Jitanjáfora

jitanjafora

Conrado Marchale, toxicómano en fase de rehabilitación, a punto de abandonarse de nuevo al conjuro de la heroína, recibe una carta que dará un giro a su vida. Junto a Adolfo Figueredo, un obeso intelectual que siempre ha permanecido enclaustrado en su biblioteca, descubre cómo ingresar en una cofradía de hechiceros que no creen en la magia y tampoco la practican, al menos no de la forma convencional.

Rodeados de otros marginados sociales, iniciarán un férreo programa académico para aprender los secretos de la magia, asistiendo a extrañas clases impartidas por preceptores que semejan freaks de circo. Porque la magia no existe. Y, sin embargo, se codearán con criaturas extraordinarias, dominarán hechizos, manejarán varitas mágicas y combatirán el Mal.

Una exagerada y extravagante propuesta sobre la magia de verdad, cotidiana y laica, no apta para todos los estómagos. Un manual de instrucciones para dominar el sutil potencial que anida en nosotros. Un sarcasmo monumental.

ANTICIPO:
5

Lo primero que les llamó la atención al abandonar aquel campo de concentración animal que era la granja fue el silencio. Se oían aves canoras, árboles meciéndose, el viento soplando y el ladrido de algún perro a lo lejos, pero todas aquellas perturbaciones acústicas eran baladíes parangonadas con el guirigay de los masificados establos.

Desorientados, fueron conducidos a un descampado próximo, donde ronroneaba el autocar que les había transportado a aquella pesadilla. Y allí sostenidos precariamente por sus piernas atrofiadas por la falta de uso y la mala alimentación, contemplaron por primera vez en mucho tiempo el exterior como si fueran ciegos que hubiesen recuperado la vista tras un milagro, ebrios de dicha y de asombro.

Al principio, al intentar abarcar con la vista aquel inmenso paisaje de abundantes colores y detalles, sólo consiguieron percibir grupos de imágenes dispersas, aisladas de todo contexto, irrupciones de luz brillante en distintas longitudes de onda. Así que sus ojos, ávidos de libertad, enfocaron la línea oleaginosa del horizonte, y sobre él, el cielo azul y límpido.

Deslumbrado por aquella realidad que tan ajena se le presentaba a Conrado, ni siquiera giró la cabeza hacia Figueredo cuando éste le dijo:

—Llevo tanto tiempo sin hablar que no tengo palabras para expresar la belleza que ven mis ojos.

Todos se ponían la mano sobre los ojos a modo de visera y los entrecerraban, tratando de familiarizarse de nuevo con el entorno. Algunos hablaban, otros descubrían bajo la luz de la mañana el lamentable estado físico en el que se hallaban. Pero la mayoría se limitaba a musitar expresiones de asombro. Se sentían dichosos, libres, con un amplio abanico de porvenires diferentes frente a ellos.

—Debemos apestar —comentó una mujer que en el interior de la granja se asemejaba a un pavo real o un caballo altivo de crin larga y rubia.

El conductor del autocar, parapetado tras sus gafas de espejo, bajó del vehículo y apoyó la espalda en un árbol cercano, contemplando a aquellas veintidós piltrafas humanas. El motor todavía ronroneaba, inspirando apresuramiento en el ambiente.

El Granjero desfiló alrededor del grupo, como un oficial revisando la tropa, y se detuvo frente a ellos.

—Imagino que os preguntaréis cuánto tiempo habéis estado en mi reino —empezó— salvo los que contáis con relojes con calendario, obviamente. La respuesta es setenta y seis días.

Era mucho tiempo. Pero a Conrado le dio la sensación, como a la mayoría, de que habían permanecido en la granja durante setenta y seis años, toda una vida. Recordar las experiencias que habían sufrido allí dentro resultaba demasiado traumático para ellos, así que se dejaron llevar, se deslizaron hacia adelante en el tiempo sin mirar atrás.

—También debo informaros de que sois libres —continuó El Granjero—. Weinberg & Waterhouse es una empresa fantasma, no hemos efectuado ningún estudio de las tendencias del mercado y el contrato que firmasteis es papel mojado. El único contrato que habéis firmado conmigo ha sido intelectual, y éste ha tenido la duración que he estimado oportuna atendiendo a vuestros progresos. ¿Para qué? Recordad que el motivo no importa, que la felicidad es una quimera, que ahora estáis libres de todo lastre animal. Ahora sabéis lo que sois, ¿estáis preparados para cambiarlo? Eso depende de vosotros, yo ya no puedo intervenir más, nuestros caminos se separan aquí. Sólo quiero que tengáis presente que habéis tocado el cielo asumiendo vuestra ínfima condición.

En su fuero interno, no podían evitar pensar que habían sido capturados por el embaucador discurso de alguna de tantas sectas desperdigadas por el globo, y que El Granjero era su máximo prosélito. No obstante, también debían admitir que aquella ignominiosa experiencia les había curtido de algún extraño modo. No, no querían detenerse allí, sus antiguas vidas no tenían sentido para ellos, y les picaba la curiosidad por averiguar la nueva que se les ofrecía. Se habían descubierto como ratas de laboratorio esclavas de sus necesidades, de la búsqueda incansable e infructuosa de placer, y ello les repugnaba sobremanera. Necesitaban otra cosa y poco les importaba que esa otra cosa se la brindara una secta o un demente argentino vestido de granjero.

—Los que se quieran marchar, pueden hacerlo. El transporte que aquí los trajo les volverá a su punto de origen. Los que decidan continuar adelante con este contrato intelectual con una entidad desconocida, bajo unas condiciones desconocidas y con unos fines desconocidos sólo deben quedarse donde están. Seréis conducidos estos últimos a un motel cercano, os asearéis, os cambiaréis de ropa y seréis recogidos para iniciar un largo viaje en tren. A otro país, no os lo negaré. Pero se acabaron las granjas y los animales para vosotros, que ya habéis reconocido vuestra mediocridad.

A todos les resultó cómico observar cómo nadie osaba moverse de su sitio, quizá por miedo, quizá por convencimiento, quizá porque se habían establecido lazos emocionales parejos a los del síndrome de Estocolmo entre ellos y El Granjero.

El moro Qasim levantó la mano, su aspecto no había cambiado demasiado: su infierno como mula de carga ya le había preparado más que a nadie para sobrellevar los embates de la vida, aunque éstos fueran tan severos como los del cautiverio en la granja.

—Habla sin levantar la mano.

Y a todos les resultó familiar la escena, como si entre la primera entrevista y ésta no hubiera transcurrido el tiempo. A pesar de que sus vidas habían sufrido una tremebunda experiencia que había reajustado su percepción del mundo.

—Querer saber qué hacer ahora —y al moro la voz le salió quebrada y agonizante, y todos (a pesar también de sus condiciones deplorables) se compadecieron de él. Además, la ingenua pregunta inspiraba ternura, aunque todos tuvieran curiosidad por saber la respuesta.

—Ya he dicho por activa y por pasiva que el fin no importa en este caso. Pero voy a daros una pista. Si decidís continuar, todo lo bueno que habéis obtenido aquí será multiplicado por mil, y también se habrá terminado toda privación de la libertad, podréis marcharos cuando queráis. Creo que no hay razón para rechazar la oferta, ¿verdad?

No habían sido retribuidos con la suntuosa suma de dinero prometida, el hambre, la sed y las cíclicas arengas de El Granjero (sazonado todo ello con alcaloides) habían transfigurado sus cuerpos y sus psiques hasta dejar al descubierto su abyecta condición de animal irracional esclavo del placer y de las cosas mundanas. Estaban sucios, cansados y con la iniciativa adormecida, les habían engañado y les habían mantenido encerrados en un infierno en contra de su voluntad. Y, sin embargo, todos se deleitaron imaginando redoblados los beneficios metafísicos que habían obtenido mediante aquel etéreo contrato intelectual.

Conrado trató de figurarse cuáles podían haber sido las ganancias obtenidas por Figueredo. ¿Ya no existía la amenaza del colapso de triglicéridos que tanto auguraba? ¿Aquella experiencia extrema y carnal le había colmado su ansia aventurera? Y también pensó en Qasim. ¿Se habría desquitado al fin de los agravios sufridos en este país sintiéndose parte de algo grande, siendo tratado por igual en un propósito común? ¿Y los demás? ¿Habría alguna víctima del mobbing que después de años en paro por fin conseguía un empleo duradero? ¿La mujer que aún porfiaba en andar con tacones se habría percatado de lo artificiosa que resultaba su indumentaria, no sólo en la granja sino en todos los ámbitos? ¿Y él? ¿Qué aspecto positivo encontraba él en aquel encierro en contra de su voluntad? A vuelo se le ocurría, por ejemplo, que ya no estaba encadenado a la heroína, a pesar de que en su estancia en la granja habría consumido más alcaloides que en toda su vida de toxicómano. También había aprendido a comer sin vomitar, a comer con hambre, aunque lo que ingería fuese mucho más repugnante que sus macarrones con queso. Y también era un loco. Aquella propuesta no difería demasiado de la primera oferta de la ilusoria Weinberg & Waterhouse. «Los locos abren caminos que más tarde seguirán los sabios», decía su psicoterapeuta, que jamás imaginaría la expeditiva terapia a la que le habían sometido en una ¿secta? ¿Una hermandad subterránea? ¿Una cofradía poseedora de habilidades y saberes vedados al resto del mundo ortodoxo? ¿Una organización filantrópica que caminaba de puntillas sobre la verosimilitud? Lo ignoraba. De una cosa estaba seguro Conrado: El Granjero no era lo que aparentaba ser, poseía más capacidad de persuasión de la que se infería por su aspecto exterior. Porque Conrado no se caracterizaba por exhibir un servilismo beato, ni por dejarse seducir por las empresas comunes: la única cosa que había secuestrado su voluntad y su autonomía habían sido unas pocas dosis de heroína a los diecinueve años. La explicación más razonable es que El Granjero se ha transformado en el sustituto de la heroína, pensó, divertido.

La cuestión es que nadie se movió de aquel descampado, todos locos que habían tocado fondo descubriendo así una nueva dimensión de la realidad. Todos proscritos del mundo que por fin hallaban un camino hacia un lugar extraño y amenazador, pero que los admitía en su seno. Y el autocar tuvo que marchar vacío.

6

Tras ser aseados y haberles restituido sus ropas maltrechas por una igualitaria camisa beige de algodón y unos pantalones marrón oscuro, ambas piezas anchas y holgadas, confiriéndoles a todos cierto aspecto de payasos en blanco y negro, El Granjero repartió unos tarjetones en los que figuraban las instrucciones para llegar a sus respectivos destinos.

Todos se hallaban de nuevo sentados en las mismas sillas de tijera que casi tres meses antes habían ocupado cuando llegaron a la granja. La ducha caliente les había sedado, el agua limpia recorriendo sus cuerpos, lejos de las miradas vacías de los animales, el jabón perfumándoles con agradables olores afrutados. La ropa planchada, almidonada, seca, suave al tacto, engarfiando cada botón en su ojal correspondiente con deliberada morosidad, delectándose en el acto. Cuchillas afeitando rostros y peines rastrillando cabellos. Unas sandalias de lona con suela de cáñamo enfundándose en los pies. Comieron bollería caliente y leche, y todos terminaron su plato, incluso Conrado, que detestaba la leche, y nadie pidió café o ninguna otra cosa, porque todo era perfecto, porque hacía tres meses que no comían como personas y eran tratados como animales.

Todo parecía mejor que antes, más auténtico, más placentero.

Luego fueron conducidos al despacho de El Granjero y todos se desplazaron con más tiento, evitando ensuciarse, como intentando mantener el máximo tiempo posible aquel reconfortante e impoluto aspecto. La ropa era fina y notaron los listones de madera del asiento presionando deliciosamente en sus nalgas, como si les estuvieran masajeando con alguna técnica china milenaria.

—Ahí tienen sus destinos y cómo llegar a ellos. Sigan los pasos tal y como se indica y les irá mejor.—. Se percataba Conrado de que ahora se dirigía a ellos con el trato de usted. ¿Se habían ganado su respeto?— Tengo por evidente que más de uno pensará en regresar a casa. Se sentará en algún tren rumbo al extranjero, rodeado de pasajeros desconocidos, y entonces se preguntará: ¿Qué hago aquí? La puerta está ahí mismo, puedo abandonar el vagón, regresar a mi ciudad y olvidarme de todo esto. Y lo pueden hacer. Quiero que sepan que tienen completa libertad para abandonar, tanto en el tren como al llegar a su destino. Pero —y se llevó el dedo índice a la sien— piensen por un momento por qué no lo han hecho antes. Ustedes, voluntariamente, han aceptado mi invitación para ir al cine, están dentro, la película acaba de empezar… al menos, véanla hasta la mitad, ya que han hecho el esfuerzo de entrar. Disfruten de la película y no cometan el error de perdérsela por el temor a no poder regresar a sus antiguas vidas. Para regresar a ellas, siempre habrá tiempo.

Conrado advirtió que las palabras de El Granjero debían de estar meticulosamente medidas para crear el efecto que pretendía, porque todos asentían convencidos. Habían pasado tres meses en el infierno pero regresar a sus anodinas, a sus malsanas vidas se les antojaba a todos (incluso a él) un retroceso que implicara un tormento futuro mucho más conminatorio. Deudas, ludopatía, obesidad, síndrome de abstinencia. Cada uno tenía su motivo para huir hacia delante y embarcarse en aquella aventura.

También les comunicó El Granjero que se había cuidado de unir y trenzar los destinos de los individuos que habían compartido las penurias del régimen penitenciario. «Imagino que habrán trabado amistades, alianzas, y yo no soy quién para romperlas. Además, será positivo para ustedes estar junto a alguien próximo en la etapa de descubrimiento que les aguarda».

Se sentían como niños a las puertas de una excursión con el colegio, nerviosos y excitados, y ninguno pensaba en la televisión, ni en su piso, ni en sus familiares, porque todas esas cosas nunca las habían tenido, o nunca las habían deseado en la vida que soñaron para ellos.

Figueredo, que de resultas de la espartana dieta de pienso y alcaloides parecía más alto y joven, abrió su tarjetón y descubrió que era idéntico al que le habían entregado a Conrado.

—Nos dirigimos al mismo lugar, señor mío —le dijo a Conrado con una sonrisa amplia en la cara: parecía que se alegraba de marchar a aquel sitio.

—¿Apeadero de Höfn Lenhard? —parpadeó Conrado.

—Austria, señor mío. Hoy mismo partimos hacia Austria. ¿No siente las mariposas aleteando en su estómago? Yo tengo tantas que un entomólogo esperaría a mi muerte para diseccionar mi estómago. Lo digo por las mariposas que aletean en él.

—No les quepa ninguna duda —intervino El Granjero de nuevo a tenor de los comentarios que se levantaban en el grupo— que marcharán con todos los gastos pagados, y equipados con una maleta que contendrá todos los enseres básicos para el viaje, incluidas dos mudas.

Austria, la palabra reverberó en la cabeza de Conrado. No se imaginaba en aquel país que para él sólo era un nombre vagamente relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Demasiado lejos. Demasiado extranjero. Demasiado austriaco. Él no había abandonado nunca España y de ésta apenas conocía tres o cuatro ciudades importantes. Los viajes no le entusiasmaban. ¿Por qué Austria? ¿Qué le esperaría allí? No dominaba el idioma, ignoraba las costumbres, la gastronomía, la geografía.

Comprobaron que a Qasim le habían entregado un tarjetón diferente. Él marcharía a la isla de Corfú, en Grecia. ¿Les separaban porque no había compartido estancia con ellos junto a los cerdos? Si seguían ese razonamiento, no tenía sentido que otros individuos que también estuvieran encerrados en el establo de los gorrinos hubiesen sido destinados a lugares disímiles.

compra en casa del libro Compra en Amazon Jitanjáfora
Interplanetaria

3 Opiniones

Escribe un comentario

  • Melmek
    on

    Estimados amigos:

    Os informamos de que esta semana se pone a la venta la nueva novela de autor catalán Sergio Parra, “JITANJÁFORA”, número 13 de la colección Albemuth Internacional.

    Un toxicómano en fase de rehabilitación recibe una carta que le propone cambiar su vida y convertirse en alguien que ni siquiera pudo soñar.

    Conrado Marchale está colándose por el sumidero de la mediocridad, a punto se encuentra de abandonarse cuando un reclamo publicitario llama su atención. A partir de entonces, Conrado entrará a formar parte de una organización que camina de puntillas por la verosimilitud: una cofradía de hechiceros laicos, de hechiceros que ni creen en la magia ni la practican, porque la magia no existe mas que como una forma de manejar el mundo y relacionarse con él.

    En la línea de novelas que siguen el proceso de instrucción de un aspirante a mago, Jitanjáfora rompe con todas las convenciones: la trama se sitúa en el mundo real, con personajes fidedignos que rozan el esperpento (como el ampuloso Figueredo, un intelectual que siempre ha vivido enclaustrado en su biblioteca), la magia no es más que un modo inteligente de interpretar las cosas donde valen las frases persuasivas (como conjuros verbales) o los trucos de prestidigitador. Y, sin embargo, aunque el argumento jamás abandona el realismo, aparecerán dragones, hechizos, monstruos, fuerzas del mal, varitas mágicas o habilidades aparentemente sobrenaturales.

    Jitanjáfora es un guiño a las novelas de Harry Potter o similares desde un punto de vista adulto, hiperreflexivo, costumbrista, verosímil y laico. Un verdadero manual de instrucciones para convertirse en un hechicero contemporáneo.

    Se puede encontrar más información sobre la novela y el universo de “Jitanjáfora” en la web http://www.jitanjafora.com

    Sergio Parra nació en Barcelona (1978) y actualmente reside en Calafell (Tarragona). Estudió Derecho y Filosofía en la Universidad de Barcelona y es informático.

    Como escritor, tiene publicadas las novelas La moleskine (Nostromo, 2006), Frío (Septem Ediciones, 2005), Bitis tm (Mundo imaginario, 2005), La granja de Dios (Pc Actual, 2001), También publica por entregas, la primera novela podcast en español Las gafas de Platón desde su blog http://www.sergioparra.com.

    De sus galardones, destacan la mención del premio UPC de Novela Corta (1999) por What hath God wrought, el primer premio del XIV Certamen de Literatura Ategua (2003) por Frío y el del V Certamen Nacional de Narrativa Caja Castilla La Mancha "Valentín García Yebra" por La moleskine.

    Sergio Parra ha obtenido gran éxito de crítica y público con sus anteriores novelas, especialmente con “Frío”, y “La moleskine”.

    Podéis leer un anticipo del libro en:

    http://dreamers.com/web1/i/advance/e/32/p/sistemas/basico.html

    y en la web: http://www.grupoajec.com

    La novela se pone a la venta en librerías, tanto generales como especializadas, y grandes superficies. También se pueden solicitar ejemplares contrarrembolso sin gastos de envío a grupo_ajec@msn.com

    Ficha Técnica:

    Título: Jitanjáfora

    Autor: Sergio Parra

    Portada: Alejandro Terán

    Prólogo: Juanma Santiago

    Precio: 15,95 euros

    Páginas: 272

    ISBN: 84-96013-28-6

  • Lucas
    on

    Me ha parecido un tanto lioso. Debe ser cosa mío, que ando espeso.

  • Wamba
    on

    Llamándose Jitanjáfora ya se debería esperar que sea difícil de entender, no?

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑