La fragata fantasma

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Esta es la historia de Joachim de Niel, conde de Valencey y príncipe de Adana, capitán de la Terpsichore, un buque que oficialmente no existe pero que la Marina francesa ha puesto al servicio de los independentistas americanos.

Tras diversas acciones hostiles con los británicos se va forjando la leyenda de una invencible fragata roja. Esto obligará al rey Jorge III de Inglaterra a crear su propia flota no oficial y poner precio a la cabeza de Adana.

Paralelamente se desarrolla la historia de Blacfort, amigo de infancia de Adana, cuya gran ambición es hacerse un lugar en la corte. Para conseguirlo cortejará a Victoire, la novia de Adana, de la que acabará consiguiendo un acuerdo de matrimonio de conveniencia y se convertirá en un antiamericano bajo la protección del duque de Orleans.

Su odio creciente hacia Adana y su ambición le llevará a realizar acciones insospechadas. Pero sus acciones acabarán siendo descubiertas…

ANTICIPO:
El capitán William Lansbury, preocupado, intentaba controlar su enorme navío, el Ajax, un tres puentes de noventa cañones que sufría en la tempestad. Navegaba viento en popa, como es habitual con fuerte oleaje, tras haber hecho cargar las velas para mantener sólo las más bajas a fin de no quedar desarbolado.

La noche era iluminada por relámpagos a los que les pisaban los talones los rugidos del trueno. Lluvia, viento, oscuridad, tormenta: los elementos parecían haberse confabulado para exacerbar la inquietud del oficial, que murmuró:

—Ya sólo faltan los perros franceses…

Lansbury sabía comprometida su responsabilidad, pues había «perdido» el convoy al que debía escoltar y se preguntaba con angustia dónde podían encontrarse los bajeles mercantes, dispersos sin duda por el mar embravecido.

Atravesando la cubierta con paso inseguro, hizo encadenar a dos marinos que se habían protegido por un instante detrás de un mástil.

¡Nada funcionaba!

Y sin duda no iba a ser con hombres de tan escasas cualidades como Inglaterra prevalecería sobre aquellos malditos franceses, que, en aquella guerra y con su flota renovada, se batían excepcionalmente bien.

Cediendo por unos instantes la maniobra al segundo de a bordo, Lansbury bajó a su cabina, bebió, uno tras otro, dos vasitos de licor y regresó a cubierta maldiciendo el viento, la tormenta, la tempestad y a los franceses.

Especialmente a los franceses.

—¡Oh, los muy hipócritas!… —dijo en voz alta, sabiendo que el viento se llevaba sus palabras y deseando vagamente, como si aquello fuese posible, que llegaran hasta los oídos enemigos.

Como repetía machaconamente el capitán, Francia —señores, burgueses y pueblo unidos por una vez— nunca había ocultado su profunda simpatía por la causa de aquellos norteamericanos a quienes se denominaba los «insurrectos». Desde antes de la guerra franco-inglesa, los corsarios de América utilizaban ya los puertos franceses para avituallarse, mientras el gobierno real cerraba los ojos.

Con su apagada mirada clavada en cubierta, azotada de vez en cuando por enormes olas, el oficial inglés pensó en los navíos norteamericanos y, especialmente, en el del capitán John Paúl Jones, que asolaba las costas inglesas a partir de su base en Brest mientras vendía el botín en Nantes, sirviendo los cargamentos para financiar el esfuerzo de guerra norteamericano. Así, decenas de navíos habían sido capturados por aquellos corsarios que, ayudados por corsarios franceses, la emprendían incluso contra los corsarios ingleses. Los norteamericanos, que en Francia se sentían en su casa pese a estar tan lejos de su país, se habían atrevido a medio destruir White Havent, capturando en el fondeadero el Drake, ¡un navío magnífico!.

Aspirando con furia su apagada pipa, William Lansbury sintió ganas de llorar de rabia pensando en la doblez francesa. Así, la marina de Luis XVI proporcionaba incluso navíos a los norteamericanos, como aquel Bonhomme Richard, que, tras un duelo de cuatro horas, había acabado con el bajel pesado Serapis, flor y nata de la Royal Navy… y victoria norteamericana.

Lansbury vociferó, indiferente a las temerosas miradas de los hombres a cargo del timón:

—¡Dios debió de vomitar a franceses y norteamericanos el mismo día! ¡A los mismos salvajes que combaten con hacha y ojos enloquecidos! [Son dedos de la misma mano, la del diablo!

Pese a las blandas consignas, ¿cuántos marinos franceses se enrolaban en los corsarios norteamericanos? En las Antillas y, especialmente en la Martinica, mientras Inglaterra y Francia no estaban todavía en guerra, incluso los oficiales franceses desertaban para enrolarse con los norteamericanos, donde se recibía con los brazos abiertos a aquellos excelentes profesionales de la guerra. Pero ay de ellos si caían vivos en manos inglesas; así, Lansbury había hecho colgar a un joven teniente francés herido, marqués de vieja nobleza por añadidura.

Lansbury, además, había interceptado un correo del gobernador general, el marqués de Bouillé, que explicaba a Versalles que incluso en la flota de guerra francesa, oficialmente neutral aún, había capitanes de la marina real que protegían de sus pesados bajeles «solapada pero, sin embargo, eficazmente» a navíos norteamericanos en dificultades.

Una formidable ola cayó sobre cubierta, arrastrando a varios marinos.

—¡Qué imbéciles! —soltó Lansbury, y regresó a sus meditaciones.

Lo que le fascinaba a él, un hijo de tendero que había tardado casi cincuenta años en obtener aquel mando, era la alianza entre los norteamericanos, todos plebeyos, y la flor y nata de la nobleza francesa, la más prestigiosa del mundo. Todos aquellos La Fayette, aquellos duques, aquellos marqueses y aquellos condes que abandonaban la corte de Versalles, los placeres, las hermosas mujeres y la vida fácil por la marina de guerra, las más penosas condiciones de vida en los navíos y el riesgo de dejarse matar a cada instante… Todo aquello por un pueblo de campesinos, de patanes sin modales y por la mera fascinación de la palabra más estúpida que haya existido nunca: «Libertad».

¡Qué bobada!

Alcanzando la única verdad que jamás iluminó el espíritu de William Lansbury, éste, pensativo, murmuró:

—Esta guerra arruinará a Francia e Inglaterra y los insurrectos, si vencen con la ayuda francesa, acabarán formando una gran nación.

El mar se alzaba más aún, llovía a cántaros, el trueno resonando por lo que parecía el infinito era una dura prueba para los nervios y, como todos los tres puentes, el navío reaccionaba mal.

Demasiado pesado.

Lansbury, aunque cruel y estúpido en la mayoría de las circunstancias de la vida, juzgaba con agudeza su imponente embarcación:

—Un pueblo flotante.

¡Noventa cañones, tres puentes, mil hombres de tripulación! Por sí sola, la artillería representaba el diez por ciento del tonelaje. Izar el ancla exigía los esfuerzos de ciento cuarenta hombres y se necesitaban doscientos setenta para un simple cambio de rumbo.

—¡Tiene todos los defectos! —murmuró Lansbury con amargura.

Ciertamente, en la línea de batalla, un tres puentes constituía la más temible de las embarcaciones existentes, y ay de la fragata que se encontrase al alcance de sus terribles cañones, pero fuera de la batalla los tres puentes no valían nada. Con aquellas tripulaciones pictóricas, siempre se acababa careciendo de agua y de víveres, lo que favorecía el escorbuto y las fiebres pútridas. Por no hablar de las tempestades…

Lansbury observó la proa que desaparecía, de vez en cuando, bajo el asalto del oleaje. En aquellos bajeles, la parte delantera era demasiado pesada y «hacía cuchara» en las olas.

La parte trasera, llena de ventanas, cristales trabajados y emplomados, de madera trabajada como encaje, era frágil y ardía numerosas veces. La obra viva, que ocupaba una superficie demasiado ancha, era presa fácil para la podredumbre, los gusanos, las tarazas y las hierbas marinas: a falta de un revestimiento de cobre, la velocidad se veía considerablemente reducida.

Sólo valía la artillería.

Lansbury, a quien su viejo instinto de marino incomodaba, supo que su pensamiento, por unos instantes, había alimentado su miedo. ¿En qué había estado pensando antes? Reflexionó y casi dio un respingo: «Ay de la fragata que se encontrara a su alcance…».

¡En ella!

Roja desde lo más alto del palo mayor hasta la línea de flotación, surgiendo a menudo de la noche, la bruma o la tempestad, poblada por sombras negras de gestos lentos, la fragata fantasma, llamada según decían Terpsichore, aparecía unos instantes, daba muerte y desaparecía danzando sobre las olas, tal vez el motivo por el que había recibido el nombre de la diosa de la danza.

—¡Embustes! —rugió volviéndose hacia Richard Macready, el segundo de a bordo.

Vaciló, temiendo el ridículo pues, aunque todos los marinos ingleses conocieran el nombre de La Terpsichore, los oficiales no hablaban de ella.

De todos modos, la leyenda decía que la fragata fantasma tenía corno pez piloto una graciosa corbeta de guerra llamada Betelgeuse, tan rápida que ningún navío del mundo podía acercarse a ella. Se añadía también que la corbeta descubría la presa y…

Sin poder resistirlo más, Lansbuiy preguntó con rudeza a Macready.

—¿Con qué navío decíais que nos hemos cruzado mientras yo estudiaba las cartas?

—Con una corbeta, sin duda francesa, capitán.

Lansbury observó con irritación el súbito temblor de las manos del segundo de a bordo y decidió poner fin a aquel diálogo con alguna fórmula definitiva:

—Es natural que una corbeta huya a toda prisa ante un tres puentes.

—No, capitán.

Tras enmudecer unos segundos, Lansbury se sobrepuso, obligándose a la calma:

—¿Qué habéis osado decir: «No»?

—Perdón, capitán, he expresado con torpeza mi pensamiento. Es, en efecto, natural que una corbeta de veinte cañones huya a toda prisa ante nosotros, aunque no a esa velocidad.

—Las corbetas son rápidas.

—Volaba sobre las olas. En treinta años de navegación, nunca había visto nada semejante. O, en todo caso…

—¿En todo caso? —repitió el capitán, hastiado.

Sintiendo de pronto que entraba en terreno movedizo, el segundo eligió sus palabras con el mayor cuidado.

—Sólo la corbeta de aquella leyenda, la que al parecer acompaña a la fragata fantasma rojo sangre, nene fama de ir tan deprisa, pero eso es una pura invención de la imaginación de marinos borrachos.

Furioso, Lansbury abrió la boca para poner al segundo en su lugar, pero de su garganta no brotó sonido alguno. Mudo de estupor, con los ojos muy abiertos, tuvo una visión en la que se mezclaban el horror con lo fantástico. Iluminada por el prolongado fulgor de un relámpago, una fragata se había acercado casi hasta su borda con todas las luces apagadas. Rojo verdugo, se distinguían en su cubierta algunas siluetas negras que, sin prisa ni emoción, velaban tranquilamente por el orden del velamen, ectoplasmas indiferentes a la tempestad y a la proximidad del enorme tres puentes.

—¡Todo era cierto!… —murmuró Lansbury mientras veía a la fragata en lo alto de la ola ejecutando con una pasmosa mezcla de gracia, salvajismo y agilidad su danza de la muerte.

Súbitamente vacío de otros pensamientos, consagrado exclusivamente al extraordinario informe que dirigiría al Almirantazgo y sin ver ya el peligro, el capitán inglés memorizó las características de la fragata fantasma:

—Más larga pero más estrecha que las fragatas habituales… Más fina, con más clase, más elegante… Una línea forjada para la velocidad… Audaz: han debido lastrar mucho la quilla… Sumando ambas bordas, sesenta cañones: ¡es considerable!… Y allí, en cubierta, esa cosa con la que se mantienen atareados a esos muertos vivientes…

—Vuestras órdenes, capitán: ¡pronto, las órdenes!… —repitió varias veces el segundo de a bordo sin obtener respuesta.

Los gritos de espanto de los oficiales y marinos de guardia no alcanzaron el espíritu de Lansbury:

—¡El «tiburón de pólvora»!… —aullaban los ingleses.

El bajel fantasma, aquel al que desde Liverpool hasta Jamaica llamaban también «La Muerte Roja», acababa de lanzar…

—¡De modo que eso es su jodido tiburón!… —advirtió fríamente el capitán.

La bestia avanzaba deprisa, nadando entre dos asnas, con su aleta dorsal hendiendo las olas. El metal de acero pulido parecía un milagro de atentos cuidados. Se dirigía directamente al tres puentes y Lansbury, fatalista de pronto, pensó que todo se consumaba como sin duda estaba previsto desde la noche de los tiempos.

La explosión sacudió el enorme y pesado bajel.

El inglés sabía que por la brecha de uno o dos metros de diámetro, situada bajo la línea de flotación, toneladas de agua se adentraban en las calas.

Advertido por los relatos de algunos supervivientes del modo de proceder de La Terpsichore, no debía ignorar que los treinta cañones de babor de la fragata fantasma iban a concentrar su tiro, de mortal precisión, sobre el puesto de mando, pues siempre, en sus planes de destrucción, los malditos que mandaban en las baterías de artillería intentaban matar a los oficiales para aumentar el desconcierto general.

El capitán inglés oyó el cañoneo, vio las llamas de los disparos, advirtió que la cabeza del segundo de a bordo acababa de ser arrancada y luego murió con el pecho destrozado por una bala.

Como si efectuase una maléfica cabriola, la fragata roja desapareció burlándose de la tempestad, cada vez más grácil sobre la furiosa espuma.

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