La batalla de Salamina

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Una mañana de septiembre del año 480 a. C., las aguas que separan la isla de Salamina de Grecia fueron el escenario de una de las batallas navales más encarnizadas y trascendentales de todos los tiempos. Se enfrentaban las dos civilizaciones más poderosas de la época: los persas, liderados por Jerjes, se habían propuesto invadir Grecia y apenas trescientas embarcaciones estaban en disposición de hacer frente a la poderosa armada persa, que contaba para la ocasión con más de setecientas naves. Lo que estaba en juego era el futuro de Atenas, y en buena medida puede decirse que del desenlace de esa decisiva batalla dependió nuestro presente.

Barry Strauss nos ofrece un apasionante, minucioso y colorista relato del que quizá sea el episodio militar más trascendental de la historia de Occidente y el que, sin duda alguna, fue el mayor combate naval de la Antigüedad.

ANTICIPO:
En Abidos, durante el mes de mayo del año 484 a.C., antes de que sus tropas cruzasen el Helesponto, Jerjes ordenó que le trajeran un trono de mármol y lo colocasen en la ladera de una colina. Desde allí, el monarca disfrutaría de una vista panorámica de las playas y llanuras atestadas con sus soldados, y de las aguas del Helesponto saturadas de barcos persas. El soberano decidió que se celebrase una carrera de trirremes. Su deseo se cumplió de inmediato, y el vencedor fue un trirreme fenicio de la ciudad de Sidón. Jerjes se regocijaba con el esplendor de sus huestes, pero entonces sucedió algo muy extraño: el Rey de Reyes prorrumpió en llanto.

Herodoto nos informa de la causa de aflicción. De pronto, escribió el historiador, había cobrado conciencia de que ninguno de aquellos hombres que contemplaba estaría vivo en el transcurso de un siglo. Tal es la brevedad de nuestro paso por el mundo. Pero quizás hubiese otras razones para explicar las lágrimas de Jerjes. Es posible que reflexionase sobre los enormes peligros que aguardaban más adelante a su ejército y su armada, y que ello provocase la tristeza del soberano.

El Gran Rey pudo muy bien recordar aquellas lágrimas después de las Termópilas. Quizá tuviese que reprimirlas cuando, después de la batalla, mantuvo una conversación con el más insólito de entere todos sus asesores: Demarato, un rey exiliado de Esparta.

Demarato no había pisado Esparta desde hacía siete anos. Era un hombre de mediana edad que bien podría anhelar su trono perdido, pero no es probable que albergase ilusiones acerca de la buena disposición de Esparta a readmitir a un traidor. Sin embargo, como espartano y, como él mismo creía, descendiente directo de Heracles, probablemente no se preocuparía demasiado por ese último detalle. Demarato era un personaje que disfrutaba de su venganza y, como dijo Herodoto, cualquier asunto que se le encargase llegaba a mal término

Los espartanos eran dueños de la mejor infantería del mundo mediterráneo en la Antigüedad. Demarato lo sabía, por eso escogió Las Termópilas para convencer a los persas. A partir de entonces. Jerjes es ya no podría negar contra qué se estaban enfrentando sus hombres. Ni tampoco podría tomarse a la ligera los consejos del huésped espartano residente en su corte.

Para Herodoto, Demarato interpretaba el papel del sabio exiliado que aconseja al rey exponiéndole la cruda realidad aún a costa de arriesgar su propia vida. El lacedemonio le advirtió a Jerjes que los griegos combatirían, que los espartanos pelearían con más tenacidad y que el Gran Rey, a partir de entonces, haría mejor si abandonase su antigua estrategia y trazase un nuevo plan. Es una historia interesante, y presenta una imagen muy favorecedora de Demarato, pero muchos eruditos dudan de su veracidad. Los expertos creen que Herodoto tomó ese detalle de uno de los hijos de Demarato y, tal como la escuchó, la escribió.

Sin embargo, el historiador no era un incauto. Muy bien pudo haber entrevistado a los descendientes de Demarato, pero a buen seguro que no lo hizo dispuesto a dejarse engañar burdamente. En vez de deshacerse en elogios hacia el honesto discurso del otrora rey espartano, Herodoto nos muestra al lacedemonio como un embaucador. Porque, después de todo, le tocó a otro exiliado, como era el caso del historiador, dar parte de la concienzuda labor de un rey depuesto y renegado como Demarato.

Sin duda alguna era un político veterano y avezado en luchas intestinas, y alguien tan inconmovible como sólo la tenaz sociedad espartana podía crear. Los informes que nos han llegado desde la corte persa, en los que se dice que temía más a los halagos que a los insultos y al soborno más que al rechazo, poseen el agrio sabor que suele contener el conocimiento personal. La reconstrucción de los hechos más probable propone que Demarato reinó en Esparta durante un período de veinte años, desde c. 515 al 491. a.C. Después de una cruenta lucha por el poder, fue derrocado y tuvo problemas con el nuevo soberano hasta que, con el tiempo, huyó de Esparta. Se encaminó hacia los dominios del hombre que era conocido como el amigo de los que no tenían amigos: Jerjes.

Corría, más o menos, el año 491 a.C., y Persia se había convertido en el refugio de los derrotados en las batallas de poder griegas. Darío recibió a Demarato con todos los honores, nombrándolo bandaka y presentándolo como un personaje protegido. Sabía que Demarato constituía una fuente de información de valor incalculable y, además, un aliado potencial en el momento en que se le restableciese en el trono.

Sin embargo, la consideración de Demarato como asesor militar variaba según la situación. Por un lado, como antiguo monarca, Demarato conocía la política espartana y también había comandado tropas; por el otro, no tenemos pruebas de que jamás hubiese tomado parte en una batalla, a excepción, quizá, de una tardía y más que cuestionable crónica donde se informa de cómo dirigió a un cuerpo de ejército contra las murallas de Argos en cierta ocasión, cuando… ¡las defendían las mujeres de la ciudad! Los hombres habían caído en una refriega contra los espartanos dirigidos por un rival de Demarato. Se supone que, dirigidas por el poeta argivo Telesilla, las damas argóseas ocuparon las murallas y derrotaron a las huestes de Demarato.

Por lo que sabemos, el tal Demarato no era un gran guerrero. Los consejos tácticos que proporcionó a Jerjes tampoco desvelan que fuese un genio militar. En su obra, Herodoto recoge tres conversaciones entre el Gran Rey y el monarca espartano exiliado; las tres tuvieron lugar durante la invasión persa de Grecia; dos de ellas en Dorisco y la tercera en las Termópilas.

Sin duda formaban una pareja extraña. El Rey de Reyes vestido con ropas teñidas de púrpura y cargado de joyas de oro contrastando con el austero espartano, criado en un país cuyos ciudadanos dormían sobre jergones de paja, y que sólo permitían que sus hijos estrenasen un capote, o cualquier otra prenda de vestir, al año. La vida de Jerjes tampoco sufría las duras condiciones de las marchas militares. La tienda real era un auténtico palacio en miniatura. A juzgar por las últimas reproducciones, la tienda medía unos diecisiete metros de altura y cubría una superficie circular de algo más de doscientos treinta metros cuadrados. En ella se exhibían valiosos tapices bordados que representaban escenas de animales, y había objetos de metales preciosos por doquier. Se servían comidas dignas de un sibarita sobre mesas de oro y plata ante las que se sentaban los comensales, acomodándose sobre divanes bellamente drapeados también con hilo de oro y plata. Los caballos lucían bridas doradas y se les alimentaba en pesebres de bronce.

En Dorisco, Demarato advirtió a Jerjes que no importaba cuan numerosas fueran sus huestes: los espartanos lucharían. Y los espartanos, señaló, eran grandes guerreros. Obedecerían las órdenes que les marcaba la ley y combatirían hasta la muerte.

En las Termópilas, Demarato apareció en escena para descifrar un extraño informe que un espía persa había recogido en el campamento griego. El espía había sorprendido a los espartanos al aire libre, con las armas recogidas y practicando una serie de operaciones que lo dejaron estupefacto: mientras algunos de aquellos espartanos efectuaban, desnudos, ejercicios de fortalecimiento, otros se dedicaban a peinarse los cabellos. A Jerjes también le resultó extraño aquel comportamiento, pero Demarato le explicó que los espartanos tenían la costumbre de acicalarse antes de entrar en combate, cuando había peligro de perecer. Lo que aquel soldado de reconocimiento había contemplado era una señal de la letal ferocidad espartana.

Después de la batalla de las Termópilas, Jerjes convocó a Demarato de nuevo. El lacedemonio había predicho correctamente la tenaz resistencia de Esparta, por eso Jerjes le pidió información y consejo. ¿Cuántos espartanos más quedaban? ¿Cómo podría Persia derrotarlos?

Demarato, seguramente, estuvo encantado de responder a esas preguntas, pues le abrían las puertas para obtener su ansiada venganza. Le dijo a Jerjes que Esparta contaba con ocho mil soldados, Codos ellos tan duros como aquellos que habían luchado en las Termópilas. Para vencerlos en combate, le aconsejó al Gran Rey que cambiase de estrategia. Jerjes debería forzar la división de las tropas griegas destacando una hueste de choque en territorio espartano, de modo que se obligase al ejército lacedemonio a regresar a casa. Mientras, el grueso del ejército persa podría derrotar al resto del ejército heleno.

Demarato ya había concebido un plan: mandarían trescientos trirremes (después del desastre de Artemisio, casi la mitad de los efectivos de la flota invasora) a Citera, una isla ubicada en la costa sur del Peloponeso. Al utilizar la isla de Citera como base de operaciones, los persas podrían devastar el territorio espartano y, quizá, provocar una rebelión entre los agricultores reducidos a la servidumbre por los lacedemonios: los ilotas. Estos braceros, siempre dispuestos a rebelarse contra los señores que los despreciaban, constituían el talón de Aquiles de Esparta.

Y Demarato expuso:

Digo, en una palabra, que una vez se hayan apoderado los vuestros de aquella isla, amaguen desde ella contra los lacedemonios y les infundan miedo. Viéndose ellos amenazados de cerca con una guerra en casa, no haya temor que intenten esfuerzo alguno para salir al socorro de lo restante de la Grecia. Domado ya con esto lo demás de la región, quedará únicamente el Estado de la Laconia, flaco ya por sí solo para la resistencia.

Si Jerjes hubiese seguido el consejo de Demarato, probablemente no habría decidido arriesgar toda su flota en una sola batalla. Pero Jerjes a duras penas hubiera consentido darle una oportunidad a esa proposición, sobre todo después de las pérdidas de hombres y barcos a causa de las condiciones meteorológicas y del triunfo griego en Artemisio. Y, en caso de lograr mantener su armada intacta, Jerjes sí podría ganar la guerra. Con todo, Demarato había dibujado una pésima estrategia pues, si los persas la hubiesen aceptado, no se habría disputado una batalla naval a vida o muerte: se habrían disputado dos.

La flota persa, reducida a seiscientos cincuenta trirremes, aún superaba en número a la griega, que no podía contar con más de trescientos cincuenta. Sin embargo, los griegos tenían la ventaja de navegar por sus aguas, de contar con líneas de abastecimiento cortas y con una tremenda experiencia naval. Si Persia dividía su flota, entonces los griegos se hallarían ante un rival parejo en número: podría atacarlo cuando quisiera y en ambos escenarios. Los persas, en resumidas cuentas, se habrían arriesgado a perderlo todo.

Aquemenes, hermano de Jerjes y almirante de la flota, estuvo presente en el Consejo y su ira estalló ante la propuesta de Demarato. Después de señalar los puntos débiles de la estrategia, acusó al exiliado monarca de traidor y resentido, condiciones muy propias de los griegos, según su opinión.

Jerjes desplegó una distinguida defensa de su bandaka, al tiempo que concedía a Aquemenes la razón respecto al asunto del resentimiento. No obstante, Demarato era huésped de Jerjes, por lo tanto, Aquemenes no podía acosar abiertamente al espartano. Pero, en líneas generales, el Gran Rey aceptó el consejo oficial de su hermano. La flota permanecería unida. No se efectuaría ninguna expedición a Citera.

Este fue un momento crucial en la guerra. El Estado Mayor persa consideró adoptar una estrategia alternativa, pero después la rechazó. Como ocurre con la mayoría de las decisiones militares, la elección no sólo se tomó en terreno puramente militar, sino también en medio de la árida y polvorienta arena política.

Demarato, en sus tres conversaciones con Jerjes, mostró el empeño propio del que vive en un engaño. Sus espartanos medían tres metros de altura y, antes de las Termópilas, los había descrito como auténticos superhombres. Después de la refriega, los presentó como el único obstáculo que se interponía ante la victoria persa sobre Grecia. No importaba ni Atenas ni su flota: había que concentrarse en Esparta para ganar la guerra. Esto no suponía tanto el consejo de un estratega como el de un hombre obsesionado con la venganza.

La infantería de Esparta era, efectivamente, una seria amenaza para las tropas de Jerjes. Pero la táctica de éste para con ellos consistía en destruir la armada ateniense. Una vez alcanzado ese objetivo, Persia podría desplazar a sus hombres por mar y desembarcarlos en el lugar de Grecia que le conviniese. Persia podría romper la alianza griega y acabar con sus enemigos uno a uno. Por tanto, Jerjes mantuvo su flota unida y la dirigió hacia Atenas. Todo dependería de que, una vez allí, tomase las decisiones adecuadas, por supuesto. Pero no hubiese tenido ni una sola oportunidad de no contar con todos sus efectivos navales unidos.

Un rey espartano había muerto intentando detener el avance persa en su marcha hacia el sur, y el otro se había jugado la vida para desviarla. Leónidas sería recordado como un héroe griego y Demarato como un traidor, pero ninguno de los dos logró el éxito: Jerjes no cambió su estrategia y tomó la ruta que había decidido seguir. Tanto si fue por la voluntad de los dioses, como si se trataba simplemente de la obstinación del Gran Rey, los persas no verían anulada su cita en Atenas.

Un día después de que sus hombres hubiesen roto la línea del paso de las Termópilas y Artemisio, Jerjes dio la orden. La poderosa fuerza emprendió el avance hacia el sur, por mar y por tierra, andando y remando. Todas las miradas estaban puestas en Atenas.

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3 Opiniones

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  • campeador
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    Normalito tirando a malo. No cuenta nada que no se sepa, salvo alguna que otra anécdota. Su método a la hora de demostrar la veracidad de algunas teorías es un tanto cuestionable: "dado que no hay razones para pensar que no sucedió, queda demostrado que el hecho es real"; y el autor trata de darle un toque literario al ensayo con el sistema de comenzar todos los cápítulos de la misma forma: con una enumeración (más bien torpe) de la vestimenta, aspecto y pensamientos de los personajes más señalados en algún paisaje de la batalla.

    Prescindible.

  • NormanBates
    on

    Yo diría más bien malo.

  • 3_pitufinas
    on

    me puedes decir las causas de la batalla de salamina

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