La devoción del sospechoso X

DevocionSospechosoXKHigashino

La devoción del sospechoso X, galardonada con el Premio Naoki 2006, es la más exitosa novela de Keigo Higashino, uno de los escritores preferidos en Japón, con más de cinco millones de ejemplares vendidos en su propio país. El mundo descubre a Higashino en 2010, a raíz de la publicación de un artículo en el Wall Street Journal, y después de arrasar en todo Asia, ganar los más prestigio­sos galardones por sus trece novelas publicadas e inspirar varias películas y series de televisión.
Tokio, hoy. Yasuko pensaba que por fin se había librado de su ex marido. Pero cuando éste aparece un día ante la puerta de su apartamento, la escena se complica y el ex marido es asesinado. Madre e hija lo han estrangulado. De pronto, Ishigami, el enigmático vecino de al lado, se ofrece a deshacerse del cadáver y buscarles la coarta­da perfecta. Yasuko, desesperada, acepta de inmediato, pero al hacerlo da un giro inolvidable a esta fascinante historia.
Keigo Higashino, ex ingeniero na­cido en Osaka, es uno de los escri­tores de mayor éxito en Japón, con más de cinco millones de ejemplares vendidos. Ha sido galardonado con los más prestigiosos premios de su país: el Edogawa Rampo a la mejor novela negra, el Mystery Writers of Japan, el Inc. Prize a la mejor nove­la negra, el Honkaku Mystery y el Naoki 2006 a la mejor novela por La devoción del sospechoso X, prime­ra de sus obras traducida al español. En Japón, sus trece novelas negras han alcanzado las listas de libros más vendidos, han inspirado varias películas y series de televisión, y han sido traducidas en todo Asia. Ahora Higashino desembarca en Occiden­te, y lo hace con su más exitosa no­vela protagonizada por el Profesor Galileo, un físico de la universidad que, a base de lógica, ayuda a la po­licía a resolver los casos más difíci­les. En la actualidad, Higashino vive en Tokio.

ANTICIPO:

Algo cayó de la mano de Misato. Era un jarrón de bronce que le habían regalado a Yasuko, uno de esos recuerdos que se dan a los clientes y que había sobrado de la inauguración de Bententei.
— ¡Pero Misato…! —gritó Yasuko, mirándola fijamente.
La chica permanecía inmóvil e inexpresiva, como si su alma hubiera abandonado el cuerpo.
Un instante después, abrió los ojos como platos y clavó la vista en su madre. Yasuko se volvió y descubrió que Togashi intentaba ponerse de pie. Tenía una mano en la nuca y el ros­tro retorcido en una mueca de dolor.
—Vosotras dos… —gimió con una expresión de odio en el rostro, mirando a Misato. Tras tambalearse, avanzó a grandes zancadas hacia ella.
— ¡Déjala! —Yasuko se interpuso entre ambos en un in­tento de proteger a su hija.
— ¡Aparta! —gritó Togashi al tiempo que agarraba a Ya­suko por el brazo y la arrojaba a un lado con fuerza.
Yasuko salió disparada y se golpeó la cadera contra la pared.
Misato intentó escapar, pero Togashi la cogió por el hom­bro y se arrojó sobre ella. La chica se acuclilló bajo el peso de su cuerpo, como si la aplastara. El se puso a horcajadas sobre ella, la agarró por el pelo y la golpeó en la mejilla con la mano derecha.
— ¡Maldita…! ¡Te voy a matar a golpes! —La voz de Togashi era el bramido de una auténtica bestia. Yasuko pensó que la mataba.
Miró alrededor en busca de algo. Lo primero que vio fue el cable del kotatsu eléctrico, que desenchufó de la base de un tirón. El extremo opuesto del cable permanecía unido al ko­tatsu, y se puso de pie con él en las manos.
Hizo un lazo con el cable y, situándose detrás de Togashi, que tenía inmovilizada en el suelo a Misato y berreaba como un animal, lo pasó alrededor de su cuello y tiró hacia atrás.
Togashi soltó un gruñido gutural y cayó sobre su espalda. Comprendió lo que estaba pasando e intentaba por todos los medios introducir los dedos entre el cable y su cuello. Yasuko tiró con todas sus fuerzas, consciente de que, si lo soltaba, no tendría una segunda oportunidad. Más aún, estaba convenci­da de que, si lo hacía, él las perseguiría hasta el final de sus días como el implacable demonio de la peste.
Pero, en cuanto a fuerza, Yasuko no tenía opciones de vic­toria. El cable se iba deslizando entre sus manos.
Y entonces ocurrió. Misato reaccionó y empezó a soltar del cable los dedos de Togashi, que ya había conseguido asir­lo y tiraba de él para protegerse el cuello. Asimismo, intentó inmovilizarlo con todas sus fuerzas para que no desplegara toda su violencia física.
— ¡Mamá, rápido, rápido…! —gritó. No era momento para vacilaciones. Yasuko cerró los ojos y concentró en los brazos toda la fuerza de su cuerpo. El co­razón le palpitaba intensamente. Siguió tirando del cable mientras oía la sangre fluir en su interior.
No sabía cuánto tiempo había permanecido en esa posi­ción. Volvió en sí cuando oyó la tenue voz que la llamaba: —Mamá, mamá…
Yasuko abrió lentamente los párpados. Aún mantenía el cable apretado en las manos.
La cabeza de Togashi estaba justo delante de ella. Sus ojos grises, completamente abiertos, parecían mirar el vacío. Su rostro estaba amoratado por la congestión sanguínea y, al hundirse en su cuello, el cable le había dejado profundas mar­cas en la piel.
Togashi no se movía. De su boca salía un hilillo de baba, y de su nariz una especie de fluido. Yasuko gritó y soltó el ca­ble. Al hacerlo, la cabeza de Togashi golpeó fuertemente con­tra el tatami. Pero él ni se inmutó.
Aterrada, Misato se apartó del cuerpo. La falda de su uni­forme estaba muy arrugada. Se sentó en el suelo, con la espal­da apoyada contra la pared, mirando a Togashi.
Madre e hija permanecieron en silencio durante un rato, con los ojos fijos en aquel hombre inmóvil. A Yasuko, el con­tinuo zumbido del fluorescente se le antojaba insoportable­mente alto.
— ¿Qué hacemos? —susurró por fin. Su mente seguía en blanco—. Lo hemos matado… —Mamá…
Al oír la voz de Misato, Yasuko la miró. Vio que sus meji­llas estaban completamente pálidas. Por contra, tenía los ojos enrojecidos a causa de las lágrimas. Se preguntó cuándo ha­bría llorado su hija.
Yasuko volvió a mirar a Togashi. El confuso deseo de que reviviese y, al mismo tiempo, el de que no lo hiciera, se deba­tían en su interior. De todos modos, parecía evidente que no iba a recuperarse.
—Este tío… —dijo Misato—. Ha sido culpa suya. —Do­bló las piernas y se abrazó a sus rodillas. Luego hundió su rostro entre ambas y comenzó a sollozar.
El timbre del portero automático sonó justo cuando Ya­suko volvió a susurrar: «Y ahora, ¿qué hacemos?» Se asustó tanto que todo su cuerpo se sacudió como si sufriera una con­vulsión.
Misato también levantó la vista, con el rostro bañado en lágrimas. Ambas se preguntaban mutuamente, en silencio, quién sería a esas horas.
A continuación llamaron a la puerta y se oyó una voz de hombre.
—Señora Hanaoka…
A Yasuko aquella voz le resultaba familiar, pero en ese preciso instante no conseguía recordar de quién se trataba. Seguía inmóvil, como si alguien la hubiera convertido en una estatua de sal, y miraba fijamente a su hija. Llamaron de nuevo a la puerta. —Señora Hanaoka, señora Hanaoka… El desconocido parecía saber que ambas estaban en casa. No podían quedarse allí sin atenderlo. Pero, dadas las cir­cunstancias, tampoco podían abrir la puerta sin más.
—Tú enciérrate en la habitación del fondo. Cierra la puer­ta y no se te ocurra salir —le ordenó Yasuko a Misato en voz baja. Por fin estaba reaccionando.
Volvieron a llamar con los nudillos a la puerta. Yasuko respiró hondo.
—Ya voooy —dijo, intentando sonar tranquila. Su repre­sentación era desesperada—. ¿Quién es? —Soy Ishigami, el vecino.
Yasuko se sobresaltó. Sin duda, el ruido que ambas habían estado haciendo debía de haberle extrañado. Con semejante alboroto, lo contrario habría sido imposible. De ahí que, al oírlo, el tal Ishigami hubiera querido pasar a echar un vistazo.
—Ya voy. Un momento, por favor. —Yasuko trató de adoptar un tono de despreocupación, pero no estaba segura de haberlo conseguido.
Misato seguía en la habitación del fondo, con la puerta co­rredera cerrada. Yasuko miró el cadáver de Togashi. Tenía que hacer algo cuanto antes.
Finalmente cogió el edredón del kotatsu y lo tapó con él.
No había otra opción. Tras comprobar que no resultaba de­masiado sospechoso, se dirigió al pequeño recibidor. Reparó de pronto en los sucios zapatos de Togashi, que éste había de­jado allí al entrar y que no había llegado a ponerse. Yasuko los empujó debajo del zapatero de la entrada.
Retiró la cadena de la puerta intentando no hacer ruido. La llave no estaba echada. Yasuko se sintió aliviada al pensar que Ishigami podía haber entrado pero no lo había hecho.
Al abrir la puerta se encontró con el rostro grande, redon­do e inexpresivo de Ishigami, que la estudiaba con unos ojos tan finos como hilos. A Yasuko le resultó un tanto siniestro.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó con una sonrisa forzada. Sintió que sus mejillas se tensaban.
—Es que he oído un ruido tremendo y… —dijo Ishigami sin manifestar la mínima emoción—. ¿Ha ocurrido algo?
—No… —respondió ella al tiempo que hacía un gesto sig­nificativo con la mano—. Lamento mucho haberlo molestado.
—Espero que no haya sido nada…
Yasuko advirtió que Ishigami escudriñaba la estancia. Una oleada de calor recorrió su cuerpo, como si sufriera un acceso de fiebre.
—Es que… había una cucaracha y… —Yasuko soltó lo pri­mero que se le ocurrió.
—¿Una cucaracha?
—Pues… sí. Entre mi hija y yo intentamos matarla, pero… Bueno, el caso es que acabamos montando un escándalo.
—¿Y la han matado?
—¿Eh? —Yasuko dio un respingo.
—La cucaracha, que si han acabado con ella.
—Ah… Sí, sí, ya está solucionado. —Yasuko asintió varias veces.
—De todos modos, si hay algo en lo que pueda ayudarlas, no duden en decírmelo.
—Muchas gracias. Lamento de veras haber hecho tanto ruido —se disculpó de nuevo Yasuko, bajando la cabeza, mien­tras cerraba la puerta. Luego echó la llave.
Ishigami volvió a su apartamento. Una vez que se hubo marchado, Yasuko soltó un profundo suspiro y se puso en cuclillas.
Oyó que la puerta corredera se abría a sus espaldas y, a continuación, que Misato la llamaba.
—Mamá…
Se levantó poco a poco. Al ver el bulto que había bajo el kotatsu, sintió que volvía a invadirla la desesperación. —No va a haber… más remedio —dijo por fin. —¿Qué hacemos? —preguntó Misato, mirándola fija­mente.
—Voy a… llamar a la policía. —¿Piensas entregarte?
—No tengo opción. Es imposible revivir a un muerto… —¿Qué te ocurrirá si te entregas?
—Eso… —Yasuko se pasó una mano por el cabello. Se dio cuenta entonces de que lo tenía enmarañado. Al profesor de Matemáticas del apartamento de al lado debía de haberle re­sultado extraño. Pero a esas alturas no le importaba. —Te mandarán a la cárcel, ¿no?
—Tal vez… —respondió Yasuko con una sonrisa de resig­nación—. A fin de cuentas, he matado a un hombre.
—¡Eso es absurdo! —exclamó Misato con gesto enérgico.
—¿Por qué?
—Pues porque la culpa no ha sido tuya, sino de él. Nos hacía la vida imposible. No puedes ir a la cárcel a causa de un
tipo como ése.
—Ya, pero un homicidio es un homicidio.
Sorprendentemente, a medida que le daba explicaciones a la muchacha, Yasuko, cada vez más serena, iba poniendo en orden sus ideas. Así fue convenciéndose de que no tenía alter­nativa. No quería convertir a Misato en la hija de una homici­da, pero dado que ya lo había hecho, al menos tenía que pro­curar que en adelante viviese del modo menos deshonroso
posible a los ojos de la sociedad.
Yasuko dirigió la mirada hacia el teléfono inalámbrico,
que estaba tirado en un rincón de la habitación, y tendió una mano hacia él.
—¡¿Qué haces?! —Con un ágil movimiento, Misato se acercó a su madre e intentó arrebatarle el teléfono de la mano.
—¡Suéltame!
—¡Ni hablar! —Misato la agarró por la muñeca. Gracias al bádminton, era realmente fuerte.
—Suéltame, por favor.
—¡Que no! ¡No dejaré que lo hagas! Para eso me entre­go yo.
—¿Qué tonterías dices?
—Fui la primera que lo golpeó —dijo Misato—. Tú sólo intentaste ayudarme. Y como luego yo intenté ayudarte a ti, pues también lo maté.
Yasuko se sobresaltó al oír aquellas palabras. Aflojó la pre­sión sobre el teléfono y Misato aprovechó para arrebatárselo. Luego se retiró a un rincón, dándole la espalda a su madre.
—La policía… —dijo Yasuko en tono reflexivo.
¿Le creerían realmente cuando les contara lo sucedido? ¿No sospecharían y la bombardearían a preguntas si declara­ba que a Togashi lo había matado ella sola? ¿O iban a tragár­selo?
Seguro que la policía abriría una investigación en toda re­gla. En las series de televisión había oído la expresión «co­rroborar la versión». Los policías querrían indicios. Com­probarían por todos los medios si lo que la presunta autora declaraba era verdad. Habría interrogatorios, pruebas científi­cas, etcétera.
Se le nubló la vista. Estaba segura de que, por mucho que la policía la presionase, no iba a involucrar a Misato en el asunto. Pero si decidían tirar del hilo hasta el final, estarían perdidas. Por mucho que les rogase que hicieran la vista gor­da con la muchacha, no parecía probable que se avinieran.
Yasuko también se planteó la posibilidad de amañar la es­cena del crimen para simular que lo había matado ella sola, pero enseguida la desechó. La policía no tardaría en descubrir los trucos baratos que pudiera pergeñar una aficionada de poca monta como ella.
Aun así, tenía que proteger a Misato como fuese. Aunque le costara la vida. No podía causarle más desdichas a esa po­bre hija suya que, por haber tenido la desgracia de tocarle en suerte semejante madre, apenas había disfrutado de un mo­mento de alegría desde su nacimiento.
Pero ¿qué podía hacer?, se dijo Yasuko. ¿Algo de todo aquello tenía remedio?
De pronto el teléfono, que Misato mantenía apretado en­tre los brazos, empezó a sonar. Sorprendida, la muchacha
miró a su madre con los ojos muy abiertos.
Yasuko tendió en silencio la mano hacia su hija. Misato dudó un instante, pero por fin se lo entregó. Tras hacer un es­fuerzo por serenarse, la madre pulsó el botón de descolgar.
—Dígame.
—Soy Ishigami, el vecino…
—Ah… —Otra vez el profesor ese, pensó Yasuko. ¿Qué querría ahora?—. ¿Sí?
—Me preguntaba qué harían, y… Yasuko no entendía qué quería decir. —¿A qué se refiere?
—Bueno, pues… —Ishigami hizo una breve pausa y aña­dió—: Si piensan ir a la policía, no tengo nada que decir. Pero, si deciden no hacerlo, me preguntaba si tal vez podría ayudar­las en algo…
—¿Cómo…? —Yasuko estaba desconcertada. ¿De qué ha­blaba aquel hombre?
—Por lo pronto… —continuó Ishigami con voz contenida—,
¿les parece bien que pase un momento por su apartamento?
—No… —respondió Yasuko—. La verdad es que… ahora no nos viene bien y… —Sintió un sudor frío en todo el cuerpo. —Señora Hanaoka —dijo Ishigami—, una mujer sola no
puede ocuparse de un cadáver.
Yasuko se quedó sin habla. ¿Cómo era posible que ese hombre lo supiera? Quizá las había oído, pensó. Seguro que había escuchado la conversación que había mantenido con Misato hacía un momento. O no, tal vez estaba escuchando desde el enfrentamiento con Togashi.
Ahora sí que no había escapatoria, se dijo, resignada. Lo único que podía hacer era entregarse a la policía y tratar de ocultar por todos los medios que Misato estaba involucrada. —Señora Hanaoka, ¿me está escuchando? —Sí, sí, lo escucho.
—¿Le importa si paso un momento por su apartamento? —Bueno, pero… —Yasuko miró a su hija, cuyo rostro re­flejaba una mezcla de temor e intranquilidad. Debía de estar preguntándose, extrañada, con quién y de qué estaba hablan­do su madre en ese momento.
Si Ishigami llevaba un rato aguzando el oído desde su apartamento, seguro que sabía también que Misato no estaba al margen del asunto. Y si se lo contaba a la policía, seguro que por mucho que ella lo negase no la creerían.
Yasuko decidió seguir adelante, hasta las últimas conse­cuencias.
—De acuerdo —dijo—. Yo también quiero pedirle algo, de modo que pásese, por favor.
—Ahora mismo voy —repuso Ishigami.
Misato lanzó la pregunta en el preciso instante en que su madre cortaba la comunicación. —¿Quién era?
—El señor Ishigami, el profesor del apartamento de al lado. —¿Y por qué…?
—Luego te lo cuento. Ahora vete a tu habitación y cierra la puerta. Deprisa.
Misato, confusa, hizo lo que se le ordenaba. Casi al mismo tiempo en que cerraba la puerta corredera, se oyó a Ishigami salir de su apartamento.
Enseguida llamaron a la puerta. Yasuko se acercó, hizo gi­rar la llave en la cerradura y soltó la cadena.
Al abrir la puerta, vio a Ishigami, que la miraba con gesto
adusto. Por alguna razón, se había puesto un chándal azul
marino que no llevaba cuando, un rato antes, había pasado por su apartamento.
—Adelante.
—Con permiso —dijo Ishigami con una leve inclinación de la cabeza.
Mientras Yasuko volvía a echar la llave, él entró en la es­tancia y, sin titubear un instante, levantó el kotatsu. La deci­sión con que lo hizo denotaba su certeza de que ocultaba un cadáver.
Hincó una rodilla en el suelo y procedió a examinar el cuerpo de Togashi, preguntándose qué habría ocurrido en aquel apartamento. Entretanto, Yasuko, que acababa de per­catarse de que su vecino llevaba puestos unos guantes de tra­bajo, miró el cadáver con aprensión. La vida se había es­fumado del rostro de Togashi. Había una mancha en su mentón. Costaba distinguir si se trataba de saliva reseca o de suciedad.
—Imagino que nos habrá oído —dijo Yasuko. —¿Oído?
—Me refiero a nuestra conversación. Por eso ha llamado por teléfono y ha venido, ¿verdad?
Ishigami volvió su inexpresivo rostro hacia ella.
—No. No he oído voces ni ninguna conversación. Una de las pocas cosas buenas que tienen estos apartamentos es que están bien insonorizados. Por esa razón precisamente alquilé el mío.
—Entonces, ¿cómo…?
—¿Cómo he sabido lo que había pasado?
—Sí—respondió Yasuko.
Ishigami señaló un rincón de la estancia. En el suelo había una lata vacía cuyo borde presentaba restos de ceniza.
—Cuando he venido antes, todavía olía a tabaco. Por eso he pensado que tal vez tuvieran algún huésped. Sin embargo, no vi zapatos ni ningún tipo de calzado junto a la entrada, aunque sí parecía haber alguien debajo del kotatsu. Pero si esa persona hubiera querido esconderse, lo habría hecho en la ha­bitación del fondo. O sea, que la persona que se hallaba deba­jo del kotatsu no estaba ocultándose, sino que más bien había sido ocultada. Todo esto, unido al estruendo que había oído un momento antes, así como al hecho de que, cuando ha sali­do usted a recibirme estuviera tan despeinada, algo inhabitual, me ha llevado a imaginar lo que había ocurrido. Pero to­davía hay algo más, y es que en estos apartamentos no hay cucarachas. Se lo digo yo, que llevo muchos años viviendo aquí.
Mientras Ishigami le contaba todo esto con voz monocorde y rostro inexpresivo, Yasuko observaba, aturdida, su boca. De pronto se le ocurrió que con ese mismo tono impartía sus clases en la escuela.
Al advertir que Ishigami también tenía los ojos fijos en ella, Yasuko apartó la mirada sin poder evitar la sensación de que la estaba analizando.
Pensó que aquél era un hombre terriblemente frío e inteli­gente. De otro modo no se explicaba que hubiera sido capaz de elaborar todas aquellas conjeturas a partir de un breve vis­lumbre por el resquicio de la puerta. Pero, al mismo tiempo, Yasuko se sintió aliviada, pues Ishigami no parecía conocer los detalles de aquel asunto.
—Se trata de mi ex esposo —dijo ella—. Hace ya varios años que nos divorciamos, pero seguía acosándome. Siem­pre igual. Si no le daba dinero, no me dejaba en paz, y… Hoy volvió a las andadas. Me enfurecí y… —Bajó la cabeza y guardó silencio. No podía explicar cómo se había producido la muerte de Togashi, pues debía dejar a Misato al margen de todo.
—¿Y piensa entregarse?
—No tengo alternativa. Lo siento por Misato, la pobre no es culpable de nada, pero…
En cuanto dijo eso, la puerta corredera del fondo se abrió con fuerza. De pie, en el vano, se encontraba Misato.
—¡Ni se te ocurra! —gritó la chica.
—¡Misato, cállate!
—¡He dicho que no! Señor, escuche. —La muchacha miró a Ishigami—. La que ha matado a ese hombre…
—¡Misato! —la interrumpió Yasuko.
La muchacha le dirigió una mirada de resentimiento. Te­nía los ojos enrojecidos.
—Señora Hanaoka… —dijo Ishigami, impávido—. A mí no hace falta que me lo oculte. —¿Que no le oculte…? —Sé que no lo ha matado usted sola. Su hija la ha ayudado, ¿verdad?
Yasuko, azorada, negó con la cabeza. —Pero ¿qué dice? Lo he hecho yo sola. Ella acaba de volver de la escuela… Es decir, ha vuelto poco después de que yo lo matara. No tiene nada que ver con esto. Ishigami, sin embargo, no daba muestras de creerla. Soltó un suspiro y se volvió hacia Misato.
—Una mentira como ésa debe de resultar muy dura paraella.
—Es que no le estoy mintiendo. Por favor, créame. —Yasuko posó una mano sobre la rodilla de Ishigami. Él miró la mano por un instante y luego de nuevo el cadáver. Por fin ladeó la cabeza, pensativo.
—La cuestión es qué pensará la policía. Y me temo que una mentira como ésa no resultará efectiva.
—¿Por qué? —preguntó Yasuko, y al instante cayó en la cuenta de que equivalía a reconocer que era mentira. Ishigami señaló la mano derecha del cadáver. —Tiene hematomas tanto en la muñeca como en el dorso de la mano. Si se miran bien, se aprecia incluso varias señales de unos dedos. Lo más probable es que a este hombre lo estrangulasen por detrás y él intentara zafarse desesperadamente. Y esto no es otra cosa que las marcas producidas al sujetarle las manos para impedírselo. Salta a la vista. —También se las hice yo. —Señora Hanaoka, eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque lo estranguló por la espalda, ¿no? De modo que es imposible que al mismo tiempo le sujetara las manos. Se necesitarían dos personas…
Yasuko no supo qué objetar. Se sentía como si se hubiera metido en un túnel sin salida.
Bajó la cabeza, abatida. Si Ishigami había sido capaz de averiguar todo eso con una simple ojeada, ¿qué no iba a descubrir la policía cuando se pusiera a investigar a conciencia?
—Yo… lo único que quiero es que, pase lo que pase, Misato no se vea involucrada. Que por lo menos se libre…
—Yo tampoco quiero que vayas a la cárcel —balbuceó Misato entre lágrimas.
Yasuko se tapó el rostro con las manos. —¿Qué haremos ahora?
El aire parecía haberse vuelto más pesado, y sentía que ese peso la aplastaba.
—Señor… —dijo Misato—. Usted ha venido a recomendarle a mi madre que se entregue, ¿no?
Ishigami esperó un instante antes de contestar. —Sólo trato de ayudarlas. Si se entregan, me parecerá muy bien, pero si deciden no hacerlo, les resultará muy difícil manejar este asunto entre las dos. De modo que…
Al oír aquello, Yasuko apartó las manos del rostro. De pronto recordó que hacía un rato, cuando hablaba por teléfono con Ishigami, éste le había dicho: «Una mujer sola no puede ocuparse de un cadáver…»
—¿Y hay alguna forma de arreglar todo esto sin entregarse? —preguntó Misato.
Yasuko miró a Ishigami. Su rostro no reflejaba la mínima emoción.
—Sólo hay dos opciones —respondió él—. Intentar ocultar los hechos o intentar ocultar la relación de las dos con los mismos. En cualquier caso, habrá que ocuparse del cadáver. —¿Cree que es factible?
—¡Misato! —exclamó Yasuko en tono reprobatorio—. ¿Qué estás diciendo?
—Mamá, cállate. ¿Qué le parece, señor? —Es difícil… pero no imposible.
Ishigami permanecía imperturbable, y tal vez precisamente por eso a Yasuko le pareció que sus palabras estaban respaldadas por la lógica.
—Dejemos que nos ayude, mamá —dijo Misato—. No te­nemos opción.
—Pero es que… —Yasuko miró a Ishigami, que seguía en
silencio y con la vista fija en el suelo, como esperando a que
madre e hija tomaran una decisión.
Recordó entonces que, según Sayoko, al profesor de Ma­temáticas le gustaba y sólo iba a comprar bento a la tienda
cuando sabía que ella iba a estar presente.
Si Sayoko no le hubiera dicho eso, ahora mismo dudaría de la salud mental de Ishigami. ¿Por qué, si no, iba a ofrecerse a ayudar a una simple vecina a quien, además, no la unía una gran amistad? Sobre todo si se tenía en cuenta que, a la míni­ma torpeza que cometiese, él mismo podía acabar detenido.
—Aunque lo escondiéramos —prosiguió Yasuko—, tarde o temprano el cadáver acabaría apareciendo, ¿no? —De inme­diato comprendió que esas palabras suponían el primer paso
hacia su cambio de destino.
—Todavía no hemos decidido si lo ocultaremos o no —re­puso Ishigami—. Según las circunstancias, quizá fuera mejor no hacerlo, así que no deberíamos decidir nada antes de anali­zar en profundidad toda la información. Lo único que está claro es que dejarlo aquí sería una imprudencia. —¿A qué información se refiere?
—A la relacionada con él —respondió Ishigami mirando el cadáver, a sus pies—. Su domicilio, nombre completo, edad y ocupación; la razón por la que había venido, adonde pensa­ba ir después, si tenía familia o no… Por favor, cuénteme todo
lo que sepa.
—Bueno, en cuanto a eso…
—Pero antes de nada traslademos el cuerpo a otro lugar. Lo mejor es limpiar esta habitación cuanto antes. Porque su­pongo que habrá en ella un montón de indicios de lo sucedi­do. —A continuación cogió con ambas manos el cadáver y le­vantó su mitad superior.
—Pero… ¿adonde lo trasladamos? —quiso saber Yasuko.
—A mi apartamento —respondió el profesor con cara de estar preguntando: «¿No es evidente?»Acto seguido se echó el cadáver al hombro.
Tenía una fuerza tremenda. Yasuko vio que en el borde del chándal llevaba cosida una tira de tela en la que se leía: «Sec­ción de judo.»

Ishigami fue apartando con el pie los libros de matemáti­cas que cubrían el suelo hasta despejar una zona en la que a duras penas se veía el tatami, y dejó en ella el cadáver, que se­guía con los ojos abiertos. A continuación se volvió hacia Ya­suko y su hija, que aguardaban junto a la puerta.
—Ella podría ir limpiando la habitación —dijo señalando a Misato—. Pasa el aspirador. Y hazlo con el mayor esmero
posible. Usted quédese, por favor —ordenó dirigiéndose a Yasuko.
La muchacha asintió con la cabeza, lívida. Lanzó una mi­rada a su madre y volvió a su apartamento.
—Cierre la puerta, por favor —le dijo Ishigami a Yasuko. Ella hizo lo que le pedía y después permaneció inmóvil. —No se quede ahí —añadió él—. Como ve, a diferencia de su apartamento, en el mío está todo revuelto…
Ishigami cogió un cojín de una silla y lo puso al lado del cadáver. Yasuko no hizo el menor ademán de sentarse en él. Por el contrario, se acomodó en un rincón, intentando evitar la visión directa del cuerpo. Ishigami comprendió entonces que ella tenía miedo.
—Lo siento… —dijo, ofreciéndole el cojín—. Por favor, use esto.
—No se preocupe, no es necesario —contestó ella bajan­do la cabeza y ladeándola levemente.
Ishigami devolvió el cojín a la silla y se sentó al lado del
cadáver, en cuyo cuello se apreciaba una marca de color rojo negruzco.
—¿Fue con un cable? —¿Perdón?
—Si lo estrangularon con un cable. —Ah… Sí, el del kotatsu.
—Claro… —Ishigami recordó el estampado del edredón que cubría el cuerpo del muerto—. Creo que sería convenien­te deshacerse de él. Ya me encargaré yo más tarde. Por cierto… —añadió mirando de nuevo el cadáver—, ¿hoy había queda­do en verse con este hombre?
Yasuko negó con la cabeza. l- —No, para nada. Se presentó de improviso en la tienda en
que trabajo. Después, por la tarde, nos encontramos en un restaurante cercano. Al cabo de un rato decidí marcharme,
pero luego vino a mi casa.
—¿En un restaurante? —Ishigami pensó que eso descarta­ba la posibilidad de que no hubiera testigos. Introdujo una mano en el bolsillo de la cazadora del muerto y extrajo dos bi­lletes arrugados de diez mil yenes. —Ah, eso fui yo quien… —¿Se los dio usted?
Al ver que Yasuko asentía, Ishigami le tendió el dinero. Pero ella no lo cogió. Entonces él se puso de pie y sacó la car­tera del bolsillo interior de su americana, que estaba colgada en la pared. Tomó un par de billetes de diez mil yenes, guardó en su lugar los dos que había hallado en el cadáver, y se los
mostró a Yasuko.
—A éstos no les tendrá aprensión, ¿no? —dijo. Tras cierta reticencia, Yasuko susurró un «Muchas gra­cias» y los aceptó.
Ishigami se puso de nuevo a hurgar en los bolsillos del muerto. En uno del pantalón encontró la cartera. En su inte­rior había un poco de dinero, unos recibos y un permiso de conducir.
—Shinji Togashi… Con domicilio en Nishi-Shinjuku, To­kio. ¿Sabe si seguía viviendo allí? —preguntó Ishigami tras examinar el permiso de conducir.
Ella frunció el ceño y ladeó la cabeza, con expresión de no estar del todo segura.
—No lo sé, pero creo que no. He oído que en una época vivía en Nishi-Shinjuku, pero que lo desahuciaron por no pa­gar el alquiler, o algo así.
—El permiso de conducir lo renovó el año pasado, de modo que debió de encontrar algún sitio, pero no volvió a empadronarse, sino que seguía figurando con su domicilio de Nishi-Shinjuku…
—Supongo que iría dando tumbos por ahí. No tenía tra­bajo fijo, así que seguramente tampoco podía alquilar algo decente.
—Eso parece… —dijo Ishigami, observando uno de los re­cibos que había extraído del bolsillo de Togashi.
El recibo decía «Hostal Ogiya» y reflejaba un importe de cinco mil ochocientos yenes correspondiente a dos noches de alojamiento, cada una de ellas pagada por adelantado. Se lo enseñó a Yasuko.
—Al parecer, se hospedaba aquí. Pero, si un huésped se marcha sin avisar, tarde o temprano el dueño del hostal volve­rá a alquilar la habitación. Incluso es probable que avise a la policía. Aunque también lo es que le dé pereza y sencillamen­te se olvide. De hecho, debe ocurrir bastante a menudo; de ahí que exijan el pago por adelantado. En cualquier caso, hay que
ser precavido: es peligroso pensar que las cosas saldrán como a uno le conviene.
Ishigami volvió a registrar los bolsillos del cadáver. Esta vez encontró unas llaves y un llavero con una placa redonda en la que estaba grabado el número trescientos cinco.
Yasuko miró fijamente las llaves, pero sus ojos permane­cieron fijos en el vacío. Daba la impresión de no tener ni idea de qué hacer a continuación.
El sonido del aspirador llegaba tenuemente desde el apar­tamento contiguo. Misato debía de estar limpiándolo todo a conciencia. Seguramente, atormentada por la intranquilidad
de no saber qué iba a ser de ellas, se esforzaba por colaborar al máximo.
Debía protegerlas, pensó de nuevo Ishigami. Estaba claro que a un hombre como él no se le iba a presentar otra oportu­nidad de mantener una relación tan estrecha con una mujer tan bella como Yasoko. Ése era el momento de desplegar to­das sus fuerzas y conocimientos para intentar evitar que ma­dre e hija sufrieran una desgracia.
Miró el rostro del cadáver que yacía en el suelo. Había perdido toda expresividad, hasta el punto de dar la impresión de no tener facciones. Sin embargo, era fácil imaginar que en su juventud debía de haber entrado en la categoría de los gua­pos. Más aún, aunque presentaba cierto sobrepeso propio de la edad, seguro que las mujeres seguían encontrándolo atrac­tivo.
Ishigami se dijo entonces que aquél era el hombre del que Yasuko se había enamorado, y sintió que los celos le oprimían el pecho. De inmediato sacudió la cabeza para librarse de aquellos pensamientos, avergonzado de que semejante senti­miento brotase en su interior.
—¿Sabe si se relacionaba regularmente con alguien? —pre­guntó, retomando la tarea de recabar información.
—No lo sé —respondió Yasuko—. Si es que… Hoy lo he visto por primera vez desde hacía mucho tiempo…
—¿Le dijo qué pensaba hacer mañana, si había quedado con alguien?
—No se lo pregunté. Lo lamento. Me temo que no estoy sirviendo de nada —respondió Yasuko bajando la cabeza, consternada.
—No se preocupe. Se lo he preguntado por si acaso, sen­cillamente. Es normal que no lo sepa.
A continuación, Ishigami estrujó las mejillas del cadáver como si clavara los dedos en ellas, hasta que consiguió abrirle la boca. Escudriñó su interior. Observó que en una de las muelas llevaba una corona.
—Tiene signos de haberse sometido a tratamientos denta­les…
—Sí, cuando estaba casado conmigo solía ir al dentista —dijo Yasuko.
—¿Cuántos años hace de eso?
—Nos divorciamos hace cinco, de modo que…
—Cinco años… —Ishigami pensó que era improbable que en tan poco tiempo se hubieran deshecho de su historial clíni­co—. ¿Y antecedentes penales?
—Creo que no. Claro que después de separarse de mí ya no lo sé. Sin embargo…
—Es probable que los tuviera, ¿no? —Sí…
En cualquier caso, aun suponiendo que no los tuviese, era bastante probable que la policía dispusiera de sus huellas a consecuencia de una infracción de tráfico o un asunto similar. En realidad, Ishigami no sabía si las investigaciones de la po­licía científica llegarían al punto de comprobar las huellas dactilares de los infractores de tráfico, pero no estaba de más tenerlo en cuenta.
También debían hacerse a la idea de que, tarde o tempra­no, acabarían identificando el cadáver. Y aun así necesitaban ganar tiempo. No podían dejar huellas, ni dactilares ni den­tales.
Yasuko soltó un suspiro. Su sensual resonancia hizo que a Ishigami se le acelerara el corazón y se reafirmara en su deter­minación de no defraudarla.
Ciertamente, se enfrentaban a un problema complicado. Era evidente que, cuando se esclareciera la identidad del cuer­po, la policía visitaría a Yasuko. ¿Serían capaces madre e hija de aguantar los pertinaces interrogatorios de los detectives? ¿O tal vez a la primera contradicción, que la policía señalaría de inmediato, se derrumbarían y acabarían confesándolo todo?
Había que preparar una defensa perfecta, basada en una lógica sin fisuras. Y, además, había que hacerlo cuanto antes.
«No te pongas nervioso —se dijo Ishigami—. No por mu­cho impacientarte solucionarás antes esta ecuación.» Cerró los ojos. Era lo que hacía cuando se enfrentaba a un problema de matemáticas complicado. Una vez que conseguía aislarse del bombardeo de información procedente del exterior, las fórmulas matemáticas tomaban forma dentro de su cabeza.
Pero ahora no se trataba de eso.
Volvió a abrir los ojos y echó un vistazo al despertador que había encima del escritorio. Eran ya las ocho y media. A continuación miró a Yasuko, que dio un paso atrás y pareció contener la respiración.
—Ayúdeme a desvestirlo, por favor —le pidió Ishigami.
—¿Cómo…?
—Vamos a quitarle la ropa. No sólo la cazadora, sino tam­bién el jersey y los pantalones. Si no nos damos prisa, el rigor mortis nos lo impedirá. —Mientras lo decía, Ishigami ya ha­bía empezado a quitarle la cazadora.
—Ah… Sí… —Yasuko se puso a ayudarlo, pero, tal vez porque le daba aprensión tocar el cuerpo sin vida de su ex ma­rido, las manos le temblaban.
—No pasa nada —dijo Ishigami—. Ya me ocupo yo de esto. Usted vaya a ayudar a su hija.
—Lo siento —se disculpó ella, bajando la cabeza y po­niéndose en pie lentamente.
—Señora Hanaoka… —la llamó él cuando ya se marchaba.
Ella volvió la cabeza y él añadió—: Las dos necesitan una coartada. Vayan pensando en una.
—¿Una coartada? Pero si no tenemos ninguna…
—Por eso precisamente hay que elaborar una. —Ishigami se puso sobre los hombros la cazadora que le había quitado al cadáver—. Confíe en mí, por favor. Permita que yo me encar­gue de esto empleando el pensamiento lógico.

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