La dama del dragón

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Italia, en la eclosión del Renacimiento.

Las maquinaciones políticas y las luchas por el poder convierten a los pequeños estados italianos en un complejo tablero de ajedrez, en una época en que los enfrentamientos políticos corren paralelos al florecimiento de las artes. Dentro de ese ambiente, Caterina Sforza, hija ilegítima del duque de Milán, no dudó en defender hasta el final sus derechos, en conflicto con el poder de Roma. Ninguna barrera fue lo suficientemente fuerte para frenar sus propósitos: con sólo veinte años y embarazada de siete meses se apoderó del castillo de Sant’Angelo de Roma; posteriormente se enfrentó a los poderosos Médicis, negoció con el intrigante Maquiavelo y trabó amistad con Leonardo Da Vinci; controló ciudades estratégicas y desafió a César Borgia, resistiendo el asedio de un ejército muy superior y causando la admiración de sus contemporáneos.

Caterina Sforza fue una indomable guerrera a la par que sus ansias de saber la convirtieron en una mujer adelantada a su tiempo: tuvo fama de alquimista y sus enemigos la da tacharon de hechicera.

La Dama del Dragón es una vibrante novela que encierra, en la extraordinaria vida de Caterina Sforza, toda la fogosidad y espíritu de aventura que desplegó a lo largo de su existencia, en unos años apasionantes que fueron claves en la formación de Europa.

ANTICIPO:
Las exequias habían sido dignas de un príncipe de la Iglesia. Sobre un adornado catafalco, rodeado por más de un centenar de cirios cuyas limpias candelas creaban una imagen majestuosa, el cuerpo de Fierro Riario, revestido con los ornamentos propios de su dignidad cardenalicia, había reposado durante cuarenta y ocho horas en el crucero de San Pedro. Allí recibió el homenaje áe amigos, conocidos y deudos. El frío remante permitió que los restos mortales del difunto no entrasen en descomposición. El Papa, apesadumbrado por el dolor, no se había sentido con fuerzas para asistir al sepelio y despidió el cortejo fúnebre de su sobrino a las puertas de la basílica, luego se retiró a sus aposentos, por lo que el recorrido hasta la iglesia de San Sixto fue presidido por su hermano Girolamo y su primo, el cardenal Giuliano della Rovere.

La comitiva, que salió del Vaticano poco después del medio día, discurría a la altura del castillo de Sant´Angelo cuando los cañones de la fortaleza pontificia atronaron el cielo de Roma. Su comandante cumplía las instrucciones recibidas.

Al escuchar los primeros disparos, los portadores del féretro abandonaron las parihuelas en medio de la calle y huyeron despavoridos; quienes se encontraban más próximos, desconcertados, los imitaron para ponerse a salvo. Los más decididos buscaron la salvación, arrojándose a las aguas del Tíber, pero la mayor parte de la gente, temerosa de la gélida temperatura de las aguas, pugnaba por ganar el puente que cruzaba el río. Muchos fueron al agua sin desearlo, al ser arrollados.

Los gritos de quienes pedían calma quedaron ahogados por el rugido de la muchedumbre enloquecida. Muy pronto corrió el rumor de que los enemigos del Papa habían decidido aprovechar la ocasión para lanzar su ataque.

Giuliano della Rovere no se explicaba cómo había podido ocurrir una cosa así, sin que les hubiese llegado el más mínimo de los rumores. Vio a su primo inmóvil, como alelado, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

—¡Vamos, GÍrolamo, no te quedes ahí! —Lo agarró por el brazo y tiró de él, casi arrastrándolo.

Varios soldados de la escolta de honor se agruparon a su alrededor. El oficial esperaba órdenes del cardenal, sin saber muy bien si Su Eminencia dispondría la custodia del féretro o su propia protección.

—¿Se sabe qué ha ocurrido? —preguntó al soldado.

—Lo ignoro, señor. Al parecer, las baterías de Sant´Angelo han abierto fuego.

Giulano della Rovere miró a su alrededor, la gente vociferaba, corría desquiciada de un lado para otro gritando. Había heridos en el suelo y personas aplastadas y pisoteadas por la masa enfebrecida. Dirigió su mirada hacia el río, donde muchos braceaban pugnando por ganar la orilla y no ser arrastrados por la corriente.

En el ambiente flotaba un intenso olor a pólvora y los cañones habían enmudecido. Se escuchaban los lamentos de los heridos y los gritos de auxilio resonaban por todas partes.

Fue Girolamo quien se percató de que algo extraño ocurría.

—¿Dónde están los efectos de la artillería?

Los soldados se miraron unos a otros, desconcertados.

—¡Santo cielo! ¡Todo ha sido un error! —exclamó el cardenal, llevándose a la boca sus enguantadas manos.

—¡Salvas de honor! ¡La artillería de Sant´Angelo daba su último adiós al cortejo!

Aquella noche en las tabernas y en los tugurios del Trastevere no se hablaba de otra cosa. El vino ponía vivos colores a las narraciones de los parroquianos. Nadie recordaba las tres docenas de muertos habidos en el tumulto, ia mitad de ellos ahogados, y probablemente aguas abajo el Tíber entregaría algunos cadáveres más. También se sumarían los desgraciados que, malheridos, fallecerían en las horas siguientes.

Girolamo Ríario y Virgilio Orsini abandonaron el garito situado a espaldas de la iglesia de Santa María ¡n Trastevere. La suerte no les había sonreído porque los dados, una y otra vez, se mostraron poco propicios. Pero los veinte ducados que habían quedado sobre la tabla de juego importaban bastante poco al sobrino del Papa. La muerte de su hermano io había convertido en uno de los hombres más ricos de Roma. La fortuna del cardenal pasaba íntegra a sus manos, salvo las cantidades reservadas para misas por el eterno descanso de su alma y otras mandas que el difunto destinaba a diferentes obras de caridad.

—¡Esos dados estaban cargados! —Virgilio repetía la misma cantinela después de cada trago a la frasca de vino, mientras avanzaba a trompicones por las callejas del más popular y peligroso de los barrios de Roma.

Las protestas de su amigo no enturbiaban el ánimo de Riario; la muerte de su hermano había sido un regalo del cielo. Cierto que no la babía deseado, pero tampoco lo había entristecido. Además, él no era quién para escrutar los designios del Altísimo y mucho menos para mostrarse disconforme con ellos. Aquella muerte suponía para él una riqueza difícil de evaluar porque el cardenal de San Sixto, pese a su juventud —Dios lo había llamado a su seno cuando acababa de cumplir los veintiocho años—, había acumulado en pocos años una de las mayores fortunas de Roma.

Conforme se alejaban de! corazón del Trastevere el silencio de la noche ganaba en intensidad. Se aproximaban a la ribera del TÍber cuando Girolamo propuso subir por la Farnésma y cruzar el río por el puente de Sant´Angelo. Aunque a aquellas horas Roma era una ciudad poco recomendable, era el camino más seguro.

—Ése es un rodeo inútil, además hace mucho frío —protestó Virgilio.

—Pero es el mejor camino.

Orsini se detuvo en medio del callejón. Su imagen tenía algo de cómica a la luz de la luna, que aparecía y desaparecía entre las nubes cortadas que surcaban el cielo de Roma.

—Propongo —Virgilio alzó la frasca del vino como sí se tratase de un brindis— que vayamos por la Tiberina.

—¿Te has vuelto loco?

—¡No me digas que tienes miedo!

Riario miró a su amigo.

—No confundas la prudencia con el miedo. Ése es un lugar peligroso a plena luz del día. ¡Imagínate a estas horas!

Orsini ahuecó una oreja con su mano e hizo ademán de auscultar en la oscuridad.

—¿Escuchas algo? Todo está en calma. La gente ya ha tenido bastante con lo de esta mañana. ¡Vamos, sigúeme! —Sin esperar respuesta, echó a andar y Girolamo lo siguió en silencio.

A un centenar de pasos estaba la orilla del Tíber. Recorrieron un pequeño trecho de ribera; tan sólo se oía el murmullo de las aguas que bajaban con fuerza hasta llegar al puente Cesüo, que los conduciría a la Tiberina, una pequeña isla en medio del río, unida a las riberas por dos sólidos puentes construidos en la época imperial. En otro tiempo se alzó un hospital, abandonado años atrás. En pocos meses sus ruinas se convirtieron en refugio de varias de las bandas más peligrosas de Roma. También podían encontrarse algunos prostíbulos, donde buscaban acomodo las prostitutas más ancianas, a las que el tiempo había despojado de su belleza. Como decía Girolamo, si era un lugar poco recomendable a plena luz del día, cruzarlo de noche era una temeridad.

Con todo Virgilio tenía razón al decir que se ganaba rápidamente la otra orilla, donde se alzaban las ruinas del teatro Marcelo y, siguiendo la vía de los Giubbonari, se llegaba al Campo dei Fiori, donde Girolamo se había instalado provisionalmente en el palacio que los Orsini habían puesto a su disposición, mientras concluían las obras del suyo cerca de la piazza Navona.

A la entrada del primero de los puentes un bulto emergió de las sombras. Girolamo echó mano a su espada.

—¡Teneos, señor! Sólo os pido una caridad.

—¡Apártate de mí camino! —le ordenó Riario, sin quitar la mano de la empuñadura.

—¿Acaso pensáis que supongo un peligro para vos?

Era una voz de mujer. Aguardentosa, pero de mujer; sus palabras sonaron como una amenaza.

—¡Aparta te digo!

—¿Tenéis miedo? —Ahora la voz cobró un tono desagradable.

Girolamo miró a su amigo, algo rezagado.

—¿Qué deseas?

—Ya os lo he dicho, excelencia, una candad.

Orsini arrojó la frasca por encima del puente y desenvainó su acero. Los vapores del alcohol habían desaparecido de repente. Escudriñó en la oscuridad, esperando el ataque de un momento a otro.

—¡Échate a un lado y deja el paso libre! —le ordenó Riario tirando también de su espada.

El ruido de unos pasos a sus espaldas les indicó su verdadera situación. Miraron hacia atrás y comprobaron que se acercaban tres individuos armados con estacas. Girolamo sintió ganas de golpear a Orsini, que de una forma tan estúpida los había llevado hasta aquella trampa. Los malhechores se habían aproximado.

—¡Maldita arpía!

Orsini paraba con su espada el primer golpe y alcanzaba al agresor en el brazo; Girolamo había desarmado a otro de los atacantes. Quedaba un tercero, que dudaba si acometer. Todo estaba resultando demasiado fácil y la pelea parecía a punto de concluir cuando la vieja, que se había refugiado Junto al pretil del puente, se llevó los dedos a la boca y emitió un silbido que imitaba el ulular de un buho. Como por ensalmo, los alrededores se poblaron de sombras en movimiento. Eran por lo menos una docena.

—¡Rápido, Virgilio, crucemos el puente antes de que lleguen, son demasiados!

Echaron a correr, tratando de ganar la otra orilla con los malhechores pisándoles los talones. Su huida significaba meterse en la boca del lobo, pero no tenían otra opción; su ventaja disminuía rápidamente.

Al doblar una esquina, donde se abrían Eres callejuelas, se detuvieron un instante, tratando de orientarse. Desde el postigo de una puerta, una voz los invitó a pasar. Dudaron un momento, pero no había tiempo para consideraciones. La voz los conminó otra vez:

—¡Vamos, vamos! ¡Rápido!

Entraron y la puerta se cerró justo a tiempo. Pudieron escuchar, mientras contenían la respiración, las imprecaciones de sus perseguidores que, poco a poco, se perdieron en el silencio de la noche romana.

El refugio era un lugar extraño. El techo bajo producía una sensación agobiante, a la que colaboraba la falta de ventanas. En las vigas colgaban manojos de hierbas secas y, en un rincón, sobre una mesa redonda cubierta por un tapete mugriento, había papeles desordenados en los que se adivinaban extraños signos y símbolos. En las paredes podían verse láminas; una de ellas era un mapa adornado con cuerpos celestes. La estancia daba a un patinillo, en cuyo centro se alzaba un robusto laurel de frondosas ramas que alcanzaban las paredes.

Quien los había sacado momentáneamente del atolladero era un individuo cargado de hombros, casi Jorobado, y de edad difícil de determinar, aunque había cumplido sobradamente los cincuenta años. Las arrugas de su rostro parecían talladas en la piel y llamaba la atención una dentadura blanca y reluciente.

Se llevó un dedo a los labios, proponiendo silencio hasta asegurarse de que los perseguidores se habían alejado definitivamente.

—Ha sido una insensatez aventurarse en la isla a estas horas sin la protección de una escolta. —La mirada que Girolamo dirigió a OrsÍní confirmaba las palabras del desconocido—. ¿Teníais alguna razón para hacerlo?

Riario, que mantenía el acero en la mano, le respondió con otra pregunta:

—¿Quién eres y por qué has hecho esto?

—Mi nombre es Antonio Maragon, todo el mundo me conoce como Pitutti, y os he proporcionado resguardo por consideración a vuestro hermano.

—No te entiendo.

—Es muy simple, señor, si estoy con vida es gracias al cardenal Riario, vuestro hermano. Esta mañana os vi cuando presidíais el cortejo fúnebre de su entierro.

—¿Mi hermano te salvó la vida?

—Así es, señor.

—Cuéntame cómo fue.

—Fui delatado por un malnacido y llevado ante el tribunal de la Inquisición. Me acusaban de hacer encantamientos, practicar hechicerías y llevar a cabo actos de brujería.

—¿Eres brujo?

—Eso dicen. Aunque en realidad me he limitado al estudio de los astros y de sus influencias, y a conocer las propiedades de las hierbas.

—¿Eres astrólogo y herbolario?

—Así es, mi señor, y he conocido tiempos mejores.

—¿Cómo fue que mi hermano te salvó de! Santo Oficio?

—Pura casualidad. El día que me conducían ante el tribunal para iniciar los interrogatorios, Su Eminencia estaba en el palacio de la Inquisición, nos cruzamos en el patio y me reconoció. Yo le había hecho un pronóstico hacía pocos meses.

—¿Qué le pronosticaste?

—Que culminaría con éxito la misión que el Papa le había encomendado en Florencia, Venecia y Milán.

Girolamo se puso tenso.

—¿Qué ocurrió?

—Salió fiador de mi inocencia ante los jueces.

—¿Te liberaron?

—Ya lo veis, señor, aquí estoy, con vida y ios huesos en su sitio. Vuestro hermano me evitó el potro y la toca.

—¿Qué sabías tú de esa misión encomendada al cardenal?

—No pude verlo con total claridad, pero vislumbré lo suficiente.

—¿Qué vislumbraste?

—Que conseguiría una fuerte suma de dinero para convertir en realidad el sueño del Papa y que…

Riario lo interrumpió.

—¿Cuál era el sueño del Papa?

—Ésa fue una de las cuestiones que no logré determinar. Pero era algo de gran importancia porque estaban en juego intereses políticos para esas tres ciudades.

—¿Qué más le pronosticaste? —Girolamo estaba inquieto.

—Que allanaría los obstáculos que se oponían a los deseos de Su Santidad.

—¿Viste algo más?

Pitutti, que hasta aquel momento había respondido sin vacilar, dudó. Los dos amigos intercambiaron una mirada.

—¿Viste algo más? —insistió Girolamo.

—No, nada más.

La respuesta sonó falsa.

—¿Estás seguro?

—Mejor lo dejamos, señor. Creo que ya podéis marcharos, esos bellacos se alejaron hace rato. Si lo deseáis, puedo acompañaros hasta la otra orilla del río.

Girolamo negó con un movimiento de cabeza y levantó el acero hasta dejar la punta a menos de un palmo de la garganta del astrólogo.

—Quiero la verdad y la quiero ahora.

—Es mejor dejarlo, señor.

—La vida que te dio mi hermano podrías perderla en un instante. —La punta del acero rozó la garganta de Pitutti.

—Señor, la astrología es una ciencia, pero los pronósticos no son exactos.

—¿Qué decían esos pronósticos? —insistió Girolamo—. Te juro que estoy a punto de perder la paciencia.

Pitutti se encogió de hombros.

—Vi también sangre, mucha sangre.

—¿Qué quiere decir eso?

—La muerte está más cerca de lo que podéis imaginar. Vi muchas muertes y todas ellas violentas.

—¿ La mía ?

—No lo sé, señor.

Ahora la respuesta sonó convincente.

—¡Vamonos de aquí, Virgilio!

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