Ivanhoe

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Ivanhoe narra la enconada lucha de un hombre para restablecer su buen nombre y de paso el de la corona. La acción transcurre en una época convulsa, en tiempos de cruzadas, de encarnizadas luchas entre dos pueblos antaño hermanados, el sajón y el normando, y el príncipe Juan sin Tierra planea coronarse rey, aprovechando que Ricardo Corazón de León se halla luchando en las Cruzadas.

Ricardo necesitará la ayuda de un caballero valeroso y ducho en el campo de batalla, y ese será Wilfred de Ivanhoe. Desheredado por su padre, desposeído de sus tierras y deshonrado, Ivanhoe tendrá ocasión de reparar las muchas injusticias de que ha sido víctima. Pero para deberá luchar a muerte en combate singular, escalar los muros de un castillo, caer herido, ser apresado, liberado por el vil Robin Hood…, y todo ello al tiempo que tiene que lidiar con dos mujeres que se disputan su amor, la judía Rebecca de York y la aristócrata lady Rowena.

Todo un clásico de la literatura que ahora se ofrece con las ilustraciones fantásticas de Jordi Vila.

ANTICIPO:
Los gritos de la multitud, las aclamaciones de los heraldos y el clamor de las trompetas, anunciaron el triunfo de los unos y la derrota de los otros. Los primeros se retiraron a sus respectivos pabellones, mientras que los segundos, alzándose del suelo como pudieron, abandonaron el palenque entre el desprecio general y con la vergüenza de la derrota, para ir a tratar con los vencedores acerca de la suerte de sus armas y monturas que según las leyes del torneo habían perdido. Sólo el quinto de la partida permaneció el tiempo suficiente en el palenque para recibir el aplauso de los espectadores, y, recibiéndolos, se retiró aumentando sin duda con ello la mortificación de sus compañeros.

Un segundo y tercer grupo de caballeros entraron en liza, y aunque corrieron suertes diversas, la ventaja estuvo de parte de los mantenedores. Ninguno fue desmontado ni se desvió en su carrera…, desgracia que cayó sobre uno o dos de sus antagonistas en cada choque. El coraje de los que se les oponían pareció disminuir sensiblemente ante sus continuos éxitos. Sólo tres caballeros se presentaron en el cuarto encuentro y pasando por alto los escudos de Bois-Guilbert y de Front-de-Boeuf, se contentaron con tocar a los tres restantes caballeros, que por el motivo que fuese no habían demostrado tanta fuerza ni destreza. Esta política de selección no alteró el resultado y los mantenedores salieron de nuevo vencedores: uno de los antagonistas fue desmontado y los otros dos fallaron en el aftaint, es decir, en el paso de armas consistente en dirigir la lanza en línea recta, con fuerza y firmeza, contra el yelmo o el escudo del contrario de suerte que o se rompe el arma o se consigue desmontar al caballero.

Después del cuarto encuentro tuvo lugar una larga pausa. No parecía haber nadie deseoso de reanudar los desafíos. Los espectadores murmuraban entre ellos puesto que entre los mantenedores, Malvoisín y Front-de-Boeuf eran impopulares debido a su carácter, y los restantes no eran tenidos en estima ya que eran extraños o forasteros. Pero nadie participaba tan profundamente de los sentimientos de general desagrado como Cédric el Sajón, que en cada victoria de los mantenedores normandos veía un repetido triunfo sobre el honor de Inglaterra. La educación recibida no le había adiestrado en los ejercicios de la caballería, aunque con las armas de sus antepasados sajones había probado, en más de una ocasión, ser un combatiente bravo y decidido. Miraba con ansiedad a Athelstane, quien había aprendido el arte de la época, como si le implorara que hiciera algún esfuerzo personal para recobrar la victoria que gradualmente pasaba a manos de los templarios y de sus aliados. Pero, aunque era de bravo corazón y gran fortaleza física, Athelstane tenía un temperamento demasiado inerte y falto de ambición para llevar a cabo las proezas que Cedric parecía esperar de él.

—El día es contrario a Inglaterra, milord —dijo Cedric intencionadamente—. ¿No os sentís tentado de empuñar una lanza?

—Lo haré mañana cuando se luche en mélée —contestó Athelstane—. No vale la pena que hoy tome las armas.

Dos cosas disgustaron a Cedric en esta respuesta. Figuraba en ella la palabra normanda mélée para expresar la lucha en grupo, y evidenciaba cierta indiferencia por el honor del país; pero aquella frase la había pronunciado Athelstane, por el que sentía profundo respeto. Además, no tuvo tiempo de hacer ninguna observación, porque Wamba intervino diciendo:

—Es más meritorio, aunque no mucho más fácil, ser el mejor entre cien que no serlo ante uno solo.

Athelstane acogió la observación como si fuera un cumplido, pero Cedric, que entendió mejor el significado de la indirecta del bufón, le dirigió una mirada severa y amenazadora. Wamba tuvo suerte de que el lugar y la ocasión en que se encontraban, dada su condición y oficio, le ahorraran de recibir muestras más sensibles de enfado por parte de su amo. La pausa del torneo todavía continuaba; sólo fue interrumpida por los gritos de los heraldos que exclamaban:

—¡Amor a las damas, lanzas hechas astillas! ¡Adelante, gallardos caballeros, ojos bellísimos contemplan vuestras proezas!

También la trompetería de los mantenedores dejaba oír de tarde en tarde ruidosos sones de triunfo o de desafío, mientras que los payasos que debían actuar al final disfrutaban de una inesperada inactividad. Los caballeros y nobles ancianos lamentaban en voz baja la decadencia del espíritu marcial, hablaban de las gestas de antaño y convenían en que en los tiempos actuales el país no florecía con tan hermosas doncellas como cuando ellos eran jóvenes. El príncipe Juan empezó a hablar con su comitiva acerca de la conveniencia de dar comienzo al banquete y otorgar el laurel de la victoria a Brian de Bois—Guilbert, quien, con una sola lanza, había conseguido desmontar a dos caballeros y dejar a otro maltrecho.

Cuando la trompetería sarracena dio por terminada una de las largas fiorituras con que habían quebrado el silencio de la palestra, fue contestada por fin por una trompeta solitaria que emitió una nota de desafío desde la extremidad septentrional. Todos los ojos se volvieron hacia el nuevo campeón que anunciaba el son. Tan pronto se abrieron las barreras, el nuevo caballero hizo su entrada en el palenque. Por lo poco que podía adivinarse en un hombre provisto de armadura, el nuevo desafiador no sobrepasaba en mucho la talla media y parecía delgado de complexión. Su armadura era de acero con dibujos dorados, y sobre su escudo aparecía una joven encina desarraigada y, en español, la palabra «desheredado» Montaba un gallardo caballo negro, y al cruzar la palestra saludó al príncipe y a las damas, bajando con gracia la punta de la lanza. La destreza con que manejaba su corcel y una cierta gracia juvenil que se adivinaba en sus modos, contribuyeron a granjearle el favor de la multitud, cuyos representantes de clase inferior le demostraban su afecto gritándole:

—¡Toca el escudo de Ralph de Vipont! ¡Desafía al caballero hospitalario! ¡Es el jinete más inseguro; es la mejor opción que puedes hacer!

El campeón avanzaba entre estos bien intencionados consejos; subió a la plataforma por la suave pendiente que a ella conducía desde la palestra y, ante el asombro general, galopó directamente hacia el pabellón central, golpeó con la punta de la lanza el escudo de Brian de Bois-Guilbert haciéndolo sonar con estrépito. Todos los presentes quedaron sorprendidos ante tamaña presunción, pero nadie superó en estupefacción al sorprendido caballero objeto de este desafío a mortal combate, quien estaba lejos de esperar tan directa confrontación y se hallaba sentado despreocupadamente a la puerta de su pabellón.

—¿Ya te has confesado, hermano? —dijo el templario—. ¿Has oído misa esta mañana, para que tan abiertamente pongas en peligro tu vida?

—Estoy tan dispuesto a enfrentarme con la muerte como puedas estarlo tú mismo —contestó el Caballero Desheredado, porque con este nombre se había inscrito en los libros del torneo.

—Si es así, toma tu sitio en el palenque —dijo Bois-Guilbert—, y mira el sol por última vez porque esta noche dormirás en el paraíso.

—Muchas gracias por tu cortesía —replicó el Desheredado—, y en recompensa te aconsejo tomar un caballo fresco y una nueva lanza, porque, por mi honor, que te harán falta ambas cosas.

Habiendo expresado así su confianza en sí mismo, volvió grupas y deshizo el camino andado hasta bajar de la plataforma. Desde allí obligó al caballo a hacer marcha atrás, hasta alcanzar el extremo norte, donde permaneció estático en espera de su oponente. Esta muestra de habilidad hípica le valió de nuevo el aplauso de la multitud.

Aunque irritado por las recomendaciones que su adversario le había hecho, Brian de Bois-Guilbert no pasó por alto sus consejos, ya que su honor estaba demasiado comprometido como para no tomar todas las precauciones necesarias y asegurarse el triunfo sobre un oponente tan presuntuoso. Cambió su caballo por otro de probada bravura y fuerza. Escogió una lanza más resistente por si la anterior hubiera salido perjudicada de los encuentros que había tenido que soportar. Finalmente, apartó su escudo, que había sufrido algún deterioro, y recibió otro de manos de sus escuderos. El primero sólo iba adornado con el emblema general de los templarios, que representaba a dos caballeros montados en el mismo corcel, como símbolo de la pobreza y humildad de la Orden, cualidades que más tarde se transformaron en arrogancia y lujo y fueron a la larga la causa de su supresión. El nuevo escudo de Bois-Guilbert representaba un cuervo en pleno vuelo, portador de una calavera entre las garras y la leyenda Gare le Corbeau.

Cuando los caballeros hubieron ocupado su sitio en cada extremo de la palestra, la expectación general alcanzó su punto culminante. Pocos eran los que se atrevían a aventurar la posibilidad de que el choque tuviera un final feliz para el Desheredado, a pesar de que su valor y su galantería le habían granjeado la buena voluntad de los espectadores.

No habían terminado las trompetas de dar la señal, cuando los dos campeones arremetieron uno contra el otro con la velocidad del rayo y chocaron en mitad de la palestra con el estruendo del trueno. Las lanzas quedaron hechas astillas hasta el mismo mango, y por un momento se tuvo la impresión de que los jinetes habían caído, pues la fuerza del encuentro había hecho doblar los cuartos traseros de las dos cabalgaduras. Sólo la destreza de los jinetes al utilizar las espuelas y riendas consiguió que los caballos se recobraran. Después de mirarse por un instante con ojos que parecían despedir fuego a través de los visores de los yelmos, cada uno de los caballeros dio media vuelta y se retiró a su respectivo rincón. Allí fueron provistos de nuevas lanzas por sus asistentes.

El inmenso griterío de los espectadores, unido al agitar de gorros y pañuelos, dio testimonio del interés de la multitud por el encuentro más nivelado y mejor ejecutado de toda la jornada. Pero no habían ocupado los contendientes sus respectivas plazas, cuando el clamor general se convirtió en un denso silencio de muerte, tan profundo, que parecía que la gente tenía incluso miedo de respirar.

Después de permitir una breve pausa para que recobraran el aliento los caballos y los combatientes, el príncipe Juan dio con su vara la señal para que salieran de nuevo.

En este segundo encuentro, el templario apuntó al centro del escudo de su antagonista, y arremetió tan certeramente y con tanto brío que su lanza quedó destrozada y el Desheredado vaciló en su montura. Este, por su parte, desde el principio de su carrera había apuntado el escudo de Bois-Guilbert pero, cambiando de objetivo súbitamente y casi en el mismo momento del choque, arremetió con la punta de la lanza contra el yelmo, blanco más difícil de alcanzar, pero que, de conseguirse hacía irresistible el choque. Directa y limpiamente dio en el visor del normando, donde la punta de la lanza quedó prendida entre las barras de acero. Incluso ante tamaño contratiempo, el templario estuvo a la altura de su reputación, y de no haber cedido las correas de su arnés, no hubiera sido desmontado. Fuera como fuese, silla, caballo y caballero rodaron por el suelo envueltos en una nube de polvo.

Fue cuestión de momentos que el templario se desembarazara de los estribos del caballo caído, y cegado por la rabia causada por su desgracia y por las aclamaciones con que su derrota era celebrada por los espectadores, desenvainara la espada y la agitara en un gesto de desafió contra el vencedor. El Desheredado saltó de su montura y también desenvainó. Sin embargo, los mariscales de campo espolearon sus caballos y se interpusieron entre los dos rivales, recordándoles las reglas del torneo, que no permitían aquel tipo de lucha.

—Confío en que nos encontremos de nuevo —dijo el templario lanzando una mirada de odio a su antagonista— y en un lugar donde no haya nadie para separarnos.

—Si no es así, la culpa no será mía —contestó el Desheredado. Y prosiguió—: A pie o a caballo, con lanza, hacha o espada, me da igual; estoy dispuesto a encontrarme contigo donde sea.

Más y más ásperas expresiones hubieran intercambiado, pero los mariscales, cruzando sus lanzas entre ellos, les obligaron a separarse. El Desheredado volvió a su primitivo lugar y Bois-Guilbert a su tienda, donde permaneció durante el resto del día sufriendo la desesperación de su derrota.

Sin desmontar, el vencedor pidió una taza de vino y alzando la celada de su yelmo anunció que brindaba por «todos los ingleses de corazón y por la confusión de los tiranos extranjeros» Ordenó entonces al trompetero que tocara a desafío general y rogó a los heraldos que comunicaran a los restantes mantenedores que renunciaba a la previa elección y que lucharía con ellos en el orden que ellos mismos establecieran para enfrentársele.

El gigantesco Front-de-Boeuf, armado de punta en blanco, fue el primero que entró en liza. Sobre su escudo, representado en negro, había un cráneo de buey medio borrado por los numerosos golpes recibidos. Llevaba escrita la arrogante leyenda Cave, Aásum. Ante este campeón, el Desheredado obtuvo una ligera, pero decisiva ventaja. Ambos caballeros rompieron sus lanzas limpiamente, pero Front-de-Boeuf, por haber perdido un estribo, fue considerado perdedor.

También obtuvo éxito el desconocido en su tercer encuentro, contra Philip de Malvoisin. Golpeó con tanta fuerza el casco de dicho barón, que se rompieron las hebillas del yelmo, circunstancia que le salvó de ser desmontado al poder manejar el caballo con más facilidad. Fue declarado perdedor como su compañero.

En su cuarto combate, contra Grantmesnil, el Desheredado dio muestras de tanta cortesía como anteriormente las había dado de valor y habilidad. El caballo de Grantmesnil, joven e inquieto, se desvió durante el curso de su carrera perjudicando la puntería de su jinete. El Desheredado no quiso aprovechar la ventaja que este accidente le proporcionaba y levantó su lanza, mientras pasaba junto al caballero sin tocarle. Volvió grupas hasta el lugar de la palestra que le pertenecía, ofreciendo a su rival por medio de un heraldo la oportunidad de un segundo encuentro, gentileza que Grantmesnil declinó, declarándose vencido tanto por la cortesía como por la destreza de su oponente.

Ralph de Vipont aumentó la lista de triunfos del forastero; fue derribado con tal fuerza, que la sangre manó de su boca y narices, y fue retirado de la palestra sin conocimiento.

Las aclamaciones de miles de presentes dieron sobrada fe de su entusiasmo, al ser proclamado que por unanimidad del príncipe y los mariscales de campo, el honor de la jornada era asignado al Caballero Desheredado.

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