La Fase del Rubí

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Extraños sucesos viene ocurriendo en La Perla. Continuos rumores relacionados con brujerías, engendros, posesiones demoníacas y extrañas desapariciones han acabado por inquietar a las jerarquías eclesiásticas. Perturbada su confortable rutina, Torcuato, burócrata del Santo Oficio, no encuentra el momento de entregarse a su vieja traducción de Tácito. Nunca, sin embargo, pierde la ocasión de visitar a su hermanastra, Imperatrice. Al joven abate siempre le aguarda alguna sorpresa en la compañía de esta mujer de perturbadora belleza, en cuyos ojos disímiles lucen los brillos equívocos de una pasión solitaria que no reconoce límites. Es esa pasión la que, a través de una búsqueda desenfrenada, conducirá a Imperatrice, por tortuosos caminos, a romper la frágil barrera que contiene las oscuras fuerzas del Mal. Con una prosa de admirable nitidez y un ritmo cautivante, Pilar Pedraza sabe introducirnos en el ambiente de una ciudad castellana del siglo XVII y, sin empacho de aunar a una poderosa imaginación un reticente sentido del humor, traza el conflicto de dos mundos contrastados, uno racional e ilustrado, el otro supersticioso y satánico, cuyo final estallido alcanza a todos los personajes del relato.

ANTICIPO:

Al día siguiente, cuando Torcuato volvía de dar su lección en la Universidad, encontró al padre Losada esperándole en su celda. Parecía de pésimo humor y se atusaba los bigotes nerviosamente, indicio seguro de que veía amenazada su plácida existencia por el despuntar de alguna funesta majadería.

–¿A qué debo el honor…? –comenzó a decir Torcuato alegremente, depositando en la mesa sus libros y cartapacios. Pero el anciano inquisidor cercenó sus cortesías irónicas.

–Déjate de tonterías, Torcuato. Tenemos trabajo. Bien decía yo que la primavera nos traería complicaciones. ¡Dios Todopoderoso, con lo tranquilos que hemos pasado el invierno!

–¿Qué ocurre? Pero siéntese al menos. ¿Quiere una pizca de rapé?

–Sí, sí, para polvitos estamos. Escucha: ¿conoces a una tal Antida Colás?

–Pues no, creo que no.

–Yo tampoco la conocía; mejor dicho, la había olvidado. Y me temo que no sólo llegaremos a conocerla bien, sino que nos amargará los próximos meses. Es una tripicallera del barrio de la Espina. ¿No recuerdas unas acusaciones que nos llegaron la semana pasada?

–¿Las de aquellos hechizos que habían hecho enfermar a una vieja?

–Sí. A Isidra Pardillo. Las vecinas acusaron a Antida Colás. Ahora resulta que la tal Isidra está en las últimas. Al parecer tiene la lengua hinchada como una bota y se ahoga. Y, claro, es por el maleficio que le ha hecho la otra.

Torcuato no entendió gran cosa y frunció el entrecejo, preguntándose si su viejo amigo habría perdido el juicio.

–¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? –protestó más que dijo–. Lo mejor será que la vea un médico.

–¡Tiene que ver, tiene que ver! Me han presentado una denuncia formal y hay que interrogar, así que vamos. Al fin y al cabo, tú eres el secretario.

Torcuato vio esfumarse sus esperanzas de poder dedicar la tarde a su traducción de Tácito, a la que se entregaba con pasión en los escasos momentos libres que le dejaban sus ocupaciones.

De mala gana ambos, pero sin tardanza, se encaminaron al edificio del Tribunal. Era un viejo caserón que estaba pidiendo a gritos unas reparaciones, pero nadie parecía dispuesto a sufragarlas, porque últimamente se le daba un uso escasísimo.

Cuando Losada, Torcuato y el escribano hubieron tomado asiento en una de las salas, un bedel hizo pasar a la autora de la denuncia.

Era una mujercilla de edad incierta, aunque más bien juvenil, fea, endomingada, con las greñas húmedas recién atusadas a lo gato. Hizo una reverencia de su invención y sonrió tontamente a los tres hombres, que la miraban con cierta curiosidad. Losada le ordenó acercarse.

–¿Cómo se llama usted, hija mía? –siempre se dirigía así a aquella clase de perras, en un vano intento de dar al interrogatorio un aire de cordialidad.

–María, santidad –respondió la interpelada con impertinente desparpajo.

–Hija, no me llame usted santidad; llámeme padre. María, ¿qué más?

–Pues María la Barrila, padre –respondió algo picada, como si el universo entero debiera estar en posesión de semejante conocimiento.

–Pero ¿cómo que María la Barrila? ¿No tiene usted apellidos? ¿Cómo se llama su padre?

–Mi padre se llama Pedro el Barril, porque tenemos una tonelería. Pero ya que su paternidad quiere saber mi apellido, le diré que me llamo María González, como mi padre, que es Pedro González.

El fraile que hacía de escribano miró desesperado al techo, diciéndose que transcribir aquel interrogatorio le iba a costar Dios y ayuda, y se dio a todos los diablos.

–Pues bien, María González –dijo Losada con una voz cuyo tono mesurado no conseguía velar completamente una cierta irritación–, ¿sería usted tan amable de repetir la historia que me contó antes? El padre Torcuato de los Cobos, aquí presente, debe enterarse, y el señor escribano tomar nota.

–¿Qué, quiere que le cuente todo otra vez? Pues eso, que mi madre, por obra de Antida Colás, está hinchada como un odre y tiene la cara morada. No puede hablar y hace visajes, la lengua le ha crecido más y más dentro de la boca. Yo creo que no durará en el mundo, la pobre.

–¿La ha visto algún médico? –interrumpió Torcuato.

–¡Ya lo creo que la han visto, reverencia! Primero llamamos al barbero Tomasón, el de la calle de Torcedores; pero como él no sabía qué era aquello, acudimos al cirujano del Hospital general, que le dio unos polvos. Y, ca, no le baja. No puede hablar ni tragar, y el cirujano dice que no hay remedio, y cuando él lo dice… Es muy bueno en su oficio: el año pasado le sacó a mi cuñado una piedra como el puño de un niño. Yo antier hallé bajo la almohada de mi enferma un sapo, reventado que daba asco verle, con perdón de sus reverencias, con la bocaza cosida con hilo verde. Y de fijo que así reventará mi pobre madre. ¡Ay, Dios, cuánta desgracia y cuánta maldad!

Cuando los sapos hacían su aparición en tales discursos, el espíritu de Torcuato tendía a desentenderse de ellos y volar de acá para allá, terminando por posarse en el campo de su más sólido interés: la traducción de Tácito, que si no avanzaba gran cosa era por culpa de episodios como aquél.

–¿Y qué quiere usted decirnos, alma de Dios, qué tiene que ver el sapo con la enfermedad de su madre? –preguntó Losada, que comenzaba a perder la paciencia.

–¿Cómo que qué tiene que ver? –exclamó ella, encendida–. ¡Si está claro como la luz del día! ¿Es que somos tontos? ¿No sabemos acaso lo que son esas cosas?

Torcuato, intentado desesperadamente insinuar a Losada que interrumpiera la sesión y despidiera a la mujer sin más trámite, apuntó severo:

–Le ruego que modere sus expresiones, señora, o tendremos que prescindir de su declaración.

–Sí, señoría –dijo ella sumisa–. Perdóneme, tienen ustedes razón: a veces no sé lo que digo. Pero es que no me gusta que se burlen de una pobre como yo, que no tiene letras pero que sabe de la vida como el que más. El sapo, claro está, lo puso allí alguien que quiere hacer daño a mi madre. ¡Y bien que lo está consiguiendo, cagüendiez! ¡Huy, perdón!

El escribano dudaba si debía transcribir íntegro el discurso de la Barrila. Finalmente, optó por simplificar las cosas en la medida de lo posible.

–Siga, siga usted –dijo Torcuato, contento al intuir que el interrogatorio estaba tocando a su fin. Hacía muchas horas que la jícara de chocolate que tomara al levantarse había abandonado su estómago, dejándolo vacío como un fuelle.

–Pues eso, reverencias: que mi madre se muere porque la tiene peída el putón de la Colás, que además de mal bicho es bruja, como todos saben en la Espina. Pregunte a cualquiera. Y aun creo que tenga alguna parte en esto su hija Manuela; que, de tal palo, tal astilla. La Antida sabe añudar la agujeta y echar las habas como nadie, amén de otras perrerías que me callo por no ofender los santos oídos de sus paternidades, que son hombres de iglesia. Yo les pido que hagan algo; que se muera o no –que se morirá–, mi madre debe tener la satisfacción de que esas pendejas pasen alguna pena.

–Se investigará el caso, señora, pero no con espíritu de venganza, que nada tiene de cristiano y nos es ajeno. Hermano Tiburcio, ¿ha tomado nota de todo? –preguntó Losada al escribano, dando por terminada la declaración.

–Sí, padre.

–Pues léalo, y que la señora lo firme si está conforme.

La Barrila tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para reconocer en la prosa de fray Tiburcio su deposición, pero no dijo nada y trazó una torpe cruz al cabo del pliego, sacando mucho la lengua por una esquina de su bocaza.

Cuando se quedaron solos, Losada y Torcuato intercambiaron una mirada entre resignada y divertida.

–Bueno –dijo el inquisidor pasándose la punta de los dedos por la frente y atusándose luego los mostachos–, afortunadamente, esto no ha sido muy largo. Pero ahora habrá que llamar a la tal Colás.

Torcuato, algo escandalizado por la atención que se prestaba al caso y, sobre todo, alarmado por la suerte que amenazaba a su Tácito, preguntó:

–¿Y qué necesidad hay? ¿Se ha creído usted esa sarta de sandeces?

–No importa lo que yo crea o deje de creer, hijo –respondió Losada–. El caso es que esa Isidra tiene efectivamente la lengua atragantada, según ha podido comprobar nuestro médico esta misma mañana; sin duda va a morir. Y hay que dar curso a la denuncia si no queremos tener un alboroto en la Espina. No es el barrio más tranquilo de la ciudad y últimamente anda algo escocido con el escándalo del padre Loredano.

–Pero el padre Loredano ya no está allí.

–Ya, pero queda el resquemor. Bueno, hijo, vamos a tomar un bocado y dejémonos por hoy de sapos y culebras, que estoy que me desmayo de hambre y supongo que a ti te ocurre lo mismo.

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