La Guerra del Peloponeso

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Durante tres décadas del siglo V a.C., el mundo fue devastado por una guerra tan dramática, decisiva y destructiva como las guerras mundiales del siglo XX: la Guerra del Peloponeso, un episodio clave para entender el desarrollo posterior del mundo occidental y una guerra que inauguraba una época de brutalidad y destrucción sin precedentes en la historia.
Kagan sintentiza varios años de guerras entre la alianza espartana y el imperio ateniense, el ascenso y caída de un mundo que sigue sirviéndonos aún hoy de punto de referencia para entender el presente…
Esta edición es la versión abreviada para el gran público de la obra que publicó Kagan en 4 volúmenes y que se ha convertido en referencia para todos los estudiosos del mundo antiguo.

ANTICIPO:

Durante los primeros años de la Liga de Délos los atenienses con­tinuaron su lucha contra los persas en aras de la libertad de todos los griegos, mientras que los espartanos no dejaban de enzarzar­se en disputas por el Peloponeso. La rivalidad entre las dos ciu­dades surgió en las décadas posteriores a las Guerras Médicas, conforme la Liga aumentaba su prestigio, poder y riqueza, a la vez que gradualmente ponía de manifiesto sus ambiciones impe­riales. Tras la contienda, una facción espartana hizo públicas sus sospechas y su animosidad hacia los atenienses al oponerse a la reconstrucción de las murallas de Atenas después de la retirada de los persas. Los atenienses rechazaron de plano su propuesta, y los espartanos acabaron por no interponer una queja formal, «aun­que, sin dejarlo ver, el rencor hizo mella en ellos» (I, 92, 1). En 475, la propuesta de ir a la guerra contra la nueva Alianza ate­niense para obtener el control de los mares fue rechazada en Espar­ta tras un encendido debate; no obstante, la facción antiatenien­se no sólo no desapareció, sino que llegaría a alcanzar el poder cuando los acontecimientos favorecieron su causa.
En el año 465, los atenienses pusieron cerco a la isla de Tasos, al norte del mar Egeo (véase mapa 3), donde tropezaron con una resistencia encarnizada. Los espartanos habían prometido en secre­to salir en defensa de los habitantes de Tasos por medio de la inva­sión del Ática y, como afirma Tucídides, «tenían intención de cum­plir su palabra» (I, 102, 1-2). Sólo llegó a impedírselo un terrible terremoto en el Peloponeso, el cual trajo a continuación una gran revuelta de los ilotas. Los atenienses, que todavía eran socios de los espartanos en la gran alianza griega contra Persia jurada en el 481, salieron en su ayuda y enviaron un contingente bajo el mando de Cimón. Sin embargo, sin haber tenido la oportunidad de hacer nada, de entre el resto de aliados de Esparta, se pidió a los atenienses que volviesen a casa con el argumento de que su ayuda no era necesaria. Tucídides relata el verdadero motivo:

(…) los espartanos temían la valentía y el espíritu demo­crático de los atenienses, y estaban convencidos de que… si se quedaban [los atenienses], podían acabar apoyando la causa ilota (…). La primera vez que los espartanos y los atenienses entraron en conflicto abierto fue debido a esta expedición (I, 102, 3).

El incidente, que evidenció las sospechas y la hostilidad que sentían muchos espartanos hacia Atenas, causó primero una suble­vación política en esta polis griega, y una revolución diplomáti­ca posterior en toda Grecia. La humillante expulsión de la escua­dra ateniense arrastró la caída del régimen proespartano de Cimón. El grupo antiespartano, que se había opuesto al envío de la flota al Peloponeso, consiguió expulsar de Atenas a Cimón conde­nándolo al ostracismo, abandonó la antigua alianza con Esparta e instauró una nueva con el enemigo más conocido y enconado de Esparta, Argos.
Cuando los ilotas no pudieron aguantar más, los espartanos les permitieron abandonar el Peloponeso durante una tregua, con la condición de que no regresaran nunca. Los atenienses les faci­litaron un asentamiento en un enclave estratégico en la orilla nor­te del golfo de Corinto, la ciudad de Naupacto, de la que Ate­nas se había apoderado hacía poco, «por el odio que siempre sintieron hacia los espartanos» (I, 103, 3).
Poco después, dos ciudades-estado aliadas de Esparta, Corin­to y Megara, entraron en guerra por culpa de los límites de sus fronteras. En el año 459, Megara pronto se vio perdedora, y cuan­do los espartanos decidieron no involucrarse en el conflicto, los megarios propusieron separarse de la alianza espartana y unirse a Atenas a cambio de que ésta les ayudara contra Corinto. Así pues, la brecha abierta entre Atenas y Esparta dio pie a una gran ines­tabilidad en el seno del mundo griego. Durante el tiempo en que ambas fuerzas hegemónicas mantenían una buena relación, cada una fue libre de tratar con sus aliadas como deseara; las quejas de los miembros insatisfechos de las dos alianzas no tenían cabida entre ellas. En aquel momento, sin embargo, las ciudades-estado disidentes comenzaron a buscar el apoyo del rival de su líder.
Megara, en la frontera oeste del Ática, tenía un gran valor estratégico (véase mapa 4). Su puerto occidental, Pegas, daba acce­so al golfo de Corinto, al cual los atenienses sólo podían llegar tras una larga y peligrosa ruta alrededor del Peloponeso. Nisea, su puerto oriental, se encontraba en cambio a orillas del golfo Sarónico, desde donde el enemigo podía lanzar un ataque sobre el puerto de Atenas; y lo que es aún más importante, el control ate­niense de los pasos montañosos de la Megáride, una situación sólo posible con la cooperación de una Megara amiga, pondría difícil, por no decir imposible, la invasión terrestre del Ática por parte del ejército peloponesio. Aun así, aunque la alianza con Megara prometía enormes ventajas para Atenas, también podía conducir a la confrontación con Corinto, probablemente apoyada por Espar­ta y por toda la Liga del Peloponeso. A pesar de ello, los atenienses aceptaron a Megara, «y esta acción fue en gran medida la que dio origen al gran odio de Corinto hacia los atenienses» (I, 103, 4).
Aunque durante años los espartanos no se inmiscuyeron ofi­cialmente en el conflicto, este acontecimiento representó el ini­cio de lo que los historiadores llaman en la actualidad la «Prime­ra Guerra del Peloponeso». Ésta tuvo una duración de más de quince años, con períodos de tregua e interrupciones. Los ate­nienses se vieron envueltos, en uno u otro momento, en un esce­nario militar que se extendía desde Egipto a Sicilia. El conflicto terminó con la defección de los megarios de la alianza ateniense y con su retorno a la Liga del Peloponeso, lo que allanó el cami­no para que el monarca espartano, Plistoanacte, condujera el ejér­cito peloponesio al Ática. El enfrentamiento decisivo parecía cer­cano; pero, en el último momento, los espartanos volvieron a casa sin presentar batalla. Los escritores de la Antigüedad afirman que Pericles sobornó al rey y a su consejero para que abortaran la ofensiva, lo que tuvo como resultado que los espartanos se mostra­ran furiosos con sus comandantes y los castigaran duramente. Una explicación mucho más plausible es que Péneles les ofreciera una paz en términos aceptables, lo que pudo hacer innecesarias las hos­tilidades. De hecho, a los pocos meses, espartanos y atenienses ratificaron un tratado.
De acuerdo con las disposiciones del Tratado de los Treinta Años, en vigor desde el invierno del año 446-445, los atenienses acce­dieron a devolver las tierras del Peloponeso obtenidas durante la guerra, mientras que los espartanos prometieron lo que venía a ser el reconocimiento del Imperio ateniense. Tanto Atenas como Esparta llevaron a cabo los juramentos de ratificación en nom­bre de sus aliadas. Sin embargo, una cláusula clave dividió for­malmente el mundo griego en dos al prohibir que los miembros de ambas alianzas cambiasen de bando, tal como Megara había hecho antes de que empezara la guerra. No obstante, los estados neutrales podían unirse a cualquiera de las partes, una condición en apariencia inocua y puramente pragmática, pero que causaría muchos problemas en los años venideros. Otra de las disposicio­nes requería que ambas partes sometieran sus quejas futuras a un arbitraje vinculante. Este parece ser el primer intento histórico por mantener una paz duradera de este modo, lo que sugiere que ambos bandos se tomaron muy en serio la tarea de evitar un con­flicto armado en el futuro.
No todos los tratados de paz son idénticos. Algunos ponen fin a hostilidades en las que una de las partes ha sido aniquilada o derrotada a conciencia, tal fue el final de la guerra entre Roma y Cartago (149-146 a. C.). Otros imponen condiciones durísimas a un enemigo vencido pero todavía en armas, como la paz que Prusia impuso a Francia en 1871 o, como es conocido por todos, la que los vencedores forzaron sobre Alemania en 1919 en Ver-salles. Este tipo de tratados a menudo siembran las semillas de gue­rras futuras, porque humillan y enfurecen a los perdedores sin aca­bar con su capacidad de venganza. Un tercer tipo de tratado termina con un conflicto, normalmente largo, en el que ambas partes se han dado cuenta de los costes y los peligros de un enfren-tamiento prolongado y de las virtudes de la paz, sin que del cam­po de batalla haya salido un vencedor indiscutible. La Paz de West-falia, en 1648, que dirimió la Guerra de los Treinta Años, así como el acuerdo con el que el Congreso de Viena concluyó las Gue­rras Napoleónicas, en 1815, son claros ejemplos de ello. Un tra­tado así no persigue la destrucción o el castigo, sino que busca una garantía de estabilidad en un intento de evitar un posible recru­decimiento del conflicto. Para tener éxito, este tipo de paz debe reflejar con precisión la verdadera situación política y militar, y está obligada a descansar sobre el deseo sincero de ambas partes de que funcione.
El Tratado de los Treinta Años de 445 entra en esta última categoría. Durante el transcurso de una dilatada guerra, los dos bandos habían sufrido serias pérdidas y ninguno parecía poder alcanzar una victoria decisiva; el poder marítimo había sido inca­paz de preservar en tierra los triunfos obtenidos y el poder terres­tre no había logrado prevalecer en el mar. La paz reflejaba un compromiso que contenía en sí elementos esenciales que debían garantizar el éxito, puesto que representaba con rigor el equili­brio de poderes de los dos contendientes y de sus aliados. Al reconocer la hegemonía de Esparta sobre la Grecia continental, jun­to con la de Atenas sobre el Egeo, admitía el dualismo en torno al cual se había dividido el mundo griego, lo que daba esperan­zas de una paz duradera.
Sin embargo, como en cualquier tratado de paz, también éste contenía elementos de inestabilidad potenciales, y ciertas faccio­nes minoritarias de ambas ciudades-estado quedaron insatisfechas con ella. Algunos atenienses se mostraban a favor de la expansión del imperio, mientras que también entre los espartanos, frustra­dos por su fracaso a la hora de lograr una victoria total, había algu­nos que se sentían ofendidos por compartir la hegemonía con Ate­nas; otros, entre los que se incluían varios aliados de Esparta, temían la ambición territorial de Atenas. Los atenienses eran conscien­tes de las sospechas que despertaban, y por su parte se mostraron preocupados de que Esparta y sus aliados sólo estuvieran espe­rando una oportunidad favorable para reanudar la guerra. Los corintios aún estaban furiosos por la intervención ateniense a favor de Megara; las hostilidades hacia Atenas en la propia Megara, gobernada por oligarcas que habían masacrado el destacamento ateniense que quería controlarla, habían aumentado amargamen­te, al igual que la de los atenienses hacia ellos. Beocia y su ciudad principal, Tebas, también se encontraban bajo el control de oli­garcas, ofendidos a su vez por el emplazamiento de regímenes democráticos en su territorio durante la última guerra.
Cualquiera de estos factores o la suma de todos ellos podían poner en peligro la paz en un futuro, pero los hombres que la habían hecho posible, desgastados y cautelosos por la contienda, tenían intención de mantenerla. Para lograrlo, cada bando nece­sitaba disipar las dudas y cimentar la confianza; asegurarse de que, en tiempos de paz, eran los amigos los que se mantenían en el poder, y no sus oponentes belicosos, y controlar cualquier ten­dencia aliada de crear inestabilidad. Cuando se ratificó la paz, exis­tían buenas razones para creer que todo esto era posible.

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