La aventura antártica del Endurance

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La expedición liderada por Ernest Shackleton cuyo objetivo era atravesar la Antártida, alcanzar el Polo Sur y continuar hasta la Isla de Ross en el extremo opuesto del continente, nunca llegó a su destino. Sin embargo, constituyó una de las más extraordinarias epopeyas de la historia del mar.
Su barco, el Endurance, quedó atrapado en el hielo muy cerca ya de sus destino, lo que obligó a los expedicionarios a emprender un viaje épico, de casi dos años, atravesando el helado Mar de Weddell y luego hasta la isla Elefante.
Esta edición reúne los dos libros testimoniales escritos por Worsley, en lo que constituye la documentación más completa y mejor expuesta sobre esta aventura.

ANTICIPO:

EN LA BANQUISA

CON LA LLEGADA DEL AMANEcer, olvidé todos los recuerdos que se me habían agolpado en la cabeza. En el invierno, nos habíamos alejado unas mil millas del lugar en el que se habían concentrado mis pensamientos aquella noche, y teníamos mucho trabajo que hacer.
Sólo nos quedaban cincuenta perros, pues Shackleton había juzgado necesario sacrificar diez para economizar ali­mentos. También eliminaron a los cachorros más peque­ños que habían nacido en el barco y a la señora Chippy, la gata del carpintero. El doctor Macklin y Tom Crean habían cuidado a los cachorros y lo lamentaron mucho; y el car­pintero «derramó una lágrima amarga». La verdad es que la gata podría habernos acompañado sin problema, si no hubiera sido porque, al no contar ya con la protección del barco, se la habrían comido los perros.
Los perros eran huskies de la provincia canadiense del Noroeste. Se cruzaban con lobos y muchos de los nuestros eran lobos puros. El más grueso pesaba unos cincuenta y dos kilos. Había que tener mucho cuidado con las muestras de afecto, porque si alguien daba unas palmadas o prestaba demasiada atención a uno en particular, los otros lo ataca­ban en un arrebato furioso de celos en cuanto nos marchá­bamos. Uno que se llamaba Steamer invirtió el proceso de forma bastante divertida: se entusiasmaba tanto si le daban unas palmaditas, que atacaba de inmediato a los perros que tenía más cerca. Mientras estuvimos en el hielo, las noches de luna lanzaban al unísono el aullido fúnebre de la mana­da, igual que sus antepasados, y su sonido reverberaba a gran distancia con un efecto muy melancólico.
Una vez hicieron una extraordinaria demostración de ese rasgo lobuno hereditario, y recuerdo la tremenda lucha que tuvimos que librar para salvar de sus fauces voraces a Satán, el jefe, mayor y más experimentado que los demás.
La elección del jefe es muy curiosa. Alguna que otra vez, lo elige su dueño por su excepcional sagacidad para encon­trar el camino en el hielo, pero es más frecuente que lo elijan los propios perros. El candidato a la jefatura se hace valer paseándose entre el grupo, enseñando los colmillos, con el pelo erizado y desafiando con un gruñido de su potente garganta a cualquiera que se atreva a responder. El más valiente se convierte siempre en su rival. Lo cual supo­ne una lucha a muerte, aunque en algunas ocasiones el más débil prácticamente grita «me rindo», echándose de espal­das y gimiendo. El vencedor vuelve entonces a pasearse del mismo modo entre los otros una y otra vez, tantas como sea necesario para acabar con todos los contrincantes. En cuan­to ha establecido así su dominio, sus poderes son grandes. Observa a la trailla con mirada de vicealmirante, y castiga sin piedad a los que no llevan bien la carga, ahorrando así a los hombres el problema de imponer disciplina.
Sin embargo, los huskies, igual que los lobos de los que descienden, están siempre dispuestos a atacar al jefe en cuan­to se debilita o envejece. Así que cuando los nuestros sos­pecharon que Satán ya no seguía siendo la misma fiera inven­cible, se unieron para atacarle, con el evidente propósito de elegir un nuevo jefe.
Aprovecharon la primera oportunidad, que se presen­tó un día que los soltamos para que hicieran ejercicio en el hielo. Se enzarzaron de inmediato en una lucha desafo­rada, gruñendo furiosamente. La nieve quedó salpicada de sangre enseguida. Tuvimos que meternos corriendo entre ellos, arriesgándonos a que nos mordieran, y golpearles la cabeza con los maderos que encontramos a mano, lo bas­tante fuerte para tumbarlos. Aunque sin duda el viejo Satán reconocía que su jefatura se acercaba al final, su espíritu indómito seguía siendo inquebrantable. Lo llevaron a su perrera aullando y debatiéndose para atacar a sus enemigos, dispuesto a luchar hasta el último momento.
Los perros de la expedición se comportaban bien con nosotros, pero hay que tener en cuenta que eran animales fieros y peligrosos, a los que había que obligar a obedecer a golpes a la primera señal de insubordinación; de lo contra­rio, la situación podía desembocar fácilmente en una cues­tión de la vida de un hombre contra la de ellos. Los cana­dienses advierten a los conductores de traíllas que no se tiren al suelo delante de los perros, porque entonces pueden mani­festar su atavismo y descuartizar literalmente a un hom­bre, sobre todo impulsados por el hambre. Aun así, nosotros los teníamos tan bien disciplinados que, en los buenos tiem­pos del Endurance, incluso celebrábamos carreras en el hie­lo, en las que apostábamos temerariamente la ración sema­nal de chocolatinas y cigarrillos. Recuerdo que, en cierta ocasión, el equipo de Wild ganó la carrera a la enorme velo­cidad de dieciocho kilómetros por hora. Pero ya no dis­frutábamos de aquellos esparcimientos. La vida se había vuel­to demasiado complicada.
Aparte de las pocas partidas de caza de focas que orga­nizamos, y del trabajo relacionado con el cambio de pla­nes y alguna que otra mejora de la ropa y el equipo de trans­porte en los trineos, para estar preparados en cuanto el hielo nos acercara a tierra, el tiempo se nos hizo muy largo duran­te ocho semanas. La crispación es inevitable cuando vein­tiocho hombres conviven apiñados, sometidos a la inactivi­dad en parte forzosa, sin nada más que hacer que contemplar la nieve y el hielo. La irritación de intentar ir al norte sabién­donos impotentes para luchar contra las inexorables leyes naturales o para acelerar el proceso aunque fuese un segun­do, acababa provocando un desgaste nervioso y los consi­guientes arrebatos de mal genio. Surgieron pequeñas cama­rillas y facciones, pero Shackleton desplegó el tacto y la diplomacia habituales en él para acabar con esa tendencia. Redistribuyó a los ocupantes de las tiendas con algún pre­texto que nada tenía que ver con el verdadero y recordó a todos que la unión hace la fuerza. Nunca se plantearon pro­blemas de lealtad a su jefatura.
Shackleton comprendía como nadie la actitud de los hombres entre ellos y hacia la expedición como un todo. Sabía lo mucho que un individuo o un grupo de individuos puede influir psicológicamente en los demás. Por lo tanto, casi insistía en la alegría y el optimismo; en realidad, su acti­tud era: «Hay que ser optimista».
Shackleton era un jefe excelente tanto por su capacidad ejecutiva como por lo bien que conocía a los hombres. Por ejemplo, cuando ordenó que prescindiéramos del peso superfluo, complació a Hussey, el meteorólogo, permitiéndole lle­var el banjo.Y muchas veladas aburridas se animaron con el alegre tañido del banjo de Hussey y con sus canciones, a las que nos uníamos todos. Hussey era un individuo muy inge­nioso y sus réplicas agudas eran de las pocas diversiones que nos quedaban. Muchas veces nos poníamos de acuerdo para provocarle, sólo por el placer de oír sus ingeniosas respues­tas; pero él siempre salía victorioso, por mucho que nos empeñáramos en vencerlo. Quienes no han vivido en un témpano de hielo flotante no pueden imaginar lo grata que es cualquier pequeña diversión; porque en la banquisa polar a la deriva, la monotonía es el mayor enemigo cuando no surge un peligro súbito ni hay que trabajar duro. Creo que la monotonía nos aterraba más que cualquier peligro real. En cuanto el carpintero terminó los trineos en los que transportaríamos los pesados botes con los materiales que habíamos rescatado del naufragio del Endúrame, esperamos impacientes a que Shackleton diera la orden de partida. Estábamos muy ilusionados con aquel viaje, porque creía­mos que los trineos serían nuestra salvación, y que llega­ríamos en ellos a la isla Paulet, donde Nordenskjóld había levantado una pequeña cabana hacía doce años. Cuando al fin partimos, ninguno podía prever la amarga decepción que nos aguardaba, ni saber que pasaríamos meses en la ban­quisa, a pocas millas de lo único que tanto nos animaba al salir entonces.
Las provisiones que habíamos recogido del Endurance eran de primordial importancia, sobre todo porque resulta­ría difícil organizar partidas de caza de focas mientras viajá­bamos .Yo había estado siempre atento a la aparición de focas, y para poder hacerlo bien habíamos construido una plata­forma al lado de la bandera del rey, desde donde registraba el hielo con los prismáticos varias veces al día, en teoría bus­cando sólo focas, pero, en realidad, también con la esperan­za de avistar algún territorio nuevo. Shackleton solía bur­larse de mi afición a la carne de foca. Sin embargo, nos animaba a cazar, pues reconocía que no sólo necesitábamos grandes cantidades para alimentarnos nosotros y alimentar a los perros, sino que además era vital para prevenir el escor­buto. El escorbuto había sido siempre el enemigo de los exploradores polares, y, gracias a sus métodos científicos y a su sentido común, Shackleton fue prácticamente el pri­mero en hacer largas travesías sin que nadie lo contrajera, lo cual, en mi opinión, es un logro incluso mayor que sus importantes descubrimientos geográficos.
En aquellas latitudes, el sol no sale durante diez semanas de invierno. Se acercaba entonces el verano, así que no se puso el sol en diez semanas. Esto supondría un respiro des­pués de las ventiscas invernales, pero también tendría sus inconvenientes, como descubriríamos enseguida. La nieve se ablandaba tanto que los hombres que intentaban caminar por ella se hundían hasta la cintura y se calaban hasta los huesos; y, como no teníamos suficiente tela impermeable para el sue­lo de las tiendas, el calor corporal fundía la nieve cuando dor­míamos y despertábamos en pequeños charcos.
Nos pusimos en camino el 23 de diciembre. Creíamos que no volveríamos a ver el campamento, y, antes de mar­charnos, deposité allí una botella con el corcho bien apre­tado, en la que Shackleton había metido una hoja de papel con la siguiente nota: «Endurance aplastado y abandonado en 69º 5 S y 51º 35 O. Partiremos mañana hacia el oeste.Todos bien. 23 de diciembre de 1915. E. H. Shackleton». La colo­qué en la popa del tercer bote, el Stancomb Wills, que nos vimos obligados a dejar porque sólo podíamos manejar dos.
Una vez más repetimos el procedimiento de dejar que los perros llevaran las provisiones en los trineos pequeños, mientras dieciséis hombres tirábamos de los dos botes, el James Caira y el Dudley Docker. Shackleton y Wild abrían la marcha, recortaban algunos cordones de hielo del cami­no y eliminaban las partes más altas y afiladas con zapapi­cos. Nosotros las reducíamos todavía más al pasar, haciendo a veces un pequeño cañón, hasta dejar una pista por la que podían pasar los botes. Resultaba siempre bastante peliagu­do salvar aquellos cordones de hielo, porque si volcaban los trineos, podía romperse un bote y no teníamos medio de repararlo.
Cada bote con su trineo pesaba más o menos una tone­lada. Era imposible arrastrar los dos botes a la vez, así que temamos que hacerlo por turnos, con lo cual, en realidad por cada kilómetro que avanzábamos habíamos recorrido tres. Después de la marcha lenta y difícil del primer día, Shackleton cambió la rutina, y, a partir de entonces, dor­míamos de día y viajábamos de noche, cuando el sol esta­ba más bajo y, en consecuencia, la nieve más dura.
Los días siguientes me asaltaron serias dudas sobre la posibilidad de seguir de aquel modo. El séptimo día, me vi obligado a decir a Shackleton exactamente lo mucho, o, mejor dicho, lo poco, que habíamos avanzado. Lo calculé por las observaciones, y comprobé que ¡habíamos recorri­do dieciséis kilómetros en siete días de esfuerzo agotador! Todavía nos encontrábamos a mil millas de las estaciones balleneras de Georgia del Sur y a trescientas de la Tierra de Graham. Shackleton ya sabía que habíamos recorrido un trecho insignificante, por supuesto; pero el simple hecho de ver confirmadas sus dudas con tan sorprendentes cifras fue una gran decepción.
—A este paso —dijo—, tardaremos unos doscientos días en llegar a la Tierra de Graham. Y no llevamos alimentos sufi­cientes para tanto tiempo. En realidad, sólo tenemos comi­da para un mes.
—Nos ayudaría un poco que se abriera el hielo —repu­se—, y no tardará mucho en empezar a hacerlo, si tenemos en cuenta la estación del año; entonces podríamos ir en los botes. Así avanzaríamos mucho más deprisa.
—Estoy de acuerdo —dijo Shackleton—. Seguiremos un poco más y, si no podemos hacerlo más rápido, tendremos que renunciar.
Cuando reanudamos el viaje en trineo aquella noche, encontramos hielo podrido, en avanzado estado de desin­tegración, y los trineos sobrecargados lo partían continua­mente. Shackleton comprendía el peligro que corrían los botes, que eran nuestra posibilidad de salir de allí, y tomó la prudente decisión de renunciar al plan de llegar de aquella forma a la Tierra de Graham. Hurley y él habían explorado hacia el sur y McIlroy y yo, hacia el norte, buscando una superficie en buen estado que nos permitiera rodear la de hielo quebradizo. Pero la suerte no nos acompañaba. Sólo se veía hielo caótico, por el que hubiese sido una locura intentar llevar los botes.
Los hombres recibieron con profunda decepción la orden de volver sobre nuestros pasos. Sabían que los condenaba a la mortal monotonía de la que con tanto gusto habían esca­pado, y que los días se sucederían de nuevo sin un momen­to de actividad. A pesar de lo duro e ingrato que había sido el trabajo, al menos les parecía un intento de salvarse y les había brindado lo que más apreciaban todos: la oportuni­dad de vivir una gran aventura.
Cuando habíamos retrocedido casi un kilómetro, elegimos el témpano más grande del entorno para instalarnos y lo bautizamos como «Campamento Paciencia». Decidimos hacer acopio de carne de foca para tener alimentos frescos y disponer de provisiones suficientes cuando llegara el momento de emprender la etapa siguiente. Shackleton había llegado a la conclusión de que lo mejor sería esperar y con­fiar en que el hielo fuera a la deriva hacia el norte.
Pocos días después, tuvimos la primera aventura con un leopardo marino. Lees, nuestro experto en motores, se había alejado del campamento en esquíes. Debo aclarar que, si bien los témpanos estaban muy apretados, en algún que otro punto los separaban estrechos canales de agua que con­tenían pequeñas acumulaciones y escombro de hielo que un individuo temerario podía surcar en esquíes. De esa forma se había alejado Lees unos tres témpanos de nosotros, una distancia aproximada de cuatrocientos metros. Y, de repente, Wild le vio aparecer corriendo como alma que lleva el dia­blo, perseguido de cerca por un leopardo marino. Esta espe­cie de foca es un hermoso animal muy feroz, de unos cua­tro metros de largo y pelaje beis con manchas de color castaño. Suele atacar a cualquier criatura que encuentre en la banquisa y, como se mueve reptando igual que una ser­piente por la nieve en la que un hombre a pie se hundiría hasta la cintura, su rapidez es muy superior a la de los huma­nos. A pesar de la superficie irregular, Lees advirtió el peligro que corría y consiguió sacar ventaja al animal. Este se zambulló una vez en un canal o vía de agua, nadó por deba­jo del témpano y emergió delante de él. Por suerte, Lees tuvo suficiente presencia de ánimo para salir corriendo en zigzag, ante lo cual, el leopardo repitió la maniobra anterior. Pero Wild ya había agarrado su escopeta y corría a ayudar a Lees, insultándolo a voces por su insensatez. El leopardo marino reconoció entonces un elemento nuevo en la situación, se concentró en Wild y se lanzó hacia él con la boca abierta. Wild esperó tranquilamente, dejando que se acercara hasta pocos metros y lo derribó de un tiro en la cabeza.
Acudimos todos enseguida a arrastrar la foca al cam­pamento y trocearla para la comida. Medía más de tres metros y medio, era un animal esbelto y grácil, con un hocico cruel de labios finos y unos colmillos formidables en el centro de las quijadas, que le daban un aspecto curiosamente prehis­tórico a pesar del hermoso pelaje. Se hizo evidente que era un animal peligroso por el hecho de que encontramos en su estómago grandes bolas de pelo de casi ocho centíme­tros de diámetro: los restos de las focas cangrejeras que había devorado. Todas las bolas eran de pelo y no de piel, por lo que sus víctimas no habían sido simples crías. No me extra­ña en absoluto que semejante animal diera origen a las his­torias de las serpientes marinas, pues, visto a cierta distan­cia, asomando tres o cuatro palmos del agua, estirando y replegando la cabeza (un movimiento característico), más parecía serpiente que mamífero.
No teníamos medio de curar la piel del leopardo mari­no, pero la raspamos y la limpiamos lo mejor posible y la colocamos debajo de la lona del suelo, con algunas pieles de focas cangrejeras, confiando en que impidieran que el agua se filtrara en los sacos de dormir.
A propósito de los leopardos marinos, veo que en mi diario figura la siguiente anotación pocos días después: «Han subido al témpano siete pingüinos adelia y, después de hacer ejercicios media hora, uno dio una breve plática, tras lo cual, otro montó guardia en un montículo y los demás se dur­mieron». Recuerdo que pensé entonces que sin duda la plá­tica versaba sobre los peligrosos leopardos marinos que podrían estar al acecho, advirtiendo al centinela que estuvie­ra muy alerta.
Esto puede parecer exagerado, pero los pingüinos son extraordinariamente humanos en sus costumbres. El empe­rador, por ejemplo, casi siempre hace una venia cuando se acerca, y todos parecen tener un complejo sistema de vida comunal, como demostraba el hecho de que uno se que­dara casi siempre de guardia mientras los otros dormían.
Llevábamos varias semanas alimentándonos de carne de foca y de pingüino, cuando la situación empeoró de pron­to y ya no encontramos más. Sin duda habían emigrado a otras latitudes. El resultado de ello fue una grave escasez de alimentos, y pasamos semanas con cuatrocientos gramos escasos de comida al día. Eso nos debilitó considerablemente, privándonos de los medios de combatir el frío, y mientras que al principio de la deriva en el hielo podíamos alzar uno de los botes en el trineo entre ocho, al final sólo lo conse­guíamos entre los veintiocho.
Precisamente cuando nos encontrábamos en ese estado de debilitamiento, nos despertó una noche una conmoción tremenda, una mezcla de sonidos extraños y desconcertan­tes. Salimos de las tiendas y vimos miles de pingüinos ade-lia que habían llegado al campamento en su curso migra­torio. Cubrían kilómetros y kilómetros de nieve en todas direcciones. El efecto resultaba extrañísimo. La superficie nevada parecía llena de centenares de hombrecillos atavia­dos con frac, como sugiere siempre el plumaje blanco y negro de estas aves. Resultaba casi increíble, y enseguida comprendimos que también era muy grato, pues suponía alimentos frescos y provisiones de reserva. Cazamos tres­cientos en un día. La carne nos procuró fuerzas nuevas, y recuperamos la energía en poco tiempo.
Yo había intentado convencer a Shackleton de que recu­peráramos el bote que habíamos dejado en el campamento anterior, insistiendo en que era muy importante; y al fin, un día excepcionalmente bueno, organizamos una partida para ir a buscarlo. Me alegré mucho, porque así ya teníamos botes suficientes para embarcar los veintiocho cuando llegáramos de nuevo a aguas libres.
Ésa fue la última tarea importante en la que nos ayuda­ron los perros. Llegó luego el triste día en que hubo que sacrificarlos a todos menos a una trailla, para ahorrar ali­mentos.
En ese período, la monotonía resultaba espantosa. Menos mal que yo había recuperado tres barajas del Endurante antes de que se hundiera. Una era de Shackleton, lo cual no me impidió regalársela en un despliegue de generosidad seño­rial, que él me agradeció muchísimo. Di otra a los mari­neros y me reservé la tercera para mi tienda. Aquellos nai­pes resultaron un don del cielo. Una vez calculé que valían dos libras cada uno para nosotros.
Cuando no estábamos jugando o remendando la ropa, pasábamos las veladas en interminables discusiones, en su mayoría por nada en particular. El siguiente incidente demuestra el estado de ánimo de algunos marineros, que una noche se excitaron tanto discutiendo sobre moneda (¡sorprendente!) que buscaron esa entrada en uno de los pocos tomos de la Enciclopedia Británica que habíamos conservado, porque contenía información muy valiosa. Según la enciclopedia, ambas partes se equivocaban, ante lo cual declararon conjuntamente que «el libro no era bueno».
La velocidad de la deriva aumentó gradualmente hacia el norte y se veía alguna que otra ballena asesina. Estos anima­les tienen la costumbre de fisgonear a la orilla de los témpanos, recorriendo con sus ojillos malignos el entorno en bus­ca de focas. Si las localizan en un témpano que no sea dema­siado grueso, lo alzan y le dan la vuelta para tirar las focas al agua. Una vez arponearon a una de esas asesinas y cuando la abrieron encontraron los restos de doce focas y catorce mar­sopas, así que no cabía la menor duda de que devorarían a un hombre si se les presentaba la ocasión. En realidad, ocurrió después en las Oreadas del Sur, unas cuatrocientas millas al norte de donde nos encontrábamos entonces.
El último día de marzo, regresábamos al campamento con setenta y cinco pingüinos adelia que habíamos matado, cuando los témpanos se abrieron y dieciocho hombres que­damos separados del campamento. El tercer oficial Cheetham y yo cruzamos en un bloque de hielo el canal de agua hasta donde Shackleton nos había tirado una cuerda, que sujetó alrededor de un montículo. Agarramos el cabo y retro­cedimos, elegimos un témpano más grande y reunimos en él al resto de la partida, con el trineo y los pingüinos. Enton­ces oímos el resoplido de una orea a menos de cincuenta metros.
Tiramos de la cuerda con fuerza pensando en el riesgo que corríamos. La ballena asesina podía alzar el témpano en cualquier momento y tirarnos a todos al agua, tras lo cual devoraría a los que cayeran más cerca. Pero el peligro era demasiado inminente para permitirnos asustarnos: es curio­so, pero en situaciones de emergencia casi nunca tenemos miedo; siempre reaccionamos después. En el momento, todos los nervios responden a la necesidad de actuar con rapidez. La orea resopló de nuevo: un poco más cerca esta vez, y el témpano duplicó la velocidad.
Cuando estábamos a unos tres metros escasos de la banquisa a la que queríamos llegar, nuestro témpano se detuvo en seco, debido al hielo suelto que había entre la banquisa y nosotros. Pero ese espacio fue rápidamente cubierto por el trineo, y nos pusimos todos a salvo saltando por encima. Qui­zá normalmente no apreciásemos mucho un témpano de hielo; pero entonces el nuestro nos pareció el hogar per­fecto: sólido y seguro. Volvimos a ver un par de veces a la ase­sina antes de que se desviara en busca de otra presa. Nos pare­cía un verdadero monstruo, de más de nueve metros de largo y varias toneladas de peso, según mis cálculos.
A raíz de ese incidente, Shackleton se preocupaba toda­vía más cuando alguien se alejaba del campamento en bus­ca de caza.

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