La Guerra Zulu

guerrazulu

Este libro es la quinta parte de las aventuras de Allan Quatermain, pero un Quatermain muy diferente al habitual, un héroe joven aun no salido de la adolescencia que ve su llegada a El Cabo de la mano de su padre, un pastor protestante. Que conocerá los enfrentamientos entre ingleses, boers y zulús y su primer gran amor, Marie Marais. Pero además es la primera parte de una trilogía, que se completa con Hija de la Tempestad y Zikali, en la que Haggard narra la trágica historia del pueblo zulú

ANTICIPO:
Mientras así hablaba, una azagaya relampagueó a través de la ventana abierta, pasando justo entre nuestras cabezas. Eso hizo que olvidáramos el amor para atender al ataque.

La luz empezaba a crecer, destellando en el cielo de un azul perlado por el este; sin embargo, todavía no se había iniciado ningún ataque, aunque era inminente a juzgar por la lanza clavada en el enyesado de la pared a nuestras espaldas.. Tal vez los cafres se habían asustado por los jinetes que habían cruzado sus líneas a galope en plena oscuridad, no sabiendo de cuántos se trataba. O quizás aguardaran a ver mejor donde debían atacar. Fueron éstas las ideas que se me ocurrieron en aquel momento, aunque ambas estaban equivocadas.

Los cafres esperaban a que se disipara por entero la niebla en la hondonada en donde estaban los corrales del ganado, porque en tanto no lo hiciera no podían sacar a los animales. Querían estar bien seguros de poder apoderarse del ganado antes de que empezara la lucha, para evitar que durante la misma pudiera ocurrir algo que les privara de su botín.

Poco después, de esos corrales donde heer Marais encerraba de noche los animales bovinos y ovejunos, unos ciento cincuenta de los primeros y unos mil de los segundos, para no mencionar los caballos, puesto que se trataba de un granjero muy importante y próspero, se elevó un concierto inaguantable de mugidos, balidos y relinchos, a los que se mezclaban gritos humanos.

-¡Se están llevando el ganado!- sollozó Marie-. ¡Oh, mi pobre padre! ¡le están arruinando! ¡Esto le desgarrará el corazón!.

-Sí, es malo- dije,- pero puede ser peor. ¡Escucha!-.

Al tiempo que yo hablaba se oyó el ruido de pasos y un salvaje canto guerrero. Al momento, al borde del banco de niebla que colgaba sobre la hondonada donde estaban los corrales, aparecieron unas figuras que avanzaban con gran rapidez de un lado a otro, como fantasmas o seres irreales. Los cafres se concentraban para el ataque. Que empezó un minuto más tarde. Varios centenares de ellos subían por la ladera en largas filas ondulantes, silbando y gritando, y agitando sus lanzas, sus plumas de guerra y los adornos de sus cabezas que la brisa echaba hacía atrás, el brillo de la muerte en sus ojos desorbitados. Dos o tres estaban armados con fusiles que disparaban en tanto corrían, pero cuyas balas llegaban no sé donde, seguramente en la parte más alta de la casa.

Grité a Leblanc y a los cafres para que no dispararan hasta que yo lo hiciera, pues sabía que eran muy malos tiradores y que mucho dependía de que nuestra primera andanada fuera eficaz. Luego, cuando el jefe del ataque estuvo a unos veinticinco metros de la galería -porque la luz era ya lo bastante fuerte para poder distinguirle por sus avíos y el rifle que llevaba-, disparé contra él con el roer y cayó muerto. Y la misma bala, tras atravesarle el cuerpo hirió mortalmente a otros de los quabies que iba detrás. Aquéllos fueron los primeros hombres que maté en acto de guerra.

Cuando cayeron, Leblanc y el resto de nosotros también dispararon, y sus proyectiles causaron una gran carnicería a esa distancia, justo lo suficiente para aclarar sus filas. Cuando el humo se fue despejando, vi que habían caído una docena de cafres y que los demás, desalentados ante esa recepción, se habían detenido. Si hubieran avanzado mientras nosotros recargábamos nuestras armas, indudablemente habrían invadido la casa; pero, al no estar habituados a los terribles efectos de las armas de fuego, se detuvieron atónitos. Unos veinte o treinta de ellos se agruparon en torno a los cafres caídos y yo, apuntando con mi segundo fusil, disparé sus dos cañones con tal efecto devastador que todo el regimiento huyó en desorden, dejando a sus muertos y heridos en el suelo. Al verlos huir, nuestros esclavos aullaron de júbilo, pero yo les hice callar y volver a cargar sus armas rápidamente, sabiendo bien que el enemigo no tardarían en atacar de nuevo.

Durante algún tiempo, sin embargo, nada sucedió, aunque les oíamos hablar cerca de los corrales, a unos ciento treinta metros de distancia. Marie se aprovechó de aquella pausa, según recuerdo, para ir en busca de víveres de tener comida a mi alcance.

El sol ya estaba alto, cosa por la que di gracias al Cielo, pues este modo ya no seríamos sorprendidos. Asimismo, con la luz del día, desapareció una parte de mis temores, pues las tinieblas siempre aumentan mucho la sensación de peligro, tanto en el hombre como en los animales. Mientras todavía estábamos comiendo y fortificando las ventanas lo mejor posible, a fin de dificultarles la entrada a los asaltantes, apareció un cafre, agitando sobre la cabeza un palo al que había atada una cola de vaca blanca en señal de tregua. Di la orden de no disparar en absoluto y cuando el hombre, que era un muchacho muy atrevido al parecer, llegó al sitio donde yacía muerto el jefe, le llamé preguntándole qué quería, ya que yo hablaba fluidamente su lengua.

Respondió que traía un mensaje del jefe quabie. Éste era el mensaje: que el hijo mayor del jefe había sido cruelmente asesinado por el gordo blanco llamado “Buitre”, que vivía con heer Marais, y que él, el jefe quabie, ansiaba su sangre. Que no deseaba matar a la joven jefa blanca (era Marie) ni a los demás de la casa con los que no estaba en guerra. Por consiguiente, si le entregábamos al gordo hombre blanco al que él podría hacer “morir lentamente”, los quabies se contentarían con su vida y con el ganado que ya se habían llevado en concepto de reparación, y nos dejarían sin molestarnos más.

Cuando Leblanc entendió la índole de los términos de paz enloqueció completamente, con una mezcla de temor y rabia, y empezó a chillar y a jurar en francés.

-¡Cállese!-le grité a mi vez. -No vamos a entregarle, aunque sea usted el culpable de todo este jaleo. Sus posibilidades de vida son iguales a las nuestras. ¿No siente vergüenza por comportarse así delante de estos negros?-.

Cuando al fin se calmó hasta cierto punto, le dije al mensajero que los blancos no acostumbran a traicionarse unos a otros y que preferíamos vivir o morir todos juntos. Y añadí que le comunicara a su jefe que si moríamos, otros blancos nos vengarían y toda su gente sería borrada de la faz de la tierra hasta que no quedara uno solo, por lo que haría bien no derramando la sangre de ninguno de nosotros. También añadí que éramos treinta hombre en la casa(lo cual, por supuesto, era mentira) y que disponíamos de mucha munición y comida, de modo que si su intención era continuar el ataque ello sería peor para él y su tribu.

Al oír sus palabras, el heraldo gritó que todos estaríamos muertos antes del mediodía, según creía. Sin embargo, añadió que le comunicaría al jefe mi respuesta fielmente y traería su contestación.

Dio media vuelta y empezó a marcharse. Y en aquel momento sonó un disparo desde la cara y el mensajero trastabilló, cayendo de bruces al suelo para volver a incorporarse y andar tambaleándose hacia los suyos, con el hombro derecho destrozado y el brazo colgando inerte al lado.

-¿Quién ha sido?-pregunté a través del humo que me impedía tener una visión clara.

-Yo ¡parbleu!-chillo Leblanc-¡Sapristi!, este diablo negro quería torturarme, a mi, a Leblanc, el amigo del gran Napoleón. Pues bien, yo he torturado a quien deseaba matarme.-

-Sí, loco idiota-le apostrofé-, y tamben nosotros seremos torturados por su maldad. Ha matado al mensajero con una bandera de paz, y los quabis jamás nos perdonaran. ¡Oh, le aseguro que usted acaba de matarnos a todos igual que a él, y que a no ser por su estúpido acto nadie más abría muerto!-.

Estas palabras las pronuncie en voz baja en holandés, para que nuestros cafres las entendieran, aunque realmente yo hervía de rabia por dentro.

Pero Leblanc no respondió tan quedamente.

-¿Quién eres tu, maldito chiquillo ingles, para darme lecciones a mí, a Leblanc, el amigo del gran Napoleón?-

Al oír esto saqué mi pistola y la apunté directamente a su pecho.

-¡Cállese, borrachín empedernido!- le grité porque sospeche que había bebido más aguardiente en la oscuridad.-Si no se calla y me obedece, que soy el que esta al mando, le volaré los sesos o le entregaré a esos hombres-, y señale a hans y a los cafres que estaban agrupados a su alrededor, murmurando ominosamente. -¿Sabe lo que harán con usted?, le arrojaran fuera de la casa y dejarán que los quabis le ajusten las cuentas.-

Leblanc miró primero la pistola y después los rostros de los indígenas, y algo vio en uno de ellos, o en todos, que cambió de humor.

-Pardon, monsieur- susurró. -Estaba excitado. No sabia que decía. Usted es joven, bravo y hábil, y le obedeceré- y dirigiéndose a su ventana empezó a recargar su arma.

Fue en aquel instante cuando oímos un gran tumulto en el corral. El heraldo herido había llegado adonde estaban los quabis y les contaba la tradición de los blancos.

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