Hollywood Life

HollywoodLifePabloCastro

Hollywood Life, la última novela de Pablo Castro, es una electrizante historia de deseo y lujuria. Pierre Bouhren, una estrella del pop, y Mario Arribas, un redactor sin demasiadas ambiciones que vive una vida mediocre y aburrida, ven cómo sus caminos se cruzan cuando a éste último le surge la oportunidad de escribir una biografía del famoso vocalista de Solange, banda de culto internacional. La arrolladora personalidad de Pierre hará tambalearse los principios y la sexualidad del escritor que, motivado por la curiosidad y el interés propio, se embarcará en un peligroso juego de manipulación y frivolidad.

ANTICIPO:
No le sorprendió que Pierre Bouhren le recibiera en albornoz. Era lo menos que podía esperar de un artista maniático y excéntrico que presumía de celebrar sus sesiones de grabación saliendo de fiesta hasta el día siguiente, o de alojarse en el Hotel Asturias —un discreto establecimiento de tres estrellas que abre su balconada sobre la plaza de Canajelas— siempre que Solange, la banda francesa de pop electrónico más exitosa de los últimos tiempos, se encontraba de paso por Madrid. En realidad, no es que Mario Arribas esperase cualquier cosa de él: es que aquella misma impredecibilidad era uno de los pilares de su respeto hacia el creador, líder, vocalista y auténtico espíritu de Solange.

Para empezar, porque apenas había estrenado los diecisiete años cuando se embarcó en la formación de un grupo que tomaba su nombre del fascinante personaje de Las Criadas de Genet. Y después, porque para conseguirlo se había molestado en escoger personalmente a cada uno de los músicos que formarían parte de la banda, reservando para sí las labores de composición e interpretación de esas canciones que ahora arrasaban en las pistas de baile más selectas. De hecho, no sólo mantuvo a su cargo aquellas tareas cuando las discográficas comenzaron a interesarse por el proyecto Solange, sino que exigió ocuparse también de la supervisión de vestuarios, maquillajes y grabaciones de videoclips, además de seleccionar una a una las fotografías para las carátulas de los discos, los posters, los objetos de merchandising o las páginas web. Tal vez por eso tampoco tenía el menor problema en encerrarse con los ingenieros de sonido y sus mesas de mezclas durante sesiones interminables, para inspeccionar y revisar minuciosamente los arreglos de cada grabación.

Porque como había demostrado en más de una ocasión, Pierre Bouhren era muy capaz de mantener a todo un equipo de sonido aislado en el estudio durante horas hasta dar con el tono, el eco o el efecto sonoro que mejor reflejase los matices de cada una las melodías que reverberaban en la esfera de su creatividad. Así pues, teniendo en cuenta que había dedicado once años de su vida a convertir un capricho adolescente en un fenómeno musical de excepción, ¿qué había de extraño en que su apariencia, su forma de moverse sobre el escenario o sus siempre polémicas declaraciones fuera de él hubiesen terminado por convertirse en elementos tan emblemáticos de la banda como su personalísima voz, por encima incluso de los gemidos de la guitarra eléctrica de Jack Sycur o la algarabía de sintetizadores de los hermanos Palampoise? Porque a pesar de que Solange se definía por la presencia de aquellos cuatro músicos, sólo Pierre Bouhren simbolizaba la verdadera encarnación de su espíritu.

Hijo único de un adinerado empresario parisino y de una huérfana española, que emigró a Francia para fregar suelos y acabó ingresando en la alta burguesía al casarse con el segundo vástago del matrimonio Bouhren-Cardouc, irónicamente la educación de Pierre dependió siempre de los mejores colegios británicos, gracias a lo ahora que alternaba con un delicado acento gutural —pero innegable soltura— entre francés, castellano e inglés. Y esto, unido a la originalidad de sus letras, la cuidada producción de sus melodías y el peculiar registro de voz de su cantante, capaz de alcanzar tonos extremadamente altos para un varón de su complexión, marcaba la diferencia entre Solange y cualquier otro grupo del momento, convirtiendo a la primera formación en una máquina implacable a la hora de conquistar mercados discográficos.

Aunque he de reconocer que este dominio de las lenguas me ha afectado mucho más de lo que parece, solía señalar su líder. Fíjate: tres idiomas… ¿y una sola preferencia sexual? ¿Dos? ¡Mon dieu, pero si hasta la bisexualidad me resulta restrictiva! Es decir, sólo me quedan dos opciones en la vida: o la abstinencia, o la pansexualidad. Y la abstinencia es la práctica más antinatural que conozco.

Sí, Pierre Bouhren solía ser bastante imprevisible, pero Mario Arribas se había documentado lo suficiente sobre su persona como para saber esperar hasta las nueve en punto de la noche, hora a la que había sido citado por el artista, para dar aviso de su llegada en la recepción del Hotel Asturias. Porque es imposible estudiar durante doce años en los colegios más elitistas de Gran Bretaña y no acabar siendo un maniático de la puntualidad.

El recepcionista, un hombre grueso de nariz chata y pronunciada calvicie, se apresuró a marcar el número de la suite del cantante.

—¿Señor Bouhren? El señor Arribas, de la editorial Muxic, le espera. Sí, sí, señor, ahora mismo –prometió solícito, antes de colgar el auricular del teléfono y volverse con solemnidad hacia el periodista— Puede usted subir.

Los último rayos del atardecer arrancaban destellos en los espejos retrovisores del los coches parados ante el semáforo de la Calle de la Cruz cuando él golpeó con los nudillos en la puerta de su futuro entrevistado.

— Supongo que tú eres el escritor, ¿no?

— Sí, soy yo.

— Bien, entonces pasa.

— Gracias.

A pesar de haberle visto actuar en directo en una o dos ocasiones, Mario Arribas jamás había estado tan cerca del artista, y eso que había seguido con auténtico interés la trayectoria musical de Solange desde sus comienzos, escuchándoles crecer a partir de sus primeros singles —llenos de guitarras distorsionadas y vocalizaciones efectistas—, hasta la cumbre de melodías intrincadas y juegos de sonidos desde la que ahora contemplaban cómodamente a sus imitadores. Pero aunque los años como espectador paciente le habían confirmado que Pierre Bouhren era mucho más que un cantante de apariencia provocativa, alardes vocales dignos de admiración, y rotunda habilidad para llevar al paroxismo a sus seguidores, Mario Arribas ya no se dejaba impresionar por nadie. Tal vez porque, en su opinión, el escepticismo es una auténtica virtud para los profesionales que viven del mundo del espectáculo.

— ¿Quieres algo tomar algo? ¿Una copa? ¿Cigarrillos?

— No, gracias.

— Bueno, siéntate al menos.

El periodista ocupó una de las dos sillas mimbre que rodeaban al velador circular situado en un rincón de la estancia, y contempló cómo su anfitrión se servía un whisky con agua antes de encaminarse hacia él.

Pierre Bouhren había cumplido veintiocho años el antepenúltimo día de septiembre. Era un hombre de estatura moderada, no más de metro setenta cinco, y complexión extremadamente delgada. Facciones angulosas de pómulos prominentes y nariz afilada, casi respingona, ojos profundos de un sencillo castaño oscuro, y pelo lacio teñido de negro azulado en un corte asimétrico: dos mechones separados con raya en medio y largos hasta la mandíbula, que llegaban a cubrirle los ojos si movía la cabeza con tal intención, pero cuya longitud iba decreciendo a medida que se acercaba a la nuca, sobre la que apenas despuntaban ya unas puntas aguzadas de fijador.

No obstante, sus manos fueron lo que primero atrajo la atención del reportero. Muñecas estrechas, palmas afiladas, largos dedos de pianista y uñas pintadas de azul eléctrico, cuyas irisaciones ponían una nota de contraste al conjunto formado por la felpa nívea del albornoz y su piel cuidadosamente blanca. Mario Arribas sabía que el esmalte no era ninguna novedad en los dedos Pierre Bouhren, cuyos colores alternaba a capricho entre el negro azabache, el rojo sangre o el verde botella, pero aún así le resultaba difícil apartar la mirada de aquellas manos. Especialmente, de la que sujetaba el vaso mientras los pasos de su propietario se dirigían hacia un asiento vacío frente al suyo.

El cantante se sentó ante él, cruzó las piernas y se llevó el whisky a los labios, con toda su atención centrada en el periodista.

Aparentaba algo más de treinta años. Tenía el pelo castaño claro, los ojos pardos, la nariz grande, los labios gruesos y, a juzgar por su aspecto, no parecía dedicar más de dos o tres minutos diarios a su estética. Sin embargo, para no ser lo que se suele decir un hombre guapo, resultaba innegable que había un cierto atractivo en él. Agazapado tras algún kilo de más, pero ahí estaba. Quizá en ese aire de derrota previa que latía en su mirada.

compra en casa del libro Compra en Amazon Hollywood Life
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑