La amante de Pilatos

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La acción de esta novela de Gisbert Haefs nos sitúa en el año 29 a. C., en el transcurso del viaje que llevaría a Poncio Pilatos desde Roma hasta Judea. Pilatos se encuentra casualmente con una pariente lejana de la mítica reina Cleopatra, y se entera de este modo de los diversos movimientos insurreccionales que se están produciendo en el norte de África, que a menudo van asociados a legendarios tesoros.

A partir de este momento, la novela se convierte en una muy bien trabada aventura en la que se ponen de manifiesto los medios empleados por los diversos servicios secretos para imponer la autoridad imperial, las pugnas entre ellos, y los resquicios que dejan abiertos para que una pequeña comunidad en el desierto se mantenga independiente y desafíe a las poderosas legiones romanas.

ANTICIPO:
En realidad, se dijo Demetrio más tarde, no se debería adquirir ningún esclavo viejo e inútil, pero a veces hay que hacer una excepción. Tampoco se debería apostar dinero a ciegas en una carrera; la pérdida es calculable, pero nunca se sabe qué consecuencias puede tener ganar. Aunque eso fue mucho después.

Se fijó en el anciano porque no se movía: una mancha inmóvil en medio del tumulto. Desde que habían dejado el mar Rojo, habían tenido que remar contra el viento del suroeste, que levantaba olas y traía copos de espuma, sacudía las palmeras de la bahía de Adane y hacía cantar los cordajes. Jirones de nubes se deslizaban en dirección norte, hacia Arabia, jirones de viento ululaban y hacían que las tensas velas se agitaran Jirones de agua rociaban a los hombres de salino frescor. Todos estaban demasiado agotados —o eran demasiado cautelosos— como para circundar la costa rocosa de la península y dirigirse al puerto oriental, al pie del cráter, allá donde atracaban los barcos de la India, protegidos de la isla a la entrada de la rada. En vez de eso, remaron con sus últimas fuerzas hacia la amplia bahía occidental, y luego, por el lado norte de la península, hasta el pequeño puerto que se encontraba antes de la lengua de tierra. Allí había viviendas y almacenes bajo las palmeras y, apoyado en un áspero tronco, estaba sentado el anciano.

Sin embargo, al principio Demetrio sólo vio esa mancha asombrosamente tranquila. Y la olvidó. La pasarela a la que habían amarrado se alzaba y descendía entre los postes, cuyas anillas de bronce producían una espantosa música de fricción. En el lado norte de la bahía, por donde circulaban hombres cargados con pértigas y tablas, e] viento levantaba velos de arena, y unos cuantos camellos en la lengua de tierra parecían querer retroceder para que no entrara en sus ojos.

—Bien hecho, señor —dijo el armador. Dejó caer los brazos para relajar los músculos—. Aunque la verdad es que no nos has pagado para remar tú mismo.

—El mercader inteligente prefiere poner manos a la obra en persona que ser víctima inmóvil de los vientos —Demetrio sonrió con cierto ademán de esfuerzo. Tenía las plantas de los pies ásperas de sal y heridas por los tablones, de tanto afirmarse, resbalar y volver a levantarse.

Uno de los marineros pasó la amarra por los postes de la pasarela. El armador revisó las correas del saco de cuero que debía mantener la parte trasera izquierda del timón apartada; luego se volvió otra vez hacía Demetrio:

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

—No lo sé. Depende de los negocios. Si son buenos, formaremos una caravana e iremos por tierra; si son malos, quizá no pueda pagarte el viaje de vuelta —guiñó un ojo—. ¿Cuánto tiempo te quedarás tú?

—Tampoco yo lo sé —el armador sonrió abiertamente—. Depende de los negocios. Tengo que entregar un par de cartas, ¿y después? Quizás alguien quiera llevar una carga contra el viento a Cañe; quizás alguien tenga mercancías que llevar al mar Rojo. Ya se verá.

—Sí me pongo de acuerdo deprisa con el noble Kharkhair —dijo Demetrio—, te lo haré saber… Venid —hizo una seña a los otros cuatro que le habían acompañado desde Egipto. No parecían tristes de poder abandonar por fin la bailona embarcación.

Sólo entonces, cuando iban hacia tierra por la pasarela con sus hatos al hombro, Demetrio vio que la mancha inmóvil de la palmera era un hombre. Un anciano. No llevaba más que un taparrabos. Debía tener la espalda insensible, porque de lo contrario no habría podido reclinarse contra el áspero tronco de la palmera. El pecho y los hombros estaban cubiertos de cicatrices, como las plantas de los píes de callos. Sólo tenía una mano; sobre el muñón que antaño había sido la muñeca izquierda reptaban dos moscas.

—¿Una limosna, señor, para complacer a los dioses? ¿Como agradecimiento a Neptuno? —tendía la mano al mercader, como un cuenco agrietado.

El latín no era la lengua favorita de Demetrio, pero aquí, en el extremo sur de Arabia, le sonó casi hogareño.

—¿Romano? —Demetrio se detuvo y bajó la vista hacia el anciano—. Aquí… ¿y así?—al decirlo, se llevó el índice al cuello, adonde el del anciano estaba surcado por la argolla de hierro de brillo azulado con la que algunos hombres acomodados marcaban a sus esclavos.

—Así, señor. Para que el barquero pueda retenerme si intentara saltar a la Estigia —sonrió, y Demetrio vio tres dientes tristemente solitarios.

Tras él, Meleagro carraspeó:

—¿No sería mejor que buscásemos un alojamiento? —no sonó tanto como desabrido, pero sí tan desaprobador como un caravanero experimentado puede permitirse ante su señor

Demetrio se volvió hacia sus acompañantes. Meleagro tenía el ceño fruncido; con la mano derecha, tiraba de una de las correas del gran saco de viaje que llevaba a la espalda, y que le llegaba desde la nuca hasta las nalgas. Prexaspes estaba junto a él con las piernas abiertas; el rostro del persa mostraba —a pesar del cansancio y la suciedad del viaje" una contenida diversión. El enjuto Leónidas cambiaba el peso de una pierna a otra, y Mikines hacía ademán de querer soltar su pesado saco.

—Id delante —dijo Demetrio—. Poco antes del cráter, no lejos de donde termina la lengua de tierra, está la posada de Ravi. Saludadle de parte de Demetrio el Tardón y ved que nos reserve dos habitaciones. Ya os seguiré enseguida.

—¿Demetrio el Tardón? Espero que nos cuentes una buena historia de cómo te dieron ese sobrenombre, señor —Meleagro alzó una mano e hizo una seña a los demás.

Demetrio les siguió con la vista unos instantes. Era la primera hora de la tarde, y aquí, en el extremo norte de la península, al cobijo de las escarpadas rocas y los edificios, se acumulaba el calor. El fuerte viento sacudía las hojas de las palmeras sólo más arriba. Entre la orilla y los edificios había, aquí y allá, hombres que charlaban o dormitaban. Un negro gigantesco pasó arrastrando los pies en la misma dirección que los compañeros de Demetrio. Tan sólo llevaba un taparrabos de cuero y, terciado sobre el hombro izquierdo, un odre del que acababa de verter agua en el cuenco de la mano. Dio un sorbo, con sonoridad realmente fastuosa; cuando sonrió a Demetrio, éste vio que el negro tenía los colmillos afilados, y el cabello teñido de rojo. Entonces el hombre tropezó con algo –con el aire o con sus propios pies— y cayó cuan largo era. Cuando se hubo incorporado, agitó con sonrisa triunfante el odre intacto.

—Nubo, eI Necio rojo—dijo el viejo esclavo—. Se supone que hijo de un príncipe, en algún lugar de Kusch. Y Demetrio el Tardón. Socio del mercader Kharkhair, tan rico como áspero, ¿verdad?

El anciano no podía haber oído que Demetrio había pronunciado ese nombre a bordo del barco.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Estuviste aquí hace algunos anos. Tú no me habrás visto, señor, pero yo a ti sí.

Demetrio miró el rostro surcado de arrugas del anciano; una pared de barro reseca y devastada por el sol podía haber tenido ese aspecto mucho tiempo después de la última lluvia.

—Cuéntame tu historia —dijo Demetrio—. Si es buena, te daré esto —sacó del cinturón media dracma de plata y la sostuvo en alto.

—El jornal de un hombre libre. ¿Tan buena tiene que ser la historia?

Demetrio se puso en cuclillas y le miró.

—¿Cómo llega un romano a ser esclavo en Adane? ¿Por qué tiene un esclavo que mendigar? ¿Qué más sabes, además de mi nombre y la visita a Kharkhair?

El mendigo cerró los ojos; con voz monótona, dijo:

—Tengo setenta y tres años. Hace cincuenta y cinco, fui uno de los guerreros con los que Elio Galo quiso explorar Arabia; y fui uno de aquellos que no regresaron. Me hirieron —levantó el brazo izquierdo— y me capturaron desde entonces soy esclavo. Aquí, allá y acullá. Desde hace veinte años en Adane, esclavo del caravanero Mukhtar, en las últimas lunas de su hijo.

Demetrio le interrumpió:

—¿Es que ha muerto el viejo Mukhtar? ¿Cuándo?

—A finales de la primavera.

—Antes o después, los dioses reclaman nuestra compañía en el inframundo —dijo Demetrio—. Uno se pregunta para qué. Pero sigue hablando.

—Mukhtar el Joven, de quien dije que había heredado sin duda el nombre y la riqueza de su padre, pero cuya inteligencia se había transformado en él en necedad. Por eso tengo que mendigar mi alimento— Si reúno lo bastante, podré comprar mi libertad. Si no, me cortará la cabeza. A no ser que antes haya muerto de hambre.

"¿Hasta cuándo tienes tiempo de comprarte para no ser decapitado?

—Hasta finales de esta luna.

—¿Hasta pasado mañana?

El anciano asintió.

—¿Y el precio?

—Barato, señor Demetrio. Un buen esclavo de trabajo cuesta en Adane entre una y media y dos minas… doscientas dracmas. El hijo de Mukhtar sólo pide cien dracmas. Cien veces demasiado para un anciano inútil —por fin abrió los ojos, de mirada aguda y oscura. Con un gesto burlón, prosiguió, esta vez en griego—: Un anciano inútil que en cualquier caso ha visto muchas cosas: caminos por el desierto, todos los pozos entre Adane y el país de los nabateos, los precios de todas las mercaderías, los rostros de todos los mercaderes y bandidos importantes. Y que habla todas las lenguas en uso entre Adane y Siria.

Demetrio le tiró al regazo la media dracma y se incorporó.

—¿Cómo te llamas?

—Opiter Perperna.

—¡Oh, dioses! Sólo ese nombre ya es bastante motivo para decapitar a quien lo lleva. ¿Es que no hay romanos en las cercanías que puedan comprar tu libertad?

—Sí, pero ¿por qué iban a hacerlo? —apuntó una sonrisa—: Con este nombre…

—Reflexionaré y me informaré acerca de ti. No corras demasiado en morirte de hambre, ¿me oyes?

—Vacilaré a conciencia.

Cuando Demetrio se volvía para irse, su mirada cayó en la otra orilla. Señaló unas figuras que hacían algo enigmático con pértigas, postes y tablas.

—¿Qué están haciendo aquéllos? —dijo.

Perperna se encogió de hombros, un movimiento casi impetuoso dada su absoluta inmovilidad:

—Preparan la pista.

—¿Qué clase de pista?

—Poco antes de la puesta de sol habrá allí una carrera de literas. Mis compatriotas —miró hacia el extremo occidental de la bahía— insisten en participar, para que los árabes, para variar, puedan reírse de los romanos en lugar de llorar.

—Supongo que el hecho de que mires hacia el oeste significa que todos los romanos de estas tierras viven allí, fuera de la ciudad.

—¿Quién iba a querer guerreros romanos en la ciudad?

—¿Guerreros?

—Pareces sorprendido. ¿Conoces algún sitio sin guerreros romanos a este lado de la India?

Demetrio asintió.

—Sí, conozco algunos, y estaba seguro de que Adane era uno de ellos.

Perperna emitió una especie de gorgoteo.

—La confianza es buena, la vigilancia es mejor; lo mejor es la vigilancia desconfiada después de la previa destrucción.

Demetrio echó a andar en dirección a la lengua de tierra; por encima del hombro, dijo:

—Son tus compatriotas, no los míos. ¿Ya quién le importa eso?

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