos que le aconsejaron lo contrario, pues Janet era más que sospechosa para la mejor gente de Balweary. Hace mucho tiempo había tenido un niño de un soldado de caballería; llevaba quizás treinta años sin acercarse a comulgar; y los chiquillos la habían visto mascullando para sí en Key’s Loan al anochecer, lo que era un momento y un lugar muy extraños para una mujer temerosa de Dios.

De cualquier manera, fue el propio señor de aquellas tierras el primero en hablarle de Janet al párroco; y en aquellos días este habría hecho cualquier cosa por complacer al terrateniente. Cuando la gente le decía que Janet tenía parentesco con el demonio, se lo tomaba como una superstición; y cuando le echaban en cara la Biblia y la bruja de Endor1, les restregaba por las narices que ya habían pasado los días del demonio, el cual, gracias a Dios, estaba más comedido.

En fin, cuando corrió por la aldea la voz de que Janet M’Clour iba a servir en la rectoría, la gente se enfadó bastante, tanto con ella como con el párroco; y a algunas buenas mujeres no se les ocurrió nada mejor que ir a su puerta y acusarla con insolencia de todo lo que se sabía en su contra, desde lo del hijo del soldado hasta lo de las dos vacas de John Tamson. Janet no era persona que hablara mucho; la gente la dejaba obrar a su antojo y ella hacía lo mismo con ellos, sin darles siquiera los buenos días ni las buenas noches; pero cuando se empeñaba, Janet tenía una lengua capaz de ensordecer al molinero.

Se puso furiosa, y no hubo ningún viejo chisme en Balweary que no sacara a relucir aquel día; por cada cosa que le decían, ella podía contestarles con otras dos; hasta que, al final, las buenas mujeres la agarraron, le quitaron el abrigo y la llevaron a rastras desde la aldea hasta el río, y la arrojaron a las aguas del Dule, para ver si era bruja o no, si flotaba o se ahogaba. La vieja chilló tanto que pudieron oírla hasta en el Hanging Shaw, y peleó como diez; hubo muchas buenas mujeres que al día siguiente, e incluso muchos días después, seguían mostrando huellas de la pelea; y justo en lo más acalorado de la reyerta, apareció (sin duda por sus pecados) nada menos que el nuevo párroco.

–Mujeres –les dijo (tenía una gran voz)–, os exhorto en el nombre del Señor a que la dejéis ir.

Janet corrió hacia él… estaba bastante enloquecida de terror… y le abrazó y le suplicó que, por el amor de Dios, la librara de las comadres; y ellas, por su parte, le contaron al párroco lo que sabían de Janet y puede que algo más.

–Mujer –le dijo a Janet–, ¿es eso cierto?

–Igual que el Señor me está viendo –dijo ella–, y me creó, no es verdad ni una sola palabra. Aparte de lo del niño –añadió–, toda mi vida he sido una mujer decente.

–¿Querrás renunciar –dijo el señor Soulis–, en el nombre de Dios, y ante mí, Su indigno ministro, al demonio y a sus obras?

Pues bien, podría pensarse que cuando le pidió esto, ella daría un gruñido que asustaría a quienes la estaban viendo, y que estos oirían cómo le castañeteaban los dientes; pero no hubo ni lo uno ni lo otro; Janet alzó la mano y renunció al demonio delante de todos.

–Y ahora –dijo el señor Soulis a aquellas buenas mujeres–, váyanse a casa todas y rueguen a Dios que les perdone.

Y le ofreció el brazo a Janet, aunque no llevaba encima más que una camisa, y la acompañó a la aldea hasta dejarla frente a la puerta de su casa, como si fuese una dama; y ella chillaba y reía tanto que era un escándalo oírla.

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