La espadas de Sharazar

EspadasSharazarRobertHoward

Un idolo impío de incalculable valor, oculto en un templo secreto, escondido en lo más recóndito de las montañas afganas. El tesoro de Genghis Khan, guardado en el inexpugnable palacio de la prohibida Shahrazar, una ciudad secreta vetada a los occidentales. Y una arriesgada misión que resulta ser una partida clave en "El gran juego" que Rusia y el Imperio Británico jugaron por el control de La India y el Punjab.

Tres aventuras de Kirby O´Donnell, un aventurero norteamericano creado por el prolífico autor Robert E. Howard, como parte fundamental de la compleja saga oriental que desarrollara el autor de Cross Plains.

Completan el volumen las tres piezas escritas en la juventud de Howard acerca del personaje Lal Singh, un pícaro buscavidas de origen sikh que aparecería con frecuencia en la saga de El Borak.

ANTICIPO:
Al medio día aún seguían la vieja senda que serpenteaba incansable… y que, obviamente; era cuanto quedaba de una vetusta calzada ya olvidada.

—Si ese waziri logró volver junto a Yakub Khan, —dijo Hassan mientras cabalgaban hacia un estrecho desfiladero que se abría en la falda de las montañas que se alzaban a su alrededor— los Jowakis estarán inusualmente alertas contra los extraños. Aunque Yar Mohammed no sospechaba la verdadera identidad de Hawklin, y no llegó a enterarse de qué era lo que buscaba. Tampoco lo sabrá Yakub Khan. Creo que sabe dónde está el templo, pero es demasiado supersticioso como para acercarse a él— Le dan miedo los espectros. No sabe nada sobre el ídolo. Pembroke debe haber sido el único hombre que haya entrado en ese templo en Alá sabe cuántos siglos. En Peshawar escuché la historia, de labios de un criado suyo, que agonizaba por una mordedura de serpiente. Hawklin, Jehungir Khan, tú y yo somos los únicos hombres vivos que conocen la existencia del dios—.

Tuvieron un sobresalto cuando un pathano delgado y de rostro halconado salió cabalgando hacia ellos desde la boca del desfiladero.

—¡Alto! —les llamó imperiosamente, galopando hacia ellos con una mano extendida—. ¿En nombre de qué autoridad os adentráis en el territorio de Yakub Khan?

—Cuidado, —musitó O’Donnell—, Es un jowaki— Puede haber docenas de fusiles apuntándonos desde esas rocas en este mismo instante.

—Le daré algo de dinero, —replicó Hassan entre dientes—. Yakub Khan reclama el derecho de cobrarle un tributo a todos los que viajan por esta región. Quizás sea eso lo que quiere este tipo,

Toqueteando su cinturón, se dirigió al hombre de las tribus.

—No somos más que dos pobres viajeros, que estarán encantados de pagar el tributo que tan justamente reclama su bravo jefe. Cabalgamos solos.

—Entonces, ¿quién es ese que va detrás de vosotros? —preguntó rudamente el jowaki, señalando con la cabeza en la dirección por la que habían venido.

Hassan, a pesar de toda su cautela, giró un poco la cabeza, mientras sus manos manoseaban las monedas. Y, en ese instante, un triunfo fiero ardió en el oscuro rostro del jowaki, y con un movimiento tan veloz como el de una cobra, extrajo una daga de su cinto y golpeó al desprevenido persa.

Pero por veloz que hubiera sido, O’Donnell lo fue aún más, pues había presentido la trampa que les tendía. Mientras la daga se acercaba a la garganta de Hassan, la cimitarra de O’Donnell lanzó un destello a la luz del sol, y los aceros chocaron entre sí. La daga cayó de las manos del pathano, y, con un gruñido, alcanzó la culata del fusil que tenía junto a su silla de montar. Pero antes de que pudiera liberar su arma, O’Donnell volvió a golpear, hendiendo el turbante y el cráneo que había debajo. La montura de! jowaki se encabritó, arrojando el cadáver hacia delante, y O’Donnell retiró la espada.

—¡Cabalga hacia el desfiladero! —aulló—. ¡Es una emboscada!

La breve escaramuza no había durando más que unos segundos— En el momento en que el cuerpo del jowaki se estrelló contra el suelo, sonaron disparos de fusil por entre las rocas de la falda de la montaña. El caballo de Hassan saltó presa de una súbita convulsión, y luego galopó como un rayo hacia la boca del desfiladero, perdiendo sangre a cada paso. O´Donnell sintió cómo una bala de plomo se hundía en su pantorrilla mientras clavaba las espuelas y huía tras el persa, que era incapaz de controlar a su montura, enloquecida por el dolor.

Al acercarse a la entrada de la garganta, les salieron al paso tres jinetes, consumados espadachines de! clan jowaki, blandiendo sus tulwar de ancha hoja. La enloquecida montura de Hassan le llevaba derecha a sus garras, y el persa se esforzó en vano para frenarla. De repente, abandonó sus intentos y, tras empuñar su fusil, empezó a disparar mientras cabalgaba. Uno de los caballos tropezó y cayó, derribando al suelo a su jinete. Otro de ellos alzó los brazos al cielo y cayó fulminado. El tercero lanzó a Hassan unos tajos salvajes mientras su enloquecida bestia pasaba a su lado, pero el persa se agachó, esquivando su hoja, y escapó hacia la garganta.

Un instante después, O’Donnell estaba frente al espadachín, el cual le atacó blandiendo su pesado tulwar. El americano alzó su cimitarra y las hojas se encontraron con un estruendo metálico, mientras los caballos galopaban costado contra costado. La montura del hombre de las tribus reculó ante el impacto, y O’Donnell, alzándose sobre los estribos y golpeando hacia abajo con todas sus fuerzas, partió la hoja del tulwar, hendiendo el cráneo de quien la empuñaba. Un instante después, el americano galopaba en dirección al desfiladero. Había esperado que estuviera lleno de guerreros armados, pero no tenía otra elección. En el exterior, las balas llovían a su alrededor, estrellándose contra las rocas y rebotando contra los árboles secos.

Pero, evidentemente, el hombre que les había tendido la trampa, había considerado que la puntería de los hombres de la ladera de la montaña sería suficiente, y no había apostado más que a cuatro guerreros en la garganta, pues, cuando O’Donnell penetró en ella, tan sólo vio a Hassan por delante. Pocos metros más allá, el caballo herido tropezó y cayó, y el persa saltó limpiamente mientras su montura se desplomaba.

—¡Monta detrás de mí! —espetó O’Donnell, ayudándole a subir. Y Hassan, fusil en mano, saltó a la parte trasera de la silla. Un toque de espuelas en los flancos del cargado caballo le obligó a galopar por el estrecho desfiladero. Los salvajes alaridos que sonaron tras ellos indicaban que, en el exterior, los hombres de las tribus se dirigían hacia sus monturas, ocultas sin duda detrás del primer risco. Después, la ruta de la garganta giró bruscamente, y los sonidos de persecución quedaron amortiguados. Pero sabían que los salvajes hombres de las montañas no tardarían en penetrar en el desfiladero, en su busca, como lobos siguiendo un rastro.

—Ese espía waziri debe de haber logrado volver Junto a Yakub Khan, —jadeó Hassan—. No quieren oro, sino sangre. ¿Crees que habrán acabado con Hawklin?

—Hawklin debe de haber pasado por esta garganta antes de que llegaran los jowakis para preparar la emboscada, —replicó O’Donnell—. O bien los jowakis le andaban siguiendo cuando nos vieron venir, y montaron esa trampa para nosotros. Me da la sensación de que Hawklin está en algún lugar, por delante de nosotros.

—No importa, —expuso Hassan—. Este caballo no podrá llevamos mucho más lejos. Se cansa con rapidez. Sus monturas deben estar más frescas. Será mejor que busquemos un lugar en el que poder damos la vuelta para pelear. Si podemos contenerles hasta que anochezca, a lo mejor podríamos escaparnos luego.

Habían avanzado algo más de un kilómetro y comenzaban ya a escuchar débiles sonidos de persecución, aún muy lejos de ellos, cuando, abruptamente, llegaron a un espacio abierto, con forma de cuenco, rodeado por las faldas de las montañas. A la mitad de su extensión, una cuesta ascendía poco a poco, estrechándose como un cuello de botella, hasta llegar a un paso en la montaña, la salida de aquel anfiteatro natural. Había aleo antinatural en aquel claro, algo que alertó a O’Donnell y a Hassan, el cual saltó del caballo, lanzando un alarido. Una pared baja de piedra cerraba la estrecha entrada del paso. Desde aquella muralla resonó el disparo de un fusil, mientras la montura de O’Donnell levantaba la cabeza, asustada por el resplandor del sol sobre el cañón del arma. La bala, que iba destinada al jinete, se estrelló contra la cabeza del animal.

La bestia se desplomó y O’Donnell saltó de ella, rodando por el suelo hasta un grupo de rocas, tras las que Hassan ya se había puesto a cubierto. Numerosos destellos de fuego iluminaron la pared, y las balas silbaron a su alrededor, estrellándose contra el tocón de rocas que les servía de refugio. Se miraron el uno al otro con una sonrisa sombría e irónica.

—¡Bueno, pues ya hemos encontrado a Hawklin! —dijo Hassan.

—¡Y en pocos minutos, Yakub Khan aparecerá detrás de nosotros, y estaremos entre la espada y la pared! —O’Donnell rió suavemente, pero la situación era desesperada. Con enemigos bloqueando el paso de las montañas, y los otros enemigos avanzando por la garganta a sus espaldas, estaban completamente atrapados.

Los tocones de roca bajo los que se agachaban les protegían del fuego procedente de la pared, pero no les ofrecerían protección alguna contra los jowakis cuando éstos salieran de la garganta. Si se movían de allí, quedarían expuestos a los hombres que tenían frente a ellos. Si no se movían, serían abatidos por la espalda por los jowakis.

Una voz resonó, retándoles:

—¡Sal de allí, para que te pegue un tiro, maldito bribón. —Hawklin no realizó el menor intento de ocultar que era británico—, ¡Te conozco, Hassan! ¿Quién es ese kurdo que va contigo? ¡Creí que le había partido la crisma la noche pasada!

—¡Sí, un kurdo! —replicó O’Donnell—. ¡Uno llamado Ali el Ghazi! Tras un momento de asombrado silencio, Hawklin grito:

—¡Tenia que haberlo supuesto, perro yanqui! ¡Oh, si, sé muy bien quién eres! ¡Bueno, eso ahora no importa! ¡Os tenemos atrapados y no podéis moveros!

—¡Tu estas en el mismo aprieto, Hawklin! —exclamó O’Donnell—. ¿No escuchaste el tiroteo en la entrada del desfiladero?

—¡Claro! ¿Quién os persigue?

—¡Yakub Khan y un centenar de jowakis! —exageró O’Donnell—. Cuando haya terminado con nosotros, ¿crees que te dejará marcharte tan tranquilo? ¿Después de haber torturado a uno de sus hombres para arrebatarle sus secretos?

—¡Será mejor que nos permitas unimos a ti! —añadió Hassan, reconociendo, al igual que O’Donnell hiciera antes, lo que constituía su única oportunidad—. ¡Se aproxima un combate de los grandes, y vas a necesitar toda la ayuda posible si esperas salir de él con vida!

Hawklin asomó por encima del muro su cabeza tocada con un turbante. Evidentemente confiaba en el sentido del honor de los dos hombres a los que odiaba, y no temía un disparo a traición,

—¿Es cierto eso? —exclamó.

—¿Acaso no oyes a los caballos? —le pincho O’Donnell.

No era necesario preguntarlo. La garganta reverberaba con un estampido de cascos de caballos y salvajes alaridos. Hawklin empalideció. Sabia qué clase de piedad podía esperar de Yakub Khan. Y conocía la pericia en el combate de los dos aventureros… Sabía hasta qué punto su ayuda podía contar en una lucha a muerte.

—¡Subid, deprisa! —gritó—. ¡Si aún estamos vivos cuando termine el combate, ya decidiremos entonces quién se queda con el Ídolo!

¡En verdad que aquel no era momento para pensar en el tesoro, ni siquiera en el Dios Carmesí! Sus propias vidas estaban en la balanza. O’Donnell y Hassan se incorporaron, fusiles en mano, y corrieron por la cuesta en dirección a la pared de roca. Nada más alcanzarla, los primeros jinetes irrumpieron desde la entrada del desfiladero y comenzaron a disparar. Agachándose tras la pared, Hawklin y sus hombres devolvieron el fuego. Media docena de sillas quedaron vacías y los jowakis, desmoralizados ante aquella inesperada lluvia de balas, dieron media vuelta y regresaron a la garganta.

O’Donnell estudió a los hombres que el Destino había convertido en sus aliados… Los ladrones que le habían robado su mapa del tesoro y que, quince minutos antes, habrían estado encantados de matarle. Hawklin, sombrío y de endurecida mirada, con su atuendo afgano. Jehungir Khan, de aspecto impecable después de haber cabalgado tres leguas, y tres hirsutos degolladores yusufzai, de nombres tan diversos como Akbar, Suliman y Yusuf, que le enseñaron los dientes en una mueca de desagrado. Aquella era una alianza entre lobos que se mantendría tan solo mientras durara la amenaza común.

Los hombres de detrás de la muralla comenzaron a disparar a las figuras vestidas de blanco que se esparcían por entre las rocas y los arbustos cercanos a la boca del desfiladero. Los jowakis habían desmontado y se arrastraban por el claro, aprovechándose de cada pequeño espacio a cubierto. Sus fusiles restallaban desde detrás de cada tocón de piedra y de cada arbusto frondoso.

—Debían de andar siguiéndonos, —graznó Hawklin, mientras asomaba el cañón de su fusil—. ¡O’Donnell, nos has mentido! ¡Ahí fuera no puede haber un centenar de hombres!

—De todos modos, son los suficientes como para cortarnos el pescuezo, —rebatió O’Donnell apretando el gatillo. Un hombre que se lanzaba hacia una roca cayó fulminado, y los guerreros escondidos lanzaron un aullido de cólera—. De cualquier modo, nada le impide a Yakub Khan enviar a alguien a por refuerzos. Su aldea no está a muchas horas a caballo de aquí.

Su conversación seguía el ritmo de los firmes estampidos de sus fusiles. Los jowakis, bien ocultos, habían dejado de sufrir bajas con el tiroteo.

—Al menos tenemos una oportunidad detrás de esta muralla, —gruñó Hawklin—. No hay modo de saber hace cuántos siglos la construyeron. Me parece que fue erigida por la misma raza que levantó el templo del Dios Carmesí. Estas montañas están plagadas de ruinas como estas. ¡Maldición! —gritó a sus hombres—: ¡No disparéis tanto! Nos estamos quedando sin munición. Se están acercando poco a poco para atacarnos cuerpo a cuerpo. Reservad vuestros cartuchos para ese momento. Les abatiremos en cuanto salgan al descubierto, —y un instante después, exclamó—: ¡Aquí vienen!

Los jowakis avanzaban a pie, corriendo de una roca a otra, de un arbusto al siguiente, disparando mientras avanzaban. Los defensores contuvieron su fuego con talante sombrío, agazapándose y observando por entre las grietas del muro. El plomo se estrellaba contra la roca, provocando polvo y chispazos. Suliman lanzó una sarta de maldiciones cuando una bala se estrelló en su hombro. Muy atrás, en la boca del desfiladero, O’Donnell distinguió la barba roja de Yakub Khan, pero el Jefe se puso a cubierto antes de que pudiera dispararle. Escurridizo como un zorro, Yakub no estaba dispuesto a liderar la carga en persona.

Pero los hombres de su clan peleaban con una ferocidad indómita. Quizás el silencio de los defensores les había engañado, haciéndoles creer que se habían quedado sin munición. O quizás la sed de sangre que ardía en sus venas les había hecho dejar a un lado su astucia. De cualquier modo, salieron al descubierto de repente, treinta y cinco o cuarenta hombres, y se lanzaron cuesta arriba con un aullido propio de una manada de lobos. Dispararon sus fusiles al azar, y luego se encaramaron a la barrera con sus cuchillos de un metro de largo.

—¡Ahora! —gritó Hawklin, y una descarga a quemarropa abatió la vanguardia de la horda. En un instante, la cuesta se llenó de figuras destrozadas. Los hombres que había refugiados tras la muralla eran combatientes veteranos; del tipo de hombre que no puede fallar jamás a esa distancia. El tributo que se cobró su atronadora lluvia de plomo fue impresionante, pero los supervivientes siguieron avanzando, con los ojos brillantes, espuma en sus barbas y sus largos cuchillos lanzando destellos en sus puños peludos.

——¡Las balas no les detendrán! —aulló Hawklin, lívido, mientras disparaba su último cartucho de fusil—. ¡Defended la muralla o seremos hombres muertos!

Los defensores vaciaron sus armas contra el grueso de la masa y entonces se alzaron sobre la muralla, empuñando sus aceros, e incluso sus rifles a modo de maza. La estrategia de Hawklin había fallado, y ahora tocaba luchar cuerpo a cuerpo, golpear y esquivar, y que el diablo se llevara a los desafortunados.

Los hombres tropezaron y cayeron ante el impacto de las últimas balas, pero, por encima de sus cuerpos destrozados, la horda siguió avanzando contra el muro hasta llegar a él. A lo largo de toda la muralla resonaron golpes que partían huesos, los tintineos de acero golpeando acero, y los gemidos de los moribundos. El puñado de defensores seguían teniendo la ventaja de una posición privilegiada, y la base de la muralla se llenó de cadáveres apilados antes de que los jowakis lograran poner el pie al otro lado de la barricada. Un tribeño de mirada salvaje colocó el extremo del cañón de un viejo mosquete contra la cara de Akbar, y la descarga le voló la cabeza al yusufzai. El aullante jowaki se coló por la abertura dejada por el cadáver, ascendiendo a la muralla antes de que O’Donnell pudiera evitarlo. El americano había retrocedido con la intención de cargar su fusil, pero descubrió que no le quedaban cartuchos en el cinturón. Justo entonces divisó al salvaje jowaki ascendiendo a la muralla. Corrió hacia el hombre, empuñando su rifle como una maza, mientras el pathano dejaba caer el mosquete para blandir un largo cuchillo. Antes de que pudiera sacarlo de su funda, O’Donnell le golpeó con el fusil, partiéndole el cráneo.

O’Donnell saltó sobre su cadáver para hacer frente a la horda que se esparcía por toda la muralla. Mientras empuñaba su rifle como una maza no tuvo tiempo de mirar cómo se desarrollaba la lucha a su alrededor. Hawklin maldecía en inglés, Hassan en persa, y alguien gritaba, presa de una mortal agonía. Escuchó sonidos de golpes, gemidos, e insultos, pero no podía permitirse mirar a la izquierda o a la derecha. Tres tribeños enloquecidos por la sed de sangre peleaban como gatos salvajes para poder subir a la muralla. Les golpeó hasta que su fusil se quedó reducido a un montón de fragmentos, y dos de ellos cayeron con las cabezas abiertas; pero el tercero, trepando por la muralla, agarró al americano con unas manos de gorila y se abrazó a él, tan cerca que le impedía usar su improvisada porra. Medio asfixiado por aquellos dedos peludos sobre su garganta, O’Donnell extrajo su kindhjal y lo clavó a ciegas, una y otra vez, hasta que la sangre le corrió por la mano, y, con un mugido, el jowaki le soltó, y se precipitó por el borde de la muralla.

Mientras recuperaba el aliento, O’Donnell miró a su alrededor, percatándose de que la presión parecía haberse debilitado. La barricada no se encontraba ya atestada de rostros salvajes. Los jowakis descendían por la cuesta a trompicones… los pocos que aún quedaban para escapar. Sus pérdidas habían sido terribles, y no había un solo hombre de entre los que escapaban, que no sangrara por alguna herida.

Pero la victoria habla sido cotosa. Sulimán yacía tendido sobre la muralla, con la cabeza reventada como si fuera un huevo. Akbar estaba muerto. Yusuf agonizaba, con una herida de arma blanca en el abdomen, y sus alaridos eran terribles. Mientras O’Donnell le contemplaba, Hawklin, de forma implacable, puso fin a su agonía con un disparo de bala en la cabeza. Entonces el americano vio a Jehungir Khan, sentado con la espalda contra la pared, apretando las manos contra su cuerpo, mientras la sangre se escapaba por entre sus dedos. Los labios del príncipe tenían un tono azulado, pero se las arregló para componer una sonrisa siniestra.

—¡Nací en un palacio, —susurró—, y voy a morir tras una muralla de piedra! No importa… es el Kismet. Hay una maldición flotando sobre este tesoro… Los hombres siempre mueren cuando siguen la pista del Dios Manchado de Sangre… —y murió mientras así hablaba.

Hawklin, O’Donnell y Hassan se miraron en silencio. Eran los únicos supervivientes… tres figuras adustas, ennegrecidas por el humo de la pólvora mezclada con sangre, y con sus ropas convertidas en jirones. Los jowakis, tras escapar, habían desaparecido en el interior de la garganta, dejando vacío el claro del cañón, excepto por los numerosos muertos que se esparcían por toda la cuesta.

—¡Yakub se ha • escapado! —graznó Hawklin—. Le vi deslizarse por el desfiladero cuando sus hombres empezaron a huir. Ahora cabalgará hacia su aldea… ¡Y pondrá a toda su tribu sobre nuestros pasos! ¡Vamos! Podemos encontrar el templo. Tomémoslo como una carrera… podemos asumir el riesgo de intentar hacernos con el ídolo y luego escapar de algún modo por las montañas, antes de que nos capturen. Estamos juntos en este aprieto. Podríamos olvidar todo lo que ha pasado, y unir fuerzas por el bien común. Hay suficiente tesoro para los tres.

—Hay mucho de cierto en lo que dices, —gruñó O’Donnell—. Pero será mejor que, para empezar, me devuelvas el mapa.

Hawklin sostenía aún una pistola humeante en la mano, pero antes de que pudiera levantarla, Hassan le estaba apuntando con su revólver.

—He reservado un par de cartuchos para este momento, —dijo Hassan, y Hawklin comprobó cómo asomaban las puntas azuladas de las balas en el tambor del revólver—. Dame tu arma. Ahora dale el mapa a O’Donnell.

Hawklin se encogió de hombros y extrajo el arrugado pergamino.

—¡Malditos seáis! ¡Si encontramos ese tesoro, me merezco la tercera parte! —exclamó.

O’Donnell examinó el mapa y se lo guardó en el cinturón.

—Muy bien, no te guardo rencor. Eres un cerdo, pero si juegas limpio con nosotros, te trataremos como a un socio más, ¿eh, Hassan?

El persa asintió, colocando las dos armas en su cinturón.

—No hay tiempo para ponemos a discutir. Si queremos salir con vida de ésta, será mejor que los tres pongamos lo mejor de nuestra parte. Hawklin, si los jowakis llegan a dar con nosotros, te devolveré tu pistola. En caso contrario, no la necesitarás.

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