La ciudad de los libros soñadores

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Poco antes de morir, Danzerote entrega a su discípulo Hildegunst von Mythenmetz un extraño manuscrito y le pide que se dirija a la ciudad de los libros soñadores. Al leer el libro, el joven Hildegunst descubre que su autor tiene un don único, el Orm, y se dispone a buscarlo en aquella extraña ciudad. Hildegunst descubre un lugar subterráneo poblado por fantásticos personajes obsesionados con los poderes secretos de loslibros, libreros de viejo y coleccionistas de rarezas literarias, cazadores de libros capaces de matar por un manuscrito deseado… Deberá reunir todo su valor para adentrarse en las catacumbas donde se esconde el temible rey de las sombras. Empiezan entonces para el joven unasmuy inesperadas y fascinantes aventuras por el mundo mágico de los libros.

ANTICIPO:
Cuando se había acostumbrado uno al olor abrumador de papel podrido que subía de las entrañas de Bibliópolis, cuando se hablan superado los primeros ataques de estornudos alérgicos que producía el polvo de los libros que flotaba por todas partes y cuando los Ojos cesaban lentamente de llorar por el humo acre de los miles de chimeneas… se podía comenzar por fin a admirar las innumerables maravillas de la ciudad.

Bibliópolis contaba con más de cinco mil librerías de viejo oficialmente registradas y, más o menos, mil tiendas de libros en las que además de libros, se ofrecían bebidas alcohólicas, tabaco y hierbas y esencias embriagadoras cuyo consumo, supuestamente aumentaba la alegría de leer y la concentración. Había un número difícil de estimar de vendedores ambulantes, que en estanterías rodantes, carritos de mano, bolsos en bandolera y carretillas ofrecían obras impresas en todas las formas imaginables. En Bibliópolis habla más de seiscientas editoriales, cincuenta y cinco imprentas, una docena de fábricas de papel y un número continuamente en aumento de talleres que se ocupaban de producir tipos de imprenta de plomo y tinta de imprimir. Había tiendas que ofrecían miles de puntos de lectura y ex libras, canteros especializados en soportes para libros, carpinterías y negocios de muebles llenos de atriles y estanterías. Había ópticos, que hacían gafas de leer y lupas y en cada esquina un café, casi siempre con una chimenea encendida y lecturas literarias las veinticuatro horas del día

Vi innumerables parques de bomberos de Bibliópolis todos relucientes, con poderosas campanas de alarma sobre los portales y carruajes de caballos enganchados, y con tanques de agua en los remolques. Cinco veces ya, espantosos incendios habían devastado grandes partes de la ciudad y de los libros… Bibliópolis pasaba por ser la ciudad con más peligro de incendio del continente Por razón de los fuertes vientos que soplaban continuamente por las calles, Bibliópolis era, según la época del año, fresca, fría o helada pero nunca calurosa, por lo que se solía estar a cubierto se encendía una buena calefacción… y naturalmente se leía mucho Las chimeneas constantemente encendidas y las chispas que saltaban en la vecindad inmediata de libros viejísimos, fácilmente inflamables, creaban una situación critica permanente en la que, en cualquier momento, podía estallar un nuevo incendio.

Tuve que resistir el impulso de precipitarme enseguida en la primera librera y empezar a revolver infolios, porque de otro modo no hubiera salido hasta la noche… y en primer lugar tema que buscar alojamiento. Así que, de momento, me limité a pasar con ojos brillantes por delante de los escaparates, tratando de fijarme en las tiendas que tenían ediciones especialmente prometedoras

Y allí estaban, los libros sonadores. Así llamaban en aquella ciudad las existencias de las librerías de viejo, porque, desde el punto de vista de los comerciantes, aquellos libros no estaban ya exactamente vivos ni tampoco exactamente muertos, sino que se encontraban en un estado intermedio, semejante al sueno. Habían dejado atrás su existencia real, tenían delante su descomposición y por eso dormitaban, a millones y millones de millones, en todas las estanterías y cajas, en los sótanos y catacumbas de Bibliópolis. Sólo cuando una mano curiosa cogía un libro y lo abría, cuando era adquirido y llevado, podía despertar a una nueva vida. Y eso era con lo que todos los libros soñaban.

Aquí: El tigre de calcetines de lana de Calibán Sycorax, ¡primera edición! Allí: La lengua afeitada, de Adrastea Sínopa… ¡con las famosas ilustraciones de Elihu Wippel! Allá: Los hoteles de ratones< de Panzacochino, la legendaria guía humorística de Yodler ven Hinnen, ¡en perfecto estado! Una aldea llamada Copo de Nieve, de Palísaden-Honko, la muy elogiada autobiografía de un criminal literato, escrita en la mazmorra de Ciudad de Hierro… ¡ y firmada con sangre! La vida es mas horrible que la muerte… aforismos y máximas desesperados de P. H. T. Farcevol, ¡encuadernada en piel de murciélago! El tambor de las hormigas, de Sansemina van Geisterbahner, ¡en la legendaria edición de escritura invertida! El huésped de cristal, de Zodiak Glockenschrey. La novela experimental El perro que sólo ladraba hacia el ayer…, libros con cuya lectura soñaba desde que Danzarote me había hablado de ellos con entusiasmo. Aplastaba la nariz contra cada escaparate, lo recorría tanteando como un borracho y sólo avanzaba a paso de caracol. Hasta que finalmente me dominé y decidí no fijarme en los títulos y dejar de una vez que Bibliópolis en su conjunto hiciera en mí su efecto. No había visto el bosque por los muchos árboles o, mejor dicho, la ciudad por los muchos libros. Después de la vida literaria indolente y perdida en sueños de la Fortaleza de los Dragones, que sólo de vez en cuando se animaba por algún asedio pasajero, vagar por las calles de Bibliópolis me regalaba una granizada de impresiones. Imágenes, colores, escenas ruidos y olores…, todo era nuevo y excitante. Todas las formas de vida de Zamonia… y cada una con un rostro extraño. En la fortaleza sólo era siempre el mismo desfile de rostros, parientes, amigos, vecinos, conocidos…, aquí todo era desconocido y curioso.

En realidad, tropezaba también con algún habitante de la Fortaleza de los Dragones. Entonces nos deteníamos brevemente, nos saludábamos con cortesía, intercambiábamos un par de cumplidos, nos deseábamos mutuamente una agradable estancia y nos despedíamos. Todos nos comportábamos de esa forma reservada en los viajes, lo que tenía que ver, entre otras cosas, con que no se va al extranjero para encontrarse con la gente de siempre.

¡Ahora tenía que seguir, seguir, investigar lo desconocido! Por todas partes había poetas demacrados que recitaban a grito pelado sus obras, con la esperanza de que algún editor o mecenas podrido de dinero pasara por allí y se fijara en ellos. Observé que alrededor de los poetas callejeros se movían algunos personajes llamativamente bien alimentados, una especie de jabalíes gordos que escuchaban atentamente, tomando notas de vez en cuando. Sin embargo, no tenían nada de generosos patrocinadores sino que eran agentes literarios, y obligaban a los esperanzados autores a firmar contratos leoninos para exprimirlos luego despiadadamente como «negros», hasta haber ordeñado de ellos la última idea original… De eso me había hablado Danzarote.

Funcionarios nattifftoffes patrullaban vigilantemente en pequeños grupos, en busca de vendedores ilegales sin licencia natifftoffe… Y siempre que aparecían los libros eran metidos apresuradamente en sacos y se ponían en movimiento las carretillas.

Los periódicos vivientes —enanos de pies ligeros con sus tradicionales capas de papel de pruebas de imprenta— voceaban por las callejas los últimos cotillees y chismorreos del mundo de la literatura y dejaban que, por un precio módico, los transeúntes leyeran los detalles en sus capas:

¿Han oído ya? ¡Muliat von Kokken ha vendido su relato El timbal de los limones a la editorial Melissen, que ha sido el mejor postor!

Increíble: ¡La corrección editorial de la novela de Ogden Ogden
Un pelícano en hojaldre se ha retrasado otros seis meses!

Inaudito: ¡El último capítulo de
El bebedor de la verdad es un plagio de Fantotas Pemm del libro Madera y manía de Uggli Prudel!

Los cazadores de libros se apresuraban de tienda en tienda para convertir en numerario su botín o recibir nuevos encargos. ¡Cazadores de libros! Se los reconocía por su lámpara de minero y sus antorchas medusa, por su vestimenta resistente y marcial de cuero, piezas de armadura y cota de malla, y por las herramientas y armas que llevaban consigo: hachas y sables, picos y lupas, cuerdas, cordeles y botellas de agua. Uno salió delante mismo de mis pies de una alcantarilla: un ejemplar impresionante de casco de hierro y máscara de alambre. No se trataba sólo de medidas de protección contra el polvo o los insectos peligrosos del mundo misterioso que había debajo de Bibliópolis. Danzarote me había contado que los cazadores de libros no sólo se arrebataban mutuamente el botín bajo tierra, sino que luchaban en toda regla y hasta se mataban. Cuando se veía a alguna de aquellas criaturas totalmente acorazada salir jadeando y gruñendo del suelo, eso resultaba fácil de creer.

Sin embargo, la mayoría de los transeúntes eran sólo, sencillamente, turistas a los que la curiosidad había llevado a la ciudad de los libros soñadores. A muchos los llevaban en rebaño por las callejas guías con megáfonos de hojalata, que gritaban al grupo, por ejemplo, en qué casa Urian Nussek había regateado con qué editor el precio de El valle de los faros. Graznando y torciendo el cuello como gansos excitados, los visitantes los seguían, asombrándose de toda minucia, por trivial que fuera.

Una y otra vez me atajaba el paso algún grosero morcillón metiéndome en la mano un papel en el que decía qué escritor y en qué librería tendría aquella tarde el honor de leer su obra, a la hora de la madera. Tardé un poco en aprender a ignorar sencillamente aquella forma de atraco.

Por todas partes se tambaleaban formas de vida bajitas, vestidas como libros con piernas y que, por ejemplo, hacían propaganda de La sirena de la taza de té o El entierro del escarabajo. De vez en cuando se empujaban mutuamente, porque con aquellos disfraces de libros su visibilidad era limitada. Entonces se caían, la mayoría de las veces con estrépito, y trataban luego, entre carcajadas generales, de volver a ponerse en pie.

Admiré sorprendido las habilidades de un artista callejero que hacía malabarismos con doce libros voluminosos. Quien haya tratado alguna vez de lanzar un libro al aire y volver a cogerlo sabrá lo difícil que es… De todas formas quisiera añadir que el malabarista tenía cuatro brazos. Otros artistas callejeros se habían disfrazado de personajes populares de la literatura zamónica y, si se les echaba dinero, recitaban de memoria pasajes de las obras pertinentes.

En un mismo cruce de calles vi a Hario Schunglisch de Los arrojados, Oku Okra de Cuando las piedras lloran y la tísica protagonista Zanilla Tositala, de la obra maestra de Gofíd Letterkerl Zanilla y el Patracio.

—Sólo soy una pelúa montañesa —exclamaba con dramatismo la actriz que hacía de Zanilla— y tú, mi amado, eres un patracío. Nunca podremos estar juntos. ¡Saltemos unidos a la Garganta de los Demonios!

Aquellas frases bastaron para volver a llenarme los ojos de lágrimas. ¡Gofid Letterkerl era un genio! Sólo con esfuerzo me aparté del espectáculo.

¡Adelante! ¡Adelante! En carteles de los escaparates, que estudié con atención, se anunciaban veladas de recitado, salones literarios, presentaciones de libros y concursos de versificación. Los vendedores ambulantes me distraían sin cesar, tratando de colocarme sus sobados mamotretos y persiguiéndome calles enteras, mientras declamaban a voz en grito fragmentos de sus cachivaches.

Huyendo de uno de aquellos tipos insistentes, pasé junto a una casa pintada de negro, sobre cuya puerta una tablilla anunciaba que se trataba del Gabinete de los Libros Peligrosos. Un perrillo con capa de terciopelo rojo paseaba por delante de un lado a otro, murmurando a los transeúntes y enseñando aterradoramente los dientes:

—¡Entren en el Gabinete de los Libros Peligrosos a su propio riesgo! ¡Se prohíbe la entrada a niños y ancianos! ¡Pónganse en lo peor! ¡Hay libros capaces de morder! ¡Libros que atentarán contra su vida! ¡Libros venenosos, estranguladores y volantes! ¡Todos auténticos! ¡No se trata de un tren fantasma, señores, es la realidad! ¡Hagan testamento y besen a sus seres queridos antes de entrar en el Gabinete de los Libros Peligrosos!

De una salida lateral sacaban en camillas, a intervalos regulares, cuerpos cubiertos con sábanas, y de las ventanas claveteadas de la casa surgían gritos amortiguados… pero los espectadores entraban multitudinariamente en el gabinete.

—Es sólo una trampa para turistas —me dijo un semienano de traje abigarrado—. Nadie estaría tan chiflado como para mostrar al público verdaderos libros peligrosos. ¿Qué le parecería algo realmente auténtico? ¿Le interesa una borrachera de Orm?

—¿De qué?—pregunté a mi vez irritado.

El enano se abrió el manto y me mostró una docena de frasquitos en la parte interior. Miró a su alrededor nerviosamente y volvió a cerrarse la capa.

—Es sangre de poetas auténticos, en la que pulula el Orm —me susurró con tono conspirador— ¡Una gota en un vaso de vino y alucinarás novelas enteras! ¡Sólo cinco pyras el frasquito!

—No, gracias! —lo rechacé—. También yo soy poeta!

—Dragones esnob, ¡os creéis que sois algo especial —me gritó el enano mientras me alejaba a buen paso— ¡Sólo escribís con tinta! ¡Y sois poquísimos los que alcanzáis el Orm!

Vaya, al parecer había caído en uno de los rincones más siniestros de Bibliópolis. Sólo entonces me di cuenta de que por allí habla un número llamativamente alto de cazadores de libros, que hacían turbios negocios con personajes sospechosos. Libros cubiertos de piedras preciosas salían de sacos de cuero y cambiaban de dueño por gruesas bolsas llenas de pyras. Debía de haber ido a parar a algo así como un mercado negro.

—¿Le interesan libros de la Lista Dorada? —me preguntó un cazador de libros vestido de cuero negro de pies a cabeza. Llevaba como máscara el mosaico de una calavera, un cinturón con docenas de cuchillos y dos hachas metidas en las botas—. Ven conmigo a esa calleja estrecha de atrás y te enseñaré libros con los que ni siquiera has soñado.

—¡Muchas gracias! —exclamé yo, poniendo apresuradamente tierra por medio—. ¡No me interesan!

El cazador de libros se rió de forma demoníaca:

—¡Es que yo tampoco tengo libros! —me gritó mientras me alejaba—, ¡Sólo quería retorcerte el cuello y cortarte las manos, ponerlas en vinagre y venderlas! Las reliquias de la Fortaleza de los Dragones son enormemente codiciadas en Bibliópolis.

Me apresuré a dejar aquel barrio siniestro. Unas callejuelas más allá todo era normal otra vez, sólo turistas inofensivos y artistas callejeros que representaban espectáculos populares de marionetas. Respiré. Probablemente el cazador de libros sólo me había gastado una broma siniestra, pero la idea de que partes momificadas del cuerpo de los dragones tuvieran en Bibliópolis cierto valor de mercado me hacía estremecerme.

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