La aventura mexicana del General Prim

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El 31 de octubre de 1861, Gran Bretaña, Francia y España firmaron en Londres un tratado para intervenir conjuntamente en México –país que acababa de suspender el pago de la deuda externa durante dos años y de expulsar al embajador español–, con la intención de salvaguardar sus intereses económicos y la seguridad de sus ciudadanos, y con el propósito explícito de «no ejercer en los negocios interiores de México influencia alguna capaz de menoscabar el derecho que tiene la nación para escoger y constituir la forma de su gobierno».
Apenas dos meses después de la firma de este acuerdo llegaba a Veracruz quien por entonces, tras la Guerra de África (1859-1860), era ya el militar español de mayor prestigio. Sin embargo, la situación con que se encontró era muy distinta a la que el Gobierno le había anunciado, y las relaciones con las tropas británicas y sobre todo francesas fueron muy diferentes a las que el tratado de Londres permitía augurar.
Sin dejar de lado su pericia castrense, Prim sorprendió al mundo manifestándose como un habilidoso diplomático capaz de atemperar el deseo de los franceses de instaurar a sangre y fuego una monarquía en México, convencer a las autoridades americanas de que no tenía ninguna intención de ocupar territorios y, no menos importante, evitar que los convulsos acontecimientos que vivía Centroamérica en esos meses se lo llevaran por delante.

ANTICIPO:

EL MÉXICO DE 1861-1862
AQUEL MÉXICO EN EL QUE desembarca Prim el 8 de enero de 1862 es relativamente conocido por el general.
Aunque queda algo lejos su mandato en Puerto Rico (1848), Prim conoce toda el área geográfica, sigue con atención la evolución de la guerra civil en Estados Unidos. Influye en este conocimiento la relación que inicia con la que será su esposa, Francisca Agüero, en los círculos influyentes del París de Napoleón III y Eugenia de Montijo y que se consolida cuando casa con ella en la iglesia de la Madeleine parisiense el 3 de mayo de 1856.
Demostrará sus conocimientos sobre la República Mexicana en su intervención en el Senado el 13 de diciembre de 1858, rebatiendo parte del discurso de la Corona. Prim demuestra que es quien más sabe sobre el país azteca, quien más intuye su futuro, quien más respeta su soberanía, buscando el acuerdo, la relación, la normalización de la situación. Pero la votación es contraria a las enmiendas presentadas por el general.
Quienes no saben nada de México o simplemente saben menos que él, votan en contra de su proposición con aplastante mayoría.
En mi opinión, el México de 1862 es el resultado de una emancipación de España hecha a borbotones, pero sobre todo fruto de un conflicto que marcará enormemente su existencia como pueblo y que procede del impulsivo, agresivo y ambicioso vecino del norte, Estados Unidos de Norteamérica. Los motivos que provocaron aquella confrontación desencadenada entre 1845 y 1848 son difíciles de descifrar, pero desde luego está claro que México no deseaba aquella guerra.
Sin embargo, no disponía de un instrumento potente para decir que no. Y Estados Unidos, sí lo tenía, unido a una inagotable ambición territorial y de riquezas naturales.
Precisamente, México tenía territorio y riquezas naturales.
Las ambiciones estadounidenses venían de lejos: en noviembre de 1835 Samuel Houston y Lorenzo de Zavala ya habían propuesto la separación de Texas de México. Diez años después, el 1 de marzo de 1845, tras sangrientas batallas, Texas se incorporaba a la Unión Americana.
Unos incidentes en la frontera de río Bravo propiciaron la declaración unilateral de guerra por parte de Estados Unidos el 13 marzo 1846, la llamada «de intervención». Monterrey, Angosturas, Veracruz, Cerro Gordo, Puebla, Churubasco, Molino del Rey, cayeron en poder del agresivo y bien armado declarante.
El 16 de septiembre de 1847 tropas estadounidenses ocupaban la capital mexicana obligando al Gobierno a firmar unas capitulaciones insultantes; el país perdió el 55 por ciento del territorio del antiguo virreinato; dejó una economía en ruinas y un Gobierno desprestigiado y desengañado. La reflexión moral de los mexicanos fue la de que tenían que evaluar su futuro; definirse, en definitiva. De esta crisis surgieron dos posiciones u opciones políticas que un año después estallarían en una cruenta guerra civil: la guerra de la Reforma.
El 2 de febrero 1848 se firmó con Estados Unidos el Tratado de Paz en Guadalupe Hidalgo, que ponía fin al primer conflicto a costa de grandes pérdidas territoriales.
Los actuales estados de Arizona, California, Nuevo México, Utah, Nevada y Colorado son fruto de este forzado tratado.
El desmantelamiento territorial se completó el 13 de diciembre de 1853 cuando el presidente Antonio López de Santa Anna, el general que fue presidente en nueve mandatos, nombrado dictador perpetuo y alteza serenísima en 1833, vendía a Estados Unidos más de 100.000 km2 del territorio llamado La Mesilla, situado entre Chihuahua y Sonora, por 15 millones de pesos.
Arrancando de la situación creada por el conflicto con Estados Unidos se enfrentaron dos Méxicos: el conservador, fundado por Lucas Alamán y «seguido por las élites terratenientes y empresariales y que se proponía fortalecer el sistema centralista, seguir apoyando a las clases privilegiadas y apegarse a la tradición hispana, como proyecto para defender el país de la influencia y expansionismo norteamericano [y] por otro lado, los liberales, aunque divididos en puros y moderados, que pensaban que para hacer una nación fuerte y poderosa, y por tanto menos endeble ante los vecinos del norte, había que erradicar la fuerza de las corporaciones y de la Iglesia, y al hacerlo así, con la venta de los bienes de ésta, lograrían generar la riqueza necesaria para modernizar el país» en acertadas frases de Antonia Pi-Suñer. En ambas opciones políticas, la referencia al vecino del norte estaba clara.
Aquí está la clave: ante la debilidad interna, el desmoronamiento territorial y económico y sobre todo moral, se buscan soluciones, se buscan alternativas fáciles a costa de la Iglesia, con los consiguientes enfrentamientos con ésta y con los que la apoyaban; se producen fugas de capitales y se pierden inversiones.
En resumen: desestabilización, regeneración de la crisis, búsqueda de soluciones en el exterior.
Las heridas que dejó la guerra con Estados Unidos, no cerradas en la forzada firma de los tratados de paz realizados en la ciudad de Guadalupe Hidalgo en 1848, tardaron muchos años en cicatrizar.
La pérdida de la mitad del territorio heredado del virreinato de Nueva España, la deuda de guerra, los préstamos y los prestamistas dejaron al país sumido en la bancarrota moral y económica, como hemos citado.
Se levantaron los indígenas mayas en el Yucatán, se sublevó José María Blancarte en Jalisco y se llamó nuevamente al general Antonio López de Santa Anna, que por novena y última vez ocuparía la presidencia de la República con el pomposo título del dictador perpetuo y alteza serenísima. Estamos en el 17 de noviembre de 1853.
México caminaba hacia la guerra civil entre conservadores y liberales. Para agravar más la situación, para favorecer que otros pudieran seguir pescando en aquel río revuelto, la sociedad mexicana dirimía con demasiada frecuencia sus diferentes puntos de vista en el campo de batalla, destruyendo, restando, en lugar de unir, de integrar energías.
El Gobierno liberal del general Álvarez, seguido del del mismo color de Comonfort, promulgó una nueva Constitución el 15 de febrero de 1857, pero graves acontecimientos en la capital le obligaron a cerrar la universidad y a disolver el Congreso.
En diciembre de 1857 los conservadores dieron un golpe de Estado con el general Félix Zuloaga, que fue elegido presidente, al que sustituiría un año después el también general Miguel Miramón.
Benito Juárez, entonces presidente de la Corte de Justicia, que de acuerdo con la vigente ley mexicana debía asumir el poder ejecutivo, trasladaba desde Guanajuato el residual Gobierno liberal a Veracruz.
El dominio que ejercía Juárez en la franja atlántica provocó graves disturbios en el puerto de Tampico que afectaron de modo muy acusado a súbditos españoles y a sus pertenencias.
Subsistían, por tanto, dos gobiernos, dos Méxicos, enfrentados en la llamada guerra de Reforma, que finalizó con la victoria de Juárez y su entrada triunfal, el 11 de enero de 1861, en la Ciudad de México, donde restableció definitivamente unidos los poderes de la Unión.
Los sucesos de Tampico dieron pie en España a una Real Orden del Ministerio de la Guerra (O´Donnell), muy influido por instrucciones del Ministerio del Estado y por propios informes del capitán general de Cuba, Serrano, «sobre probabilidades de próximos atropellos contra las personas de los españoles residentes en Tampico, con motivo de la entrada de las tropas federales». Decía O´Donnell a Serrano:
«Recibirá V.E. instrucciones de dicho Ministerio de Estado por la vía del Norte3 y sin perjuicio de ellas, quiere S.M. que por este Ministerio de Guerra se le anticipen. [Y concreta]: El decoro de la nación española, así como la seguridad de las vidas e intereses de sus hijos exigen imperiosamente que se haga sentir la presencia de la fuerza, seguida de un escarmiento rápido … El Gobierno de S.M. autoriza por consiguiente a VE. para proceder … con amplia libertad respecto de los sucesos que sobrevengan hasta el punto de dirigir tropas contra Tampico u otros pueblos de la zona litoral.»
Así de firme. Transcripción fiel, en defensa del general Serrano, acusado siempre de impetuoso y proclive al uso de la fuerza.
La Real Orden termina —hay que decirlo— con un conocido y reiterado artículo condicional: «Tendrá V.E., sin embargo, presente que la cuestión internacional ha de quedar intacta».
¡Cómo debe quedar intacta la toma de Tampico, «presencia seguida de escarmiento», ante las cancillerías de Estados Unidos y de Europa! ¡Cómo, si se ataca a una de las dos facciones que luchan en la guerra de Reforma!
No es la primera vez que encontramos una Real Orden así. Hay una especie de mensaje oculto: «salve V.E. el honor ultrajado en nombre de nuestros compatriotas con fuerza y con escarmiento; pero, como el asunto se complique internacionalmente, le recordaremos la segunda parte de la orden y V.E. se jugará la carrera, mi general».
De ahí surgirá, como hemos dicho, Benito Juárez, el liberal vencedor de aquella guerra.
Apremiado por la crisis económica, suspende por dos años el pago de la deuda exterior, que afectaba principalmente a España, Francia e Inglaterra. Con esta medida, la crisis se extiende a la Europa ambiciosa, que cree poder solucionar el problema al viejo estilo de las cañoneras, sin saber que aquel México, aunque en crisis, tiene un orgullo y patriotismo muy arraigados y tiene unas estructuras sociales más necesitadas de un orden liberal que del viejo orden colonial europeo.
Prim tendrá que moverse entre estos dos Méxicos: por razón de matrimonio entronca con una dinastía claramente conservadora, aunque alguno de sus miembros —como en todas las familias— comulgue en el bando opuesto. Y por razón de sus ideas se siente profundamente moderno, de pensamiento liberal.
Será consecuente con esta situación.
Dialoga, respeta y se apoya en don José González Echeverría, tío de su mujer, Paca, ministro de Hacienda de Benito Juárez, como interlocutor principal. Y se fiará de él.
En los Preliminares de La Soledad del 19 de febrero de 1862 dará al Gobierno de Juárez un tácito reconocimiento.
La cláusula rebus sic stantibus y un voto de confianza respecto a las indemnizaciones darán sentido a sus decisiones. Prim prioriza lo posible sobre lo deseable. Inglaterra le comprende. Francia no. En Madrid hay división de opiniones. En La Habana —Serrano— se critica duramente al marqués de los Castillejos por una supuesta «bajada de pantalones» y falta de decisión.
Pero Prim sabe más, intuye más que nadie sobre el tema; sabe que no se cimientan relaciones entre países a golpes de bayoneta. Y menos con un país hermano.
Juárez había llegado al poder en 1855 en medio de esta difícil situación desencadenada durante los últimos años. El panorama no se presentaba, desde luego, halagüeño. Porque, además, este estado de permanente crisis había creado un clima de desazón moral, de falta de orientación, de falta de liderazgo.
Juárez intentaba poner fin a esta situación, cuando fuerzas de tres países europeos, tras firmar un acuerdo en Londres en octubre de 1861, desembarcaban en Veracruz no precisamente para apoyarle.

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