La aventura de viajar

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Javier Reverte narra sus mejores viajes desde la infancia hasta la actualidad; como niño, como turista, como enviado especial, como periodista, como escritor…

Un libro de recuerdos e impresiones que ofrece una semblanza intimista del viajero impenitente. Por sus páginas desfilan los escenarios geográficos más variados, junto con una galería de personajes de toda condición: políticos, periodistas, anónimos habitantes de los más remotos países… Ese paisaje físico y humano de una filosofía de la vida que tiene el viaje como centro.

ANTICIPO:
Yo apenas había viajado hasta que comencé a ejercer el oficio de periodista. Y lo cierto es que no sentía una especial vocación por ser informador. Pero decidí dedicarme a ello porque una buena parte de mis familiares lo eran, incluidos mi padre, mi abuelo y tres de mis tíos, y también porque pensaba que era el oficio que más se parecía al quehacer del escritor. En mis años de estudiante universitario tampoco tenía una clara voluntad de ser viajero ni había pensado nunca en escribir un libro de viajes— A los veinticuatro años, no había pisado un país extranjero, ni siquiera las vecinas Francia y Portugal. Y de pronto, a esa edad, crucé la frontera. Desde ese día, no he cesado de hacerlo. Fue el periodismo quien me hizo viajero. Y ejerciendo un oficio que no me interesaba demasiado, me transformé en algo que no tenía previsto ser. Después, mis libros de viajes, que surgieron en forma natural, me permitieron convertirme en un escritor que vive de sus libros, algo que sí que soñé alcanzar hasta donde llega mi memoria. La vida, en ocasiones, da extrañas vueltas antes de llevarte al sitio al que pretendías arribar. Los libros de viajes me han abierto la puerta para la publicación de mis novelas y poemarios.

La primera vez que me subí en un avión quizás tema veintiuno o veintidós anos. Era un verano y yo hacia prácticas de periodismo en una agencia de noticias. El director me envió a cubrir una información sobre una especie de feria de muestras de maquinaria agrícola que se celebraba en Barcelona De las crónicas que envié desde la ciudad durante los tres días que permanecí allí, ni una sola se cursó a los periódicos, no sé si porque eran muy malas o porque el asunto carecía de importancia ¿A quién iban a interesarle, entre el gran publico, los avances en la tecnología de los ingenios de labranza y los últimos modelos de tractores y segadoras?

No tengo ni la menor idea de lo que pude escribir a propósito de tan apasionante evento. Pero si guardo fresco en la memoria aquel avión de hélice, destartalado y matusalénico en el que hice mi primer viaje aéreo, allá por 1965 o 1966. Mientras despegábamos, el avión crujía y chimaba, amenazando con escacharrarse de un momento a otro. Después, cuando tomamos altura, nos atrapó una tormenta y nos llevó en sus brazos hasta Barcelona, sumergidos en un salvaje y continuo zarandeo que duro más de dos horas. Aterrizamos dando tremendos botes sobre la pista, como si el aeroplano llevase dos grandes balones en el lugar de las ruedas. Casi todos los pasajeros descendieron mareados del aparato y huyeron despavoridos hacia la salida A mí me sucedió al revés: mi organismo no se resintió lo más mínimo de aquel baile desaforado y, no sólo no sentí ni una pizca de miedo, sino que me quedé encantado. ¡Era maravilloso volar! En los anos siguientes, he sufrido peripecias mucho peores en los múltiples vuelos que he tenido que tomar. Y como entonces, jamás he percibido temor alguno en mi ánimo. Creo que siempre me acomete la misma sensación cada vez que un avión empieza a desplazarse por los cielos como un caballo enloquecido: que si ha llegado la hora de morir, mejor es que tan grandioso acontecimiento de mi vida se inicie en la imponente altura de tos cielos, antes que en la insípida y mezquina habitación de un hospital. Hay que procurar darle a la propia biografía un cierto sabor épico.

Cuando tenía veinticuatro años, pocos meses después de casarme, salí por primera vez al extranjero. Mi esposa y yo recorrimos Inglaterra, Francia e Italia utilizando trenes, durmiendo en albergues baratos y comiendo porquerías, porque el presupuesto no daba para más. Un año después, viajamos a Turquía y Grecia, y unos meses más tarde, en el verano de 1971, fui nombrado por el director de mi periódico corresponsal en Londres. Transcurridos dos años, me trasladaron a París y, en 1976, regresé a España.

Dejando a un lado las primeras escapadas al extranjero, a las que casi podría calificar como garbeos culturales (me hinchaba a ver museos), creo que los viajes, los no relacionados directamente con mi oficio de escritor de libros, han tenido motivos muy diversos: los que realicé para revistas especializadas en turismo; los de contenido social o político encargados, en general, por diarios o revistas semanales; los que me llevaron a países en guerra; aquellos en que fui acompañando a presidentes de Gobierno y a los Reyes de España; algunos encuentros de corte cultural con escritores, y los viajes para elaborar programas y crónicas de televisión.

Hubo un tiempo en el que, por problemas para encontrar otro tipo de trabajo en prensa, tuve que refugiarme en lo que podría llamarse «periodismo turístico». Realicé reportajes para varias revistas especializadas y no me pagaban mal para los tiempos que corrían. No es un periodismo que me guste —a decir verdad, creo que lo odio—, pero es cómodo y muy fácil de hacer. Te limitas a viajar y a describir, con ciertos tonos líricos, los paisajes y las ciudades. Y como los directores de las revistas del ramo quieren que con tu texto animes a la gente a viajar a los lugares que visitas —a menudo esos desplazamientos los pagan las oficinas de turismo de los diferentes países, las compañías aéreas o las agencias mayoristas de turismo—, pues cuando escribes debes mantener un tono festivo.

Éste es el tipo de periodismo en el que más abundan mayor número de tópicos de lenguaje y existen menos posibilidades de hacer un buen trabajo. Pero me vino bien ejercerlo para conocer lugares como Amberes, Amsterdam, el sur argelino, la República Dominicana, Costa Rica, Costa de Marfil y otros cuantos sitios de proyección turística. Me las arreglé para narrar con cierta dignidad cuanto vela, esquivando la tentación del tópico, y juro que jamás empleé la palabra «mágico» ni la expresión «marco incomparable». No obstante, fueron viajes que apenas me dejaron huella. A lo largo de mi vida, sólo conservo recuerdos vivos de aquellos lugares que han tocado de alguna manera mi corazón.

No obstante, uno de esos viajes, en el ano 2004, se convirtió en uno de los más extraordinarios de mi vida. Y conste que utilizo la palabra «extraordinario» en su preciso sentido: lo que se sale de lo ordinario, sea para bien o sea para mal.

Se trataba de embarcarme en el que por entonces era el mayor barco de pasajeros del mundo, para realizar un crucero entre Río de Janeiro y Miami, con escalas en algunas islas del Mar de las Antillas. Acepté la oferta de embarcarme en aquel megacrucero porque nunca antes habla participado en una navegación de ese tipo y porque, a veces, respondo afirmativamente a una invitación de viaje por el mero placer de romper los hábitos de la vida cotidiana.

Además, me encandilan los barcos. Y me apasionan hasta tal punto que, cuando los veo atracados en los muelles y criando bajo el casco todo tipo de mugre por falta de uso, no pienso sólo en el derroche de días de aventura y de libertad que supone tener un barco pegado a la tierra, sino que el hecho me parece, sobre todo, una obscenidad. En El espejo del mar, Joseph Conrad escribió: «Un barco en una dársena, rodeado de muelles, tiene el aspecto de un preso meditando sobre la libertad con la tristeza propia de un espíritu libre en reclusión».

Así que me embarqué con un estupendo fotógrafo, Juan Echeverría. Después de trece días de navegación, regresamos a España en avión, desde Miami, y elaboré un texto algo frió y no muy largo para la revista que me encargó el reportaje. Creo que el reportaje resultó correcto, pero lo mejor de aquellos días de navegación se quedó en el tintero.

Yo quería sentir la experiencia de algo sobre lo que ignoraba casi todo. Pero estaba tan lejos de saber lo que era viajar a bordo de un crucero de lujo que, incluso, pensaba que los pasajeros tendríamos que dormir en camarotes colectivos, distribuidos en literas. Decidí no llevar esmoquin, a pesar de que lo aconsejaban en el librito de instrucciones que nos entregaron a los viajeros junto con el billete. Juan hizo lo mismo. Y ahora creo que los dos cometimos un error. Mejor que eso: estoy seguro de que nos equivocamos.

Recuerdo la llegada a la nave, a primera hora de la tarde, en un puerto del norte de Río de Janeiro. Finalizaba el mes de febrero y el viaje era el tercero o el cuarto que realizaba aquel gigantesco buque desde su botadura. Los viajeros formábamos dos largas colas para entrar por dos pequeñas puertas abiertas en el casco, a las que se llegaba subiendo por estrechas pasarelas. Había un buen número de pasajeros en silla de ruedas— Y la gran mayoría de las personas que hacían cola eran mayores que yo. Así que podía sentirme un hombre joven, a mis cincuenta y nueve años de edad, a bordo de aquella nave habitada en su mayoría por septuagenarios.

Me encontraba guardando tumo en la cola mientras Juan hacía fotos y reparé en la mujer situada delante de mí. Tendría una edad cercana a los setenta anos, pero a golpe de operaciones estéticas, aerobio, cremas, tintes y pinturas, lograba mantener un aspecto ágil y jovial. Le oí decir algo para sí misma en español, le pregunté si era compatriota y al momento pegamos hebra. Era catalana, se llamaba Margot y, en cierto modo, acabaría por ser algo así como mi hada madrina durante la navegación.

Margot conocía bien la nave, pues había figurado entre los pasajeros del viaje inaugural, el mes anterior. No habíamos cruzado más allá de tres o cuatro frases cuando me soltó de sopetón:

—Me encantan los cruceros y me encanta comprar. Siempre subo a bordo con sesenta o setenta kilos de equipaje y bajo con casi quinientos. A estas alturas de mi vida, mis orgasmos son el shopping.

Tomé aire antes de responder:

—¿Y qué compra?

—Pues todo lo que encuentro de valor en los puertos donde hacemos escalas. No tengo hijos, pero sí muchos sobrinos.

Y cuando regreso a España, me reciben como a Mamá Noel. ¿Ve a esa gente? —añadió señalando a los pasajeros que nos precedían—. Casi todos son norteamericanos y la mayoría millonarios y se hinchan a comprar. En estos viajes se compra muchísimo, es a lo que venimos ¿Usted es millonario?

—No; soy escritor.

Guardó un instante de silencio.

—¿Y de qué escribe? —preguntó.

—Hago novelas, viajes, poesía…

De inmediato pasó a tutearme:

—Ya me parecías…, un poeta—agregó mirando mi ropa.

Me sentía un poco humillado.

—Viaja poca gente joven en estos barcos —respondí, tratando de irritarla un poco.

—En los cruceros de lujo, la media de edad está entre los setenta y cinco años y la muerte —concluyó Margot con aplastante seguridad.

Entramos al fin en la barriga del gigante. Un mayordomo nos entregó, a cambio del pasaporte, lo que habría de ser nuestro identificador y caria de pago: una sencilla tarjeta parecida a las de crédito, con fotografía de carnet estampada en una esquina, que servía también como llave de la puerta del camarote. En los megacruceros, todos los gastos están incluidos en el precio pagado al contratar el viaje, a excepción de las bebidas alcohólicas, el juego en el casino y los artículos de venta en las tiendas libres de impuestos. El dinero no se usa. La tarjeta que te entregan al subir a bordo actúa como única moneda. El día del desembarco firmas el montante total de gastos con cargo a una de tus tarjetas de crédito, te devuelven el pasaporte y «see you later, alligator».

A Juan y a mí nos asignaron un camarote doble de categoría media en la cubierta número 4, mientras que Margot tenía reservada una suite individual en la lujosa cubierta número 10.

—Soy una viuda rica y alegre; ¿para qué sirve el dinero?—me explicó con una encantadora sonrisa.

Luego agregó:

—¿Quieres que tomemos una copa a eso de las siete en un bar de la cubierta dos? Es uno tipo pub inglés, muy mono.

Nuestro camarote daba a la banda de estribor y contaba con una pequeña terraza abierta al mar. Contenía dos camas grandes, un escritorio, un aparato de televisión y otro de radio, armario para la ropa y un baño con ducha y retrete. Más o menos, podría parecerse a la habitación de un hotel de lujo, pero algo más pequeño y, desde luego, más funcional. Los sistemas de desagüe de los váteres, en estos megacruceros, funcionan por succión, esto es: aprietas un botón de la pared y, al instante, tienes la impresión de que una aspiradora potente y ruidosa absorbe todo el contenido de la taza en breves segundos. Leí en cierta ocasión, en un libro divertidísimo de un tal David Foster Wallace sobre un crucero por el Caribe, que una pasajera accionó el mecanismo mientras estaba todavía sentada y fue succionada con tal fuerza que sus nalgas quedaron atascadas en el agujero del desagüe. Hubieron de acudir a librarla de la trampa los fontaneros del barco, y el marido de la infeliz, para aliviar su vergüenza y salvar su pudor, previamente a la llegada de los operarios la cubrió con un ancho sombrero mexicano de paja que había comprado en el puerto de Cancún.

Leyendo el libro, me sentía incapaz de reprimir la risa imaginando a la mujer hundida en la taza, mientras su rostro empavorecido y sus pies pataleantes asomaban por debajo del ala del sombrero charro. Uno de los fontaneros, según Wallace, comentó al atribulado marido que desatascar a la señora sería una tarea relativamente fácil, pero que sacar al mexicano supondría un problema mayor, ya que estaba atrancado con ella, porque liberar a dos personas al mismo tiempo resultaba bastante más complicado que hacerlo con una.

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33 Opiniones

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  • Frau Hesselius
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    Porque ahora estoy muy liada, pero si no, este libro de Javier Reverte, La aventura de viajar, cae fijo. ¡Qué divertido es el texto de adelanto que habéis metido del crucero de lujo con los aligator! ¿Y eso no lo metió en el reportaje que le mandaron hacer para una revista de viajes? ¡Pero si es buenísimo!

    Gracias al que haya picado el texto.

  • Pluto
    on

    En unos grandes almacenes, junto al libro regalan un cd con música que es supuestamente la favorita de Reverte. La primera canción se titula El viaje, y la letra es del propio Javier Reverte, un fragmento:

    "La vida es siempre un viaje

    y viajar es bailar,

    siempre querer partir,

    nunca querer llegar.

    Ligero de equipaje

    cada día nací,

    yo no hice el viaje

    el viaje me hizo a mí."

  • Frau Hesselius
    on

    ¿Con letra suya? ¿Y de quién ha puesto música a la canción?

  • Pluto
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    Un grupo llamado El combo Linga.

  • Frau Hesselius
    on

    ¡Menudo nombre! Puede entenderse también como El "Con Bolinga".

    Por curiosidad, que a mí lo de la música en los viajes me parece fundamental, ¿qué otras canciones incluye el CD? Es por ver si nos gusta el mismo tipo de música.

  • Pluto
    on

    Lucy in teh sky with diamonds, Beatles

    Blowin´in the wild, Bob Dylan

    Help me make it throught the night, Kris Kristofferson

    Tiempo de partir, Eduardo Falú

    The wild Rover, Dubil City Ramblers

    Against the wind, Mysia

    Die Moldau, Smetana

  • Pluto
    on

    Perdón:

    The wild Rover, Dublin City Ramblers

  • Frau Hesselius
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    ¡Vaya! Eso son grupos y cantantes que a él le gustan y que seguro que se lleva en los viajes. Me esperaba canciones árabes, africanas, indias, algo caribeño o de Sudamérica… Hubiese sido más bonito.

    Del libro no me he leído aún demasiado. El capítulo del crucero de lujo con ancianitos de medio mundo. Me parece buenísima esa frase que dice una alegre y millonaria viuda catalana: "En los cruceros de lujo, la media de edad está entre los setenta y cinco años y la muerte".

    Claro, que el resto de los diálogos con esa señora, que le sirven estupendamente a Reverte para ilustrar ese tipo de viajes, no tienen desperdicio. Perlas de la señora:

    "Yo no leo a la gente que siempre lleva la boina puesta (Reverte le había preguntado si había leído a Pla). Pero mi marido sí que lo leía, por cuestión de negocios. Mi esposo era editor y tenía los derechos en español de muchos de los libros extranjeros que, en los años cincuenta y sesenta, se vendían como churros en España. Por eso soy millonaria, por la literatura, aunque no me guste mucho leer".

    "Yo ceno en la mesa que preside uno de los oficiales. Es de Irlanda y suele estar borracho antes de que comience la cena. Le llamo el "bolinguilla". La ventaja de cenar en las mesas de los oficiales es que las bebidas alcohólicas son gratis".

  • Pluto
    on

    Vaya con la viuda literaria.

    Sobre la música que escucha Reverte en sus viajes dice:

    "Algunas veces canciones que tienen algo que ver con el lugar en que estoy. Otras, melodias de la infancia, porque viajar me devuelve muchas veces el niño que fui. Y en fin, en ocasiones baladas que hablan de la ausencia y del amor lejano".

  • Pluto
    on

    La crónica del crucero y la millonaria catalana no tiene desperdicio. Hay novelas que tienen menos perspicacia y humor que este capítulo:

    "dada la avanzada edad de la mayor parte del pasaje, había en las bodegas del barco una cámara frigorífica para conservar los cadáveres de gente que moría a bordo". Nunca me hubiera imaginado un detalle tan sórdido en un crucero de lujo.

  • FRau Hesselius
    on

    No es un detalle sórdido, sino previsión. ¿Te imaginas si no la tuvieran? Porque aunque esos barcos hagan escalas cada dos días o así, menudo marrón llevar un cadáver a bordo, o varios. Y encima por el Trópico.

    En Mares Tenebrosos, una antología de relatos de terror de Valdemar, aparece la historia de una viuda que se empeña en llevar el cadáver de su difunto marido desde el Indico hasta Inglaterra, creo. Como los marineros son muy supersticiosos, el capitán se niega a llevar el ataúd a bordo por no tener una revuelta. Entonces se le ocurre un original sistema para trasladar los restos del fallecido.

  • Pluto
    on

    Muy típico de Frau Hesselius, crear espectación y luego dejarte en suspenso esperando el resto de laa historia. Por favor, cuenta cual era ese "original sistema" paara trasladar el cadáver.

  • FRau Hesselius
    on

    Lo siento: si quieres te lo cuento por mensajería interna, pero no me voy a dedicar a destripar cuentos y libros, aunque a veces lo haya hecho inconscientemente.

  • Pluto
    on

    Tienes toda la razón.

  • Pluto
    on

    Me está gustando este libro de Reverte. Pensaba que solo sería una colección de anécdotas deshilvanadas, pero el autor sabe darle sentido a cada uno de sus recuerdos poniéndolo en el contexto en que cobra más significado.

    Por ejemplo: cuando habla del asombro que en el viajero causan las carrteras africanas, llenas de profundos surcos en el asfalto, con camiones sobrecargados renqueando, parsimoniosas acémilas portando fardos, conductores infames que se juegan su vida y la tuya conduciendo temerariamente, vehículos averiados en las cunetas siempre con un atareado nativo hurgando en el motor en busca de la solución, pensiones con servicios apestosos y camastros repugnantes,… y añade: "Así era España hasta casi ayer mismo y mucha gente parece haber perdido la memoria de los paisajes de entonces".

  • Frau Hesselius
    on

    Y tanto. En la biblioteca de mi pueblo, por ejemplo, no hay libros de Javier Reverte, con la excepción de una biografía que escribió a medias con otra persona: Soldado sin fortuna.

    Sin embargo, he comprobado que gusta, y mucho, entre la gente que lo ha leído. Siempre se aprecia una mirada sabia, serena y peleada con cualquier artificio.

    En La aventura de viajar creo que merece mucho la pena leer sus reflexiones sobre la evolución de la profesión periodística y sobre el estilo literario.

  • Frau Hesselius
    on

    Perdón, la biografía que he mencionado es Soldado de poca fortuna.

  • Iris
    on

    Me interesa el periodismo. Me gustaría que me recomendaras libros sobre periodistas Frau Hesselius, o quien quiera hacerlo, please.

  • Frau Hesselius
    on

    Territorio comanche, de Arturo Pérez Reverte (perdón, no me funcionan las negritas y las cursivas).

  • Pluto
    on

    La aventura de viajar, de Javier Reverte.

  • Frau Hesselius
    on

    Por supuesto. También tengo debilidad por Hasta aquí hemos llegado, de Enrique Meneses. Es un periodismo que ya no existe (Reverte explica muy bien por qué en ese libro que ha mencionado Pluto), pero las aventuras de Meneses eran divertidísimas.

  • Pluto
    on

    No he leído Hasta aquí hemos llegado, aunque lo he visto en las librerías.

    De Menesses leí Escrito en carne, que es del mismo estilo, una especie de autobiografía a partir de sus reportajes.

    Es un periodista sensacional, lleno de valor, comenzó como periodista con una simple cámara de fotos, y se fue a Egipto. Allí se hospedaba en un barco cochambroso que servía de hotel flotante, y tuvo la fortuna de que el barco se hundió una noche. Sus fotos sobre el naufragio le reportaron sus primeras ganancias como periodista.

    También estuvo con Castro y los barbudos en Sierra Maestra durante semanas, conoció el Egipto de Nasser en profundidad, incluso viajó al Sudán para resolver un asesinato al más puro estilo de detective privado.

  • Frau Hesselius
    on

    Bueno, yo conocía el motivo de otro viaje suyo a Sudán: encontrar a una nativa espléndida que habían visto él y sus amigotes de El Cairo, o de Alejandría, ahora no recuerdo, en una revista. Memorable.

  • Pluto
    on

    Ése viaje en busca de laa mujer perfecta a la que su amigo solo había visto en foto se halla también en Escrito en carne. Una historia genial.

  • jinete del salario p
    on

    Un libro también interesante de Meneses es:

    África: de Cairo a Cabo.

    Y a sus 77 años sigue vivito y coleando, y tan mordaz y punzante como siempre, poedis consultar muchos artículos suyos recientes en su bitácora:

    http://meneses.pitas.com

  • Frau Hesselius
    on

    Ya encontré una explicación para el título del disco que incluyó Reverte con La aventura de viajar, y del que hablábamos al principio del hilo: en otro libro anterior, Vagabundo en Africa, el último capítulo se titula Viajar es bailar. Al parecer, eso es lo que sostienen los miembros de una tribu africana, los chichewas.

    Una cita de las que le gustan a Soyunactorporno:

    "Ese es el ritmo de Conrad y de todos los grandes escritores: danzar dándole la espalda al miedo, seguir adelante sin temor, escribir sobre lo que despierta tu pavor y al mismo tiempo aviva tu fe en los hombres, hurgar en lo desconocido con el dedo de la audacia. ¿Acaso hay algo más libre que bailar?"

    (Y así se acaba Vagabundo en Africa).

  • Soyunactorporno
    on

    El baile es la expresión vertical de un deseo horizontal.

  • Vengador
    on

    Da gusto leer a Javier Reverte.

    Escribe con un enorme dominio del lenguaje, y al mismo tiempo lo hace con naturalidad y precisión. Entre esto y su vitalidad sus libros acaban rebosando viveza aún en los momentos más peliagudos.

    Aquí hace una recopilación de sus distintas etapas como viajero: de invitado en un transatlántico de lujo, como corresponsal político, como corresponsal de guerra, realizando reportajes de viajes y, ya por último, por su cuenta. Con este bagaje es obvio que tiene un anecdotario jugoso que cuenta con gracia y bastante elegancia (muy distinto del otro Reverte, Arturo Pérez, tan dado a usar algún que otro libro como vendetta personal. Recuerdo la retahila de veneno que soltaba el hombre contra Ángela Rodicio en Territorio Comanche, curiosamente sin explicar los motivos de tanta tirria). Especialmente desternillantes me han parecido sus peripecias acompañando a presidentes y reyes, aunque todos los capítulos tienen su miga.

    En resumen, una lectura muy recomendable incluso para quien no sea especialmente amante de los libros de viajes.

  • Frau Hesselius
    on

    Tantos meses conviviendo con las seguidoras de Crepúsculo han terminado por afectarte: ya había un hilo abierto para La aventura de viajar.

    Pero estoy de acuerdo en todo lo que has escrito. Es un libro cojo***** y muy divertido.

  • Palmira
    on

    ¿Un libro cojo? Me parece que por aquí anda más de uno/una afectados por las malas artes taquigráficas de las asiduas al crepúsculo, Frau Hesselius.

    Animada por los elogios que recibió este libro en el foro hace unas semanas lo he leído este puente y puedo decir que me ha gustado bastante. Es una lectura entretenida y amena.

  • gandalin
    on

    Acabo de terminar este libro de Javier Reverte. Prácticamente es un repaso de toda su vida de viajero en las diferentes situaciones en que le tocó viajar: Como periodista de prensa para cubrir visitas oficiales, comp reportero de guerra, como freelance y como simple viajero.

    La prosa irónica de Reverte sigue siendo igual de envolvente y cada pasaje es una invitación a viajar a el lugar que describe sobre todo porque explora como nadie el lado humano de las cosas y esa visión humilde del auténtico viajero que se siente ciudadano del mundo y con derecho a explorar otros países y otras culturas bajo la mirada silenciosa de quien lo graba en la retina y luego lo cuenta.

    Pocos como él actualmente para captar los colores de la miseria, las diferencias religiosas, la hospitalidad y , porque no, el peligro de este mundo del que conocemos muy poco y para el que gente como Reverte nos es fundamental para animarnos a vivir lo que de aventura tiene todo viaje. Abajo los viajes organizados !!! . Viva la mochila !!

    JC

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