Juan Raro

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Olaf Stapledon se caracteriza por dotar de un fuerte componente filosófico a todas sus obras. Así sucede con Hacedor de estrellas, Sirio o Juan Raro.

Juan es alguien que tuvo un nacimiento poco común, aparentemente retrasado en sus primeros años, pronto se dispara su intelecto al límite de sus posibilidades y toma conciencia de que es alguien diferente de quienes le rodean.

Es, en verdad, Juan Raro, y parece un nuevo escalón en la evolución de la humanidad, a cuyos individuos supera claramente en inteligencia, y se convence a sí mismo de tener una misión que desconoce y que debe averiguar. El dominio del lenguaje, las matemáticas y la telepatía son solo algunas de sus herramientas.

ANTICIPO:
Durante los años siguientes el cuerpo de Juan se desarrolló precariamente, pero sin serios tropiezos.

Tenía siempre dificultades con la alimentación. Sin embargo, cuando cumplió los tres años era un chico bastante saludable, aunque singular, y aparentemente muy atrasado. Este atraso desesperaba a Tomás. Pax, por su parte, insistía en que la mayoría de los niños crece con demasiada rapidez.

– No dejan que la mente se les desarrolle como corresponde -declaraba. Pero el desgraciado padre sacudía la cabeza.

Cuando Juan entró en su quinto año de vida, yo lo veía casi todas las mañanas al pasar por la casa de los Wainwright rumbo a la estación. Solía estar en su cochecito, en el jardín, moviendo brazos y piernas, y dando gritos. El estrépito, pensaba yo, tenía una curiosa cualidad. Difería indescriptiblemente de la vocalización de un bebé común, así como la llamada de un mono difiere de los de otra especie. Era un balbuceo rico y sutil, con raras modulaciones y variaciones. Casi no podía creerse que proviniera de un niño atrasado de cuatro años. Su conducta y aspecto eran los de un inteligente bebé de seis meses. Parecía demasiado despierto para llamarlo atrasado, y demasiado atrasado para su edad. La vivacidad y penetración de aquellos ojos eran en verdad algo prodigioso. Pero sus desmañados esfuerzos para manipular los juguetes implicaban también una voluntad superior a sus años. No manejaba bien los dedos, pero la mente parecía asignarles, ya, tareas inteligentes y precisas. El fracaso de los dedos lo descorazonaba.

Juan era ciertamente inteligente. Todos estamos de acuerdo ahora en ese punto. Sin embargo, no parecía inclinado a gatear o hablar. Y un día, de pronto, mucho antes de intentar dar un paso, empezó a hablar. Un martes balbuceaba como siempre. El miércoles estaba excepcionalmente tranquilo, y pareció comprender, por primera vez, las palabras de su madre. La mañana del jueves sorprendió a la familia diciendo muy lentamente, pero con toda corrección:

-Quiero leche.

A la tarde le dijo a alguien que ya no le interesaba: – Vete-No-me-gustas-mucho.

Estos resultados lingüísticos no se parecían sin duda a las primeras frases de una criatura normal.

El viernes y el sábado los dedicó Juan a una cuidadosa conversación con sus encantados progenitores. El martes siguiente, una semana después de su primer intento, hablaba mucho más correctamente que su hermano de siete años, y las palabras habían dejado de ser para él una novedad. Ya no eran un arte nuevo, y se habían convertido simplemente en un medio útil de comunicación que sería desarrollado y perfeccionado cuando nuevas esferas de experiencia exigieran expresión.

Ahora que Juan podía hablar, sus padres se enteraron de algunos hechos sorprendentes. Juan podía, por ejemplo, recordar su nacimiento, y que inmediatamente después de aquella dolorosa crisis, cuando lo separaron de su madre, tuvo que aprender realmente a respirar. Se lo había mantenido vivo por medios artificiales antes que despertaran en él los reflejos respiratorios, y gracias a esta experiencia había descubierto cómo gobernar sus pulmones. Con un desesperado y prolongado esfuerzo de voluntad hizo arrancar, por decido así, la máquina, hasta que al fin el motor se encendió y se puso en marcha espontáneamente. Parecía que el corazón estaba también bajo el dominio de su voluntad. Algunas tempranas «molestias cardíacas», muy alarmantes para sus padres, no habían sido más que interferencias voluntarias de una naturaleza por demás osada. También sus reflejos emocionales dependían mucho más de su mente que en el resto de los hombres. Así, por ejemplo, si en una situación que provocaba su ira Juan no deseaba sentirse enojado, podía, con toda facilidad, inhibir sus reflejos. Y si en cambio la ira le parecía deseable, la sacaba de la nada. Era, en verdad, Juan Raro.

Unos nueve meses después de aprender a hablar, alguien le regaló un ábaco. El resto de ese día no habló ni se rió, y rechazó las comidas con impaciencia. Había descubierto las intrincadas delicias de los números. Hora tras hora efectuó con el nuevo juguete toda clase de operaciones. Luego lo hizo a un lado, repentinamente, y quedó tendido de espaldas mirando el techo.

La madre pensó que la fatiga lo había vencido. Le habló. Juan no reparó en su madre. Pax, con suavidad, le sacudió un brazo. No hubo respuesta.

-¡Juan! -gritó alarmada, y lo sacudió más violentamente.

-Cállate, Pax -contestó Juan-. Estoy ocupado con los números.

Luego, después de una pausa:

– Pax, ¿cómo se llaman los números después de doce? – Pax contó hasta veinte, y luego hasta treinta.- Eres tan estúpida como ese ábaco, Pax.

Cuando la madre le preguntó por qué, Juan comprendió que no tenía palabras para explicárselo, pero después de indicarle con el ábaco diversas operaciones, y de que Pax se las nombrara, dijo lenta y triunfalmente:

– Eres estúpida, querida Pax, pues tú y el ábaco cuentan por dieces y no por doces. Y eso es idiota, porque los doces tienen «cuatros» y «treses», quiero decir «tercios», y los «dieces» no.

Cuando Pax le explicó que todos los hombres contaban por decenas porque en un principio habían recurrido a sus cinco dedos, Juan la miró fijamente y luego estalló en aquella risa crepitante y victoriosa. En seguida dijo:

– Entonces todos los hombres son estúpidos.

Creo que éste fue el primer descubrimiento que hizo Juan de la estupidez del Homo sapiens. Pero no el último.

Tomás estaba alborozado por el talento matemático de Juan, y quería informar del caso a la Sociedad Psicológica Británica. Pax se mostró en cambio inesperadamente decidida a «mantener todo en secreto por el momento».

– No quiero que hagan experimentos con el niño -insistió-. Muy probablemente lo molestarán. Y de cualquier modo será un alboroto inútil.

Tomás y yo nos reímos de sus temores, pero Pax ganó la batalla.

Juan tenía ahora casi cinco años, y el aspecto de un niño de pecho. No podía, o no quería, gatear. Sus piernas eran aún las de un bebé. Probablemente la marcha fue detenida por la matemática, ya que durante algunos meses no quiso ocuparse de otra cosa que los números y las propiedades del espacio. Pasaba horas en su cochecito, en el jardín, haciendo «aritmética mental», y «geometría mental», sin mover un músculo, sin emitir un sonido. No era aquél, sin duda, un ejercicio adecuado para una criatura en crecimiento, y Juan empezó a debilitarse. Sin embargo, nada pudo inducido a llevar una vida más normal y activa.

Los visitantes no podían creer que pasase todas aquellas horas mentalmente ocupado. Estaba pálido y «ausente». La gente imaginaba un estado de coma o que el niño era un idiota. Juan a veces se dignaba confundirlos con unas pocas palabras.

Juan atacó la geometría comenzando por interesarse en la caja de cubos de su hermano y en los arabescos de las paredes. Vino luego una época en que cortaba el queso y el jabón en planchas, cubos, conos y hasta esferas y ovoides. Al principio manejaba con torpeza el cuchillo, se cortaba los dedos y apenaba a su madre. Pero bastaron unos días para que adquiriese una sorprendente destreza. Aunque tardaba en emprender una nueva actividad, una vez decidido sus progresos eran fantásticos. El próximo paso fue usar los instrumentos de geometría de su hermana. Pasó una semana fascinado cubriendo innumerables hojas.

De pronto, perdió todo interés en la geometría visual. Se pasaba el día echado de espaldas, meditando. Una mañana apareció preocupado por un problema que era incapaz de enunciar. Pax no pudo sacar nada en claro de los esfuerzos de Juan, pero el padre le ayudó a enriquecer su vocabulario y el niño al fin preguntó:

-¿Por qué hay sólo tres dimensiones? ¿Cuándo crezca encontraré otras?

Algunas semanas después una nueva pregunta nos sorprendió todavía más:

-Si se sigue en línea recta siempre hacia adelante, y más y más, ¿hasta dónde hay que llegar para volver al punto de partida?

Reímos y Pax exclamó:

-¡Juan Raro!

Era a principios de 1915. Tomás recordó algo acerca de una «teoría de la relatividad» que estaba trastornando las viejas nociones de la geometría. Tanto le impresionaron esta curiosa pregunta de Juan y otras semejantes que insistió en traer a un matemático de la universidad para que hablara con la criatura.

Pax protestó. Pero ni aun ella previó el desastroso resultado.

El visitante estuvo primero condescendiente, luego entusiasmado, más tarde azorado; después, con evidente alivio, otra vez condescendiente, Y por fin muy nervioso. Cuando Pax, con mucho tacto, lo invitó a irse (por el bien del chico, por supuesto), el visitante pidió permiso para volver con un colega.

Llegaron pocos días después y conferenciaron durante horas con Juan. Desgraciadamente Tomás tenía que visitar a algunos pacientes. Pax se quedó al lado de la sillita alta de su hijo, tejiendo en silencio, y tratando ocasionalmente de ayudado. Pero la conversación estaba fuera de su alcance. Hicieron una pausa para tomar una taza de té, y uno de los visitantes comentó:

– Lo sorprendente es el poder de imaginación del niño. Desconoce el vocabulario, y la historia, pero ha visto todo. Es increíble. Parece visualizar lo que no puede ser visualizado.

Al atardecer, según contó Pax, los visitantes empezaron a mostrarse nerviosos, y hasta coléricos. La irritante risa de Juan parecía empeorar las cosas.

Cuando hubo que poner punto final a la discusión, pues era la hora de dormir de Juan, los huéspedes habían perdido todo dominio de sí mismos.

– Estaban como locos -dijo Pax-, y cuando los eché del jardín siguieron discutiendo en la calle. Ni siquiera se despidieron.

Fue una sorpresa saber, unos días más tarde, que habían encontrado en plena madrugada, sentados en la acera, a dos matemáticos de la universidad que dibujaban diagramas en el asfalto a la luz de un farol, y discutían acerca de la «curvatura del espacio». Tomás consideraba a su hijo menor como un caso excepcional de «niño prodigio», y nada más. Su comentario favorito era:

-Por supuesto, todo esto pasará cuando tenga más años…

-Quién sabe -contestaba Pax.

Juan jugó con la matemática otro mes, y de pronto la abandonó. Cuando el padre le preguntó por qué, el niño dijo:

-Realmente, no hay mucho en los números. Son algo maravilloso, es verdad, pero cuando se ha terminado con ellos… bueno, se ha terminado. He terminado con los números. Sé todo lo que hay en esa diversión. Quiero otra. No se puede chupar siempre el mismo caramelo.

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Interplanetaria

4 Opiniones

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  • Ymir
    on

    Esta es ciencia-ficción filosófica, como dice el comentario de la página. Por tanto, hay que sentarse a leer con calma, para no perderse. Pero el pequeño esfuerzo merece la pena.

  • cabestro
    on

    mis referencias son sirio y hacedor de estrellas. No sé hasta qué punto podrían considerarse novelas o tratados filosóficos. Grandes ideas, reflexiones y buen uso de las palabras, pero poco apropiado para leer en el metro.

  • ita 17
    on

    me topé por casualidad con este libro, y considero que fue una de las mejores maneras porque lo leí sin esperar demasido de él, no es que lo subestimara simplemente no tenía ni idea de qué era lo que me aguardaba… lo acepto, es un libro genial con una fluidez de las que uno desea en cada libro, de verdad me atrapó… lo recomiendo ampliamente, y supongo que yo leeré algún otro del autor…

  • Noct
    on

    Te recomiendo encarecidamente todos los de este autor, si te gusta. Es ciencia ficción un poco antigua y por eso no le gusta a todo el mundo.

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