La afirmación

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Christopher Priest, autor de El prestigio y Un verano infinito, nos relata las obsesiones de Peter Sinclair, un joven que acaba de perder a su padre, su novia, su trabajo y hasta su vivienda. Solo le queda la escritura, de modo que su reacción es retirarse a una casa de campo y comienza a escribir. Pero no encuentra más tema que si mismo, su vida, su pensamiento, su experiencia… todo resulta recurrente en torno a si mismo, y la autobiografía que va escribiendo crecerá con los adornos de Peter hasta que este se vea presa de su propia ficción. La locura, los recuerdos o el amor vivido, no serán más que términos confusos dentro de lo que él considera su arte…

ANTICIPO:
Con la imaginación, yo había rescatado mi vida. Escribía impulsado por una necesidad interior, y esa necesidad consistía en crear una visión más clara de mí mismo; escribiendo, me convertía en aquello que escribía.

No era algo que yo fuese capaz de comprender. Lo sentía en un nivel instintivo, o acaso emocional.

Era un proceso idéntico al que me llevara a la creación de mi cuarto blanco. Aquél, en el principio no había sido más que una idea; luego convertí la idea en realidad, pintando el cuarto tal como lo había imaginado. De la misma manera me descubría a mí mismo, en este caso por medio de la palabra escrita.

Empecé a escribir sin sospechar las dificultades que la tarea entrañaba. Tenía el entusiasmo de un niño a quien le han dado por primera vez lápices de colores. Me dejaba llevar por la escritura sin un rumbo fijo, sin controlarme, sin inhibiciones. Todo esto habría de cambiar con el tiempo, pero aquella primera noche trabajé con una alegría inocente dejando que las palabras fluyeran y se esparcieran sobre el papel sin someterse a ninguna disciplina. Me sentía profunda, misteriosamente estimulado por lo que estaba haciendo y releía con frecuencia lo que había escrito, borroneando correcciones en las páginas y acotando en los márgenes las asociaciones de ideas. Experimentaba un vago descontento, pero lo pasaba por alto: el sentimiento predominante era de alivio y satisfacción. ¡Rescatar mi vida escribiéndola!

Trabajé hasta altas horas, y cuando por fin me deslicé en mi saco de dormir, dormí mal. A la mañana siguiente volví al trabajo, dejando la decoración a medio hacer. Mi energía creadora no había menguado y las páginas se deslizaban una tras otra por el carro de la máquina como si no existiese nada que pudiera obstruir alguna vez aquel torrente de palabras. Cada vez que llegaba al final de una página, las desparramaba todas por el suelo alrededor de la mesa, imponiendo .un caos momentáneo en el orden que estaba creando.

De pronto, por alguna razón inexplicable, llegué a un punto muerto.

Eso ocurrió el cuarto día, cuando ya tenía alrededor de más de sesenta páginas mecanografiadas. Conocía íntimamente cada página, tan absorbente era mi necesidad de escribir, tantas veces las había releído. Lo que me quedaba por escribir era de la misma naturaleza, tenía esa misma necesidad perentoria de ser expresado. Yo no tenía ninguna duda en cuanto a lo que habría de seguir, en cuanto a lo que diría o no diría. Sin embargo me detuve de pronto en la mitad de una página, incapaz de continuar.

Era como si hubiese agotado mi forma de escribir. Me acometió de pronto una tremenda timidez Y empecé a preguntarme qué había hecho, cómo podría continuar. Leí una página cualquiera Y me pareció ingenua, obsesiva, trivial y sin ningún interés. Advertí que casi todas las frases estaban sin puntuar, que mi ortografía era bastante caprichosa, que empleaba una y otra vez las mismas palabras, y hasta los juicios y observaciones, de los que tan orgulloso me había sentido, me parecían ahora obvios e irrelevantes.

Todo era insatisfactorio en aquel apresurado manuscrito y me invadió un sentimiento de desesperación e ineptitud.

Abandoné temporalmente la escritura Y busqué una vía de escape para mis energías en las tareas mundanas de la domesticidad. Concluí la pintura de una de las habitaciones de la planta alta y trasladé a ella mis colchones y pertenencias. Decidí que a partir de ese día mi cuarto blanco sería utilizado sólo para escribir. Vino el maestro de obras contratado por Edwin y empezó a reparar las estrepitosas cañerías, a instalar un calentador de agua de inmersión. Yo tomé la interrupción como una oportunidad para recapacitar sobre lo que estaba haciendo, para planificar con más cuidado.

Hasta ese momento, todo cuanto había escrito dependía por completo de mi memoria. Idealmente, hubiera tenido que hablar con Felicity para ver qué cosas recordaba ella, y llenar quizás algunas lagunas de los´ misterios de la infancia. Pero Felicity y yo ya no teníamos casi nada en común; en los últimos años habíamos discutido muchas veces y más recientemente, y con más encono, después de la muerte de papá. Poca simpatía tendría ella por lo que yo estaba haciendo. Y de todos modos, era mi historia; yo no deseaba que ella la matizara con su interpretación de los acontecimientos.

Sin embargo, le telefoneé un día y le pedí que me enviase los álbumes de fotografías de la familia. Felicity se había quedado con casi todas las pertenencias de mi padre, inclusive esos álbumes, pero hasta donde yo sabía no tenía ninguna necesidad de ellos. Le intrigó sin duda mi súbito interés -después del funeral me había ofrecido los álbumes y yo había dicho no-, pero prometió enviármelos.

El maestro de obras se marchó y yo volví a la máquina de escribir.

Esta vez, después de la pausa, encaré el trabajo con mayor celo y con la intención de ser más organizado. Estaba aprendiendo a cuestionar mi tema.

La memoria es un instrumento falaz, y los recuerdos de la niñez suelen estar desfigurados por influencias que en el momento uno es incapaz de discernir. El niño no tiene una perspectiva del mundo: sus horizontes son limitados, sus intereses egocéntricos. Mucho de lo que experimenta es interpretado para él por los padres. No discrimina entre las cosas que ve.

Por otra parte, mi primer intento no había sido mucho más que una serie de fragmentos más o menos concatenados. Ahora me proponía narrar una historia, y narrarla de manera tal que formara un todo coherente, de acuerdo con un plan narrativo.

Casi en seguida descubrí la esencia de lo que quería escribir.

Mi tema, inevitablemente, era siempre yo: mi vida, mis experiencias, mis esperanzas, mis desengaños, mis amores. En lo que antes me había equivocado, razonaba, era en tratar de narrar esa vida según un orden cronológico. Había empezado por mis recuerdos más tempranas e intentado crecer en el papel como había crecido en la vida. Ahora veía que tenía que seguir un camino más tortuoso.

Para hablar de mí mismo tenía que tratarme con más objetividad, examinarme de la misma forma en que en una novela es examinado el protagonista. Una vida escrita no es lo mismo que una vida real. Vivir no es un arte, pero sí lo es escribir sobre la vida. La vida es una sucesión de accidentes y desengaños, mal recordados y peor comprendidos, con enseñanzas sólo vagamente aprendidas.

La vida es desorganizada, no tiene una forma, no es una historia.

A lo largo de la infancia aparecen misterios en el mundo que nos rodea. Son misterios sólo porque no se da de ellos una explicación adecuada, o por nuestra inexperiencia, pero persisten en la memoria por la simple razón de que son tan intrigantes. Las explicaciones suelen presentarse en la edad adulta, pero llegan demasiado tarde: para entonces, ya no tienen la fascinación imaginativa de un misterio.

¿Qué es más verdadero, sin embargo: el recuerdo o la realidad?

En el tercer capítulo de mi segunda versión empecé a escribir sobre un hecho que ilustraba a las claras esta situación. Se refería a tío William, el hermano mayor de mi padre.

Durante casi toda mi niñez nunca vi a tío William… o Billy, como lo llamaba mi padre. Siempre flotaba algo como una nube alrededor de su nombre: mi madre lo desaprobaba visiblemente; para papá, sin embargo, era una especie de héroe. Recuerdo las historias que cuando yo era muy pequeño me contaba de los embrollos en que él y Billy se metían de niños. Billy siempre andaba metido en líos, y era un genio para las bromas pesadas. Mi padre, con el tiempo, llegó a ser un ingeniero respetable y próspero, pero Billy se había embarcado en una serie de aventuras turbias, como por ejemplo trabajar en barcos, vender automóviles de ocasión y traficar con mercaderías excedentes del gobierno. Yo no veía nada malo en todo eso, pero por alguna razón era considerado como algo nefasto por mi padre.

Un día, tío William apareció de improviso en nuestra casa, y mi vida fue desde su llegada una sucesión de locas emociones. Billy era alto, bronceado por el sol, tenía un gran mostacho rizado y guiaba un auto sin capota, con un claxon anticuado. Tenía una forma de hablar vivificante, arrastrando un poco las palabras, y me alzó y me paseó por el jardín de arriba abajo, chillando. Tenía unos callos oscuros en las manos grandes, y fumaba una pipa mugrienta. Era capaz de ver muy lejos. Más tarde me llevó a dar un emocionante paseo en coche, atravesando como una flecha las calles campesinas y graznando con su claxon a un policía que nos seguía en una bicicleta. Me compró un fusil ametralladora de juguete que disparaba balines de madera a través de la sala, y me enseñó a construir una guarida en un árbol.

De pronto se marchó, tan repentinamente como había llegado, y a mí me mandaron a la cama. Acostado en mi cuarto, oí discutir a mis padres. No alcanzaba a oír bien lo que decían, pero mi padre gritaba y luego oí un portazo y mi madre se había echado a llorar.

Nunca más volví a ver a tío William, y ni mi padre ni mi madre 10 mencionaron. Una vez o dos pregunté por él, pero ellos cambiaron de tema con esa prontitud de los padres que los hijos nunca pueden superar. Alrededor de un año después, mi padre me dijo que tío Billy estaba trabajando ahora en el extranjero «en algún lugar de Oriente» y que era improbable que volviésemos a verlo. Hubo algo en la forma en que mi padre me lo dijo que me hizo dudar de él, pero yo no era un niño sutil y prefería infinitamente creer lo que me decían. Durante mucho tiempo después de eso, las aventuras de Billy en el extranjero fueron un acompañante familiar imaginario; con la pequeña ayuda de las historietas que leía, lo veía escalando montañas, cazando animales salvajes, construyendo ferrocarriles. Todas esas fantasías concordaban con lo que sabía de él.

Con el correr de los años, cuando empecé a pensar por mí mismo, comprendí que 10 que me habían contado era falso probablemente, y que la desaparición de Billy era casi con certeza explicable para el mundo real, pero aun así seguí conservando la imagen fascinante que tenía de él.

Sólo después de la muerte de mi padre, cuando tuve que revisar sus papeles, me enteré de la verdad. Encontré una carta del Director de la Cárcel de Durham en la que decía que tío William había sido internado en el hospital de la prisión; una segunda carta, fechada algunas semanas más tarde, notificaba que había muerto. Hice algunas averiguaciones en el Ministerio del Interior y descubrí que William había estado cumpliendo una sentencia de doce años por robo a mano armada. El delito por el que había sido condenado fue cometido unos días después de aquella tarde loca, emocionante del verano.

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6 Opiniones

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  • Ymir
    on

    No he leído aún esta novela. ¡Pero qué gran escritor es Christopher Priest! Tiene en su haber no una, sino varias grandes novelas, y muy distintas entre sí, que es lo que hace de verdad grande a un escritor.

  • lukino
    on

    Un poco enfermizo. Hay que leerlo por dosis.

    El duelo de magos de "El prestigio" era prodigioso, pero pegaba duro por la mentalidad desquiziada de los protagonistas.

  • ana
    on

    A ese precio creo que voy a probar, ya os diré :-)

  • D.B.
    on

    ESte escritor es versatil, no hay duda. Pero hay veces que escribe cosas dudosas. Fuga para una isla en sombras es una novela francamente racista, aunque no sé si lo es por la ideología del escritor o porque al tratar de forzar la mano con la construcción de la novela, se le escapa y da esa impresión.

  • Lucius
    on

    Ahora se le llama racista a casi cualquier cosa. En cuanto se desvía la gente del camino trazado por los moralistas, es un villano de uno u otro color.

  • irene
    on

    Hay racismo en nuestra sociedad, y negarlo una estupidez. Pero supongo que la hipocresía es otra constante en este mundo :-(

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