Juegos de Familia

JuegosDeFamiliaIainBanks

La familia Wopuld amasó su fortuna sobre un juego de mesa llamado ¡Imperio!, el cual es ahora un juego de ordenador de enorme éxito. Tan enorme, que la American Spraint Corp. desea comprar la empresa al completo. El joven renegado Alban, quien ha estado llevando una vida montaraz evitando los tentáculos familiares durante años, es acechado y persuadido para que asista al próximo encuentro, mitad celebración de cumpleaños y mitad reunión general extraordinaria, convocado por Win, la matriarca de los Wopuld y el miembro más poderoso de la junta.

ANTICIPO:

Su nombre es Fielding Wopuld. Es de esos Wopuld, la familia de los juegos, la gente con su nombre plasmado por todo el tablero de ¡Imperio!; todavía el juego de mesa más vendido en el Reino Unido por un amplio margen. También son los responsables de otro montón de juegos, pero ese es el famoso, el que la gente suele recordar, tanto si se trata de la versión original en tablero de cartón, papel y plástico como de su sucesor electrónico, elegante y atractivo, y ganador de varios premios, actualmente en todo lo alto de las listas de ventas de videojuegos.
Vicepresidente, sección de Ventas. Esa es su posición en la empresa familiar; a cargo de un presupuesto multimillonario en libras para promocionar sus numerosos artículos por todo el mundo, persuadir a los mayoristas, asuntos de Internet, cadenas de tiendas y grandes almacenes que acopian venden su producto. Además, se le da bien; el año pasado hubo grandes beneficios.
Henry Wopuld, el tipo que imaginó ¡Imperio! por primera vez allá en los tiempos victorianos, fue su tatarabuelo, así que, por la parte que le toca, él sigue la misma línea. Fielding aún tiene tan solo treinta años y se mantiene en muy buena forma practicando varios deportes. Conduce un Mercedes clase S, dispone de una legión de amigos, de una preciosa y sensual compañera y generalmente disfruta de esa clase de vida de éxito que la mayoría solo puede soñar.
Todo ello no hace sino provocar una pregunta en la mente de Fielding:¿Qué diablos estoy haciendo aquí?, mientras conduce hacia el interior de esta cochambrosa zona residencial en Perth. Hablamos de Perth, Escocia; no de Perth, Australia. La Perth de Australia es un rincón hermoso y soleado que se extiende entre el desierto y el océano; con mucho surf y exuberantes muñequitas y cuerpos bien bronceados. La Perth de Escocia es más pequeña y mucho menos desarrollada; se encuentra rodeada por bajas colinas, bosques y tierras de cultivo. Presume de varios edificios bonitos y de algunas propiedades aisladas muy atractivas con vistas al río, pero ni mucho menos de un montón de cuerpos bronceados, por lo que Fielding puede ver. Conoce Escocia un poco; varios miembros de la familia han elegido residir aquí Dios sabe porqué y los Wopuld aún conservan, por ahora, uno de esos enormes terrenos para caza, tiro y pesca en el extremo norte del lugar; pero esta es la primera vez que él ha estado en Perth, está bien seguro de ello. La Ciudad Hermosa es como al parecer la llaman. Y no está mal, supone él, si te gustan las antiguallas, la historia y ese tipo de cosas. Siempre tuvo la impresión de que era bastante pija y de que estaba llena de gente que viste chaquetas de pana, tweed y Barbour, pero esta zona residencial de las afueras parece más bien Catetolandia; una urbanización hundida en el culo del mundo.
Conduce a lo largo de Skye Crescent (todo el trazado no es otra cosa que islas) entre largos bloques de tres y cuatro plantas, cubiertos por un desigual acabado en gravilla y ultrajados por pintadas de dudosa calidad. Los diminutos jardines en la parte delantera de los pisos están claramente descuidados. Él está acostumbrado a los cuidados.
Hay un montón de basura por todas partes, alguna incluso revolotea en la brisa que atraviesa la calle, proveniente de las relucientes nubes de septiembre. No ha visto ninguna botella de tintorro Buckfast tirada en la cuneta; ni personas tiradas en la cuneta, a decir verdad; y lo que hay junto a la acera son coches en vez de esqueletos desguazados, pero bueno, aun así.
De acuerdo, hay algunas tiendas con las puertas abiertas, pero las ventanas están cubiertas por rejas metálicas incluso ahora, a la luz del día. Un par de escuálidos chavales con acné están en la puerta de un local llamado Costcutter, compartiendo una botella y mirando pasar el coche. Sí señor, es un clase S 500 AMG, chicos. Miradlo y llorad. Ved lo que podríais conseguir si hacéis los deberes y trabajáis duro. Da igual. Limitaos a mantener vuestras jodidas manos apartadas de él. Es el delicado arte de no entablar contacto visual y al mismo tiempo parecer duro y extremadamente seguro.
Oh, oh; allí hay una botella; en la cuneta. Solo una pequeña botella verde de cerveza. Posiblemente sea una Beck. No está mal.
Encuentra el número 58 mediante un proceso de eliminación. El sistema de navegación por satélite se rindió al comienzo de la calle y no hay rastro del número donde debería estar, junto a la reja de seguridad a un lado de la puerta; sin embargo, el sitio anterior tenía el número 56 y el que está después tiene el 60, así que está bastante seguro. Comprueba que no haya cristales rotos y aparca cuidadosamente, bien pegado al bordillo. Cambia los espejos retrovisores a su posición de aparcamiento, por si las moscas. Respira profundamente y se dispone a salir al tibio aire. Aunque antes abre la guantera y se aplica unas cuantas rociadas de Versace, una en cada manga y en la nuca. Al menos ahora habrá algo por aquí que no huela a mierda.
De pie, sobre el desigual pavimento, observa con el rabillo del ojo como la alarma del coche hace destellar los indicadores una vez. Huele como si alguien estuviera cocinando un estofado irlandés de lata como desayuno tardío o almuerzo adelantado. ¿Que cómo se siente? Se siente como un tiburón fuera del agua, así es como se siente.
Sabe que así es como vive mucha gente, y está seguro de que no todos son drogatas y pirados pero, Jesús, qué lugar tan desolador, qué lugar para salir pitando de allí tan pronto como puedas.
Mierda, he olvidado el puto maletín. Ahora iba a quedar como un gilipollas, saliendo del coche, cerrándolo y quedándose allí; luego teniendo que abrirlo de nuevo casi inmediatamente y sacando el maletín. A lo mejor debería dejar el maletín en el coche. De todas formas, tan solo contiene el correo. Un puñado de cartas, facturas y basura que, probablemente, el cabeza hueca de su primo nunca quiso en primer lugar. Correo que tu hombre abandonó hace meses, en otro empleo, en otro país.
Ni hablar, no puede dejar el maletín en el coche porque está sobre el asiento de atrás, a plena vista. Un Zero Halliburton de aluminio como los que se ven en las películas, lo cual, en esta clase de vecindario, bueno, y en cualquiera, para ser sincero, grita: «¡Robadme!» a mil millones de gigas de malditos decibelios. No puede ver a nadie que le esté observando, pero puede sentir como la calle entera sí que lo hace. Desactiva la alarma y vuelve a abrir el coche, recoge el maletín, reactiva la alarma despreocupadamente (pero aun así, se asegura de que el dispositivo parpadea) y recorre de forma intencionadamente decidida el corto camino hasta la puerta de seguridad, apartando de su camino con una patada los llamativos restos de una pistola de juguete al pasar.
La puerta de metal y cristal del bloque tiene aspecto de que hubieran vomitado sobre ella y luego hubiesen tratado de limpiarla a base de meadas.
Obviamente no funcionó, ya que parece ser que después lo intentaron prendiéndole fuego. El botón junto a la rayada placa de plástico que reza «Piso E» se limita a hundirse en el hueco correspondiente. No se oye el zumbido en ninguna parte.
Empuja la puerta, que chirría al abrirse. En el interior hay unos relucientes escalones de cemento y un sospechoso olor a desinfectante.
—Bien, Fielding —se dice a sí mismo—, el único camino es hacia arriba.

—Oye Al, ¿Al? Al, puto dormilón, despierta de una jodida vez. ¡Al! Venga grandullón. Arriba, coño, arriba.
Abrió sus ojos, primero uno y luego el otro, para calcular cualquier imprevisto. El mundo comenzó a enfocarse como si el esfuerzo fuera todo suyo. El rostro delgado, áspero y semejante a una patata frita del señor Daniel Gow (Tango el resto del tiempo, cuando no llevaba puesto un traje ni trataba de parecer sincero mientras alguien más privilegiado exponía su caso), le miró.
—Tango —dijo él, con la voz un poco ronca. Se frotó la cara, luego se removió en el saco de dormir, sintiendo que se enganchaba la funda de nailon en algunos clavos de la moqueta, bien a la vista sobre las desnudas tablas de madera de la pequeña habitación. Levantó la mirada hacia la luz que atravesaba la fina tela colgada sobre la ventana—, ¿qué? ¿Ya es por la tarde?
—No; aún son las once, colega. Pero tienes visita.
Pestañeó, se frotó los ojos y comenzó a toser mientras se retorcía para sentarse, apoyando la espalda contra la desnuda pared pintada de magnolias. Se rascó la barbilla a través de una espesa barba marrón.
—¿Un visitante oficial? —preguntó. Su voz aún sonaba ligeramente pastosa—. ¿El tipo de visitante que una persona podría asociar con sobres de color marrón claro y amenazas acerca de incumplimientos o faltas de asistencia a citas convocadas por una institución de naturaleza gubernamental?
—No, tío. Es un pijo. Un ejecutivo.
—¿Un ejecutivo?
—Sí, un ejecutivo. No lleva puesto un traje, pero sigue siendo un ejecutivo. Dientes como el jodido Tom Cruise. Huele a burdel de primera clase; en cuanto los perros le olisquearon los zapatos empezaron a estornudar. Se han refugiado en la cocina. Me extraña que todavía no lo hayas olido. Ahora mismo está junto a la ventana del salón, vigilando que ningún cabrón meta las manos en su carro. Lleva un maletín de esos que siempre contienen drogas o montones de dinero en las pelis. Dice que es tu primo.
—Ah. —Alban McGill se frotó la cara, se aplastó la barba lo mejor que pudo y se pasó los dedos por entre su grueso y rizado cabello color castaño claro. Su cara y antebrazos tenían ese tono rojizo que la gente de piel clara obtiene al pasar mucho tiempo al aire libre, aunque la parte superior de sus brazos y el torso, los cuales mostraban grandes músculos, permanecían blancos. Le faltaba un trozo del dedo meñique de la mano izquierda—. Un primo —dijo con un suspiro. Le lanzó un guiño a Tango, que se sentaba en el suelo sin dejar de mirarle—. ¿Te ha dado algún nombre?
El estrecho rostro de Tango, similar a una estalactita bajo la cúpula gris de su cabeza afeitada, se arrugó.
—¿Fielding? —propuso.
—¿Fielding? —repitió Alban, claramente sorprendido. Entonces frunció el ceño—. Ah, sí; los dientes como Tom Cruise. Muy bien, es suficiente. Se rascó el pecho, miró a su alrededor por la habitación buscando sus botas, su mochila y su ropa. Había una botella abierta de vino tinto en el suelo junto a su reloj, con el cuello a su alcance. Más allá, junto al rodapié, yacía una lámpara de noche sin pantalla.
—Fielding «Uve Doble» —pronunció. Se estiró hacia la botella de vino, pero luego pareció pensarlo mejor, arrugando la cara.
—¿Una taza de té? —sugirió Tango.
—Una taza de té —dijo Alban, asintiendo.

Mi nombre es Tango, esta es mi casa. Técnicamente pertenece al ayuntamiento, pero ya sabes a lo que me refiero. Al es mi invitado, siempre es bienvenido para apalancarse aquí cuando quiera. Conocí al grandullón en un pub hace un año o dos junto a los tipos con los que estaba trabajando. Eran guardabosques, de los que cortan árboles y todo eso. Habían estado currando el algún sitio por aquí cerca, viviendo en caravanas en los espesos bosques de Perth y Kinross. Eran unos borrachos de cuidado. Al menos, los tipos con los que estaba. Jugamos unas partidas de billar y tomamos unas rondas. Él y uno de sus colegas se vinieron a mi casa a por un par de latas y algo de hierba. Además, Al se estaba llevando bien con una chica que estaba con nosotros. Sheen, creo que se llamaba. Puede que Shone. Da igual. Creo que él y la zorrita se marcharon juntos más tarde.
No, espera, Sheen/Shone (borrar la que no sea) se marchó con el compadre del grandullón, no con él. Al estuvo muy agudo durante un rato pero luego se puso en ese plan «silencio total» en el que se queda cuando va fumado y borracho, y no habla mucho y todo lo que parece desear es beber más y quedarse mirando a las esquinas y a las paredes vacías, puede que a algo que los demás no pueden ver, así que Shone/Sheen volvió su atención hacia su amigo. Hubo juego limpio con la chica. Debió pensar que ella se estaba enrollando bien con Al, que no es un tipo feo, es agradable, tiene un tipo de voz suave y habla correctamente; y creo que el colega de Al le preguntó si le parecía bien, incluso si lo dijo solo con las cejas y con una especie de asentimiento hacia un lado, y Al se limitó a sonreír y a asentir, así que, como he dicho, hubo juego limpio. Bueno, creo yo. A decir verdad, te diré que estaba algo despistado en ese momento.
De cualquier forma, él ha vuelto unas cuantas veces desde entonces y se ha pasado las últimas dos semanas aquí, en esta humilde morada, desde que fue dado de baja del servicio forestal por una creciente insensibilidad. Esto suena un poco a broma, lo sé, pero parece que es cierto. Él parece ser más o menos de mi edad (yo nací en noviembre de 1975, así que tendré al señor Tres Décadas llamando a mi puerta dentro de un par de meses; ¡me cago en la puta!) pero en realidad tiene cinco años más que yo. Probablemente parecería incluso más joven si se quitase esa pelambrera de la cara.
Pero bueno, allá vamos con la preparación del té. Mientras estoy haciendo esto, saltando sobre los perros y comprobando el estado de la leche en la nevera, la puerta vuelve a sonar y dejo entrar a Sunny y a Di, que pasan al interior y saludan con la cabeza a ese tal Fielding, quien aún está de pie junto a la ventana para poder ver su coche, y se sientan en el sofá antes de encender un par de Camel Light de contrabando. Ambos están tratando de dejarlo, por lo que solo fuman cigarrillos light y entonces tienen que fumar más para conseguir el mismo efecto. Ambos tendrán unos diez años menos que yo. El nombre completo de Sunny es Sunny D. y su nombre completo del todo es Sunny Daniel, lo digo para distinguirlo de mí, ya que también me llamo Daniel, incluso aunque la gente me llame Tango y ese sea más mi verdadero nombre que Daniel; así ha sido al menos durante los últimos años, ahora que el nombre de Sunny ha sido justo ese y no Daniel.
Mientras tanto, Al está evacuando ruidosamente en el baño. Lo siento, pero es la verdad.
—No abras la ventana colega, ¡que se van a escapar los periquitos!
—Lo siento —dice el tal Fielding sin que suene a disculpa y vuelve a cerrar la ventana.
Baja la mirada hacia Sunny y Di, que aún da fuertes caladas a los Camel Light. Supongo que debe ser uno de esos verdaderos antitabaco. Yo a veces me preocupo por la salud de mis animales. ¿Habré ralentizado el crecimiento de los chuchos por tenerlos en un piso donde la gente no deja de fumar? ¿Serán los periquitos más propensos a contraer enfermedades respiratorias más adelante? ¿Quién sabe?
De todas formas, no hace frío fuera y podría decirse que el hombre tiene razón. Me aseguro de que los periquitos están en su jaula, la cierro y le digo a ese tal Fielding que ya puede volver a abrir la ventana, lo cual hace al momento con una sonrisa forzada. Total, el olor de su loción de afeitado se hace notar con más fuerza que los pitillos.
Y entonces llega el té. Fielding examina minuciosamente el interior de su taza antes de aceptar, jodido cabrón. Todavía está junto a la ventana, contemplando el panorama. El brillante maletín metálico se encuentra a sus pies.
Lleva puestos unos vaqueros con raya, una camisa blanca de aspecto suave y una cara chaqueta de cuero color mostaza que parece más suave que la camisa. Esos zapatos con cientos de agujeritos; ¿ingleses? Sean lo que sean, son marrones. Sunny y Di han encendido la tele y están viendo un canal de teletienda, riéndose de los presentadores y de lo que sea eso que no se vende en los comercios.
Al aparece, en vaqueros y camiseta como es habitual, y saluda a Fielding con un gesto de cabeza, dice hola y se sienta en la segunda mejor butaca, pero no hay abrazos familiares o amistosos entre estos dos, ni siquiera se estrechan las manos. Busco algún parecido pero enseguida veo que no tienen ninguno.
—Disculpa —le dice Al a Fielding, mirándonos a todos—. ¿Os habéis presentado?
—Sunny y Di, este es Fielding —digo yo—. Soy Tango —le informo, mientras pienso que puede que hayamos pasado por alto esa cortesía. Le indico la butaca buena—. Siéntate, colega; estás en tu casa.
—Estoy bien —contesta Fielding mirando por la ventana. Realiza un estiramiento—. He estado conduciendo toda la mañana. Me apetece estar de pie un rato.
—Sí, claro —digo ocupando yo mismo la butaca buena.
—¿Y qué te trae a la Ciudad Hermosa, Fielding? —pregunta Al. Su voz suena cansada. Ambos lo estamos, durante las últimas dos semanas más o menos nos hemos puesto hasta el culo de bebida y de una amplia selección de mercancía herbal y farmacológica, suministrada por la generosidad de la última paga de Al.
—Bueno, porque necesito hablar contigo —responde el hombre de la raya en los vaqueros.
Al se limita a sonreír, se estira y dice:
—Pues habla.
—Bueno, ya sabes, son asuntos familiares. —Fielding nos mira al resto de nosotros, ofreciéndonos lo que se podría llamar una sonrisa comprensiva—. No desearía aburrir a… tus amigos con ello, ¿comprendes?
—Apuesto a que no se aburrirían —afirma Al.
—Aun así. —En este momento la sonrisa del tal Fielding es una mueca del todo forzada—. Además, he traído algunas cartas —comenta mirando al maletín.
—Por cierto, es un maletín cojonudo, tío —dice Sunny, al ver por primera vez el objeto en cuestión. Tiene una de esas voces agudas y nasales. Di le mira con los ojos muy abiertos, le golpea con el codo en las costillas por algún motivo y comienzan una competición de codazos.
—Bueno, vamos a echarle un vistazo —propone Al. Empieza a hacerse un hueco en la mesa de café que hay delante de él, recolocando latas vacías, botellas en el mismo estado, ceniceros llenos y varios mandos a distancia sobre la repisa de la chimenea, los brazos de otros asientos y demás.
Fielding parece descontento y vuelve a mirarnos a nosotros.
—Mira, eh, hombre, no creo que este sea el lugar adecuado…
—Bah, venga —espeta Al—. Aquí está bien.
A Fielding no parece agradarle la idea, pero suspira y se acerca con el maletín. Entretanto, ayudo a despejar la mesa totalmente encendido (me refiero a ponerme colorado, por cierto, nada más) porque no me he levantado a tiempo de la cama para ordenar por aquí. Estos días no he podido traer personal de limpieza, ¿sabes lo que quiero decir? El maletín es dispuesto sobre la, honestamente hablando, pegajosa mesa. Parece un sólido lingote de plata que hubiera sido desgastado en el fondo de un arroyo durante cientos de años, tan bien pulido, curvilíneo y redondeado. Al recibe su correo, una gran avalancha de la habitual sarta de chorradas, y el maletín vuelve a cerrarse con un chasquido. Fielding parece como si deseara poder esposarse a él. Obviamente aún no ha reparado en lo pegajoso que debe estar ahora.
—En fin —le dice a Al—, todavía tenemos que hablar.
Al sólo gruñe y comienza a clasificar las cartas según el sobre, tirando la mayoría de ellas sin abrir sobre las baldosas de la chimenea, donde resbalan hasta la base del fuego eléctrico. Fielding sigue mirando sobre el hombro de Al durante un rato, hasta que Al abre uno de los sobres más pequeños y mira hacia arriba a su primo, quien coge su maletín y regresa a la ventana abierta para comprobar su vehículo una vez más.
—Oye, Tango —dice Sunny mirándose un pulgar—. ¿Dónde crees que es el peor sitio para cortarse con papel?
Él y Di han dejado de darse codazos el uno al otro y siguen ahí sentados, frotándose las costillas.
—Ni idea —le contesto—. ¿Quizá en un ojo?
—No, hombre —replica Sunny—. Me imagino que en la polla. Justo en la punta, a lo largo de la raja, tío; eso debe doler de cojones. ¡Oh, sí!
La joven pareja feliz del sofá vuelve a la mutua sesión de codazos. El té se derrama. El tal Fielding observa por la ventana con evidente desagrado. Al ignora todo esto y continúa con el resto de su correo, descartando la mayor parte; entonces, finalmente, abre una carta, la mira durante un momento y la introduce en un bolsillo trasero de sus vaqueros.
Mientras tanto Sunny se ha apartado de Di de un salto (bastante lejos, parece que ella tiene los codos más afilados) y se agacha junto a la chimenea, observando el montón del correo descartado por Al.
—Alban —pronuncia, recogiendo un arrugado sobre publicitario, cubierto de sellos de aspecto legal y personalizado solamente para Alban como tan solo una gran compañía puede hacerlo—. ¿De verdad es ese tu nombre de pila, grandullón? Vaya un puto nombre raro. —Le lanza a Al una sonrisa con la boca abierta y sostiene un puñado del correo descartado—. ¿Has terminado ya con todo esto, Al?
—Sí, cógelo —responde Al poniéndose en pie. Mira hacia su primo.
Suena una alarma en la calle pero es obvio que no proviene del coche de Fielding, porque parece estar tranquilo al respecto. Apoya su taza sobre el alféizar de la ventana.
—¿Podemos hablar ahora? —inquiere.
—Vale, ven a mi despacho —responde Al tras un suspiro.

Finalmente consigue sacar al tipo de aquel mugriento salón lleno de humo, hacia un oscuro y estrecho pasillo, convertido en más estrecho aun por lo que aparenta ser un rollo de moqueta tirado en el suelo y montones de cajas de cartón. La alfombra está pegajosa, como si fuera la de una discoteca barata. Enfrente de la cocina, donde yacen un par de chuchos flacos y nerviosos, hay un agujero del tamaño de un puño en el yeso, a la altura del hombro. Entran en un pequeño y desnudo cuarto con un trozo de fino tejido clavado sobre la ventana. Al levanta las improvisadas cortinas y las engancha en otro clavo para que entre más luz.
Aquí no hay moqueta, tampoco un suelo propiamente dicho, ni siquiera uno laminado; tan solo la tablas del suelo, sin pulido o acabado. Cada pared es de un color diferente. Hay una que tiene lo que parece ser papel pintado de los Power Rangers, medio arrancado, mostrando el tabique. Otra ha sido repintada parcialmente, de verde a negro. Hay otra que parece como si hubiera sido cubierta con papel de plata, mientras que la última es de un tono blancuzco y está seriamente arañada. Hay un saco de dormir junto a la pared, una gran mochila de camuflaje tumbada a poca distancia , de la que caen ropa y otras cosas sobre el suelo, y un pequeño asiento de tela y cromo que parece haber sido diseñado en los setenta. Al recoge algunas prendas de la silla, dejándolas en el suelo.
Las partes blandas de la pequeña y aparentemente frágil silla están forradas de pana marrón. Pana marrón manchada. Pana marrón manchada y con trocitos grises de relleno que asoman por los bordes, donde las costuras han cedido.
—Siéntate, primo —dice Al.
—Gracias. —Fielding toma asiento con delicadeza. La habitación huele a alcohol y a sudor rancio, con un toque de lo que podría ser ambientador o quizá algún producto de higiene masculina de la parte más económica de la gama. Hay una botella abierta de vino tinto en un rincón. No hay pantalla ni bombilla enganchada a la toma del techo. Una mancha oscura cubre un cuarto del techo. Una lámpara sin pantalla yace junto a la botella de vino. Al amontona el saco de dormir para improvisar un asiento, luego se sienta apoyando la espalda contra la pared y agita su mano.
—Bien, Fielding, ¿cómo estás?
Al parece sano y en forma (tiene mejores cuadriceps y abdominales que yo, joder, piensa Fielding) pero su pelo es un desastre, en su barba se podría ocultar una bandada de estorninos y tiene una serie de arrugas en la cara y una mirada de cansancio en los ojos que Fielding no recuerda de antes. No tan mal, al menos.
—Estoy bien —contesta Fielding, entonces sacude la cabeza—. No, no estoy bien. No estoy contento en esta situación.
—¿Qué situación?
—Esta situación. Mira, ¿te importa si cierro la puerta?
Alban se encoge de hombros. Fielding cierra la puerta y vuelve a su asiento, luego no se sienta. Mira a su alrededor agitando una mano.
—No estoy contento aquí. En este sitio. —Vuelve a mirar toda la habitación, casi con un escalofrío, luego sacude la cabeza—. Alban, dime que no es aquí donde vives. Esta no es tu casa.
Alban vuelve a encogerse de hombros.
—Solo estoy viviendo aquí por el momento —dice despreocupadamente—. Es un techo sobre mi cabeza.
Fielding mira arriba, hacia el techo manchado. Al observarlo con más detenimiento, el trozo manchado parece estar algo abultado.
—Sí, claro.
—Supongo que técnicamente no tengo residencia fija —explica volviendo a encogerse.
—Vaya. ¿Qué edad dices que tienes?
—Más de veintiuno. ¿Y tú? —responde con una sonrisa.
Fielding vuelve a mirar a su alrededor.
—No sé, Al; quiero decir…, mira esto. ¿Qué has hecho con tu…?
—Fielding, ¿quieres sentarte? —Señala con un gesto hacia el asiento de pana—. Haces que este sitio parezca desordenado.
Esa es una de las frases de la Yaya. Fielding supone que Alban la pronuncia irónicamente, como un intento de humor.
—Deja que te lleve a almorzar. Por favor —sugiere Fielding.

Alguien dice algo sobre sacar a los perros a dar un paseo pero no hay manera de que Fielding permita entrar a esos chuchos sarnosos al Mercedes, así que alega tenerles alergia. Luego la pareja de macarras enganchados al tabaco preguntan si van a pasar cerca del centro del pueblo.
—¿Por qué? —pregunta Fielding, por si tienen pensado pedirle que les compre drogas o, aún peor, que les traiga algo del McDonalds.
—Vamos en esa dirección, socio, ¿sabes? —dice el que es macho—. Nos ahorramos el autobús.
Fielding está a punto de rechazar también esa idea, pero entonces, de alguna forma, simplemente el mirar sus patéticas, pálidas y delgadas caras de futuros yonquis, le hace pensar: al carajo, yo estoy por encima de esto. El coche olerá a cigarrillos durante un día o dos tan solo por sus ropas, incluso si no les deja fumar en él, pero qué más da.
Al se echa por encima una mugrienta chaqueta verde de montaña que probablemente costaba un montón cuando estaba nueva. Ese tal Tango anuncia que tiene limpieza y otras cosas por hacer y los despide con aspavientos hacia el resonante y desinfectado rellano de la escalera. El coche está inmaculado, el maletín va a parar al maletero y Al los conduce fuera de la urbanización, hacia el centro de la pequeña ciudad. Di y Sunny se entretienen jugando con los botones que controlan las persianas de atrás. Fielding los deja cerca de la Oficina de Empleo.
Al sugiere que él y Fielding den un paseo, ya que es demasiado temprano para el almuerzo, así que continúan conduciendo un poco más y aparcan junto al río, a la sombra de unos grandiosos edificios victorianos; luego caminan a lo largo de la orilla, río abajo, con la arremolinada y pardusca corriente de las aguas. Es un día templado, medio soleado, bajo un cielo de pequeñas nubes blancas que a Fielding le hace pensar en la secuencia del título de Los Simpsons. El aire huele bien aquí, junto al agua, aunque el rumor del tráfico se oye a ambos lados del río.
—Has sido muy amable al recoger el correo, Fielding —dice Al.
—Bueno, estaba por allí.
Alban mira al otro hombre con una sonrisa.
—¿Qué? ¿En Llangurig? —pregunta divertido.
Llangurig es un pequeño pueblo en el centro de Gales, cerca del bosque de Hafren, donde Al estuvo trabajando la primera mitad del año.
—Bueno, más que pasar por ahí —admite Fielding—, buscaba por todo lo largo y ancho del país tu culo de fugitivo.
Alban deja escapar un ruido que podría ser una tos, una risa o algo entre ambas.
—¿Me estabas buscando?
—Sí. Y ahora te he encontrado.
—Debo suponer que no hacías todo esto solo para facilitar que renueves mi suscripción a Guardabosques Anónimos y Tu sierra mecánica ideal —espeta Al.
Fielding lo mira y Alban comprende esa mirada, levanta su mano izquierda, la que solo tiene medio dedo meñique.
—Era una broma. Me las he inventado.
Entonces era un nuevo intento de humor. Fielding les había echado un vistazo a los sobres que habían llegado con el correo de su primo, y allí obviamente no había nada enviado por semejantes publicaciones, pero nunca se sabe.
—Bien, así es —dice Fielding—. Como he dicho, te estaba buscando. Y no eres un hombre fácil de encontrar.
—¿No lo soy? Lo siento.
No suena sincero. Fielding se vuelve y le agarra una manga de la chaqueta obligándole a girarse hacia él, por lo que dejan de caminar.
—Al, ¿por qué eres así?
En este momento, Fielding no estaba perdiendo la compostura ni nada de eso; desde el principio había decidido mostrarse sereno y razonable con el tipo; pero realmente le encantaría saber por qué Al ha tomado este camino, por qué se ha vuelto así, incluso aunque se da cuenta de que Alban probablemente no se lo diría, ni siquiera si pudiera, ni siquiera si él mismo lo supiera. Puede que estén demasiado alejados, que sean demasiado diferentes ahora mismo, sean o no familia.
—¿Cómo soy? —Alban parece sinceramente desconcertado.
—Eres como un hombre que busca su perdición, como un hombre que trata de abandonar a su familia o de hacer que ella lo abandone; no lo sé. ¿Por qué? Me refiero a que ni tus propios padres saben si estás vivo o muerto.
—Les envié una postal de Navidad —protesta Alban. Fielding pensó que con tristeza.
—Eso fue, ¿cuándo? ¿Hace ocho meses? ¿Nueve? Y tan solo supieron que aún seguías en el país porque tenía un sello del Reino Unido. Nadie parece saber dónde estás. Jesús, Alban, estaba a punto de contratar a un jodido detective privado para encontrarte cuando oí que habías estado trabajando en Gales. Incluso entonces fue un golpe de suerte el toparme con uno de tus colegas guardabosques que sabía que habías empezado a trabajar por aquí y que recordó «de repente» el nombre de la empresa después de un curri y unas dieciocho pintas de Stella.
—Me suena a que fue Hughey —afirma Al y comienza de nuevo a caminar.
A Fielding más bien le parece que le está evitando. Frustrado, se sitúa al mismo paso que su primo.
—¿Cómo estaba Hughey? —pregunta Al.
—Al, disculpa, pero me da igual Hughey. ¿Por qué no preguntas cómo está cualquiera de la familia?
—Hughey es un colega. En serio, ¿cómo estaba?
—La última vez que lo vi, borracho y bien cebado. ¿Por qué te preocupas más por personas como él que por tu familia?
—Los amigos se eligen, Fielding —dice Alban con la voz cansada.
—Al, por Dios, hombre, ¿qué es esto? —pregunta Fielding, controlando su voz—. ¿Qué cojones te ha hecho a ti la familia para que seas así? Sé que has sufrido algunos golpes duros, pero te dimos…
Alban se detiene y se gira en redondo y, durante un segundo, Fielding cree que va a gritar, o al menos clavarle un dedo en el pecho, o quizá solo señalarle o, de no hacer otra cosa, desahogarse con algo de pasión. Pero la expresión de su rostro se desvanece casi antes de que Fielding pueda estar seguro de que está ahí y se encoge de hombros antes de volverse y comenzar a andar otra vez, a lo largo de la amplia acera del color de la arena, entre las corrientes gemelas de coches y agua.
—Es una larga historia. Una historia larga y aburrida. Principalmente me cansé de… —Su voz pierde fuerza. Vuelve a encogerse.
Después de una docena de pasos, pregunta:
—¿Cómo está Lydcombe? ¿Has estado allí últimamente? ¿Tienen bien cuidados los jardines?
—Estuve allí el mes pasado. Me pareció que todo andaba bien. —Fielding deja un silencio—. Tía Clara, todos los demás, están todos bien. Igual que mis padres. Gracias por preguntar.
Alban gruñe.
Olvida el abierto castillo y los cientos de áridos y desprotegidos acres que posee la familia, por ahora, en las montañas. Lydcombe, en Somerset, fue la primera adquisición seria de una propiedad fuera del pueblo que el tatarabuelo Henry realizó cuando empezó a nadar en dinero. Un hermoso asentamiento, en el extremo norte del parque nacional de Exmoor. Algo tranquilo, y a un largo trecho de Londres, pero un buen lugar para las vacaciones familiares, a no ser que desees un sol garantizado. Solo cuarenta acres o más, pero todo está tupido, verde y soleado, y los terrenos bajan hasta la costa del canal de Bristol.
Fielding fue criado en unos cuantos lugares diferentes del mundo, pero de niño probablemente pasó más tiempo vacacional allí que en ningún otro sitio, en la enorme y laberíntica casa, con vistas a los jardines colgantes, junto al jardín amurallado y a las ruinas de la vieja abadía. El edificio principal es considerado un monumento y, por supuesto, todo ello es parte del parque nacional así que hay varias restricciones de obra si se quisiera hacer algo radical con el lugar.
Alban conoce Lydcombe mejor que Fielding. Fue su hogar durante la mayor parte de su infancia, luego pasó allí un par de veranos como adolescente, descubriendo su habilidad para la jardinería. Y de este modo, por supuesto, comienza la historia.
El móvil de Fielding empieza a sonar en ese momento en el interior del bolsillo de su chaqueta. Lo tiene puesto en modo vibración desde que cogió el desvío a Skye Crescent y probablemente haya perdido un par de llamadas; si no es así, ha estado increíblemente silencioso. Fielding sufre una extraña, tensa y desagradable sensación en las tripas cuando está fuera de contacto tanto tiempo, como si estuvieran ocurriendo cosas de vital importancia de las que realmente necesita enterarse y hubiera gente al otro lado de la línea desesperada por que responda…
Aunque, por supuesto, él sabe que probablemente no será nada, o mejor aun, tan solo alguien que hace una pregunta que no debería tener que hacer si estuviera seriamente centrado en su trabajo en vez de pasarle siempre al de arriba el problema más tonto para proteger su miserable culo. Incluso así, a pesar de que está deseando cogerlo, no va a contestar. Ignora las vibraciones y continúa con Alban.
¡Todo esto es tan irritante! Él es un buen director, un buen director de personal y tiene diplomas que lo demuestran, sin mencionar el respeto de sus compañeros y subordinados. Es bueno vendiendo, bueno persuadiendo. ¿Por qué le está costando tanto ocuparse de este tipo al que debería sentirse más cercano que la mayoría?
—Mira Alban, de acuerdo, puedo entenderlo… En realidad no, no lo entiendo —¡ahora está a punto de arrancarse los pelos!—, pero supongo que solo me queda aceptar lo que sientes por la familia y por la empresa, pero eso es una parte de lo que tengo que hablarte.
Alban se vuelve hacia él.
—Quizá tendríamos que tomar un trago.
—Lo que sea. Sí, de acuerdo.

Encuentran un bar cerca de allí, el salón de un pequeño hotel, en el opresivo ambiente del centro del pueblo. Alban insiste en pagar y pide una pinta de India Pale Ale, mientras que Fielding se toma un agua mineral. No es mediodía aún y el sitio está en silencio y oscuro y huele a los cigarrillos de la noche anterior y a cerveza derramada.
Alban se bebe un cuarto de la pinta en una serie de tragos, luego se pasa la lengua por labios.
—Entonces, ¿para qué me estás buscando, Fielding? —pregunta—. Especifica.
—Bueno, francamente, me lo pidieron.
—¿Quién fue?
—La Yaya.
—Por Dios, ¿la vieja bruja está viva y en su sano juicio? —Al sacude la cabeza y pide otra ronda.
—Al, por favor.
La Yaya (la abuela Winifred) es la matriarca de los Wopuld, la cabeza de familia y uno de sus miembros vivos más antiguos. Ella es, además, en términos de derechos de voto, la persona más poderosa en la junta de la empresa familiar. No es perfecta (a los casi ochenta años, ¿quién lo es?) y puede ser irritante, quisquillosa y a veces incluso se equivoca, pero ha cuidado de la empresa y de la familia en los malos y en los buenos tiempos y un montón de gente aún siente verdadero aprecio por ella, incluido Fielding. Y es muy vieja y, por supuesto, todo el mundo tiende a protegerla, no importa lo enérgica y bravucona que pueda parecer, así que no es bueno oír a alguien de la familia criticarla. Fielding intenta mostrar en su rostro el dolor que siente.
—Pareces a punto de herniarte —dice Al frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—De todas formas, ¿cómo descubriste que estaba en Gales?
—Hablé con tu chica… tu amiga, sea lo que sea… ya sabes, en Glasgow. ¿Cómo se…?
—¿V. G.?
—¿V. D.?
—Uve, Ge. Esas son sus iniciales.
—Vale. ¿Cuál era su nombre? Algo extranjero, ¿verdad?
—Verushka Graef.
—Ver- ushh- ka. Esa es.
—Ya lo sé.
Francamente, esto le da una pausa a Fielding para una idea.
—¿Tú y ella sois realmente pareja? —inquiere.
Alban sonríe sin ninguna alegría aparente.
—Fielding, puedo verte mirándome con renovado respeto y un matiz de incredulidad, pero no, no somos pareja. Nos encontramos de vez en cuando.
Amantes ocasionales. No creas que soy su único amigo.
—Oh, ya veo. De todas formas, me dijo que la última dirección concreta que tenía de ti era la de este sitio de Llangurig.
—Eso estuvo bien por su parte.
—Me llevó algo de tiempo convencerla.
—Ella sabe que me gusta mi intimidad.
—Bueno, hurra por ella. En realidad, también me llevó un tiempo encontrarla. Tuve que hacerlo a través de la universidad. ¿Sois parte de alguna clase de secta o algo así? Me refiero a lo de renunciar al uso de teléfonos móviles.
¿De qué coño va todo eso?
—No me gusta estar a disposición de todo el mundo, Fielding. A ella… simplemente no le gusta que le molesten.
—¿Es auténtica?
—¿Qué quieres decir? ¿Que si es como un robot?
—Que te jodan, ya sabes a lo que me refiero. ¿Es realmente una matemática tan cojonuda?
—Eso creo —dice Al, encogiéndose de hombros—. El departamento de Matemáticas de la Universidad de Glasgow parece creerlo. Sin mencionar lo que justificadamente podrías llamar una plétora de artículos en las revistas académicas.
—Así que, ¿de verdad es profesora?
—Sí, de verdad. No es que realmente la haya visto siendo investida o lo que sea que hacen cuando te convierten en uno.
—No tiene aspecto de profesora.
—Sería por el pelo rubio de pincho.
—Era negro.
—¿Otra vez? —Al sacude la cabeza mientras bebe—. Ella es rubia natural.
—¿Está loca?
—Es un pelín excéntrica. En una ocasión se lo tiñó de marrón claro, solo por ver.
—¿Solo por ver qué?
—No lo sé.
—Vale. Da igual.
—Sí. Da igual.
—Entonces te diré que la Yaya me pidió que te encontrase y hablara contigo. Están pasando cosas. Cosas que tienes que saber. Cosas en las que incluso querrías verte metido.
El móvil de Fielding vuelve a vibrar, pero él lo ignora.
—¿En serio? —Al suena escéptico.
—Sí, y creo que estarás de acuerdo cuando lo oigas…
—¿Va a durar mucho?
—Unos minutos.
—Entonces espera. Mejor voy a mear. —Alban se pone en pie, apurando la pinta mientras lo hace. Comienza a caminar hacia la salida, entonces se detiene y se da la vuelta—. Podrías ir pidiendo otra ronda.
—Vale, vale.

Alban se abrió camino hacia los lavabos de caballeros del hotel Salutation, suspirando y pasándose una mano por la barba. Le ofreció una sonrisa a una camarera al pasar, hizo entrada en los servicios, se quedó mirando los altos urinarios de porcelana durante un momento y luego entró en uno de los retretes, cerrando la puerta tras él. No necesitaba sentarse; de hecho, ni siquiera necesitaba entrar al servicio. Extrajo la carta de su bolsillo y tomó asiento sobre la tapa del inodoro. Escudriñando bajo la tenue luz, leyó los estrechos renglones que había en ambas caras de la única hoja. Leyó la carta una vez de principio a fin y luego releyó un par de fragmentos. Después de eso se limitó a quedarse allí sentado durante un rato, mirando el infinito.
Un poco más tarde sacudió la cabeza como para obligarse a salir de una ensoñación, se levantó, devolvió la carta a su bolsillo y se marchó. Por alguna razón tiró de la cadena antes de irse y luego se lavó las manos.
Fielding, quien estaba guardando su móvil, pareció aliviado y después ligeramente molesto cuando vio de nuevo a su primo, como si hubiera estado pensando que Al había salido huyendo. Al menos la pinta de India Pale Ale estaba allí.

—Bien, hay unas cuantas cosas —le dice Fielding a Al una vez que ha empezado su nueva pinta—. La primera de todas, la Yaya está considerando…; bueno, está decidida, ya está ocurriendo…; vender Garbadale.
—¿Ah, sí?
—Sí. Bueno, quiero decir, venga ya. Pronto cumplirá ochenta años y ha tenido un par de sustos de salud durante el último año o así, y algunos de nosotros hemos estado intentando convencerla de que se mude durante una temporada a algún sitio cerca de un hospital decente. Puede tardar un par de horas en llegar al, ummm, hospital de Inverness…
—Raigmore.
—Sí, ese es el sitio. De todas formas, aun si se hace un solo viaje está demasiado lejos, y estamos hablando de la ida, si alguien la lleva hasta allí. Una ambulancia tardaría el doble. Quiero decir que tienen una ambulancia aérea, pero no puedes confiar en que siempre esté disponible. Creo que ese último problema cardiaco que tuvo…
—¿Tuvo un problema cardiaco? —Al casi parece interesado.
—Fibrilaciones o algo así. Tuvo una especie de desmayo. Por supuesto, eso ocurrió en marzo, así que no lo habrás oído, ¿verdad?
—Cierto. ¿Fue algo serio?
—Lo bastante. Pero bueno, eso parece haberla convencido al fin para marcharse de en medio de ninguna parte. Tan solo quiere oír hablar de Inverness o puede que Edimburgo o Glasgow, pero creo que podemos convencerla de que estaría mejor en Londres, y cerca de la calle Harley.
—¿Pero es que le han dado, digamos, un par de meses de vida o algo así?
—Oh, por Dios, no. Nada tan malo. Vivirá hasta los cien si se cuida, o si nos permite cuidarla.
—¿Y de verdad no lo encuentras deprimente? —pregunta Al, mirando inquisitivamente a su primo.
—Al, déjalo. —Fielding da un sorbo a su agua mineral—. De todas formas, hay más. El asunto, oh, sí. Estás invitado a la octogésima fiesta de cumpleaños de la Yaya, el mes que viene. —Busca en el otro bolsillo de la chaqueta, extrae el sobre con la invitación de Al y se lo alcanza. Al se queda mirándolo como si contuviera una bomba, o posiblemente ántrax. Lo introduce sin abrirlo en su mugrienta chaqueta de montaña—. El lugar se pondrá a la venta esta semana —comenta Fielding—, aunque no habrá visitas durante un par de días antes y después de la fiesta. Pero será la última oportunidad de la familia para ver el lugar. Bueno, ya sabes. Para estar allí.
—Creo que voy a pasar. —Al bebe un trago—. Gracias de todas formas.
Discúlpate por mí si se me olvida responder.
—Hay más.
—¿Aun más?
—Esto es de lo que realmente se trata todo. No te he seguido la pista por la mitad de Reino Unido tan solo para invitarte a una fiesta. Me refiero a que, allí habrá una fiesta, pero también habrá otros asuntos que tratar durante esos días. Eso es de lo que realmente necesito hablar contigo.
—¿Va a durar mucho? ¿Debería ir otra vez al váter?
—Por favor, no.
—Era broma.
—Se trata de Spraint Corp.
—¿En serio? Qué bien.
—Básicamente, quieren adquirirnos al completo.
El vaso de Al está a medio camino hacia sus labios, pero se detiene allí, durante unos pocos segundos. Por fin, alguna clase de reacción. Parece sorprendido. Desconcertado, diría Fielding, incluso.
—¿En serio? —pregunta Alban, y bebe, pero con una forzada indiferencia.
Ahora están llegando a algún sitio.
—Un cien por cien —le dice Fielding—. Una adquisición total. Uno o dos de nosotros podrían lograr quedarse como asesores. Es posible. Sería por acciones y efectivo. Acciones sobre todo. Mantendrían el nombre, por supuesto.
Esa es una gran parte del valor. Al permanece allí sentado asintiendo durante un rato, con los brazos cruzados. Parece estar mirando sus propias botas; anchas y amarillas con un montón de cordones.
Mira hacia Fielding y se encoge de hombros.
—¿Eso es todo?
—Bueno, ahí es donde entra la fiesta. La familia, la empresa, mantendrá una reunión general extraordinaria el día antes del cumpleaños de la Yaya, en el castillo, en la Mansión Garbadale. —Fielding toma un sorbo de agua—. Prácticamente todo el mundo estará allí.
—Mmmmm —murmura Al, y asiente. Todavía se encuentra mirándose las botas. Sus ojos están muy abiertos.
—Así que obviamente, podría apetecerte estar allí para eso también —le dice Fielding—. La reunión general es el sábado, el ocho de octubre. El cumpleaños de la Yaya es al día siguiente.
—De acuerdo.
—Como te he dicho, más o menos toda la familia debería asistir. Vienen desde todas partes del mundo. —Fielding le concede un momento—. Sería una lástima que no estuvieras allí, Al. En serio.
Alban asiente, mira su pinta de cerveza, luego casi la apura de un trago y se levanta mientras se pone su chaqueta.
—¿Has acabado? —pregunta, indicando con un gesto el agua mineral de Fielding—. ¿Continuamos nuestro paseo?
—Claro.
Caminan junto al dique del río, hacia donde desaparece el tráfico a ese lado y un puente ferroviario cruza el caudal. Hay un puente peatonal adyacente al ferroviario; ascienden los escalones y continúan por él.
—Entonces, ¿qué opinas? —le pregunta Fielding a Al.
—¿Sobre la fiesta? ¿La reunión extraordinaria? ¿La adquisición? ¿O sobre nuestra gran familia feliz reuniéndose para una juerga?
—Sobre todo ello.
Al acelera un poco a propósito, luego aminora y se detiene, cerca del centro del puente peatonal. Se vuelve y mira hacia el agua, que se apresura suavemente por debajo. Es de color marrón claro, como el cristal ahumado, y lanza destellos entrecortados bajo la luz del sol. Fielding se inclina sobre la barandilla que hay a su lado.
Alban sacude la cabeza lentamente, sus rizos castaños ondean en la brisa. —No estoy seguro de querer formar parte de todo esto. Lo siento. Fielding desea decir algo y normalmente lo haría, pero a veces tienes que dejar que la gente llene sus propios silencios.
Al toma una serie de profundas bocanadas de aire y dirige su mirada hacia donde el agua desaparece río arriba.
—Hubo una vez en la que me sentía… obligado, atrapado por esta familia. Tuve la ridícula idea de que si podía huir durante un año y un día, de alguna forma me liberaría de ella, o al menos sería capaz de sobrellevarlo… en condiciones mutuamente aceptables. —Sonríe a su primo—. ¿Sabes? Igual que en los días de la servidumbre. Si un siervo podía escapar de su señor durante un año y un día sin ser atrapado, se convertía en un hombre libre.
—Había oído algo sobre ello.
—De todas formas es una idea estúpida —dice entre risas—. Un año sabático. Pero da igual. Después de regresar, después de ocupar mi supuesto lugar por derecho en la compañía, y luego hartarme de ello, entonces fue cuando supe que tenía que salir de allí, y decidí, comprendí, que un año y un día no serían suficientes, que jamás habrían sido suficientes. No con esta familia —concluye, volviéndose con una ligera sonrisa.
Y a veces las personas dejan silencios que no tienes más remedio que llenar.
—Entonces —plantea Fielding—, ¿cuánto tiempo sería suficiente?
—Alguno entre más adelante y para siempre, supongo —responde encogiendo los hombros.
Fielding espera un poco y entonces dice:
—Mira, creo recordar que te marchaste en primer lugar porque le vendimos una cuarta parte de las acciones a Spraint.
Al no responde.
—Eso se ha convertido en la versión oficial —le cuenta Fielding—. Esa es la mitología familiar, que estuviste en contra del traspaso del veinticinco por ciento y saltaste del barco. Allá por el noventa y nueve. Dime, ¿es correcto?
—Eso tuvo mucho que ver con aquello —dice Al—. Bueno, algo que ver.
—Pues mira, si aún estás en la parte contraria, entonces… —Fielding se detiene—. ¿Lo estás?
—¿Si estoy qué? —inquiere Alban—. ¿Aún dispuesto a rechazar a la Spraint Corporation of America, Inc. y a todos sus trabajos?
—Sí.
Al sacude la cabeza.
—No estoy seguro de que ya me importe, Fielding. No estoy seguro de que tenga importancia en absoluto. Un grupo de accionistas, u otro grupo de accionistas. —Realiza una especie de movimiento giratorio con una mano y luego con la otra.
—Mierda —espeta Fielding apoyando la espalda en el tubo metálico de la barandilla—. Seré sincero, Al. Algunos de nosotros teníamos la esperanza de que pudieras ayudar a organizar la oposición al trato. Alban mira a su alrededor, sorprendido.
—¿Es que hay una oposición? —Hace una pausa y se muestra pensativo—. No vamos a ser codiciosos, ¿verdad? —Vuelve a mirar hacia otra parte—. Eso sería tan inadecuado…
—Por supuesto que hay oposición —replica Fielding intentando no responder al evidente sarcasmo—. Esta es nuestra empresa, nuestra familia, Al. Es nuestro apellido el que está en el tablero. Es lo que hemos hecho durante cuatro generaciones. Es lo que hacemos, es lo que somos. Eso es lo que importa, ¿es que no lo ves? Me refiero a que eso es lo que ha hecho reaccionar a unos cuantos en la familia, especialmente desde que Spraint tomó su cuarta parte. No se trata de dinero. Por supuesto que el dinero es bueno pero, por Dios, todos tenemos básicamente suficiente. Si vendemos, todos seremos más ricos, pero solo seremos una familia como cualquier otra.
—No lo seremos.
—Bien, de acuerdo, como cualquier otra familia acomodada.
—Lo dices como si eso fuera algo malo.
—¡Vamos, Al! ¡Pensaba que al menos eso te haría reaccionar! ¿Es que no te interesa en absoluto? ¿Es que no te importa nada de esto?
—No de la forma en la que pudieras pensar, primo.
—Mierda.
Permanecen así durante un rato, apoyados en el borde del puente, mirando río arriba. Un tren de pasajeros pasa traqueteando lentamente en dirección a la ciudad con sus chirriantes ruedas. Parece muy alto y de un metal muy pesado a tan corta distancia. Un niño saluda con la mano y Fielding le responde con la suya, luego vuelve a apoyarse junto a Al. Es uno de esos silencios.
—¿Estás tratando de decirme seriamente —pregunta por fin Al—, que existe alguna posibilidad de evitar la venta?
Fielding continúa inexpresivo, por si Al se girase de repente hacia él.
—Sí —declara.
—¿Cuántas personas…? No, olvida eso, ¿cuáles son los porcentajes en juego?
—Es difícil decirlo con seguridad. La gente tiene las cartas muy pegadas al pecho. Spraint solo requiere el veintiséis por ciento de las restantes acciones familiares para tomar el control…
—No, necesitan un tercio de las restantes…
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Supongo. ¿Estarían satisfechos con el control, o desean la propiedad absoluta?
—Ellos dicen que podrían conformarse con el control, pero en realidad lo quieren todo.
—¿«Podrían conformarse» con el control?
—Tendrían que pensar en ello. Dicen que están tan seguros de que aceptaremos su oferta que ni siquiera se han molestado en pensar en lo que harán si no la aceptamos.
—Sí, seguro. Bueno, es nuestra familia. Siempre va a haber algunos reaccionarios.
—Eso está garantizado.
Al parece pensativo; se acaricia la barba.
—¿No se aplica en este caso lo del noventa y dos por ciento?
—Claro. Ellos están deseando obtener un noventa y dos por ciento de acciones para poder adquirir el resto por obligación.
—Mmmmm. —Alban se vuelve hacia su primo—. ¿Y quién va a detenerlos?
—Su mirada parece buscar los ojos de Fielding—. Creo recordar que tú eras partidario de la venta hace seis años.
—Sí, lo era —dice Fielding con suavidad—. Por entonces me parecía lo más acertado. Probablemente aún pensaría igual en las mismas circunstancias. Necesitábamos la inyección de efectivo. Quiero decir que entiendo, y entendía, tu punto de vista, pero no había mucho que discutir acerca del hecho de que necesitábamos más inversión. Pero da igual. Eso fue entonces. Esto es ahora. No necesitamos vender a Spraint. Podríamos continuar siendo una empresa básicamente familiar. Podríamos mantener a Spraint en la junta como unos socios provechosos e incluso entusiastas, podríamos ser felices con ellos vendiendo las acciones a una tercera parte, o podríamos pedir fácilmente un préstamo al banco para recuperarlas. —Fielding espera que Al vuelva a mirarle al decir eso, pero no lo hace—. En serio —continúa Fielding—, es una posibilidad. Tenemos un buen crédito. Muy bueno. Kath ya ha… Me refiero a la tía Kath, ahora es la directora de finanzas. ¿Lo sabías?
—Sí, lo sabía —responde Al en voz baja.
—En cualquier caso, ella ha mantenido conversaciones informales con un par de bancos y parecen estar totalmente de acuerdo. Sin lugar a dudas, es alentador. Creo que ellos piensan que deberíamos hacerlo.
Fielding deja que Al reflexione durante un rato.
—Mira, Al, hay un par de tipos en la familia que podrían dudar en este asunto. Se sienten inclinados hacia ambas partes. Pueden ver que lo que Spraint está ofreciendo es, básicamente, un buen trato. Vender sería una buena decisión empresarial. Eso por descontado. De acuerdo. Por otro lado, es su vida, su familia, su nombre lo que está en venta aquí. Pueden ver valor, y me refiero a algo más que al monetario, en seguir a bordo, en mantenerse en su puesto. Todo depende de cuánto valoremos la familia, supongo. Cuánto la valoramos cada uno de nosotros. —Fielding cree ver asentir a su primo—. Así que a algunos de nosotros nos gustaría, al menos, hacer frente a Spraint con una buena pelea. Y tú podrías ayudar, Al. Allí hay gente, por Dios, mi padre es uno de ellos, que te escucharía. ¿Y Beryl? ¿La tía abuela Beryl? Ella siempre ha sentido predilección por ti, ¿verdad? Ella es otra.
—¿Qué pasa con la vieja dama?
—¿Yaya?
—Sí. ¿A qué lado se encuentra en esto?
—Bien, ella me envió. Esto fue idea suya. Bueno, y mía.
—¿Está en contra de la adquisición? —pregunta mirando al otro.
—Sí —contesta Fielding.
—Estuvo a favor la última vez, en la venta del veinticinco por ciento.
—Te lo digo otra vez, eso fue distinto. Aquello fue para mantener en marcha la compañía. Esto es para mantener la compañía en marcha.
—Eso no es distinto, es lo mismo.

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