La feria del crimen

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Género :


18 cuentos negros franceses

La narrativa negro-criminal ha sido durante mucho tiempo denostada por la crítica a la vez que apoyada sin reservas por un gran número de lectores que encontraban en estas historias los ingredientes básicos de la buena literatura: personajes inolvidables, tensión narrativa, intriga…

Ahora que el género ha alcanzado el reconocimiento de la crítica, sin perder su puesto privilegiado en el favor del público, Lengua de Trapo se ha propuesto reunir en este volumen algunos de los relatos más interesantes de la última hornada del indiscutible referente de la literatura policial europea: la narrativa negra francesa.

«La feria del crimen reúne dieciocho cuentos publicados entre 1980 (El discurso del método) y 2006 (Tolerancia cero), y pretende reflejar la gran variedad de temáticas y vertientes del género negro francés durante ese periodo. El año 1980 coincide a grandes rasgos con las últimas obras de Jean-Patrick Manchette y la primera hornada de autores que este bautizaría con la etiqueta néo-polar. Frédéric H. Fajardie, Hervé Jaouen, Didier Daeninckx, Jean-Francois Vilar, Jean-Bernard Pouy, Marc Villard, Patrick Raynal, Thierry Jonquet…, vienen a confirmar, en efecto, que la renovación emprendida unos años antes por el propio Manchette —entre otros— ha encontrado continuadores» (del prólogo de José Luis Sánchez-Silva).

ANTICIPO:
Tonino Benacquista

Esta mañana, al bajar del tren, leí en la banderola: «XXXIXª edición de la Feria del Crimen de Saint-Naz». Hace treinta y nueve años, yo aún no había nacido. Al parecer, el mundo era entonces muy diferente. Los viejos del lugar dicen que la feria tampoco es lo que era.

Antes de ocuparme de las dos o tres cosas que había venido a hacer, cumpliendo con el ritual, me di una vuelta entre los stands, husmeando por ahí en busca de sorpresas y novedades.

Este año han instalado a los asesinos a sueldo en un soberbio pabellón acondicionado en su honor: cincuenta stands alineados impecablemente que ofrecen los servicios de esa honorable corporación a precios más o menos populares. Todos los profesionales del ramo se han dado cita aquí; de hecho, reconocí a cuatro o cinco de los mejores. Los curiosos se apelotonaban para ver a las estrellas pavonearse en sus sillones mientras bebían como cosacos. Pregunté las tarifas por simple curiosidad. Deshacerte de un don nadie te sale como mínimo por 25.000 euros, pero, si se trata de alguien conocido, los precios se disparan. En nuestros días, un VIP puede alcanzar los 80.000, gastos incluidos. Sin embargo, algunos principiantes, que no pueden evitar ese aire de matones recién salidos de una película de Lautner, rompen los precios para intentar recuperar los gastos de alquiler del stand. Los comienzos nunca son fáciles.

Luego, me pasé por el pabellón de coartadas para saludar a unos cuantos conocidos. Por mil euros puedes conseguir un falso testimonio bastante potable, aunque tampoco aquí es oro todo lo que reluce. Por una parte, están las casas de confianza, que ofrecen un servicio esmerado y se hacen cargo del cliente desde la premeditación hasta el primer día de la instrucción sumarial, y, además, tienen una garantía postventa para el caso de que llegues a juicio. Por otra, los testigos de última hora que juran haber pasado la noche con el primero que llega y se retractan en el primer interrogatorio. ¡El colmo!

También me di una vuelta por la zona reservada a los cerebros grises. Planes de todo tipo: atracos a bancos y a furgones blindados, robo de documentos… Nada como un buen golpe con fractura que va como la seda, con gráficas y operarios a la medida de tus necesidades: conductores, esbirros, soplones… Este año, prestigio obliga, han invitado a Ronald Biggs, el genio del atraco al tren correo Glasgow-Londres. Habló poco durante el coloquio. Me alegró verle en tan buena forma.

Comí algo en la sección de peristas. Receptaciones de toda clase: desde radiocasetes de coche hasta Van Goghs. Después, tuve que abrirme paso a codazos para acercarme a un diamantista que estaba subastando un collar de perlas. Al parecer, había pertenecido a Gloria Swanson. Un poco más allá, me encontré con mi colega Jeremy, el último Leonardo europeo. Su billete falso de cincuenta ha quedado en los anales, pero luego tuvo un verdadero revés con uno de diez que no secó bien. Se quejó de la textura del papel que se encuentra en nuestros días y me confesó que va de capa caída. La moneda falsa ya no le interesa a nadie, dijo. Para no perder el tiento, se ha visto obligado a dedicarse a los carnés de identidad y a las tarjetas de crédito. Es una pena, con ese talento…

Después, atravesé la armería rápidamente. No me gusta la gente que te cruzas por allí. Sin embargo, me detuve a escuchar a un charlatán que se deshacía en elogios ante un cacharro con hojas de afeitar que, según él, tenía un alcance de diez metros. ¡No dejen pasar esta ocasión! El Razorflash viene con manual de instrucciones y garantía, y, de regalo, no una, ni dos, sino tres cajas de recambios, y todo por dos euros. ¡Vamos que se acaba!

No pude evitar salir de la librería con el Manual del perfecto chantajista, eso sí, dedicado por el autor. Me pareció que estaba bien escrito.

Finalmente, dejé para mañana el área de los profesionales de cuello blanco —abogados corruptos y contables chungos— y me vine al hotel para darme una ducha y ponerme el esmoquin para la gala de entrega de los Derringer de oro. Este año, por primera vez, estoy entre los favoritos de mi categoría.

La vi al salir de la habitación. Intenté cerrar los ojos, pero ya era demasiado tarde. Tiene la mirada abrasadora de Medusa y la voz de las sirenas. Tiene el cuerpo de Calipso y la reputación de ser más cruel que Circe. Y yo, el Ulises de turno, caí en todas sus trampas a la vez. Cuando me dijo: «Nos vemos esta noche, ¿no?», sufrí un segundo de vértigo y un minuto de fiebre.

La cena no acababa nunca. Menos mal que, a sólo dos mesas de la mía, la vamp no paraba de lanzarme miradas incendiarias. Por fin, llegó el momento tan esperado y el organizador de la velada dio el pistoletazo de salida de la ceremonia con unas bailarinas que nos obsequiaron con un numerito de lo más hortera: una coreografía del Casino de París que hubiera podido firmar el mismísimo Lucky Luciano. Tuvimos que tragarnos el Derringer de oro al mejor asesino a sueldo y al mejor atracador. Luego hubo un momento de pánico cuando anunciaron los nombres de los candidatos al título de mejor terrorista: en una de las mesas del fondo, estalló una champanera y tres de los aspirantes, que habían tenido la ocurrencia de cenar juntos, quedaron hechos trizas. Eso acabó con cualquier posible suspense sobre el nombre del ganador, que se levantó para recoger el trofeo sin esperar a que abriesen el sobre.

Sólo quedaban los dos últimos Derringer. El corazón se me puso a cien. Ser el mejor de mi categoría… Y ella, en la suya, claro, porque entre ella y las otras tres chicas en liza no hay color…

Ya bien entrada la noche, vinimos a mi habitación para celebrar las respectivas victorias con Dom Pérignon. Nuestros Derringer relucen ahora el uno junto al otro.

—¿Qué se siente al ser la mejor mujer fatal del año? —pregunto.

—Resulta muy gratificante. Pero me lo he ganado a pulso. Este año he tenido dos suicidios de banqueros y he hundido a un ministro. No se me resisten ni los más duros. ¿Y tú?

—Oh, yo… No me lo esperaba en absoluto —digo en plan hipócrita—. Los serial killer no piensan en este tipo de premios, sabes…

—¿Cuál es tu especialidad?

—Mujeres, únicamente mujeres. Y, cuanto más deseables las encuentro, más me esmero en el trabajo.

Su mirada me abrasa. Todavía no me tiemblan las manos.

Ambos sabemos que sólo uno de los dos saldrá vivo de la habitación, mañana por la mañana. Pero, por el momento, los dos conservamos aún todas nuestras opciones intactas.

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