La guerra de los mundos

guerramundos

En estas páginas se narra la primera gran invasión alienígena de nuestro planeta. Publicada en 1898, la novela muestra el pesimismo que sentía H. G. Wells (Gran Bretaña 1866-1946) sobre el futuro cercano (pesimismo que pronto se vería justificado ante la sucesión de desastres que jalonó el siglo XX)

Comenzando con una serie de, aparentemente insignificantes, acontecimientos científicos (una nube de Hidrogeno entre Marte y La Tierra, fenómenos meteorológicos…) la narración va In crescendo a lo largo de los doce días que abarca, descubriéndonos como los primeros objetos alienígenas llegan a las afueras de Londres, los preparativos bélicos iniciales, la guerra y el desastre que sobrevienen sobre la humanidad hasta su sorprendente y ya clásico final.

En un principio, los marcianos aparecen como criaturas patéticas, apenas capaces de moverse en la pesada gravedad terrestre, en la que no son siquiera capaces de salir del cráter creado por su aterrizaje, pero pronto revelan su auténtica naturaleza, cuando sus gigantescos trípodes se alzan y empiezan a arrasar todo lo que les rodea. La obra se desplaza del campo a la evacuación del mismo Londres y la perdida de toda esperanza mientras que el ejército británico sufre derrota tras derrota.

El periplo del narrador se convierte en un viaje al horror a medida que descubre el destino que los invasores le deparan al hombre y queda claro que los terrestres no están tanto siendo conquistados como cazados.

ANTICIPO:
LA NOCHE DEL VIERNES

En mi opinión, lo más extraordinario de todo lo extraño y maravilloso que ocurrió aquel viernes fue el encadenamiento de los hábitos comunes de nuestro orden social con los primeros comienzos de la serie de acontecimientos que habrían de echar por tierra aquel orden.

Si el viernes por la noche se hubiera tomado un par de compases y trazado un círculo con un radio de ocho kilómetros alrededor de los arenales de Woking, dudo que se hubiera encontrado fuera de ese círculo ningún ser humano —a menos que fuera algún pariente de Stent o de los tres o cuatro ciclistas y londinenses que yacían muertos en el campo comunal— cuyas emociones o costumbres fueran afectadas en lo mínimo por los visitantes del espacio.

Muchas personas habían oído hablar del cilindro y lo comentaban en sus momentos de ocio; pero es seguro que el extraño objeto no produjo la sensación que habría causado un ultimátum dado a Alemania.

El telegrama que mandó Henderson a Londres describiendo la abertura del proyectil fue considerado como una invención, y después de telegrafiar pidiendo que lo ratificara sin obtener respuesta, su diario decidió no imprimir una edición especial.

Dentro del círculo de ocho kilómetros la mayoría de la gente no hizo nada. Yo he descrito la conducta de los hombres y mujeres con quienes hablé. En todo el distrito la gente cenaba tranquilamente; los trabajadores atendían sus jardines después de la labor del día; los niños eran llevados a la cama; los jóvenes paseaban por los senderos haciéndose el amor; los estudiantes leían sus textos.

Quizá hubiera ciertos murmullos en las calles de la villa y un tópico dominante en las tabernas. Aquí y allá aparecía un mensajero o algún testigo ocular, causando gran entusiasmo y muchos corros. Pero en su mayor parte continuó como siempre la rutina de trabajar, comer, beber y dormir… Parecía que el planeta Marte no existiera en el universo. Aun en la estación de Woking y en Horsell y Chobham ocurría esto.

En el empalme Woking, hasta horas muy avanzadas, los trenes paraban y seguían viaje; los pasajeros descendían y subían a los vagones y todo marchaba como de costumbre. Un muchacho de la ciudad vendía diarios con las noticias de la tarde. El ruido seco de los parachoques al chocar y el agudo silbato de las locomotoras se mezclaban con sus gritos de «Hombres de Marte».

Hombres muy nerviosos entraron a las nueve en la estación con noticias increíbles y no causaron más turbación que la que podrían haber provocado algunos ebrios. La gente que viajaba hacia Londres se asomaba a las ventanillas y solo veían algunas chispas que danzaban en el aire en dirección a Horsell, un resplandor rojizo y una nube de humo en lo alto, y pensaban que no ocurría nada más serio que un incendio entre los brezos. Solo alrededor del campo comunal se notaba algo fuera de lugar. Había media docena de aldeas que ardían en los límites de Woking. Se veían luces en todas las casas que daban al campo y la gente estuvo despierta hasta el amanecer.

Una multitud de curiosos se hallaba en los puentes de Chobham y de Horsell. Más tarde se supo que dos o tres arrojados individuos partieron en la oscuridad y se acercaron, arrastrándose, hasta el pozo; pero no volvieron más, pues de cuando en cuando un rayo de luz como el de un faro recorría el campo comunal, y tras de él seguía el rayo calórico. Salvo estos dos o tres infortunados, el campo estaba silencioso y desierto, y los cadáveres quemados estuvieron tendidos allí toda la noche y todo el día siguiente. Muchos oyeron el resonar de martillos procedentes del pozo.

Así estaban las cosas el viernes por la noche. En el centro, y clavado en nuestro viejo planeta como un dardo envenenado, se hallaba el cilindro. Mas el veneno no había comenzado a surtir efecto todavía. A su alrededor había una extensión de terreno que ardía en partes y en el que se veían algunos objetos oscuros que yacían en diversas posiciones. Aquí y allá había un seto o un árbol en llamas. Más allá se extendía una línea ocupada por personas dominadas por el terror, y al otro lado de esa línea no se había extendido aún el pánico. En el resto del mundo continuaba fluyendo la vida como lo hiciera durante años sin cuento. La fiebre de la guerra, que poco después habría de endurecer venas y arterias, matar nervios y destruir cerebros, no se había desarrollado aún.

Durante toda la noche estuvieron los marcianos martilleando y moviéndose, infatigables en su trabajo, con máquinas que preparaban. A veces se levantaba hacia el cielo estrellado una nubecilla de humo verdoso.

Alrededor de las once pasó por Horsell una compañía de soldados, que se desplegó por los bordes del campo comunal para formar un cordón. Algo más tarde pasó otra compañía por Chobham para ocupar el límite norte del campo. Más temprano habían llegado allí varios oficiales del cuartel de Inkerman y se lamentaba la desaparición del mayor Edén. El coronel del regimiento llegó hasta el puente de Chobham y estuvo interrogando a la multitud hasta la medianoche. Las autoridades militares comprendían la seriedad de la situación. Según anunciaron los diarios de la mañana siguiente, a eso de las once de la noche partieron de Aldershot un escuadrón de húsares, dos ametralladoras Maxim y unos cuatrocientos hombres del Regimiento de Cardigan.

Pocos segundos después de medianoche, el gentío que se hallaba en el camino de Chertsey vio caer otra estrella, que fue a dar entre los pinos del bosquecillo que hay hacia el noroeste. Cayó con una luz verdosa y produjo un destello similar al de los relámpagos de verano. Era el segundo cilindro.

COMIENZA LA LUCHA

El sábado ha quedado grabado en mi memoria como un día de incertidumbre. Fue también una jornada calurosa y pesada y el termómetro fluctuó constantemente. Yo había dormido poco, aunque mi esposa logró descansar bien. Por la mañana me levanté muy temprano. Salí al jardín antes de desayunar y me quedé escuchando, pero del lado del campo comunal no se oía nada más que el canto de una alondra.

El lechero llegó como de costumbre. Oí el estrépito de su carro y fin hacia la puerta lateral para pedirle las últimas noticias. Me informó que durante la noche los marcianos habían sido rodeados por las tropas y que se esperaban cañones.

En ese momento oí algo que me tranquilizó. Era el tren que iba hacia Woking.

—No los van a matar si pueden evitarlo —dijo el lechero.

Vi a mi vecino que estaba trabajando en su jardín y charlé con él durante un rato. Después fui a desayunar. Aquella mañana no ocurrió nada excepcional. Mi vecino opinaba que las tropas podrían capturar o destruir a los marcianos durante el transcurso del día.

—Es una pena que no quieran tratos con nosotros —observó Sería interesante saber cómo viven en otro planeta. Quizá aprenderíamos algunas cosas.

Se acercó a la cerca y me dio un puñado de fresas. Al mismo tiempo me contó que se había incendiado el bosque de pinos próximo al campo de golf de Byfleet.

—Dicen que ha caído allí otro de los condenados proyectiles. Es el número dos. Pero con uno basta y sobra. Esto le costará mucho dinero a las compañías de seguros.

Rió jovialmente al decir esto y agregó que el bosque estaba todavía en llamas.

—El terreno estará muy caliente durante varios días debido a las agujas de pino —agregó. Se puso serio, y luego dijo—: ¡Pobre Ogilvy!

Después del desayuno decidí ir hasta el campo comunal. Bajo el puente ferroviario encontré a un grupo de soldados del Cuerpo de Zapadores, que lucían gorros pequeños, sucias chaquetillas rojas, camisas azules, pantalones oscuros y botas de media caña.

Me dijeron que no se permitía pasar al otro lado del canal, y al mirar hacia el puente vi a uno de los soldados del Regimiento de Cardigan que montaba allí la guardia. Durante un rato estuve conversando con estos hombres y les conté que la noche anterior había visto a los marcianos. Ellos tenían ideas muy vagas acerca de los visitantes, de modo que me interrogaron con vivo interés. Dijeron que ignoraban quién había autorizado la movilización de las tropas; opinaban que se había producido una disputa al respecto en los Guardias Montados. El zapador ordinario es mucho más culto que el soldado común y comentaron las posibilidades de la lucha en perspectiva con bastante justeza. Les describí el rayo calórico y comenzaron a discutir entre ellos.

—Lo mejor sería arrastrarnos hasta encontrar refugio y tirotearlos—expresó uno.

— ¡Bah! —dijo otro—. ¿Cómo se puede encontrar refugio contra ese calor? ¡Si te cocinan! Lo que hay que hacer es llegar lo más cerca posible y cavar una trinchera.

— ¡Tú y tus trincheras! Siempre las quieres. Ni que fueras un conejo.

— ¿Es verdad que no tienen cuello? —dijo de pronto un tercero.

Repetí la descripción que hiciera un momento antes.

—Octopus —dijo él—. Así que esta vez tendremos que pelear con peces.

—No es un crimen matar bestias así —manifestó el que hablara primero.

— ¿Por qué no los cañonean de una vez y terminan con ellos?—preguntó otro—. No se sabe lo que son capaces de hacer.

— ¿Y dónde están las balas? No hay tiempo. Creo que deberíamos atacarlos ahora sin perder ni un minuto.

Así continuaron discutiendo. Al cabo de un rato me alejé de ellos y fui a la estación para buscar tantos diarios matutinos como hubiera.

Mas no fatigaré al lector con una descripción de aquella mañana tan larga y de la tarde, más larga aún. No logré ver el campo comunal, pues incluso las torres de las iglesias de Horsell y Chobham estaban ocupadas por las autoridades militares. Los soldados con quienes hablé no sabían nada: los oficiales estaban muy ocupados y no quisieron darme informes. La gente del pueblo se sentía nuevamente segura ante la presencia del ejército, y por primera vez me enteré de que el hijo del cigarrero Marshall era uno de los muertos en el campo. Los soldados habían obligado a los que vivían en las afueras de Horsell a cerrar sus casas y salir de ellas.

Volví a casa alrededor de las dos. Estaba muy cansado, pues, como ya he dicho, el día era muy caluroso y pesado, y por la tarde me refresqué con un baño frío. Alrededor de las cuatro y media fui a la estación para adquirir un diario vespertino, pues los de la mañana habían publicado una descripción muy poco detallada de la muerte de Stent, Henderson, Ogilvy y los otros. Pero no encontré en ellos nada que no supiera.

Los marcianos no se mostraron para nada. Parecían muy ocupados en su pozo y se oía el resonar de los martillazos, mientras que las columnas de humo eran constantes. Aparentemente, estaban preparándose para una lucha.

«Se han hecho nuevas tentativas de comunicarse con ellos, mas no se obtuvo el menor éxito», era la fórmula empleada por los diarios.

Un zapador me dijo que las señales las hacía un soldado ubicado en una zanja con una bandera atada a una vara muy larga. Los marcianos le prestaron tanta atención como la que prestaríamos nosotros a los mugidos de una vaca.

Debo confesar que la vista de todo este armamento y de los preparativos me excitó en extremo. Me torné beligerante y en mi indignación derroté a los invasores de diversas maneras. Volvieron a mí parte de los sueños de batalla y heroísmo que tuviera durante mi niñez. En esos momentos me pareció una batalla desigual. Los marcianos daban la impresión de encontrarse totalmente indefensos en su pozo.

Alrededor de las tres comenzaron a oírse las detonaciones de un cañón que estaba en Chertsey o Addiestone. Me enteré de que estaban cañoneando el bosque de pinos donde había caído el segundo cilindro, pues deseaban destruirlo antes que se abriera. Mas eran ya las cinco cuando llegó a Chobham el cañón que habría de usarse contra el primer grupo de marcianos.

A eso de las seis, cuando estaba tomando el té con mi esposa en la glorieta y hablaba con entusiasmo acerca de la batalla que se libraba a nuestro alrededor, oí una detonación ahogada procedente del campo comunal. A esto siguió una descarga cerrada. Luego se oyó un estruendo violentísimo muy cerca de nosotros y tembló la tierra a nuestros pies. Vi entonces que las copas de los árboles que rodeaban el colegio «Oriental» estallaban en llamas rojas, mientras que el campanario de la iglesia se desmoronaba hecho una ruina.

La parte superior de la torre había desaparecido y los techos del colegio daban la impresión de haber sido víctimas de una bomba de cien toneladas. Se resquebrajó una de nuestras chimeneas como si le hubieran dado un cañonazo, y un trozo de la misma cayó abajo arruinando un macizo de flores que había junto a la ventana de mi estudio.

Mi esposa y yo nos quedamos anonadados. Después me hice cargo de que la cumbre de Maybury Hill debía estar al alcance del rayo calórico ahora que no estaba el edificio del colegio en su camino.

Al comprender esto tomé a mi esposa del brazo y sin la menor ceremonia la llevé al camino. Después llamé a la criada, diciéndole que yo mismo iría arriba a buscar el cofre que tanto pedía.

—No podemos quedarnos aquí —exclamé, y en ese mismo momento se reanudaron los disparos en el campo comunal.

— ¿Pero dónde podemos ir? —preguntó mi esposa llena de terror.

Por un instante estuve perplejo. Luego recordé a nuestros primos de Leatherhead.

— ¡Leatherhead! —grité por sobre el tronar lejano del cañón.

Ella miró hacia la parte inferior de la cuesta. La gente salía de sus casas para ver qué pasaba.

— ¿Y cómo vamos a llegar a Leatherhead? —preguntó.

Colina abajo vi a un grupo de húsares que pasaba por debajo del puente ferroviario. Tres galoparon por los portales abiertos del colegio «Oriente»; otros dos desmontaron para correr de casa en casa.

El sol que brillaba a través de las columnas de humo que se alzaban sobre los árboles parecía de color rojo sangre e iluminaba todo con una luz extraña.

—Quédate aquí —dije a mi esposa—. Por ahora estarás a salvo.

Partí enseguida hacia el «Perro Manchado», pues sabía que el posadero tenía un coche y un caballo. Eché a correr al darme cuenta de que en un momento comenzarían a trasladarse todos los que se hallaran en ese lado de la colina.

Hallé al hombre en su granero y vi que no se había hecho cargo de lo que pasaba detrás de su casa. Con él estaba otro hombre, que me daba la espalda.

—Tendrá que darme una libra —decía el posadero—. Y yo no tengo a nadie que lo lleve.

—Yo le daré dos —dije por encima del hombro del desconocido.

— ¿A cambio de qué?

—Y lo traeré de vuelta para medianoche —agregué.

— ¡Caramba! — Exclamó el posadero—. ¿Qué apuro tiene? Estoy vendiendo mi cerdo. ¿Dos libras y me lo trae de vuelta? ¿Qué pasa aquí?

Le expliqué apresuradamente que debía irme de mi casa y así obtuve el vehículo en alquiler. En ese momento no me pareció tan importante que el posadero se fuera de la suya. Me aseguré de que me diera el coche sin más demora y, dejándolo a cargo de mi esposa y de la criada, corrí al interior de la casa para empacar algunos objetos de valor que teníamos.

Las hayas de la zona comenzaron a arder mientras me ocupaba yo de esto y las cercanas del camino quedaron iluminadas por una luz rojiza. Uno de los húsares llegó entonces a la casa para advertirnos que nos fuéramos. Estaba por seguir su camino cuando salí yo con mis tesoros envueltos en un mantel.

— ¿Qué novedades hay? —le grité.

Se volvió entonces para contestarme algo respecto a que «salen de una cosa que parece la tapa de una fuente», y continuó su camino hacia la puerta de la casa situada en la cima. Una nube de humo negro que cruzó el camino lo ocultó por un instante. Yo corrí hasta, la puerta de mí vecino y llamé para convencerme de lo que ya sabía. Él y su esposa habían partido para Londres, cerrando la casa hasta su vuelta.

Volví a entrar para buscar el cofre de la criada, lo cargué en la parte trasera del coche y salté luego al pescante. Un momento más tarde dejábamos atrás el humo y el desorden y descendíamos por la ladera opuesta de Maybury Hill en dirección a Oíd Woking.

Frente a nosotros se veía el paisaje tranquilo e iluminado por el sol; a ambos lados estaba la campiña sembrada de trigo y la hostería Maybury con su cartel sobre la puerta. En la parte inferior de la cuesta me volví para mirar lo que dejábamos atrás. Espesas columnas de humo y llamas se alzaban en el aire tranquilo proyectando sombras oscuras sobre los árboles del este. El humo se extendía ya hacia el este y el oeste. El camino estaba salpicado de gente que corría hacia nosotros. Y muy levemente oímos el repiqueteo de las ametralladoras, que al final callaron. También nos llegaron las detonaciones intermitentes de los fusiles. Al parecer, los marcianos incendiaban todo lo que había dentro del alcance del rayo calórico.

No soy muy experto en guiar caballos y tuve que prestar atención al camino. Cuando volví a mirar hacia atrás, la segunda colina había ocultado ya el humo negro. Castigué al equino con el látigo y aflojé las riendas hasta que Woking y Send quedaron entre nosotros y el campo de batalla. Entre ambas poblaciones alcancé y pasé al doctor.

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