La Casa de las Vestales

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Desde las ajetreadas y populosas calles de la Roma imperial, donde el esplendor y el lujo conviven con la pobreza más extrema, hasta el interior de las mansiones palaciegas, donde las intrigas políticas, los escándalos sexuales y el asesinato se dan la mano como en una desenfrenada bacanal, no hay rincón de la gran ciudad que se resista a la indagadora mirada de Gordiano el Sabueso, investigador sagaz, gran conocedor de la naturaleza humana y peculiar paterfamilias. En este grandioso ambiente, entre los años 80 y 72 antes de Cristo, periodo que abarca desde las postrimerías de la dictadura de Sila hasta la revuelta de los esclavos encabezada por Espartaco, se desarrollan estos nueve relatos que complementan las novelas de la serie Roma sub rosa. Quienes las hayan leído podrán conocer detalles hasta ahora ignorados de la vida privada de Gordiano, tales como la adopción de Eco, un muchacho mudo, su relación con la cautivadora sirvienta Bethesda o el afianzamiento de su amistad con Lucio Claudio. Y quienes se acerquen por primera vez a Steven Saylor tendrán en este volumen una ocasión excelente para introducirse en el particular universo de Gordiano, cuya curiosa mezcla de astucia y benevolente humanidad ha hecho las delicias de sus miles de fieles lectores.

ANTICIPO:
Lucio Claudio era un noble con dedos como salchichas, mejillas de ciruela, nariz de fresa, una corona de pelusa roja en la coronilla y boca de culo de pollo.

El apellido Claudio no sólo le señalaba como noble sino también como patricio procedente de un pequeño grupo de viejas familias que fueron las primeras en engrandecer Roma (o que al menos engañaron al resto de los romanos para que lo pensaran) No todos los patricios son ricos; Incluso las mejores familias pueden agostarse con el paso de los siglos. Pero por el gran sello de oro que Lucio llevaba, y por los otros anillos que le hacían juego (uno de plata con lapislázuli, otro de oro blanco con un pedrusco de cristal verde), sospechaba que era muy rico. Los anillos se complementaban con un collar de oro del que colgaban relucientes piedras de cristal en medio del ensortijado pelo rojo que brotaba de su carnoso pecho. Su toga era de la más fina lana y sus zapatos de piel estaban exquisitamente cortados.

Era la auténtica imagen del patricio rico, ni guapo ni de aspecto flamante, pero impecablemente vestido y acicalado. Sus ojos verdes centelleaban y el puchero de su boca se fruncía fácilmente en una sonrisa, traicionando su personalidad, agradable por naturaleza. Rico, bien nacido y con buena disposición, me pareció hombre que no debía de tener preocupación de ninguna clase; aunque obviamente la tenía, pues de lo contrario no habría venido a verme.

Nos sentamos en el pequeño jardín de mi casa del Esquilino. En otro tiempo, un hombre de la condición social de Lucio nunca habría sido visto entrando en la casa de Gordiano, el Sabueso, pero en los últimos años parece que he adquirido cierta respetabilidad. Creo que el cambio comenzó después del primer caso en que trabajé para el joven abogado Marco Tulio Cicerón. Parece que Cicerón, a mis espaldas, ha estado diciendo cosas simpáticas de mí a sus colegas de los tribunales, por ejemplo que me ha alojado en su casa una vez, gracias a lo cual ha averiguado que Gordiano, pese a ser un husmeador profesional que se codea con asesinos, sabe utilizar el tazón, la cuchara y el retrete de una casa particular, e incluso sabe qué diferencia hay entre estas tres cosas.

Lucio Claudio ocupó la silla que le había sacado al patio casi corriendo. Se movía con un poco de nerviosismo y jugaba con las sortijas, luego sonrió tímidamente y levantó su copa.

—¿Me sirves un poco más? —dijo poniendo una cara graciosamente imbécil. —Desde luego —dije batiendo palmas—. —¡Bethesda! Más vino para el invitado. El mejor, el de la botella de arcilla verde.

Bethesda obedeció a regañadientes, tardó una eternidad en levantarse de donde estaba sentada con las piernas cruzadas, al lado de una columna, y desapareció dentro de la casa. Sus movimientos eran tan graciosos como los pétalos de una flor al abrirse. Lucio la miró con un nudo en la garganta. Traga saliva con fuerza.

—Una esclava muy guapa —susurró.

—Gracias, Lucio Claudio.

—Esperaba que no quisiera comprarla, como muchos de mis clientes más ricos hacen. Mi esperanza fue en vano.

—Supongo que no se te habrá ocurrido, pero… empezó.

—No, Lucio Claudio, no hay trato.

—Iba a decir que…

—Antes vendería la costilla que me sobra.

—Ya. —asintió con un gesto de entendimiento, pero de pronto frunció el carnoso entrecejo—. ¿Qué has dicho?

—Nada, una expresión sin sentido que he aprendido de Bethesda. Según sus antepasados paternos, un dios llamado Adonái o Yavé formó a la primera mujer con una costilla del primer hombre. Por eso algunos hombres parecen tener una costilla de más.

—¿De veras? —Lucio se toqueteo la caja torácica, pero estaba demasiado lleno para notar las costillas.

Tomé un sorbo de vino y sonreí. Bethesda me había contado varias veces la historia hebrea del primer hombre y la primera mujer; cada vez que me la cuenta, me aprieto el costado y finjo gritar de dolor, hasta que ella empieza a fruncir el morro y acabamos partiéndonos de risa los dos. A mí me parece una historia extraordinaria, aunque no más rara que las historias egipcias que le contaba su madre sobre dioses con cabeza de chacal y cocodrilos que andan a dos patas. Si es cierto, este dios hebreo se merece todo el respeto. Ni siquiera Júpiter puede presumir de haber creado algo ni la mitad de exquisito que Bethesda.

Ya había perdido bastante tiempo haciendo que mi invitado se sintiera cómodo.

—Dime, Lucio Claudio, ¿qué es lo que te preocupa?

—Pensarás que soy tonto… —empezó.

—Hombre, no, ¿cómo puedes decir una cosa así? —le asegure.

—Bueno, fue anteayer… o la víspera. Fue al día siguiente a los idus de mayo, de eso estoy seguro, fuera el día que fuese…

—Entonces fue anteanteayer —dije. Bethesda apareció y se detuvo en las sombras del pórtico, esperando que yo le hiciera una seña. Negué con la cabeza, dándole a entender que esperara. Otra copa de vino aflojaría la lengua de Lucio, pero ya estaba bastante aturdido—. ¿Y qué pasó anteanteayer?

—Resulta que estaba en este mismo barrio… bueno, no en la cima del Esquilino, sino en el valle, en la Subura…

—La Subura es un barrio fascinante —dije, tratando de imaginar que atractivo podían tener sus chillonas calles para un hombre que probablemente vivía en una mansión del Palatino. Casas de juego, burdeles, tabernas y delincuentes a sueldo… era en lo primero en que se pensaba.

—Verás —suspiró—, mis días están llenos de ocio. Nunca he tenido cabeza para la política o las finanzas, como otros de mi familia; me siento inútil en el Foro. He tratado de vivir en el campo, pero tampoco tengo mucho de granjero; las vacas me aburren. Tampoco me gusta la diversión… extraños que vienen a cenar, todos el doble de inteligentes que yo, y yo, obligado a idear entretenimientos para ellos… es un fastidio. Me aburro con facilidad, como ves. Me aburro muchísimo.

—¿Sí? —dije, reprimiendo un bostezo.

—Así que me dedico a vagar por la ciudad. Voy a Tarento a ver a los ancianos que alivian el dolor de sus articulaciones en los días cálidos de primavera. Voy al Campo de Marte para ver a los corredores adiestrando a los caballos. Subo y bajo por el Tíber, voy a los mercados de pescado, de ganado y de objetos extranjeros. Me gusta ver trabajar a la gente; me gusta ver cómo los demás se enfrascan en sus asuntos, con tanta determinación. Me gusta observar a las mujeres regateando con los vendedores, escuchar a un constructor discutiendo con los albañiles, ver cómo las mujeres asomadas a las ventanas de los burdeles cierran los postigos de golpe cuando aparecen los gladiadores haciendo el gamberro por la calle. Toda esta gente parece tan viva, tan llena de ideales y objetivos, tan… tan contraria al aburrimiento. ¿Lo entiendes, Gordiano?

—Creo que sí, Lucio Claudio.

—Entonces entenderás por qué me gusta la Subura. ¡Qué barrio! ¡Casi se puede respira la pasión, el vicio! ¡Las casas abarrotadas, los olores extraños, el espectáculo de la humanidad! Las calles estrechas y ventosas, los oscuros y húmedos callejones, los sonidos que salen por las ventanas de los pisos altos, extraños discutiendo, riendo, haciendo el amor… ¡qué lugar tan misterioso y vital es la Subura!

—No hay nada misterioso en la miseria —sugerí.

—¡Ah! Pero ahí está la cosa —insistió Lucio e imaginé que, en su caso, la cosa estaba allí, efectivamente.

—Cuéntame tu aventura de hace dos días, el día siguiente a los idus.

—Claro. ¿No podrías mandar a la chica a por más vino? Di una palmada. Bethesda salió de las sombras. La luz del sol se reflejó en sus largos cabellos negriazulados. Mientras llenaba la copa de Lucio, éste parecía incapaz de mirarla. Tragó saliva, sonrió tímidamente y asintió con energía al paladear mi mejor vino, que probablemente era peor que el que él daba a sus esclavos.

Continuó.

—Aquella mañana, bastante temprano, estaba paseando por una de las travesías de la calle principal de la Subura, silbando una tonada y admirando las florecillas y brotes que la primavera había hecho crecer entre los adoquines. La belleza se reafirmaba a si misma incluso allí, entre la miseria, pensaba para mí, y consideré la posibilidad de componer un poema, aunque no soy muy bueno midiendo pies…

—Y entonces sucedió algo, ¿no? —Le interrumpí.

—¡Oh, sí! Un hombre me gritó desde una ventana de un primer piso: «¡Por favor, ciudadano, ven enseguida! ¡Un hombre se está muriendo!» Vacilé. Después de todo, podía querer engañarme para que entrara y robarme o algo peor, y ni siquiera llevaba un esclavo conmigo para protegerme… me gusta salir solo, ¿sabes? Entonces apareció otro hombre en otra ventana del mismo piso y exclamó: «¡Por favor, ciudadano, necesitamos tu ayuda! El joven se está muriendo y ha hecho testamento… necesita siete ciudadanos para testificar y ya somos seis. ¿No quieres subir?»

»Bueno, pues subí. No es muy frecuente que alguien me necesite para algo. ¿Cómo podía negarme? El piso resultó ser un conjunto de habitaciones bonitamente amuebladas, no muy desordenado y en absoluto amenazador. En una de las habitaciones yacía un hombre en un colchón, envuelto en una manta, gimiendo y tiritando. Un hombre más viejo lo atendía, secándole la frente con un paño mojado. Había otros seis apiñados en la habitación. Ninguno parecía conocer a nadie… se habría dicho que nos habían reclutado a todos en la calle, uno por uno.

—¿Para testificar en la última voluntad del moribundo?

—Sí.

Se llamaba Asuvio y era de Larino. Estaba de visita en la ciudad cuando fue víctima de una terrible dolencia. Yacía en la cama, cubierto de sudor y temblando de fiebre. La enfermedad le había envejecido mucho… según su amigo, todavía no tenía ni veinte años, sin embargo su cara estaba macilenta y llena de arrugas. Habían llamado a los médicos, pero no había servido de nada. El joven Asuvio temía que fuese a morir en cualquier momento. Como no había hecho testamento… claro, un hombre tan joven… había enviado a sus amigos a buscar una tablilla de cera y un estilo. No leí el documento cuando nos lo pasaron, pero vi que había sido escrito por dos manos diferentes. El enfermo debía de haber escrito las primeras líneas, con una caligrafía titubeante y temblorosa; supongo que su amigo terminó de escribir el documento por él. Se requerían siete testigos, así que, para acelerar las cosas, el hombre más viejo se había limitado a llamar a ciudadanos que pasaban por la calle. Mientras mirábamos, el pobre muchacho garabateó su nombre con el estilo y apretó contra la cera su anillo de sello.

—Después de lo cual, firmaste tú y pusiste el sello.

—En efecto, junto con los otros. Entonces el viejo nos dio las gracias y nos instó a que abandonáramos el cuarto para que el joven Asuvio pudiera descansar en paz hasta que le llegara la hora. No me importa confesar que estuve llorando a moco tendido cuando salí a la calle, y no fui el único. Vagué por la Subura lleno de melancolía, pensando en el destino de aquel joven, en su pobre familia de Larino y en cómo recibirían la noticia. Recuerdo que estuve paseando cerca de un burdel situado al final de la manzana, escasamente a cien pasos del cuarto del moribundo, y me sorprendió el contraste, la ironía de que entre aquellos muros se escondiera tanta rijosidad y tanto libertinaje, mientras unas casas más abajo la boca de Plutón se estaba abriendo para tragarse a un pobre pueblerino moribundo. Recuerdo haber pensado, ay de mí, qué bonito poema podía inspirar tal ironía…

—Sin duda se lo inspirarla a un poeta realmente grande —asentí rápidamente—. Así pues, ¿llegaste a saber qué pasó con el joven?

—Unas horas después, tras haber paseado por la ciudad sin rumbo fijo, me encontré sin advertirlo en la misma calle, como si la mano invisible de un dios me hubiera guiado hasta ella. Era poco después del mediodía. El propietario del inmueble me dijo que el joven Asuvio había muerto poco después de mi partida. El hombre más viejo… se llamaba Oppiánico, también de Larino… había llamado al propietario, llorando y lamentándose, y le había enseñado el cadáver envuelto en una sábana. Más tarde, el propietario vio a Oppiánico y a otro hombre de Larino bajar el cuerpo por la escalera y subirlo a un carro para llevarlo a los embalsamadores del otro lado de la puerta Esquilina. —Lucio suspiró—. Me agité y di vueltas toda la noche, pensando en la volubilidad de los Hados y en que la diosa Fortuna puede volver la espalda incluso a un joven que empieza a vivir. Me hacía pensar en todos los días que yo mismo había malgastado, en todas las horas de aburrimiento que…

Antes de que pudiera concebir otro aborto poético hice una seña a Bethesda para que llenara su copa y la mía.

—Una historia triste, Lucio Claudio, pero no anormal. La vida urbana está llena de tragedias. Los extraños mueren a nuestro alrededor todos los días. Nosotros seguimos.

—Ahí está la cuestión… ¡que el joven Asuvio no está muerto! ¡Lo he visto esta mañana, paseando por la Vía Subura, sonriente y feliz! ¡Oh, dioses! Todavía está un tanto paliducho, pero era él, andaba por su propio pie y paseaba como quien quiere tomar el aire.

—Quizá te has equivocado.

—Imposible. Estaba con el hombre mayor, el tal Oppiánico. Los he llamado desde el otro lado de la calle. Oppiánico me ha visto, o al menos eso creo, pero ha cogido del brazo al joven y han desaparecido en una tienda de la esquina. Los seguí, pero en aquel momento pasó un carro por la calle y el cretino del conductor casi me atropella. Cuando finalmente entré en la tienda, ya se habían ido. Debieron de cruzarla para salir a la calle por la parte trasera y desaparecer.

Se echó atrás en la silla y sorbió un poco de vino. —Me senté a la sombra, al lado de la fuente pública y traté de pensar en el asunto; entonces recordé tu nombre. Creo que fue Cicerón quien te mencionó delante de mí, ese joven abogado que se ocupó de un asuntillo legal que tuve el año pasado. No se me ocurría nadie más que pudiera ayudarme. ¿Qué dices, Gordiano? ¿Estoy loco? ¿O es cierto que los espíritus de la muerte se pasean al aire libre cuando llega el mediodía?

—La respuesta a las dos preguntas pudiera ser sí, Lucio Claudio, pero eso no explica lo que ocurrió. Por lo que me has dicho, yo diría que se trata de algo retorcido y a la vez demasiado humano. Pero dime, ¿qué te preocupa? No conoces a ninguno de esos hombres. ¿Cuál es tu interés en el misterio?

—¿No lo entiendes, Gordiano, después de todo lo que te he contado? Paso los días lleno de aburrimiento, mirando por las ventanas de la vida de otras personas. Hoy ha ocurrido algo que realmente me emociona. Me gustaría investigar las circunstancias por mí mismo, pero… —la gran mole de su cuerpo se encogió un poco—, no soy precisamente valiente…

Miré la joyería reluciente de sus dedos y su cuello.

—Entonces debería decirte que no soy precisamente barato.

—Y yo no soy precisamente pobre.

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