La edad de las bacterias

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Además de la intriga diplomática, esta novela de intriga diplomática retrata la década del 70 y el lado más íntimo del protagonista, cuya vida se agita con la aparición de la misteriosa Edurne Ormaechea, que dará al traste con su matrimonio y sus expectativas deuna vida pacífica.

Nacido en Montevideo en 1956, la familia de Manuel García Rubio se trasladó siendo él un niño a Avilés, donde ejerce como abogado. Ha practicado con éxito el ensayo, y algunos de sus relatos breves figuran en antologías españolas e hispanoamericanas. Con todo, es en el campo de la novela en el que, paso a paso, ha ido haciéndose con uno de los huecos más interesantes y originales de la narrativa contemporánea en España. Hasta ahora había publicado entre otra: El efecto devastador de la melancolía, La garrapata, Green y España, España.

ANTICIPO:
A Julita la quise; a Edurne la amé.

Cuando conocí a Julia Méndez de Arévalo, yo tenía casi treinta años. había terminado una carrera universitaria, hablaba inglés y francés correctamente, poseía una cultura amplia. Podría decirse que me hallaba en el repunte definitivo de mi madurez. sin embargo, no dejaba de ser un adolescente en trance permanente de meritorio. Jamás había adoptado una determinación importante. Es cierto que resolví algunas disyuntivas con criterio propio, tomando consejo de otros, pero realizando las apuestas con cargo a mi exclusivo riesgo. el itinerario que poco a poco había ido siguiendo, empero, no dejaba de ser el resultado de un algoritmo determinante, en el que las opciones se condicionaban unas a otras y no hacían más que llevarme por un único sendero. Por las circunstancias de mi nacimiento, yo habría de ser diplomático, como Francisco y algunos de sus hermanos; o político, como el abuelo paterno montemayor; o directivo de alguna de las empresas en las que el barón había embalsado buena parte de su patrimonio. En cualquier caso, terminaría convertido enunhombre de pro. Hasta llegar a ese estatus habría de vivir la ficción de estar haciéndome a mí mismo, forjándome el carácter y preparándome para los eneormes desafíos que me aguardaban. la realidad, en cambio, era otra: se me estaba ajustando al engranaje con la minuciosidad de un tornero que puliera la pieza que ha de encajar en su matriz. A este proceso de mecanizado asistieron impasibles, e incluso coadyuvaron, muchas personas de más o menos buena voluntad: mis familias, la natural y la espuria, los curas que me acuciaron, los amigos y próximos, mis maestros y profesores; todos, por supuesto, desde la beatífica convicción de estar labrando para mí un porvenir envidiable.

En este relato, el amor no era un sentimiento que emergiera espontáneo del fondo del corazón, llamado a vivir el tiempo necesario, pero siempre en dignidad de libre, es decir, sin la ignominiosa asistencia de las leyes y las convenciones. Por el contrario, yo había sido educado para entenderlo como un instrumento de esa senda de éxito a la que estaba llamado; un trámite necesario, bello por demás, del que habría de egresar en tiempo y forma, como se supera una licenciatura o se cumple con el servicio militar. No pretendo decir que, en este punto, viviera bajo el signo del cinismo, pero sí en el de una cierta laxitud de la conciencia, a medio camino entre el pragmatismo y la hipocresía. Así pues, el amor fue un estadio más, ni siquiera el más importante, de mi desarrollo personal. El barón y sus hijos, la amplia estirpe de los Sánchez de Montemayor, todods, me había dado su ejemplo: llegada una determinada edad, los jóvenes se hacían novios y, después de un tiempo preparatorio, adquirían la plenitud civil por medio del matrimonio. Mi madre, por su parte, no se atrevía a opinar: carecía de un buen ejemplo y, además, tenía bastante con plancharle las camisas al barón.

Yo me sentí un hombre raro el día en que me di cuenta de que el tiempo se me echaba encima y de que la cuota de futuro esplendoroso que se me había imputado por casual herencia me sorprendería en plena evanescencia juvenil. Entonces, sospechando de mi incapacidad para la madurez, empecé a mirar a las muchachas con trucos de limosnero, con la urgencia de quien llega tarde a una cita. El idiliio como misterior iniciático había prescrito para mí y ahora quedaba de él la carcasa de su rito. Lo certificó el fracaso de mi aventura con una de las nueras del barón. Cortejé a alguna chica más. A todas les escribí cartas y poemas de amor, es cierto. dedicaba tanto tiempo a explicarles las razones de mi encandilamiento que, al final, me convencía de que realmente me había enamorado. Entonces, ingenuo de mí, desconocía que las palabras que se utilizan para describir los sentimientos terminas por sustituirlos, y que la superposición de unas sobre otras no sirve sino para elevar sobre los impulsos más sinceros del alma un mausoleo retórico e inexpugnable. En contrapartida, hacía exactamente lo que se esperaba de mí.

A Julita empecé a tratarla íntimamente en un momento de profunda desconfianza hacia mí mismo. Ella atravesaba idéntico trance. Los dos estábamos llenos de dudas osbre el lugar que ocupábamos en aquel teatrillo. El ambiento nos asfixiaba. Disfrutábamos de privilegios que no nos merecíamos, que nos habían caído del cielo; tal vez los habíamos expoliado de campos comunales. Nuestros ídolos de referencia no nos ponían fáciles las cosas. Al contrario, cualquiera de los textos de Marcuse, de Reich o de Miller era para nosotroscomo un tirón de orejas, bondadoso pero severo. Así pues, en el cerco de nuestras contradicciones, Julieta y yo encontramos muchos puntos de encuentro. Éramos almas gemelas, nos dijimos mil veces mientras, abrazados, llorábamos nuestro desconcierto. Hasta que se nos ocurrió perdernos durante un fin de semana en el chalé de montaña de El Escorial y aquella complicidad libre y asilvestrada degeneró en matrimonio.

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Interplanetaria

3 Opiniones

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  • verdin7205
    on

    A mí me recomendaron mucho esta novela. Es rompedora, distinta, nada que ver con lo que se estila últimamente. No conocía al autor. Dará que hablar.

  • esperanza
    on

    Yo quedé atrapada. Hay ternura, amor, ideas, aunque la historia sea dura y al final triste.

  • lbsilvina
    on

    La edad de las bacterias narra la desquiciada historia de un hombre y una mujer que se desearon hasta la locura y fueron arrollados por la maquinaria terrible de la que formaban parte. Pero, como ya hiciera en novelas anteriores, Manuel García Rubio transforma el microscopio que explora al individuo para, abriendo el zoom, convertirlo en un gran angular que nos abarca a todos.

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