La fontana sagrada

fontanaSagrada

Durante la última de sus estancias de fin de semana en la gran mansión Newmarch, en la campiña inglesa, el narrador de esta historia tiene ocasión de observar asombrosas transformaciones en algunos de los huéspedes: una mujer fea se ha vuelto inexplicablemente bella, un joven ha envejecido de forma exagerada, un imbécil exhibe una inteligencia deslumbrante…, en definitiva, unos mejoran mientras otros empeoran. El protagonista espía y analiza estos fenómenos, tratando de encontrar la clave del enigma en una supuesta serie de misteriosos «intercambios de fuerza vital». La fontana sagrada es una de las últimas obras que escribió Henry James, y sin duda se trata de una de las novelas más insólitas y originales de la literatura moderna. Fue escrita no mucho después de Otra vuelta de tuerca, de la cual es una especie de complemento o pieza gemela. Ambas tienen en común el mismo telón de fondo de una gran mansión aislada del mundo exterior, los mismos parajes de una belleza triste y extraña, acontecimientos parejamente furtivos y turbadores dentro de una atmósfera de luminosidad y brillo, y un narrador en primera persona que se enfrenta a prodigios no comprobables científicamente.

ANTICIPO:
Ya he dicho que durante ese portentoso día hice muchas cosas, pero acaso la forma más simple de caracterizar el resto de ellas sea como un vigilante intento de impedir aquella catástrofe. Logré, a fuerza de tesón, evitar que mi reciente compañera se llevase consigo a la señora Server: yo no tenía ninguna gana de que fuese estudiada -al menos por nadie que no fuese yo- bajo la luz de mi teoría. A esas alturas creía yo entender mi teoría, pero no me complacía creer que la entendiese la señora Brissenden. Me temo que he de confesar con franqueza que me serví del engaño para salir de apuros: a fin de separar a las dos damas le dirigí a la más enterada una mirada en la cual la invité a leer muchísimas cosas. Esta mirada, o más bien la que me devolvió ella, acude a mi memoria como la primera nota de un considerablemente tenso, emocionante pequeño drama: un pequeño drama cuyo amplísimo escenario fueron nuestras restantes horas en Newmarch. Ella acató, como yo quería, mi insinuación de que sería preferible dejar las cosas en mis manos para llegar mejor hasta la verdad… estando más o menos en deuda conmigo por tal porción de ella como yo ya le había comunicado. Claro que este paso era una promesa tácita de que más tarde le participaría yo el resto. Yo sabía de ciertos cuadros en una de las estancias que la noche anterior no habían sido iluminadas, y los convertí en mi pretexto para lograr el efecto ansiado. Le solicité a la señora Server que me acompañase a contemplados, reconociéndole. al mismo tiempo que a duras penas podía esperar que me disculpase por haber tomado parte en la invasión del sosegado rincón donde el pobre Briss evidentemente había logrado cautivada de tal manera.

-Oh sí -respondió mientras nos encaminábamos hacia allá-, había logrado cautivarme. ¿A que es curiosamente cautivador? Pero yo no -prosiguió al quedar yo demasiado sorprendido ante su pregunta para dar una respuesta inmediata-, yo no había logrado cautivado a él ¡Naturalmente ya sabe usted por qué! -exclamó riéndose-. Nadie lo cautiva salvo Lady John y no fue capaz, mientras yo lo entretenía ahí, de pensar en nada más que en cuándo podría volver con ella.

Esos comentarios -de los cuales ofrezco más el fondo que la forma, pues fueron un poco dispersos y agitados, conque los depuré y ensamblé-, esos comentarios me brindaban, como ya habría de comprobar, inesperadas sugerencias, no todas las cuales estaba pre¬parado para asimilar de buenas a primeras.

-Y ¿está Lady John cautivada por nuestro amigo?

-Dada su tesitura, no tanto, supongo, como tal vez desearía él. ¿No sabe usted cual es su tesitura? -siguió mientras, sin duda, yo semejaba un dechado de desinformación-. ¿No es bastante notorio que sólo hay una persona por quien está cautivada?

-¿Una persona? -Estaba completamente despistado.

Pero, a todo esto, ya habíamos llegado al gran salón pictórico que ambos habíamos recorrido en anteriores visitas y al cual se nos habían adelantado dos huéspedes.

-¡Atiza, está ahí! -exclamó cuando nos detuvimos, en aras de la admiración, en el umbral. El elevado techo decorado con frescos se arqueaba sobre un suelo tan intensamente lustroso que parecía reflejar la colección de desvaídos cuadros al pastel, con marcos rococó, colgados de las paredes y que constituían el orgullo de la mansión. Nuestros compañeros, que examinaban juntos uno de los retratos y nos daban la espalda, estaban ubicados en el extremo opuesto, y uno de ellos era Gilbert Long.

Inmediatamente nombré al otro:

-¿Se refiere usted a Ford Obert?

Ella me dedicó, con una carcajada, una de sus hermosas miradas:

-¡Sí!

Por el momento era respuesta suficiente, y el estilo de la misma me demostró bajo qué bandera se había alistado ella. Me pregunté, mientras los dos hombres volvían la cabeza para comprobar quiénes éramos, por qué se habría alistado y luego reflexioné que si Grace Brissenden, contra todo pronóstico, estaba en lo cierto, ahora iba a haber algo que debía yo estudiar. ¿Cuál de los dos -el agente o el objeto del sacrificio- adoptaría mayor número de precauciones? Retuve adrede a mi compañera, durante unos instantes, en nuestro lado de la estancia, dejando que los otros, embebidos en sus observaciones, tardaran en unírsenos todo el rato que se les antojase. Ello me dio oportunidad de preguntarme si el misterio no iría a verse aclarado allí mismo. No había ningún misterio, había resuelto yo debido a los remordimientos, en el caso de la señora Server; pero ahora podría poner a prueba tal conclusión. Dicha prueba sería el acaecimiento, entre ella y su imputado amante, de cualquier cosa que no fuese enteramente natural. En aquel momento, la señora Server, con la mirada alzada hacia la pintada cúpula, con una expresión en su exquisito rostro hechizada casi hasta la solemnidad, me pareció más que nunca, hube de reconocerlo, una persona a quien imputar un amante. Saltaba a la vista que el lugar, excepción hecha de sus cuadros más modernos, triunfo de la florida ornamentación de dos siglos atrás, satisfacía sus personales gustos, y una especie de éxtasis profano había descendido sobre ella casi como sobre un peregrino en lugar sagrado, en una fina llovizna, bajo la fría luz, impregnándola de plata, de cristal, de desmayadas delicadezas heterogéneas de color. No sé qué hubo en ella -salvo, como es natural, el decidido grado de delicadeza en su hermosura- que, tan impresionada y entregada, la volvió indescriptiblemente conmovedora. Parecía una niña sobrecogida: ella misma habría podidoser -toda tonalidades de Greuze, toda pálidos rosados y azules y blancos perlados y ojos cándidos- una antigua naturaleza muerta bajo un vidrio.

No se vio tan sumamente reducida a ese estado, empero, como para no adoptar, con bastante celeridad, su propia precaución… si de precaución debe ser calificada. Fui agudamente consciente de que la naturalidad a que hace un momento aludí sería, por parte de ambos, la única precaución digna de tal nombre.

Nos desplazamos morosamente por la estancia, dete¬niéndonos aquí y allá en aras de la curiosidad: un rato durante el cual los dos hombres permanecieron donde los habíamos hallado. Por fin, ella los miró y propuso que comprobáramos en qué estaban tan absortos; pero la detuve en su impulso, alzando mi mano en una cordial intimación a guardar silencio. Conque guardamos silencio, cara a cara, mirándonos uno a otro, como para percibir una melodía. Eso era lo que yo in¬tentaba, pues acababa de antojárseme que una de las voces estaba en el aire y que había despertado una intensa atención. El distinguido pintor atendía mientras -según toda apariencia- Gilbert Long se encargaba, en presencia del cuadro, de las explicaciones. Ford Obert se movió, tras unos instantes, mas no tanto como para interrumpir aquello: tan sólo lo imprescindible para presentarme su propio semblante en rememoración de lo que la noche anterior había tenido lugar entre nosotros en el salón de fumar. Retiré mi mirada de la de la señora Server: me permití comunicarme un poco, a través de aquel reluciente espacio, con la de nuestro compañero de escucha. Por un ins¬tante la ocasión tuvo así la más singular pinta de una conferencia sobre estética suscitada por casuales pero inmensas insinuaciones y dictada por Gilbert Long.

No pude, desde lejos, junto a mi compañera, seguir bien tal conferencia, pero, claramente, Albert se mostraba lo bastante paciente para traslucir que se sentía estupefacto. En todo caso, su impresión constituía, sin duda, su cuota de sorpresa ante las dotes oratorias de Long. A decir verdad, esto era lo que su mirada más parecía espetarme: "¡Qué sensacional crítico más inesperado!" Ello era extraordinariamente intere¬sante: no me refiero al especial contenido de la elocuencia de Long, el cual no pude, como digo, apreciar, sino al fenómeno de que nada menos que él hiciese gala de semejante prenda. Esto me planteó la duda de si, en esas extrañas relaciones personales que así creía yo haber entrevisto, los efectos de la persona "sacrificada" no serían excesivamente desproporcionados teniendo en cuenta los recursos de dicha persona. Era como si en verdad pudieran multiplicarse tales elementos al ser transferidos, como si a efectos prácticos el deudor se hallase en posesión de una suma superior al patrimonio conocido del acreedor. De esta manera, la cesión agrandaba, como por ensalmo, la cosa cedida. Todos sabemos el refrán francés sobre esa plus belle fille du monde que no puede dar sino lo que tiene; no obstante, si la señora Server, pongamos por caso, hubiese sido la protagonista de esta precisa acción, la transferencia de su inteligencia a su amigo habría desmentido por completo semejante refrán. Habría dado mucho más de lo que tenía.

compra en casa del libro Compra en Amazon La fontana sagrada
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑