Historias Imposibles

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Viajes en el tiempo como remedio para la desesperanza, encuentros con Dios y pactos con el diablo, seres de ultratumba y alienígenas, libros que cobran vida… Zoran Zivkovic aborda temas clásicos de la literatura fantástica y la ciencia-ficción desde un punto de vista eminentemente postmoderno, haciendo que lo maravilloso irrumpa en situaciones cotidianas del presente y el pasado, y las ilumine de forma que las historias conecten íntimamente con las experiencias e inquietudes del lector.

Esta antología reune cinco fix-up de cuentos, con un denominador común, que conforma una novela corta y ofrece una amplia panorámica del extraordinario universo literario del autor. Con un estilo sencillo y directo, éste es un mosaico que despierta sensaciones insólitas, que provoca y conmueve, armonizando el deleite literario con la reflexión sobre la condición humana, el arte y la literatura.

ANTICIPO:
El experimentado policía rara vez erraba al evaluar a las personas y su suerte, pero justo eso fue lo que sucedió esa vez. El señor Umbertini no buscó una nueva colocación ni intentó establecerse por su cuenta para fabricar violines. Con los ahorros que había reunido durante años arrendó un cuarto modesto en una de las angostas callejuelas que salían de la plaza en la que antes había vivido. El alquiler no era alto, porque la habitación se hallaba parcialmente bajo el nivel de la calle y era bastante húmeda. Pero a él eso no le molestaba. Sólo iba allí a dormir.

La mayor parte del tiempo la pasaba en una taberna no lejos de la casa del maestro. Antes no la frecuentaba, sobre todo porque no le gustaba el alcohol, pero también por su reputación como punto de reunión de gente de mal vivir. Ahora las dos razones se habían venido abajo. Empezó a beber, primero con moderación, 1o suficiente para sentir una leve embriaguez, Y luego más y más, cruzando sin percibido el límite tras el cual uno se hace alcohólico. En la tasca no servían más que bebida de mala calidad y barata, debido a lo cual al señor Umbertini, al despertarse en la sucia cama del sótano, le dolía la cabeza un buen rato, cosa ésta que no le hizo renunciar a seguir acudiendo allí todos los días.

Los clientes habituales de la taberna al principio acogieron al nuevo parroquiano con recelo, evitando su compañía. Sus modales corteses lo señalaban como alguien ajeno a aquel mundo. Pero según fue pasando el tiempo y él se fue pareciendo cada vez más a ellos, tanto por su aspecto externo como por su conducta, empezaron lentamente a aceptado. Dejó de beber solo pues siempre se le unía alguien, así hasta que por fin todas las sillas de su mesa estaban ocupadas. Era un grupo bastante pintoresco, en el que él unos meses atrás jamás se habría imaginado a sí mismo: mercenarios ceñudos del regimiento estacionado cerca de la ciudad, prostitutas resecas y desdentadas, carteristas que volvían de hacer incursiones por los mercados, mendigos andrajosos y lisiados.

Pese a que el señor Umbertini de ninguna manera deseaba hablar de ello, con aquella gente ni con nadie, el tema fue inevitable una vez que la relación de los clientes con el antiguo ayudante del célebre fabricante de violines, ahora borracho desaliñado, fue lo suficientemente estrecha como para ahuyentar las reservas, A diferencia de la policía, que no había considerado necesario profundizar en las razones que habían impulsado al maestro a suicidarse, los curiosos no habían dejado de interesarse por ese misterio ni siquiera en semejante antro. El señor Umbertini fue expuesto a diversas presiones, que iban del halago a la amenaza, para que se manifestara al respecto, pero él resistió todos los asaltos sin soltar prenda. Lo que, sin embargo, no pudo impedir fue escuchar las suposiciones que desplegaban sus compañeros de mesa en la taberna a través del espeso humo del tabaco rancio y el olor acre del vino picado.

Uno de los mercenarios, un hombre con un parche negro sobre el ojo izquierdo y la cara llena de cicatrices, afirmaba que había oído de alguien de fiar que, tras todo aquel asunto, se hallaba una locura familiar hereditaria. El abuelo paterno del señor Tomazi, carpintero en un pueblo cercano, también se había quitado la vida, pero de una manera mucho más dolorosa. En un momento de ofuscación mental se encerró en el taller y allí se dedicó a clavarse en el cuerpo toda herramienta afilada que se le puso por delante. Ninguna de las heridas era mortal y, sin embargo, después de una larga agonía, murió debido a la pérdida de sangre, sin siquiera gemir en el curso de ese terrible atentado contra sí mismo. Cuando la familia irrumpió en el taller, contemplaron una escena escalofriante. El cuerpo del carpinte ro, en el suelo, con los brazos extendidos como en un crucifijo horizontal, semejaba un erizo; pudieron contar hasta treinta y tres púas que lo perforaban. Su mujer, que estaba en el quinto mes de embarazo, sufrió un aborto espontáneo, y su hijo de cuatro años, su único vástago, padeció durante toda la vida pesadillas de las que se despertaba gritando.

El señor Umbertini podía desmentir esa historia horrible, pero no lo hizo. En sus días de aprendiz había conocido al abuelo paterno del maestro. Era relojero, allí, en la ciudad, y murió muy anciano, cuando le falló el corazón, ya debilitado. Sobrevivió a su esposa unos cuantos años dejando hasta siete niños. El tercero de ellos, el primer varón después de dos niñas, era el padre del señor Tomazi, un hombre alegre y un tanto disoluto, en absoluto abrumado por las oscuras manchas de la infancia, se había ahogado comiendo pescado y riendo negligentemente a la par. Aunque aún era un adolescente, el menor de sus dos hijos, Alberto, que había heredado de su madre un oído muy fino, se quedó con el taller paterno de fabricación de instrumentos musicales. No tardó mucho en reducir la actividad en exclusiva a los violines, y con el tiempo adquirió fama por su magistral pericia.

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