La era de cristal

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Durante una excursión botánica, el joven Smith se sienta a descansar al borde de un barranco y, de pronto, el suelo cede y él se precipita en el vacío. Al recobrar la conciencia, se descubre en una tierra habitada por una exótica sociedad organizada en pequeñas comunidades matriarcales, que viven en plena armonía con la naturaleza y desconocen completamente el mundo del que Smith proviene.

En sus torpes intentos de integrarse en esta civilización, el británico causará numerosas situaciones tragicómicas y, a su vez, habrá de reflexionar sobre los aspectos más absurdos y nocivos de su propia civilización. W. H. Hudson se sirve del viaje en el tiempo y la utopía para construir una intensa novela repleta de ironía, un sutil erotismo, belleza y denuncia que dibuja un mundo que ha superado las diversas formas de locura nacidas con la sociedad industrial.

ANTICIPO:
A medida que me aproximaba al edificio, fue haciéndose audible una tenue melodía que flotaba en el aire nocturno, y supe que el espíritu dulce de la música, que tanto les gustaba, los acompañaba en aquellos momentos. Después de escuchar durante un rato en la sombra del pórtico entré y, para no estorbar a los cantores, me deslicé a un rincón oscuro, donde me senté a solas. No obstante, Yoletta me había visto entrar, porque se me acercó en seguida.

-¿Por qué no has venido a cenar, Smith? -dijo-. ¿Y por qué tienes un aspecto tan triste?

-¿Acaso no lo sabes, Yoletta? ¡Ah, sería tan feliz si me ganara el afecto de tu madre! ¡Si supiera cuánto lo deseo, y cuánto la compadezco! Pero no le gustaré nunca, y debo guardarme todo cuanto quisiera decirle.

-No, no es cierto -dijo ella-. Vamos a verla ahora: si eso es lo que sientes, será amable contigo. ¿Cómo podría ser de otra manera?

Mucho temía que me hubiera aconsejado dar un paso imprudente, pero era mi guía, mi maestra y mi amiga en la casa, y decidí hacer lo que decía. No había luces en la larga galería cuando volvimos a entrar, y sólo los blancos rayos de luna que atravesaban las altas ventanas aquí y allí ilumi¬naban una columna o un grupo de estatuas, que arrojaban sombras largas y negras en el suelo y la pared, dando una apariencia sobrenatural a la estancia. Una vez más, cuando llegué al centro de la habitación, hice una pausa, porque delante de mí, siempre inclinada hacia delante, se hallaba aquella maravillosa mujer de piedra, con el rostro pálido y nostálgico y los cabellos plateados iluminados por la luna.

-Dime, Yoletta, ¿quién es? -susurré-. ¿Es la estatua de alguien que vivió en esta casa?

-Sí; puedes leer sobre ella en la historia de la casa, y en la inscripción de la piedra. Fue una madre, y se llamaba Isarte.

-Pero ¿por qué tiene esa expresión extraña y conmove¬dora en el rostro? ¿No fue feliz?

-Oh, ¿no ves lo desgraciada que era? Soportó muchos pesares, y la mayor calamidad de su vida fue la pérdida de sus siete queridos hijos. Estaban juntos en las montañas, y no regresaron cuando se esperaba: ella aguardó noticias suyas durante muchos años. Supusieron que una roca grande les había caído encima y los había aplastado. El pesar por sus hijos perdidos emblanqueció sus cabellos y confirió esa expresión a su rostro.

-¿Y cuándo ocurrió eso?

-Hace más de dos mil años.

-Oh, entonces es una leyenda familiar muy antigua. Pero la estatua… ¿cuándo se hizo y se colocó aquí?

-La hizo y la puso aquí ella misma. Deseaba que el pesar que había sufrido se recordara siempre en la casa, porque nadie había sufrido nunca como ella; y la inscripción, que ella hizo esculpir en la piedra, dice que si alguna vez una madre de la casa sufre un dolor mayor que el suyo. La estatua debe ser apartada y destruida y los fragmentos enterrados en la tierra, con todas las cosas perdidas. Y el nombre de Isarte olvidado en la casa.

Me estremecía pensar que aquel rostro indescriptiblemente triste había contemplado a tantas generaciones de vivos durante un período de tiempo tan largo.

-¡Es muy extraño! -murmuré-, ¿Te parece bien, Yoletta, que el dolor de una persona se perpetúe así en la casa? ¿Quién puede contemplar este rostro sin sentir aflicción aunque el dolor que expresa terminara hace tantos años?

-Pero era una madre. Smith, ¿no lo entiendes? No estaría bien que nosotros deseáramos que nuestros pesares se recordasen para siempre y causáramos dolor a quienes vinieran detrás; pero una madre es diferente: sus deseos son sagrados y lo que ella desea está bien.

Sus palabras me sorprendieron no poco, porque había oído hablar de hombres infalibles, pero nunca de mujeres; además la mujer a la que iba a ver ahora era también una «madre de la casa». Una sucesora de la propia Isarte. Temiendo haber tocado un tema peligroso no dije más y. continuando nuestro camino, no tardamos en llegar a la Habitación de la Madre cuya gran puerta de cristal estaba ahora abierta de par en par. A la pálida luz de la luna -porque era la única que había en la habitación- hallamos a Chastel en el diván donde la habíamos visto antes aunque ahora estaba tumbada y sólo tenía una acompañante.

Yoletta se aproximó a ella y. agachándose, tocó con los labios el rostro pálido e inmóvil.

-Madre -dijo-. He traído a Smith otra vez; desea decirte algo si estás dispuesta a escucharlo.

-Sí, lo escucharé -respondió-. Que se siente cerca de mí; y ahora regresa porque tu voz es necesaria. y tú también puedes irte ya -añadió dirigiéndose a la otra dama. Las dos se fueron juntas y yo procedí a sentarme en un cojín que había junto al diván.

-¿Qué es lo que deseas decirme? -preguntó. No eran unas palabras muy alentadoras, pero su voz parecía más amable, y empecé en seguida-. shhh -dijo antes de que hubiera pronunciado dos palabras-. Espera a que termine: estoy escuchando la voz de Yoletta.

A través de la larga y oscura galería y las puertas abiertas entraba flotando la dulce melodía de la música y ahora, mezclada con las otras, había una voz más clara, como una campana, que subía más que las otras; pero no tardó en ha¬cerse indistinguible, Y entonces ella suspiró y se dirigió a mí de nuevo.

-¿Dónde has estado toda la noche para no acudir a cenar?

-¿Lo sabía? -pregunté con asombro.

-Sí, sé todo cuanto ocurre en la casa, la lectura y el trabajo de cualquier tipo son fatigosos y pesados. Lo único que me queda es escuchar lo que dicen los demás, y saber todas sus idas y venidas. Mi vida no es más que la sombra de las vidas de otros.

-Entonces -dije-, tendré que decirle lo que he hecho después de verla hoy, porque he estado solo, y nadie más puede hacerla. Seguí el río hasta que llegué al bosquecillo de grandes árboles que hay en la orilla, y allí estuve hasta que salió la luna, con el corazón lleno de un dolor y una amargura indescriptibles.

-¿Cuál es el origen de esos sentimientos?

-Cuando me enteré de su existencia, mi corazón se sintió atraído hacia usted, y deseé sobre todas las cosas del mundo que se me permitiera amarla y servida, y compartir su afecto; pero su mirada y sus palabras sólo expresaron desdén y aversión hacia mí. ¿Acaso es raro que me sintiera muy desdichado?

-Oh -respondió ella-, ahora entiendo por qué tus pala¬bras sorprenden tantas veces en la casa. Tus sentimientos son diferentes de los nuestros. Ninguna otra persona habría experimentado los sentimientos que mencionas por esta causa. .Es correcto que nos arrepintamos de nuestras faltas, y soportemos su carga en silencio; pero sentir amargura es señal de un espíritu indisciplinado, igual que desear echar la culpa de los sufrimientos de uno a otra persona. Olvidas que tenía motivos para estar muy ofendida contigo. Olvidas también mi continuo sufrimiento, que a veces me hace parecer dura y cruel contra mi voluntad.

-Sus palabras son ahora dulces y corteses -respondí-. Me han quitado un gran peso del corazón, y desearía poder corresponderle asumiendo una parte de su sufrimiento.

-Está bien que tengas ese sentimiento, pero lo expresas en vano -respondió con gravedad-. Si esos deseos pudieran cumplirse, mis sufrimientos habrían cesado hace muCho tiempo, puesto que cualquiera de mis hijos habría dado su vida por mi bienestar con mucho gusto.

A estas palabras, que parecían una nueva reprimenda, no respondí.

-Oh, es una verdadera amargura, una amargura que tú no puedes comprender -prosiguió al cabo de un rato-. Tú y los demás contáis con el refugio de poner fin con la muerte a un continuo sufrimiento: la breve punzada de la disolución, enfrentada con valentía, no es nada en comparación con una agonía perpetua como la mía, con sus largos días y sus noches más largas aún convirtiéndose en años, y esa gran negrura del fin siempre en perspectiva. Sólo puede conocerla una madre, porque el horror de la oscuridad absolUta, y la vana adhesión a la vida, aunque haya dejado de haber esperanza o alegría en el1a, es el precio que debe pagar por su elevada condición.

No comprendí todas sus palabras, y me limité a mur¬murar en respuesta:

-Es usted joven para hablar de la muerte.

-Sí, joven: por eso es tan amargo pensar en elLa. En la vejez los sentimientos no son tan intensos. -Entonces, de repente, tendió las manos hacia mí y, cuando le ofrecí las mías, aferró mis dedos con nerviosismo y se incorporó para sentarse-. Ah, ¡por qué habré tenido yo que padecer más sufrimiento que los demás! -exclamó con vehemencia-. Ser elevada por encima de los otros, cuando era tan joven; tener sólo una hija; luego, tras un breve período de felicidad, ser golpeada por la infertilidad, ¡y esta enfermedad continua atormentándome como un cáncer en la fuente de la vida! ¿Quién ha sufrido como yo en esta casa? Sólo tú, Isarte, entre los muertos. Iré a verte, porque mi pena es más de lo que puedo soportar; y puede que encuentre consuelo hablando con los muertos, y con una piedra. ¿Puedes llevarme en brazos? -dijo, echándome los brazos al cue11o-. Cógeme en brazos y llévame con Isarte.

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