La canción de los Maoríes

CancionMaoriesSarahLark

En La canción de los maoríes, las primas Elaine y Kura se debatirán entre las raíces inglesas y la llamada del pueblo maorí para forjar su propio destino. Entretanto, vivirán los vaivenes de una tierra comparada con el paraíso a la que llegan misteriosos desconocidos decididos a quedarse.
Los lectores se rinden a Sarah Lark: «Una gran historia; Adictiva; Apasionante de principio a fin; Fantástica; Una saga como las de antes; Impresionante; Un viaje inolvidable y emocionante; Atrapa desde la primera página; Un libro precioso; Excelente visión de la diferencia de culturas: cien por cien recomendable.»

ANTICIPO:

William Martyn siempre había considerado el lavado del oro una tarea tranquila, incluso contemplativa. Se sostenía un cedazo en un arroyo, se sacudía un poco y ahí se quedaban las pepitas. Tal vez no enseguida y de forma invariable, pero sí lo bastante para hacerse millonario con el tiempo. No obstante, en Queenstown la realidad era muy distinta. Para ser exactos, William no encontró oro hasta que se asoció con Joey Teaser. Y esto pese a que había comprado las herramientas más caras de los Almacenes O’Kay, circunstancia que le permitió mantener otra charla con Elaine O’Keefe. La joven casi no había logrado contener su entusiasmo, y a medida que transcurrían esos primeros días con Joey, más vueltas le daba William a la pregunta de si la verdadera veta de oro no sería esa muchacha. Eso cuando lograba pensar, pues Joey, un buscador de oro experimentado de cuarenta y cinco años, que parecía tener sesenta y que antes ya había probado suerte en Australia y la costa Oeste, no le daba respiro. Nada más echar un vistazo a la concesión que acababa de cercar William, estimó que prometía y empezó a cortar leña para construir un lavadero. William se había quedado sin saber qué hacer hasta que Joey le puso una sierra en la mano y le ordenó que cortara los troncos en tablas.
—¿No… no se pueden comprar las tablas? —preguntó William, desanimado tras su lamentable primer intento. Si realmente querían construir ellos mismos un canal de veinte metros de largo, como parecía pretender Joey, necesitarían dos semanas antes de que los primeros residuos de oro hicieran su aparición.
Joey puso los ojos en blanco.
—Cuando se tiene dinero, jovencito, todo se puede comprar. Pero ¿lo tenemos? Yo no. Y tú deberías ahorrar el tuyo. Vives a lo grande en tu pensión y con todos esos chismes que te has comprado…
Junto con los utensilios más importantes para extraer el oro, William también había adquirido todo un equipo de acampada y un par de escopetas de caza. Tarde o temprano tendrían que pernoctar en la concesión, cuando hubiera que vigilar el oro. Y entonces William no querría dormir a la intemperie.
—Sea como sea, tenemos aquí árboles, un hacha y una sierra. Lo mejor es que construyamos nosotros mismos un lavadero. Coge el hacha, vamos. Nadie se equivoca cortando un árbol. Luego yo cojo la sierra y me encargo de las tareas más delicadas.
A partir de entonces, William empezó a derribar árboles, si bien no con especial rapidez. Ya había cortado dos hayas de tamaño mediano. Pero el trabajo era agotador. Mientras que por las mañanas tiritaban de frío al remar hacia la concesión, alrededor de las diez ya estaban trabajando duramente con el torso descubierto.
«Inténtelo mejor con una actividad de la que entienda algo.» La observación del empleado del banco aún rondaba la mente del joven. Al principio la había descartado, palabrería de un chupatintas pusilánime, pero ahora la vida de un buscador de oro ya no le parecía tan emocionante. Claro que estabas al aire libre y el paisaje en torno a Queenstown era fantástico: una vez que William hubo superado su malestar inicial, no pudo menos que admirar aquel lugar Las majestuosas montañas que rodeaban el lago Wakatipu parecían abrazar el territorio, y el juego de colores de la abundante vegetación exhibía, sobre todo en otoño, un calidoscopio de tonos malvas, lilas y marrones. Las plantas parecían en parte exóticas, como el cabbage tree palmeado, en parte extrañamente distantes, como los lupinos violetas que conferían su toque peculiar, en especial en esa estación del año, a los alrededores de Queenstown. El aire era diáfano como el cristal, al igual que los arroyos. No obstante, si William tenía que seguir trabajando un par de días más con Joey, acabaría odiando los árboles y los ríos de por vida, eso seguro.
A lo largo de los días Joey se reveló como un verdadero negrero. Unas veces opinaba que William era demasiado lento; otras, que descansaba demasiado, y luego él mismo interrumpía al joven leñador porque necesitaba que lo ayudara con la sierra. Y, encima, maldecía de modo sumamente grosero cuando algo no salía bien, lo que por desgracia solía ocurrir cada vez que William cogía la sierra.
—¡Ya aprenderás, muchacho! —lo animaba al final, en cuanto se serenaba—. En tu casa nunca habías trabajado tanto con las manos, ¿eh?
Al principio William quería contestarle de malos modos, pero luego pensó que el viejo no iba del todo errado. De acuerdo, había trabajado en el campo con los arrendatarios, precisamente en los últimos años, después de haber visto la manifiesta injusticia que reinaba en las tierras de su padre. Frederic Martyn exigía mucho y daba poco: a los campesinos les resultaba casi imposible pagar la renta, y no sólo les quedaba poco para vivir en los años buenos, sino que tampoco podían esperar ninguna ayuda cuando la cosecha era mala. Las familias apenas se habían recuperado de la gran hambruna de los años sesenta. Prácticamente todo el mundo tenía alguna víctima que llorar. Faltaba además casi una generación entera: ningún niño campesino de la edad de William había sobrevivido a los años de la gangrena de la patata. En la actualidad, las labores del campo estaban sobre todo en manos de gente muy joven y anciana: se exigía demasiado de prácticamente todos y no se vislumbraba que la situación fuera a mejorar.
A Frederic Martyn eso no lo conmovía en absoluto. Y tampoco la madre de William, Irin, hacía ningún gesto en favor de aquella gente. William había empezado a ayudar a los arrendatarios en las labores del campo como protesta silenciosa. Más tarde se adhirió a la Liga Irlandesa de la Tierra, que bregaba por conseguir impuestos más justos.
Al principio, Frederic Martyn pareció encontrar la actitud de su hijo menor más divertida que preocupante. A fin de cuentas, pocas órdenes impartiría William a sus arrendatarios, y el hijo mayor, Frederic junior, no padecía ningún arrebato filantrópico. Sin embargo, cuando la liga consiguió los primeros logros, sus mofas y burlas sobre el compromiso social de William fueron haciéndose más malévolas y provocaron que el joven radicalizara su postura.
Cuando al final apoyó la insurrección de los arrendatarios —si es que no la instigó—, el viejo no se lo perdonó. Envió a William a Dublín. Tenía que estudiar un poco, Derecho si quería, para respaldar con la teoría y la práctica a sus queridos arrendatarios. En eso, Martyn era generoso. Lo principal era que el joven no soliviantase más a sus hombres.
Inicialmente, William se había volcado encantado en los estudios, pero no tardó en parecerle demasiado pesado tener que enfrentarse con las sutilezas del derecho inglés, cuando pronto iba a elaborarse una constitución irlandesa. Siguió con exaltación los debates sobre la Ley de Autonomía, que ofrecería a los irlandeses muchos más derechos para intervenir cuando se tratara de los intereses de su isla. Y cuando la Cámara de los Lores volvió a rechazarla…
Pero William no quería seguir con tales cavilaciones. El asunto había sido demasiado penoso y las consecuencias, desastrosas. Aun así, todo podría haber acabado para él mucho peor que en el amable entorno de la pacífica Queenstown.
—¿A qué te dedicabas en tu querida Irlanda? —le preguntó Joey.
Por fin habían acabado la jornada y ya remaban cansados hacia casa. A William le esperaban un buen baño y una elaborada cena en la pensión de la señorita Helen; a Joey, una noche regada con whisky junto a la hoguera del asentamiento de los buscadores de oro de Skippers.
William se encogió de hombros.
—Trabajé en una granja de ovejas.
En el fondo era cierto. La tierra de los Martyn era extensa y ofrecía pastizales de primera calidad. Por eso Frederic Martyn tampoco había sufrido ninguna pérdida durante la gangrena de la patata. Ésta afectó sólo a los arrendatarios y trabajadores rurales que vivían de sus propios cultivos.
—¿Y no preferirías ir a las llanuras de Canterbury? —preguntó Joey—. Ahí hay millones de ovejas.
Eso también había llegado a oídos de William. Sin embargo, su participación en los quehaceres de la granja había respondido más bien a funciones administrativas y no a un trabajo físico. Sabía cómo esquilar una oveja en teoría, pero nunca lo había hecho de verdad, y desde luego no en un tiempo récord como las cuadrillas de las llanuras de Canterbury. ¡Los mejores esquilaban hasta ochocientas ovejas al día! Casi el mismo número de animales que albergaba la granja de los Martyn. No obstante, tal vez algunos granjeros del este necesitaran de un administrador diestro o un capataz, un trabajo para el que William estaba capacitado. Pero así uno no se hacía rico. Y pese a todo su compromiso social, a la larga William no tenía intención de perder calidad de vida.
—Quizá me compre una granja cuando hayamos encontrado suficiente oro —respondió—. En uno o dos años…
Joey se rio.
—¡No te falta espíritu deportivo, ¿eh, muchacho?! Bueno, puedes desembarcar aquí… —Acercó el bote a la orilla. El río serpenteaba hacia el este, junto a Queenstown, y pasaba por el sur de la ciudad, entre los campamentos de los buscadores de oro—. ¡Mañana a las seis te recogeré aquí fresco y despierto!
Joey saludó satisfecho a su joven socio y William se encaminó hacia la ciudad con cierta torpeza. Tras el trayecto en el bote le dolían todos los huesos. No quería ni pensar en otro día cortando árboles.
Afortunadamente, ya en la calle Mayor le esperaba algo agradable. Elaine O’Keefe salió de la lavandería china con un cesto de ropa y se dirigió hacia la pensión.
William sonrió.
—¡Señorita Elaine! ¡Es usted una visión más hermosa que una pepita de oro! ¿Puedo ayudarla?
Si bien con los músculos doloridos, cogió caballerosamente el cesto. Elaine no se mostró nada remilgada. Le cedió contenta la carga y caminó despreocupada junto a él. ¡Todo lo despreocupada y femenina que una era capaz de caminar! Con el pesado cesto a cuestas le habría resultado imposible. Como la señorita Daphne había dicho, «para ser una dama, hay que poder permitírselo».
—¿Ha encontrado muchas pepitas? —preguntó sonriente.
William pensó en si era ingenua o si lo decía con ironía. Decidió tomárselo a broma. Elaine había pasado toda su vida en Queenstown, debía de saber que en los yacimientos de oro uno no se hacía rico tan deprisa.
—El oro de su cabello es el primero del día —respondió—. Pero por desgracia ya tiene propietario. ¡Es usted rica, señorita Elaine!
—Debería presentarse usted a los maoríes. Le declararían tohunga. Un maestro de whaikorero… —replicó ella con una sonrisita.
—¿De qué? —preguntó William.
No había tratado con los maoríes, los indígenas de Nueva Zelanda. Había tribus en Wakatipu, como en todo Otago, pero la ciudad de los buscadores de oro, Queenstown, les resultaba demasiado agitada. Sólo en pocas ocasiones se perdía alguno de ellos en la urbe, aunque varios se hubieran asociado a los buscadores de oro. La mayoría no había abandonado de buen grado sus poblados y familias, sino que andaban dispersos y extraviados, al igual que la mayor parte de los hombres blancos que buscaban allí su suerte. Tampoco se diferenciaban tanto de ellos por su comportamiento, y ninguno utilizaba palabras tan extrañas.
— Whaikorero. El arte de hablar de forma bella. Y tohunga significa «maestro» o «experto». Según los maoríes, mi padre es uno de ellos. Les gustan sus considerandos…
Elaine abrió la puerta de la pensión. No obstante, él se negó a pasar antes que ella y aguantó diestramente la puerta abierta con el pie para que la joven entrara. Ella estaba radiante.
William recordó que el padre de la muchacha era juez de paz y su hermano Stephen estudiaba Derecho. Tal vez debería mencionar sus propias aspiraciones en ese terreno.
—Vaya, yo no he llegado tan alto en mis estudios jurídicos —dejó caer—. ¿Y habla usted maorí, señorita?
Elaine se encogió de hombros, si bien con la alusión a los estudios de Derecho sus ojos se habían abierto como platos, tal como él esperaba.
—No tan bien como debería. Siempre hemos vivido bastante lejos de la tribu más cercana. Pero mis padres lo conocen bien, asistieron a la escuela, en las llanuras, con niños maoríes. Yo sólo veo maoríes cuando hay pleitos entre ellos y los pakeha, y mi padre tiene que intervenir. Y por suerte esto pasa pocas veces. ¿De verdad ha estudiado Derecho?
William le informó de forma vaga sobre los tres semestres en Dublín.
Pero había llegado el momento de separarse. Las campanillas de la puerta habían resonado cuando ellos entraron, así que de inmediato aparecieron Mary y Laurie y los saludaron con un alegre gorjeo. Una de las mellizas cogió a William la colada y no se contuvo en alabarlo por su colaboración. La otra le indicó que tenía el baño preparado. Debía darse prisa porque la comida se serviría pronto; el resto de los comensales ya estaba en el comedor y seguro que nadie querría esperar.
William se despidió cortésmente de Elaine, cuya decepción resultó patente. Así pues, el joven tenía que intentar algo más.
—¿Qué se hace en Queenstown cuando se desea invitar a una señorita a un respetable pasatiempo? —preguntó poco antes de la cena al más joven de los empleados del banco.
Habría preferido que la señorita Helen no lo oyera, pero ella, aunque de edad avanzada, tenía oído de lince. Dirigió su atención de forma discreta a la conversación de los hombres.
—Depende de lo decente que sea —respondió con un suspiro el empleado—. Más bien, depende de la dama en cuestión. Hay ladies para quienes casi ningún pasatiempo es lo suficientemente virtuoso… —Sabía de lo que hablaba, pues llevaba semanas intentando cortejar a su compañera de hospedaje, la joven profesora—. A ella, como mucho, se la puede acompañar el domingo a la iglesia… lo que no constituye precisamente un pasatiempo. Pero a las señoritas normales se las puede invitar a las comidas campestres que celebra la comunidad. O incluso tal vez al squaredance cuando la asociación de amas de casa organiza un baile. En el Hotel de Daphne hay uno cada sábado, claro, pero no es de los respetables…
—Deje que la señorita O’Keefe le muestre la ciudad —terció el empleado de mayor edad—. Seguro que lo hace de buen grado, a fin de cuentas se ha criado aquí. En cualquier caso, es una actividad inofensiva.
—Si no se internan en los bosques —se entremetió con sequedad la señorita Helen—. Y si la dama en cuestión es en efecto mi nieta, es decir, una señorita muy especial, antes debería quizá pedir permiso a su padre…
—¿Qué sabes con certeza de ese joven?
Se trataba de otra cena, pero el tema era el mismo. En este caso, Ruben O’Keefe interrogaba a su hija. Si bien hasta el momento William no había osado invitarla, Elaine se lo había vuelto a encontrar justo al día siguiente. De nuevo «por pura casualidad», en esta ocasión ante la entrada de la funeraria. Un punto de encuentro mal elegido, pues a Elaine no se le ocurría qué asunto urgente podría tener que resolver en ese lugar. Por añadidura, Frank Baker, el enterrador, era un viejo amigo de su padre y su esposa era una cotilla. La relación entre Elaine O’Keefe y William Martyn («un tipo de los campamentos de buscadores de oro», como sin duda lo definiría la señora Baker) ya era conocida por todos los lugareños.
—Es un caballero, papá. De verdad. Su padre tiene una propiedad en Irlanda. ¡E incluso ha estudiado Derecho! —informó Elaine, no sin orgullo al referirse a los estudios. Era en efecto un auténtico triunfo en el currículo de su hombre ideal.
—Ajá. Y luego decidió venir a buscar oro, ¿no? ¿Hay en Irlanda demasiados abogados o qué? —ironizó Ruben.
—¡Tú también buscaste oro en tus tiempos! —le recordó su hija.
Él sonrió. Elaine tampoco habría sido una mala abogada. En el fondo, le resultaba difícil ser severo con ella, pues por mucho que quisiera a sus hijos varones, adoraba a su hija. Además, Elaine se parecía demasiado a su amada Fleurette. Salvo por el color de los ojos y la naricilla puntiaguda, era casi una réplica de su madre y su abuela. El tono rojizo de su cabello se diferenciaba un poco del de sus antecesoras. El pelo de Elaine era más oscuro y quizás algo más fino y rizado que el de Fleurette y Gwyneira. Ruben, por su parte, sólo había legado a los hijos sus serenos ojos grises y el cabello moreno. Stephen, en especial, era «el vivo retrato de su padre». El más joven, Georgie, era emprendedor e inquieto. En el fondo, todo encajaba estupendamente: Stephen seguía los pasos de su padre respecto a la jurisprudencia y Georgie se interesaba por el comercio y soñaba con abrir filiales de los Almacenes O’Kay. Ruben era un hombre afortunado.
—William Martyn se vio involucrado en un escándalo —intervino Fleurette, mientras depositaba un gratinado sobre la mesa. Ese día se servía el mismo plato en la pensión de Helen. Así pues, Fleurette no había cocinado, sino encargado a Laurie y Mary una «cena para llevar». Tampoco había estado en la tienda.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó su marido, mientras Elaine casi dejaba caer el tenedor de la sorpresa.
—¿Un escándalo? —susurró.
Un rayo cruzó el rostro todavía marfileño de Fleurette. Siempre había sido una magnífica espía. Ruben todavía recordaba el modo en que ella le había desvelado «el misterio en torno a O’Keefe y Kiward Station».
—Bueno, hoy por la tarde he ido de visita a casa de los Brewster —respondió como quien no quiere la cosa. Ruben y Fleurette conocían a Peter y Tepora Brewster desde su niñez. Peter era un agente de importaciones y exportaciones y al principio había abierto un negocio de lana en las llanuras de Canterbury. Luego, cuando su esposa Tepora, que era maorí, había heredado tierras en Otago, se habían mudado allí. Ahora vivían cerca de la tribu de Tepora, unos quince kilómetros al oeste de Queenstown, y Peter dirigía la exportación del oro que ahí se extraía—. Acaban de recibir visita de Irlanda: los Chesfield.
—¿Y crees que ese William Martyn es más conocido que la reina Victoria en toda Irlanda? —preguntó Ruben—. ¿Cómo se te ha ocurrido preguntarles?
—Pues he acertado, ¿no? —replicó Fleurette con picardía—. Ahora en serio. No podía saberlo, claro. Pero lord y lady Chesfield pertenecen a la genuina aristocracia británica. Y por lo que la abuela Helen averiguó, el joven proviene de círculos afines. E Irlanda tampoco es tan grande, ¿verdad?
—¿Y qué es lo que ha hecho el tesorito de Lainie? —preguntó Georgie, curioso, mientras dirigía una mueca a su hermana, disfrutando de su apuro.
—¡No es mi tesorito! —protestó Elaine, y se contuvo. A fin de cuentas, también ella quería saber en qué escándalo se había visto envuelto William Martyn.
—Bueno, tampoco lo sé con exactitud. Los Chesfield han hecho conjeturas. Sea como fuere, Frederic Martyn es un importante noble rural, en eso Lainie tiene razón. Sin embargo, William no tiene herencia pues es el hijo menor, además de la oveja negra de la familia. Simpatizó con la Liga Irlandesa de la Tierra…
—Pues eso más bien habla en favor del chico —terció Ruben—. Lo que los ingleses hacen en Irlanda es un crimen. ¿Cómo puede permitirse que la mitad de la población se muera de hambre cuando uno tiene los sacos llenos de grano? Los arrendatarios trabajan por una miseria, mientras los terratenientes no dejan de engordar. ¡Me parece muy elogiable que el joven apoye a los campesinos!
Elaine estaba radiante.
Su madre, por el contrario, parecía preocupada.
—No cuando las cosas degeneran en actos terroristas —observó—. Y eso es lo que ha contado lady Chesfield. William Martyn estuvo implicado en un atentado.
Su marido frunció el entrecejo.
—¿Cuándo? Por lo que sé, los últimos y mayores levantamientos se produjeron en Dublín en 1867. Y de actividades aisladas de los fenianos o de otras organizaciones independentistas no se menciona nada en el Times. —Ruben solía recibir periódicos ingleses con un retraso de varias semanas, pero los leía con atención.
Fleurette se encogió de hombros.
—Probablemente fracasara antes de causar daños graves. O puede que sólo estuviera en la etapa de planificación, no sé. Al fin y al cabo, William tampoco está en una cárcel, sino que corteja abiertamente y con su auténtico nombre a nuestra hija. Ah, sí, hablando del tema se mencionó otro nombre. Un tal John Morley…
Ruben sonrió.
—Entonces seguro que se trata de una equivocación. John Morley de Blackburn es el ministro para Irlanda y reside en Dublín. Respalda la Ley de Autonomía. Es decir, está del lado de los irlandeses. Matarlo no favorecería en absoluto a la Liga de la Tierra.
Fleurette empezó a servir.
—Es lo que digo, los Chesfield no se han expresado con toda claridad al respecto —comentó—. También podría ser que no tuviera nada que ver. Una cosa sí es segura: ahora William Martyn está aquí y no en su amada Irlanda. Algo raro en un patriota. Cuando se exilian por propia iniciativa es a América, donde se reúnen con sus correligionarios. Un activista irlandés en un yacimiento de oro de Queenstown es algo bastante raro.
—¡Pero no malo! —se precipitó a aclarar Elaine—. Puede que quiera encontrar oro y luego comprarle tierras a su padre y…
—Muy probablemente —intervino Georgie—. ¿Podría comprarle toda Irlanda a la reina?
—En cualquier caso tenemos que vigilar a ese joven —dijo Ruben, dando por terminado el tema—. Si quiere salir de paseo contigo —añadió haciendo un guiño a Elaine, a quien casi se le cortó la respiración ante la mera idea—, y es una intención que ha expresado, según me ha contado un pajarito, puedes invitarlo a cenar. Bien, y ahora tú, Georgie. ¿Qué me ha dicho esta mañana la señorita Carpenter sobre tus deberes de matemáticas?
Mientras su hermano se volvía para explicarse, Elaine apenas logró dar bocado debido a los nervios. ¡William Martyn se interesaba por ella! ¡Quería ir a pasear con ella! ¡Puede que hasta a bailar! O al menos a la iglesia. ¡Sí, eso sería fabuloso! Todo el mundo vería que ella, Elaine O’Keefe, era una señorita cortejada por el único caballero británico que se había perdido en Queenstown. ¡Las otras chicas se pondrían verdes de envidia! Y sobre todo su prima, esa Kura-maro-tini de la que todos decían que era tan hermosa y cuya visita a Queenstown se hallaba rodeada de un oscuro misterio. Seguro que había involucrado un hombre. ¿O qué otros misterios oscuros iba a haber? Elaine apenas si podía esperar a que William le pidiera para salir. ¿Y adónde irían a pasear?
Al final ambos jóvenes salieron, una vez que William le hubo preguntado galantemente si le apetecería enseñarle Queenstown. Elaine lo consideró una excusa galante. Queenstown consistía prácticamente en la calle Mayor, y la barbería, la herrería, la oficina de correos y los almacenes no precisaban de mayores explicaciones. Interesante era, como mucho, el Hotel de Daphne, pero Elaine y William describirían, como era natural, un rodeo para evitarlo. Finalmente, Elaine decidió ampliar un poco el concepto de «ciudad» y llevar a su príncipe azul por el camino del lago.
—El Wakatipu es enorme, pese a que no parezca tan grande debido a las montañas que lo circundan. Pero de hecho mide casi trescientos kilómetros cuadrados. Además, siempre está en movimiento. El agua sube y baja continuamente. Los maoríes dicen que son los latidos del corazón de un gigante que duerme en las profundidades del lago. Pero claro, eso sólo es una leyenda. Los maoríes cuentan muchas historias de esa clase, ¿sabe?
William sonrió.
—También en mi país abundan las leyendas. De hadas y leones marinos que en las noches de luna llena adoptan forma humana…
Elaine asintió con vehemencia.
—Sí, lo sé. Tengo un libro de cuentos irlandeses. Y mi caballo lleva el nombre de un hada: Banshee. ¿Le gustaría conocerlo? Es una yegua cob. Mi otra abuela trajo de Gales a sus antepasados.
William fingió interés, pues los caballos no le atraían demasiado. Tampoco le importaba que Gwyneira Warden hubiera traído de su tierra a los ancestros del animal. Sí le importaba, y mucho, el hecho de que por la noche, tras el paseo, conocería a los padres de Elaine, Ruben y Fleurette O’Keefe. Claro que ya los había visto y habían mantenido una breve conversación, pues había comprado todo en su tienda. Sin embargo, ahora lo habían invitado a cenar e iba a establecer una relación privada. Y tal como estaba la situación, eso era de extrema urgencia. Por la mañana, Joey había acabado disolviendo su sociedad. Si bien el experimentado buscador de oro había aguantado pacientemente los primeros días, la «falta de chispa» de William, como él lo llamaba, había acabado con sus nervios en poco más de una semana. William, a su vez, encontraba normal dedicarse a terminar el lavadero de oro más pausadamente tras los primeros días de trabajo duro, sobre todo porque quería que se le pasaran las agujetas. Y tenían tiempo, al menos William. Joey, por el contrario, le había dejado claro que, para él, cada día que pasaba sin encontrar oro era un día perdido. Y no se refería a pepitas grandes como canicas, sino a un poco de polvo de oro que le garantizara el whisky y su porción diaria de cocido o carne de carnero en el campamento.
«Con un chaval tan malcriado como tú nunca se llega a nada», le había espetado. Y se había buscado otro socio, uno que tenía una concesión tan prometedora como la de William y que había aceptado repartir beneficios con Joey.
Así pues, William debía continuar por su cuenta o buscarse otra ocupación. Y prefería esto último. Al anochecer ya se apreciaba un anticipo del invierno en las montañas. En julio y agosto, Queenstown debía de estar totalmente nevada, lo que sin duda ofrecería un hermoso espectáculo. Pero ¿lavar oro en un río helado? No era capaz de imaginarse algo peor. Seguro que Ruben O’Keefe le daría buenos consejos.
William ya había visto la casa de los O’Keefe junto al río. Comparada con la finca de su padre no impresionaba demasiado: una acogedora casa de madera con jardín y un par de establos. Claro que, en lo que a residencias señoriales se refería, uno tenía que bajar el nivel en ese nuevo país. Y salvo por su arquitectura algo primitiva, Pepita de Oro tenía puntos en común con las residencias de la nobleza rural inglesa. Por ejemplo, los perros que se abalanzaban sobre uno cuando pisaba el terreno. La madre de William había tenido corgis, pero aquí se dedicaban a la cría de una especie de collie. Perros pastores, y, como Elaine explicó encantada, también importados de Gales. La madre de Elaine, Fleurette, había traído consigo la perra Gracie de las llanuras de Canterbury y Gracie se había afanado en multiplicarse. William ignoraba para qué necesitaban tantos chuchos, pero para Elaine y su familia formaban simplemente parte de la casa. Ruben O’Keefe todavía no había llegado, así que William tuvo que aguantar todavía un paseo por los establos y conocer la maravillosa Banshee de Elaine.
—¡Es especial porque es blanca! En los cobs es algo bastante extraño. Mi abuela sólo tenía negros y canelos. Pero Banshee desciende de un pony galés de montaña que le regalaron a mi madre cuando era niña. Es sumamente viejo, hasta yo lo he montado.
Elaine no cesaba de parlotear, pero a William no le molestaba. Aquella muchacha le resultaba cautivadora, su temperamento vivaz le levantaba el ánimo. Parecía no poder estarse quieta. Sus rizos pelirrojos se balanceaban al compás de sus gestos. Además, ese día se había arreglado para él. Llevaba un vestido verde hierba adornado con encajes marrones. Intentaba en vano contener la melena con cintas de terciopelo en una especie de coleta, pero ya antes de haber terminado la excursión por la ciudad, su cabello estaba tan alborotado como si no se lo hubiera peinado en absoluto. William empezó a pensar en cómo sería besar a esa criatura asilvestrada. Había vivido experiencias con muchachas más o menos accesibles en Dublín, así como con las hijas de sus arrendatarios; algunas eran muy complacientes cuando a cambio obtenían algún beneficio para sus familias, aunque otras se mostraban recatadamente virtuosas. En cualquier caso, Elaine le despertaba instintos protectores. Por lo menos al principio, William había visto en ella a una muchacha adorable antes que a una mujer. Seguro que sería una experiencia fascinante; pero ¿y si la chica se tomaba el asunto en serio? No cabía duda de que estaba perdidamente enamorada. Elaine era incapaz de disimular: los sentimientos que experimentaba hacia William eran inequívocos.
Naturalmente, tampoco esto se le escapaba a Fleurette O’Keefe, y por eso estaba preocupada cuando recibió a los jóvenes en la galería de la casa.
—Bienvenido a Pepita de Oro, señor Martyn —dijo sonriendo, al tiempo que le tendía la mano—. Pase y tome un aperitivo con nosotros. Mi marido no tardará, se está cambiando para la cena.
Para sorpresa de William, la bodega de los O’Keefe estaba bien provista. Debían de ser buenos conocedores de caldos. El padre de Elaine descorchó un burdeos para que respirase antes de la comida, y sirvió un whisky irlandés de primera calidad. William lo estuvo removiendo en su copa hasta que Ruben brindó.
—¡Por su nueva vida en un nuevo país! Estoy seguro de que añora Irlanda, pero esta tierra tiene futuro. Si se integra aquí, no le resultará difícil amarla.
William brindó con él y propuso otro brindis:
—Por su maravillosa hija, que me ha introducido tan magníficamente en la ciudad. Muchas gracias por el paseo, Elaine. A partir de ahora, sólo veré este país a través de sus ojos.
La joven resplandeció y todos brindaron.
Georgie puso los ojos en blanco. ¡Su hermana ya podía ir diciendo que no estaba enamorada!
—¿Es cierto que se adhirió usted a los fenianos, señor Martyn? —preguntó el muchacho, curioso. Había oído hablar de los movimientos independentistas de Irlanda y estaba ávido de escuchar historias emocionantes.
William pareció alarmarse.
—¿A los fenianos? No entiendo… —¿Qué sabían allí de su vida anterior?
A Ruben la pregunta le resultó incómoda. ¡Su invitado no tenía por qué enterarse de las pesquisas de Fleurette a los cinco minutos de haberse presentado!
—Por favor, Georgie. Claro que el señor Martyn no es un feniano. El movimiento independentista está prácticamente apagado en Irlanda. Cuando se produjeron los últimos levantamientos, ¡el señor Martyn todavía debía de llevar pañales! Disculpe, señor…
—Llámeme William.
—William. Pero mi hijo ha oído rumores… Para los jóvenes de aquí, cualquier irlandés es un luchador por la libertad.
William sonrió.
—No todos lo son, George —dijo mirando al hermano de Elaine—. Si lo fueran, ya haría tiempo que la isla se habría independizado… Pero cambiemos de tema. Tiene aquí una bellísima propiedad…
Ruben y Fleurette hablaron un poco de su finca, Pepita de Oro, con lo que Ruben expuso de forma divertida la historia de su fracasada búsqueda de oro. William se sintió alentado. Si el mismo padre de Elaine había fracasado en las minas, sin duda entendería sus propias dificultades. Al principio no habló de ello, sino que dejó que los O’Keefe condujeran la conversación. Como cabía esperar, lo interrogaron a fondo, pero él se desenvolvió sin problema. Contó con fluidez lo relativo a sus orígenes y formación. Esta última respondía a lo habitual en su estrato social: un profesor privado durante los primeros años, un internado inglés de elite y al final el college. No había concluido los últimos estudios, pero obvió mencionarlo. También dio una vaga explicación acerca de sus quehaceres en la granja de su padre. Por el contrario, se explayó en los estudios de Derecho en Dublín. Sabía que O’Keefe se interesaría por ello y, puesto que éste sacó enseguida el tema de la Ley de Autonomía irlandesa, William habló con soltura. Cuando la cena tocaba a su fin, estaba convencido de haber causado una buena impresión. Ruben O’Keefe mostraba una actitud relajada y amistosa.
—¿Y qué hay de la búsqueda de oro? —preguntó al final—. ¿Ya está a punto de hacerse rico?
Era la ocasión. William puso cara de preocupación.
—Me temo que ha sido un error, señor —admitió—. Y no puedo alegar que no me lo hubieran advertido. Su encantadora hija ya me avisó en nuestro primer encuentro que la explotación de oro era algo más para soñadores que para colonos serios. —Sonrió a Elaine.
Ruben enarcó las cejas.
—Sin embargo, la semana pasada daba usted una impresión muy distinta. ¿No ha comprado todo el equipo necesario para esos menesteres, incluso una tienda de campaña?
William hizo un gesto contrito.
—A veces uno debe pagar por sus errores —respondió quejumbroso—. Pero han bastado unos pocos días en mi concesión para desilusionarme. El rendimiento no ha sido proporcional al esfuerzo…
—¡Eso depende! —terció Georgie—. Mis amigos y yo fuimos a lavar oro la semana pasada y Eddie, el hijo del herrero, encontró una pepita de oro por la que le pagaron treinta y ocho dólares.
—Pero tú te pasaste todo el día y ni siquiera ganaste un dólar —le recordó Elaine.
Georgie se encogió de hombros.
—Tuve mala suerte.
El padre asintió.
—Eso resume la esencia de la fiebre del oro. Es un juego de azar y sólo en pocas ocasiones se obtienen auténticos beneficios. La mayoría de las veces funciona de forma irregular. Los hombres se mantienen a flote con los beneficios de sus concesiones, pero todos esperan el verdadero golpe de suerte.
—Yo creo que la suerte aguarda en otro lugar —declaró William, y lanzó una breve mirada a Elaine.
El rostro de la muchacha se iluminó: todos sus sentidos estaban concentrados en aquel joven sentado a su lado. A sus padres no les pasó por alto el cruce de miradas.
Fleurette no sabía por qué, pero, pese a la imagen impecable que ofrecía su invitado, tenía una sensación desagradable. Su marido no parecía compartirla y sonrió.
—¿Y qué planes tiene ahora? —preguntó cordialmente.
—Pues… —William hizo una pausa efectista, como si no se hubiera planteado esa cuestión hasta el momento—. La noche que llegué, uno de los empleados del banco me dijo que era mejor que me centrara en las cosas que realmente conozco. Bueno, lo más probable es que se refiriera a la administración de una granja de ovejas…
—¿Quiere mudarse? —se alarmó Elaine, pese a que intentó mostrar indiferencia.
William se encogió de hombros.
—A mi pesar, Elaine, muy a mi pesar. Pero el centro de la cría de ovejas está en las llanuras de Canterbury, claro…
Fleurette le sonrió, sintiéndose extrañamente aliviada.
—Tal vez podría proporcionarle una carta de recomendación. Mis padres tienen una gran granja en Haldon y muy buenos contactos.
—Pero eso está muy lejos… —Elaine intentaba dominar la voz, pero aquella noticia inesperada se le había clavado como una espina en el corazón. Si William se marchaba y no volvía a verlo… Notó que la sangre le subía al rostro. Precisamente ahora, precisamente él…
O’Keefe percibió tanto el alivio de su esposa como la desesperación de su hija. Fleurette quería alejar a ese joven de Elaine, incluso si no tenía del todo claro el motivo. De momento, a él le había causado una buena impresión. Y brindarle una oportunidad en Queenstown tampoco significaba un compromiso matrimonial.
—En fin… tal vez las habilidades del señor Martyn no se limiten a la crianza de ovejas —intervino con jovialidad—. ¿Qué tal se le da la contabilidad, William? Podría necesitar a alguien en la tienda que me descargue del engorroso papeleo. Claro que si aspira ya a un puesto importante en una granja…
La expresión de Ruben dejó claro que tal aspiración sería ilusoria. Ni Gwyneira Warden ni los demás criadores de ovejas del Este estaban esperando a un joven e inexperto petimetre de Irlanda para que les dijera cómo administrar sus granjas. El propio Ruben no se interesaba por las ovejas, pero había crecido en una granja de esa naturaleza y no era tonto. La cría y mantenimiento de ganado en Nueva Zelanda tenía poco que ver con la ganadería en Gran Bretaña e Irlanda, Gwyneira Warden siempre lo decía. Incluso la granja de su padre había sido demasiado pequeña para arrojar beneficios, y eso que tenía tres mil ovejas. El padre de Gwyneira en Gales no llegaba a tener mil animales y estaba considerado uno de los más importantes criadores del país. Tampoco mencionó a William nada acerca de los pastores o esquiladores pendencieros que trabajaban en las cuadrillas en Nueva Zelanda.
El joven sonrió incrédulo.
—¿Significa eso que me está ofreciendo trabajo, señor O’Keefe?
Ruben asintió.
—Si le interesa. Como contable en mi negocio no se hará rico, pero adquirirá experiencia. Y cuando mi hijo se encargue de las sucursales en otras ciudades pequeñas —señaló a Georgie con un gesto—, habrá más posibilidades de ascenso.
William no tenía ninguna intención de hacer carrera en una ciudad pequeña como encargado de ninguna sucursal. En realidad pensaba en su propia cadena de tiendas o en entrar en el negocio por vía del matrimonio si las cosas seguían evolucionando de forma tan favorable. Pero la oferta de su anfitrión ya era un comienzo.
De nuevo lanzó a Elaine una mirada significativa, y ella contestó feliz, alternando rubor y palidez. A continuación, William se puso en pie y tendió la mano a O’Keefe.
—No lo defraudaré —declaró ceremonioso.
Ruben le estrechó la mano.
—¡Por una buena colaboración! Deberíamos celebrarlo con otro whisky. Esta vez con uno del país. A fin de cuentas, desea usted instalarse por un largo período aquí.
Elaine acompañó a William cuando éste se despidió. Los alrededores de Queenstown mostraban su mejor faceta. La luna iluminaba las imponentes montañas y una miríada de estrellas tachonaban el cielo. El río parecía de plata líquida y en el bosque se oían las aves nocturnas.
—Es extraño que canten a la luz de la luna —dijo reflexivo William—. Como si fuera un bosque encantado.
—Yo no llamaría cantar a ese griterío… —Elaine tenía poco de romántica, aunque se esforzaba. Se acercó discretamente a él.
—Ese griterío es una canción de amor para las hembras —observó William—. La cuestión no reside en lo bien que se hagan las cosas, sino en para quién se hacen.
El corazón de Elaine se desbocaba. ¡Era obvio que él lo había hecho por ella! Sólo por su causa había renunciado a un trabajo bien remunerado en la dirección de una granja de ovejas para desempeñar tareas secundarias con su padre. Se volvió hacia el joven.
—No tendría… Me refiero a que no tendría que haberlo hecho —dijo con timidez.
William contempló aquel rostro franco e iluminado por la luna, alzado hacia él con una mezcla de inocencia y esperanza.
—A veces no hay elección —susurró. Y la besó.
La noche estalló para Elaine.
Fleurette observaba a su hija desde la ventana.
—¡Se están besando! —exclamó, y vació su copa de vino de un sorbo, como si bebiendo pudiese borrar aquella imagen.
Su marido rio.
—¿Qué otra cosa esperabas? Son jóvenes y están enamorados.
Ella se mordió la lengua y se sirvió más vino.
—Con tal de que no tengamos que arrepentirnos… —murmuró.

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