La ciudad y las estrellas

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Si bien la ciencia ficción no siempre resiste bien el paso del tiempo, La ciudad y las estrellas, como todas las grandes obras literarias, no sólo mantiene su vigencia, sino que resulta una de las lecturas más frescas, originales y sugerentes que puede acometer un aficionado al género. Más allá de la coherencia del mundo imaginado por Clarke, lo que nos arrastra desde las primeras páginas es su poder de convicción y el rotundo trazo con que pone en pie a sus personajes. Es ahí donde su talento resulta deslumbrante.

Sir Arthur C. Clarke (1917) es uno de los grandes maestros de la ciencia ficción, un autor que escribe con una inteligencia sorprendente, a menudo en un tono frío pero irónico, y al que debemos algunas de las escenas más célebres del género. Tras su paso por la RAF durante la segunda guerra mundial, en 1948 acabó con honores estudios en física y matemáticas, pero ya antes había publicado algunos relatos breves en revistas especializadas, aunque sus primeras obras las firmó con los seudónimos Charles Willis y E.G. O´Brien. Libros como Claro de tierra, Las arenas de Marte, Expedición a la Tierra, El fin de la infancia o sus Relatos de diez mundos le avalan como el novelista que ha examinado con mayor competencia y lucidez el futuro de los viajes por el espacio, la era de los satélites artificiales y las posibilidades de explorar los planetas del sistema solar, pero no hay duda de que fue 2001: Una odisea en el espacio, escrita a partir de un guión cinematográfico en el que intervino también Stanley Kubrick, la que mayor fama le dio. En 1994 fue nominado al Premio Nobel.

ANTICIPO:
De todos los habitantes de Diaspar,Alvin no llegaba a conocer un millar. No era sorprendente, por lo tanto, que aquel hombre le fuera desconocido. Pero sí le extrañó encontrar a alguien en esa desierta torre tan próxima a la frontera de lo desconocido.

Volviendo la espalda al mundo del espejo, se fue frente al intruso. Antes de que pudiera pronunciar palabra, el otro comenzó a hablar.

-Supongo que eres Alvin. Cuando descubrí que alguien venía por aquí debí imaginar que eras tú.

Obviamente, sus palabras no implicaban ninguna ofensa, eran la simple enunciación de un hecho, y como tallas tomó Alvin. No le sorprendió que lo reconociera; le gustara o no, su carácter de Único, con todo lo que ello significaba, lo había hecho célebre.

-Soy Kedron -continuó el desconocido, como si eso lo explicara todo-. Me llaman el Bufón.

Alvin permaneció inexpresivo, y Kedron se encogió de hombros con fingida resignación.

-Oh, así es la fama. Sin embargo, eres joven todavía, y desde tu nacimiento no ha habido ninguna broma; voy a perdonar tu ignorancia.

En Kedron había algo fresco y fuera de lo común.Alvin trató de recordar el significado de esa extraña palabra, «Bufón»; le traía vagos recuerdos que no lograba precisar. En la compleja estructura social de la ciudad había muchos títulos semejantes y se requería toda una vida para aprenderlos.

-¿Vienes aquí con frecuencia? -preguntó Alvin.

Se sentía un tanto celoso; había llegado a considerar la Torre de Loranne como algo propio, y le fastidiaba un poco que alguien más conociera sus maravillas. Se preguntó si Kedron había contemplado alguna vez el desierto y el descenso de las estrellas hacia el oeste.

-No -dijo Kedron, como si contestara las preguntas no formuladas-. Nunca he venido antes. Pero me gusta enterarme de todos los hechos extraños que ocurren en la ciudad y ha pasado mucho tiempo desde que alguien visitó por última vez la Torre de Loranne.

Alvin se preguntó por un momento cómo se habría enterado Kedron de sus primeras visitas, pero enseguida disipóla duda. Diaspar estaba llena de ojos y oídos, y de otros sentidos más sensibles, que la mantenían informada de todo cuanto pasaba dentro de sus límites. Con el suficiente interés, cualquiera podía, sin duda, encontrar la forma de controlar esos canales.

-Aunque pudiera resultar extraño que alguien llegara hasta aquí -dijo Alvin, empeñado en un duelo verbal-, ¿por qué te interesa tanto?

-En Diaspar, lo extraño es mi privilegio -contestó Kedron-. Sabía que algún día nos íbamos a encontrar. A mi manera, yo también soy Único. Oh, no en la misma forma que tú; ésta no es mi primera vida. He salido mil veces de la Casa de Creación, pero hace mucho, al principio, se me asignó el papel de Bufón, y en Diaspar existe sólo un Bufón a la vez. Muchos piensan que con uno ya hay demasiado.

El tono irónico de las palabras de Kedron logró confundir un tanto a Alvin; no era lo más correcto hacer preguntas de carácter personal, pero, después de todo, Kedron había sido el primero en mencionar el tema.

-Perdona mi ignorancia -dijo Alvin-, pero ¿qué es un Bufón y qué haces?

-Preguntas «qué» -respondió Kedron-, comenzaré por contestarte «por qué». Es una historia muy larga, pero creo que te interesará.

-Todo me interesa -replicó Alvin, con una buena dosis de sinceridad.

-Muy bien. Los hombres que idearon Diaspar -aunque a veces dudo de que fueran hombres- tuvieron que resolver un problema complicado en extremo. Como sabes, Diaspar no es sólo una máquina, sino un organismo vivo y, además, inmortal. Estamos muy acostumbrados a nuestra sociedad y no podemos hacemos una idea de lo extraña que debe haber sido para nuestros antepasados. El nuestro es un pequeño mundo cerrado que nunca varía, salvo en pequeños detalles, y además es de una estabilidad perfecta, milenio tras milenio. Tal vez es la civilización más larga de la historia humana; sin embargo, en esa misma historia hubo también incontables culturas que se desarrollaron por cierto tiempo, para sucumbir después. Ahora bien, ¿cómo logró Diaspar su extraordinaria estabilidad?

Alvin se sorprendió de que alguien fuera capaz de hacer una pregunta tan elemental, y sus esperanzas de aprender algo nuevo comenzaron a desvanecerse.

-Mediante los Bancos de Memoria, por supuesto -contestó-. Diaspar está compuesta siempre por las mismas personas, aunque formen distintos grupos a medida que entran y salen de la Casa de Creación.

Kedron negó con la cabeza.

-Eso es sólo parte de la verdad. Con la misma gente se pueden construir diversos esquemas sociales. No puedo demostrarlo, y no tengo pruebas fehacientes, pero así lo creo. Los que planearon la ciudad no sólo determinaron su población, sino también las leyes para regir su conducta. Apenas nos damos cuenta de la existencia de esas leyes, pero las obedecemos. Diaspar es una cultura estancada, que no puede cambiar más allá de ciertos límites. Los Bancos de Memoria almacenan muchas otras cosas, además de las matrices de nuestros cuerpos y personalidades. Mantienen también la imagen misma de la ciudad, conservando cada uno de sus átomos perfectamente fijos contra todos los cambios que el Tiempo pudiera acarrear. Mira este suelo, por ejemplo; fue colocado hace millones de años, y ha sido recorrido por innumerables pasos. ¿Puedes distinguir alguna señal de desgaste? Por más resistente que fuera, cualquier material sin protección se habría convertido en polvo hace siglos. Pero mientras exista energía para manejar los Bancos de Memoria, las matrices que albergan pueden controlar el diseño de la ciudad: la estructura física de Diaspar jamás cambiará.

-Sin embargo, ha habido ciertos cambios -protestó Alvin-. Desde que se construyó la ciudad se han demolido muchos edificios, se han construido otros nuevos…

-Claro, pero sólo descargando los datos conservados en los Bancos de Memoria y estableciendo nuevos moldes. En todo caso, sólo quería dar un ejemplo del modo en que la ciudad se conserva físicamente. Lo que deseo demostrar es que, de la misma forma, hay máquinas en Diaspar que mantienen nuestra estructura social. Observan cualquier cambio, y lo corrigen antes de que sea demasiado importante. ¿Cómo lo hacen? No lo sé; tal vez seleccionando los que salen de la Casa de Creación. Quizá mallipulando los moldes de nuestras personalidades; creemos poseer libre albedrío, ¿pero acaso podemos estar seguros?

»De todos modos, se ha resuelto el problema. Diaspar ha logrado sobrevivir y perdurar a través de los siglos, como un enorme barco cargado con todo lo que queda de la raza humana. Es una verdadera hazaña de la ingeniería social: si vale o no la pena, es otra cuestión.

»Sin embargo, la estabilidad no es suficiente. Puede llevar con facilidad al estancamiento, y de ahí a la decadencia. Los constructores de la ciudad hicieron todo lo posible para evitarlo, aunque estos edificios abandonados sugieren que no lograron del todo su propósito. También yo, Kedron el Bufón, soy parte de ese plan. Quizás una parte mínima. Me gustaría pensar lo contrario, pero no tengo en qué basarme.

-Y ¿en qué consiste esa parte? -preguntó Alvin, todavía a oscuras y un tanto exasperado por la cuestión.

-Digamos que consiste en introducir cierta dosis de desorden en la ciudad. Si explicara mis métodos, destruiría su eficacia. júzgame por mis hechos, aunque sean pocos, y no por mis palabras, aunque sean muchas.

Alvin nunca había conocido a nadie parecido a Kedron. El Bufón tenía una verdadera personalidad; era un personaje que sobrepasaba en mucho el nivel medio de uniformidad de la gente de Diaspar. Importaba poco descubrir o no cuál era su misión y cómo la llevaba a cabo. Lo importante, presentía Alvin, era encontrar a alguien con quien poder conversar, si es que en algún momento interrumpía su monólogo; alguien capaz de contestar las preguntas que tanto le intrigaban.

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1 Opinión

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  • Keltos
    on

    Este libro me ha parecido una gran obra, no he leido ningún libro más de Arthur C. Clarke pero si todos los demas son como este…jeje. Lo atractivo de este libro es su descripción de la Tierra en tan lejanísimo futuro,un billón de años, cosa imposible pero que tiene hueco en la ciencia ficción. Como nos presenta el autor Diaspar y la vida en esta avanzadísima ciudad es otro de los aspectos más llamativos de la obra. Por último, el argumento es fluido y te mantiene todo el tiempo intrigado. Un gran libro.

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