La esfera negra

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En un mundo real y entre personajes cotidianos se camufla Andrés, un ser extraordinario que sufre las consecuencias de vivir alejado de la mujer a la que ama de un modo sobrehumano. Obsesionado por encontrarla, desempeña complicados roles que provocan las situaciones más insólitas. Andrés dispone de recursos de los que no quiere hacer ostentación, aunque a veces se vea obligado a utilizarlos. Los resultados, siempre inesperados, son capaces de afectar a los que le rodean y, en ocasiones, al resto de la humanidad.

La esfera negra no está a mitad de camino entre la novela realista y la fantástica, es precisamente una metamorfosis de la primera a la segunda, con sutiles pinceladas de ciencia ficción. Las introducciones sobrenaturales son tan progresivas que el lector entra sin esfuerzo en el escenario de Andrés para conocer su sorprendente idea de la concepción del mundo e incluso de la vida.

ANTICIPO:
La mañana estaba fría y comenzaba a caer una llovizna que quizás terminase en nieve, pero Andrés seguía allí sentado, esperando. A penas albergaba ya esperanzas de que apareciese quien le mantenía aferrado al banco, en su interminable espera. Sin embargo, no parecía que fuese a levantarse hasta la noche. En otras ocasiones había soportado lluvias torrenciales, nieves y granizos, cuando no tórridos soles estivales, y Andrés nunca se había levantado hasta la hora acostumbrada. Él seguiría allí, aguardando impasible, únicamente guarecido por su inagotable paciencia.

Nada parecía indicar que aquella mañana no iba a ser como las demás y que iba a ser recordada siempre. En aquel momento, ni siquiera podía imaginarse que el cambio que se iba a iniciar en él esa mañana, terminaría por afectar a toda la humanidad unos años más tarde.

Su banco era el mejor, según había asegurado él mismo en innumerables ocasiones. Solía decir que era la mejor atalaya para buscar a alguien, pues tarde o temprano, todo españolito visita en alguna ocasión la capital, y termina pasando por la Puerta del Sol. Andrés madrugaba a las 7 de la mañana para sentarse en el mismo banco desde hacía casi cuarenta años y allí permanecía sentado todos los días, acechando hasta las once de la noche… Alguien, hacía muchos años, le había dicho que tenía más paciencia que el santo Job. Y por Job le conocían todos los que frecuentaban la zona. Nadie, sin embargo, tenía ni la menor idea de cuán infinita era su paciencia. Sólo sabían de él que llevaba sentado en ese banco media vida esperando a una mujer muy especial, de la que no había dado ni un solo detalle más. Era igualmente parco en descripciones de sí mismo. Si se le preguntaba por su procedencia se limitaba a contestar que venía de lejos; y cuando se le insistía en la pregunta, volvía a responder que de muy lejos y cambiaba rápidamente de tema; lo que no significa que fuese poco hablador. Le gustaba escuchar las historias que la gente contaba y contarlas luego él. Tenía tantas historias acumuladas en la memoria que al contar las más insólitas la gente solía tomarlas por mentiras. Ésa era su triste fama, la de un loco mentiroso. Mentiras o no, contaba esas historias con tanto arte como un gran cuenta cuentos, un escritor o un director de cine, y a casi todos les gustaba escucharle. Muchos eran los que iban a visitarle y compartir un rato sentados en su banco. No le ofrecían tabaco porque sabían que no fumaba, pero era un buen compañero para echar un cigarrito, con o sin aliño. Tampoco le ofrecían vino de la botella barata, semioculta en una bolsa de plástico, sabían que no iba a beber; aunque muy pocos sabían que el buen vino sí le gustaba y casi nadie que tenía en su casa antiquísimos reservas de incalculable valor, algunos tan antiguos que ya no eran ni adecuados para beber, pero que eran verdaderas joyas de coleccionista. Solía decir que cada botella cuenta su propia historia. Historias vividas por Job hacía muchos años, muchos más de los que hubiese imaginado cualquiera de los que creían conocerle.

Todos sus contertulios, la inmensa mayoría indigentes, le tomaban por un vagabundo más y no sabían de la existencia de su bodega, ni de la casa donde estaba, ni de la fortuna que contenía la casa, ni del valor de los terrenos que la rodeaban a la misma puerta de Madrid, ni del opulento capital que tenía en el banco y en todo tipo de bienes, ni de ninguna otra cosa concerniente a su persona. Ni tan siquiera sabían su nombre, con Job les era suficiente. Aunque, en realidad, tampoco Andrés era el nombre que había utilizado siempre.

Para los transeúntes, o pululantes como él solía llamarles, Andrés no ofrecía diferencia con sus habituales compañeros. Decadente, con un pelo gris tan enmarañado y sucio como su larga barba, sucias ropas que habían pasado de moda hacía más de veinte años, el hecho de comer a diario un bocadillo en el banco y, sobre todo, el aspecto de quienes solían acompañarle, con sus cartones mal rotulados pidiendo ayuda, hacían pensar de él que era otro vagabundo más. En alguna ocasión algún viandante le había agasajado con una moneda; no sin cierto desconcierto, pues no había nada dispuesto a tal propósito, y tras dudar un instante, le había depositado la moneda a su lado en el banco y se había marchado con la sospecha de haber errado por haber ofrecido una ofensiva limosna a quien no mendigaba. Aunque esto hacía años que no sucedía. Últimamente, hasta los mendicantes, con su cartelito, su mano abierta y su variado receptáculo con unas monedillas de reclamo, tenían dificultades para conseguir el caritativo sustento. La gente pasaba indiferente ante ellos, intentando aparentar que no se percataban de su presencia.

Andrés podría vestir ropa cara y comer en restaurantes de lujo, pero ir de compras o de restaurantes lleva tiempo, tiempo sin estar presente en su banco. Tiempo precioso en el que podía pasar sin ser vista la mujer que con tanta perseverancia aguardaba desde tan largo tiempo. Un camarero de un bar cercano le traía a diario un bocadillo a cambio de una propina. En su casa le podían preparar el bocadillo antes de salir, o comida preparada en una tartera, pero iba más cómodo sin equipaje y prefería el pan recién hecho en el bar.

Paradójicamente, el personal al servicio de su casa comía y vivía mucho mejor que él, aunque tampoco sabían casi nada acerca de su vida. Sólo el mayordomo conocía algo, muy poco, de su vida privada y era el único que tenía instrucciones acerca del futuro de los bienes tras la muerte de Andrés. José, al que no le gustaba el apelativo de mayordomo y prefería simplemente José, administraba una de las cuentas bancarias. De ella salía el dinero para mantener la casa y los sueldos de los empleados, que se mantendrían durante diez años después de la muerte de Andrés. Éste no tenía familia, pero según él, designaría un heredero que se identificaría como tal antes de transcurrido ese tiempo. No parecía temer a la muerte, hablaba de ella con absoluta normalidad, pero le obsesionaba el tema de sus bienes y tenía todo muy bien programado para el después. Por aquella época era un anciano y era presumible que el fatal desenlace desenlazase pronto, pero cuando José entró a trabajar en la casa, tres décadas atrás, Andrés era demasiado joven para morir y ya tenía tal obsesión. Lo normal es no pensar en herencias hasta que no se le ven las orejas al lobo —decía José—, pero Andrés había respondido en alguna ocasión que un accidente no avisa con antelación. José supo cuando entró a trabajar de ayudante que si Andrés moría, y posteriormente lo hacía el que por aquellos tiempos era mayordomo, los empleados tendrían que romper una urna de cristal sellada que contenía instrucciones precisas. Esto lo realizarían todos juntos, pero bajo ningún concepto se tocaría la urna si uno de los dos estaba vivo. José, aun siendo más joven que Andrés, se había contagiado con su obsesión desde que sustituyó al anterior mayordomo tras su jubilación y supo lo que su predecesor sabía. Temía que la urna fuese abierta pronto, pues presentía que no sobreviviría mucho tiempo a Andrés. Si en esos diez años, antes de que apareciese el esperado heredero, moría él también, se rompería la urna y se leerían los documentos que tanto intrigaban a todos. José sabía que contendrían las mismas instrucciones que él sabía de memoria, y seguramente más cosas inimaginables que ya nunca podría averiguar. Sin embargo, si una vez muerto Andrés, José aguantaba vivo hasta la llegada del nuevo heredero de la propiedad, la misteriosa urna no se abriría, con lo que nadie en la casa aclararía sus dudas respecto al misterioso contenido.

Andrés también había sido elegido sucesor por un anciano solitario, del que se recordaba su excentricidad y poco más. Quizás aquella urna llevaba allí desde entonces y era una de las excentricidades del antiguo propietario.

Quizás, llevase más tiempo, varias generaciones. Era posible, entonces, que ni siquiera Andrés supiese lo que había dentro. Siempre estuvo tentado de preguntárselo directamente a Andrés. Esa y otras mil preguntas que siempre quiso hacer, pero que nunca hizo, pues Andrés era excesivamente reservado.

Cuando se le preguntaba algo concerniente a su vida particular contestaba con una evasiva acompañada de una sonrisa, y si se insistía en conseguir contestación, la respuesta solía ser la misma evasiva u otra similar, aunque esta segunda, y por supuesto, última vez, la sonrisa se tornaba en una dura expresión de reproche. José había aprendido hacía mucho tiempo a mantenerse totalmente al margen.

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Interplanetaria

6 Opiniones

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  • lupi
    on

    ¿Alguien ha leído La esfera negra, de Manuel Trigo? La terminé hace unos días y me ha dejado totalmente descolocado. Ha sido lo mejor que he leído en mucho tiempo y quiero saber si ha sido algo especial sólo para mí o en vosotros también ha causado esa sensación. Es que es muy rara. Comienza en un estilo y termina en otro totalmente distinto, pero cambia de un modo muy agradable y te transporta a los nuevos escenarios muy bien. No sé, no es comparable a ningúna otra cosa que haya leído antes, no sabría definirla.

  • Alfreda082
    on

    Hola

    Soy nueva aquí. Me ha pasado lo mismo que a ti. He leído la novel y he entrado en la web del autor a por otra novela suya, pero no la hay. Entonces he visto algunas páginas que se enlazan allí y entre ellas está esta de Interplanetaria, que no la conocía. En la web del autor no he opinado, porque me parece que la mayoría de los que escriben son amigos suyos y me da cosa meterme. Por eso he dejado mi opiniónm en un par de sitios. Al ver tu mensaje, me ha dado por registrarme para decirte que no eres raro, que a mí también me ha gustado mucho y tampoco sabría describirla ni buscarle parecidos. El Dani asusta un poco al principio, pero luego te acostumbras a él y resulta entrañable, ¿A que sí?

  • HofSmooth
    on

    Hola a todos. Soy nuevo por aquí.

    No tengo palabras para definir esta novela. Ni siquiera el autor sabe si encuadrarla como fantástica o de ciencia ficción. Y en unos foros aparece catalogada como de un género y en otros foros del otro. Es distinta a todo lo que he leído antes. ¿Alguien la ha leído? ¿A qué género diríais que pertenece? Me atrevo a adelantar que ciencia ficción blanda. Suceden cosas paranormales con cierta justificación, pero ni es una explicación científica (pretende que sí), ni hay nada de magia. No sé, no sé.

    En resumen, muy recomendable, aunque el comienzo es muy distindo de lo que viene después. No deja indiferente.

  • Dory
    on

    Tiene pocos comentarios esta novela, con lo maravillosa que es. Y no es que lleve poco tiempo en el mercado, que a mí me la regalaron a primeros de año. Yo tampoco sabría encuadrarla en el género correcto. El comienzo parece demasiado realista, pero luego va cambiando a lo largo de la novela. Si coges el primer capítulo y el último podrías jurar que pertenecen a novelas distintas.

    El niño pone los pelos de punta. No puedo decir por qué, para no fastidiar a los "prelectores", pero desde luego que es algo atípico. Me recuerda algo a una peli que vi sobre Shidatra ¿Se escribe así? Cuesta acostumbrarse a su manera "peculiar" de hablar, pero luego se convierte en un personaje entrañable, de los que marcan.

    La "escenita" del cementerio me pareció demasiado fuerte cuando la leí. Muy macabra. Pero ahora que la recuerdo, reconozco que tiene su puntazo. Desde luego, absolutamente original.

    Respecto a esas "cosas paranormales",  no me gusta el término que empleas. Tampoco diría yo sobrenaturales ni metafísicas (quizás esta última suene mejor). En la novela queda plenamente justificado el poder mediante el cual se realizan. Eso sí, magia no es. Qué difícil es opinar sin desvelar nada a los que la quieran leer.

    Dory.

  • Dory
    on

    He encontrado una reseña muy buena en la página de Fantasimundo.

    http://www.fantasymundo.com/articulos/1903/esfera_negra_manuel_trigo

    La reseña es bastante larga y bien elaborada, pero he seleccionado un pequeño fragmento de texto que tampoco aclara el género:

    Habla del protagonista y dice: "Poco a poco va mostrando su verdadero ser, de modo que el lector se va acostumbrando, tanto a sus extravagancias, como a sus “virtudes”. Y es a través de éstas últimas que comenzamos a entrar en el terreno del género fantástico y de la ciencia-ficción, de ambos diría yo. Aunque en la sinopsis parece darle más importancia al género fantástico “con sutiles pinceladas de ciencia-ficción”, yo me inclino por dar más peso a este último y definir las partes que el autor llama fantasía como ci-fi blanda. Sea la clasificación que cada uno le quiera dar".

    Es curioso, pero tampoco ese lector lo tiene claro. Ahora sí que estoy intrigada. Por favor, un técnico del foro que arroje luz al respecto.

    Dory.

  • Betty
    on

    Llevaba 7 capítulos y la he tenido que dejar con un disgusto muy grande porque tengo unas oposiciones muy próximas, pero esta sólo la retiro de mi mesilla de noche si la casa sale ardiendo, que soy muy aficionada a dejar las cosas a medias. De momento, la pongo en la pila, que esos 7 capítulos son la leche de buenos (El 2 es un poco rollo, pero es muy corto. Es una introducción de datos que salen a relucir más adelante).

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