Hotel Problemski

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Bipul Masli, fotógrafo procedente de un país tercermundista, se encuentra recluido en un centro de acogida de refugiados en Bélgica. Con brillante mordacidad va relatando la vida cotidiana de este centro en el que personas de los países más conflictivos del mundo conviven forzosamente a la espera de un visado que nunca llega, que les abra las puertas de un mundo hipotéticamente mejor. Dimitri Verhulst escribió este libro tras pasar un tiempo en un centro de estas características, y como él mismo dice: «La mitad de estas historias son fruto de mi invención, pero ni una sola de ellas contiene una mentira». Su mirada impetuosa y su áspero y políticamente incorrecto sentido del humor hacen que la lectura de Hotel Problemski sea un acercamiento profundamente humano a un tema que pocas veces se trata en primera persona.

ANTICIPO:
Ha llegado carta para Igor. Certificada. El sobre con muchos sellos y timbres está encima de la mesa, cubriendo el trozo de foto más interesante de la gaceta dominical. Sabemos quién ha escrito esa carta, es la única carta que esperamos, pero ahora que por fin puede abrirla después de meses y meses de aburrimiento, no se atreve. Más tarde, antes quiere ir a comer. Es muy listo por su parte. La comida es ya de por sí bastante desaborida, qué no será después de recibir malas noticias. Toca pan con pan, para variar. Y un café que sabe como si lo hubiesen pasado una decena de veces por el mismo filtro. Juraría que no lleva ni gota de cafeína, eso nos excitaría demasiado. Por el contrario, tengo mis razones para pensar que nos echan bromuro en la bazofia que nos sirven, eso frena la libido. Últimamente la tengo bien floja cuando me despierto y debe de ser por algo. En cualquier caso, problema de cabeza no es. Naturalmente la noticia de que ha llegado carta para Igor ha ido pasando de boca en boca y consuela saber que en Bruselas no han perdido todavía la dirección del centro de acogida. Algunos llevan encerrados aquí tanto tiempo, año y medio o más, que empiezan a pensar que su expediente ha ido a parar accidentalmente al cubo de la basura y ha desaparecido. Por lo que se ve, la rapidez no es uno de los puntos fuertes de los belgas, y es bueno saberlo, por si algún día llegamos a encontrar trabajo aquí. Cada dos por tres alguien llama a la puerta, ávido de noticias. ¿Y? Pero Igor sigue sin tocar la carta. Al final de la tarde, después de haberse pasado horas estudiando el techo (donde por desgracia no hay ni una sola grieta, al menos eso rompería la monotonía) coge la navaja con un movimiento rápido y airoso, y rasga el sobre. Viéndolo hundir el filo del cuchillo en la solapa, se diría que estaba pensando en una persona. Lo vi. Lo olí. Su sudor siempre lo delata. Y ahí está. Con su carta. Con su destino. Y no lo entiende. Los muy cabrones han redactado su futuro en neerlandés. Con mucha suerte, en Bruselas te dan quince minutos para que les expliques por qué te persiguen en tu país, por qué le han prendido fuego a tu casa y te han violado a las hijas, por qué has recibido la inoportuna visita de una cuadrilla de bandidos, le han dado una somanta de palos a tu madre delante de tus propios ojos y han echado los higadillos de tu padre a los perros… y después de pasarte meses tocándote las narices, haciéndote nudos en los dedos de los pies de puro aburrimiento, recibes una carta. Un folio escaso. La firma es más larga que el texto. En el membrete están las cosas que ya sabes. Que no había ningún intérprete presente durante la entrevista. Ninguna tercera persona, ningún abogado. Estiman al lector. No mucho, pero algo sí que lo estiman.

Estimado: Con arreglo a los elementos de su expediente, corroboro la decisión del delegado del ministro de Asuntos Interiores según la cuál se le deniega el permiso de residencia en el territorio. En virtud del artículo 52 de la ley de inmigración, concluyo que su solicitud de asilo no cumple con los criterios expresados en el Tratado Internacional en relación con el estatus de los refugiados, ni con otros criterios que pudieran justificar la concesión de asilo. Concluyo asimismo que en las presentes circunstancias puede ser usted devuelto a la frontera del país del que ha huido y donde, según su declaración, su vida, su integridad física o su libertad podrían correr peligro. Salvo que el ministro de Asuntos Interiores o su delegado revoquen esta decisión, dispone usted de cinco días para abandonar el territorio a partir de la fecha de recepción de la presente notificación. (Real Decreto del 19 de mayo de 1993; artículo 17, apartado 2, punto 2).

Por suerte para él, la legislación de Bélgica es típicamente belga: debe abandonar el territorio en el plazo de cinco días, pero dispone de treinta para presentar una apelación.

Esas cartas son como grandes titulares: «Confirmación de la negativa de la solicitud de asilo» y por consiguiente deberían estar escritas en una lengua que pase por ser neerlandés. La lengua que podemos estudiar aquí aun sin tener la certeza de que algún día acabará convirtiéndose en nuestra lengua vehicular. La lengua que aquí todos estudiamos obsesivamente para matar el tiempo.

Afuera el termómetro señala seis bajo cero y, pese a que no está el tiempo para eso, la BBC interrumpe impúdicamente a un pianista para informar de que han vuelto a interceptar un contenedor de inmigrantes ilegales. En Tívoli, Italia. Esta vez parece que se trata de rumanos. No había tomates, sino que estaban escondidos detrás de palés de baldosas. Pero no hay que preocuparse por tener que compartir nuestra habitación con un rumano: se han muerto todos, congelados a medio camino entre la Nada y Ningún lugar. Una muerte rock and roll, en la carretera. Parece que no está tan mal, la muerte por congelación, los montañeros que quedaron atrapados en una tormenta de nieve en el techo del mundo y que contaban con sus dedos azulados la distancia que los separaba del túnel de la muerte, confesaron después que se sentían colocadísimos mientras esperaban al helicóptero.

Aquí toda conversación se sigue con la ayuda de una carretada de diccionarios. Esta también. Igor y yo desciframos paso a paso el código secreto de la epístola ministerial, anotando jirones de frases retorcidas en un trozo de papel del váter. Y al llegar al verbo quitter, un verbo regular de lo más común, Igor va a sentarse diligentemente a la mesa para conjugar: je quitte, tu quittes, il quitte, nous quittons, vous quittez, ils quittent. Parece que no ha acabado de captar el significado de esta carta, morada a golpe de sello. Se conoce que todavía no ha aprendido el futuro próximo en francés.

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Interplanetaria

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