La isla mágica

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En los años treinta, una serie de «Best-Sellers»hicieron famoso a William B. Seabrook, escribiendo varios de relatos de aventuras brillantes y amenos que le granjean una gran popularidad.

La isla mágica es un reportaje literario que recoge la estancia de un año de Seabrook en la jungla de Haití, donde se convirtió en el primer hombre blanco que se inició en los misterios del vudú, de la mano de Mamá Célie que le mostró los santuarios más secretos de la isla. La publicación de La isla mágica causó un gran impacto tanto en Estados Unidos como en Europa, donde no se conocía la magia negra haitiana y sus ritos, dando lugar a películas de terror como Yo anduve con un zombie (1943), dirigida por Jacques Tourneur, o introduciendo por primera vez el término «zombie» en la cultura occidental.

ANTICIPO:
En el centro de Puerto Príncipe, en diagonal con la calle Mohr y Laurin, donde los marines norteamericanos tienen su cuartel general y donde sus esposas compran discos de jazz en una tienda y acuden a los locales que sirven cócteles exquisitos, y a ese otro donde revelan sus fotografías hechas con película Kodak, hay una pequeña farmacia que tiene sobre su puerta un león de hierro que pende sobre la acera.

En la planta superior de la farmacia está la consulta del doctor Arthur C. Holly,-a quien se puede considerar el decano de los médicos negros de la capital haitiana. A diario, de las diez de la mañana a las doce del mediodía, trata a pacientes pobres; la sala de espera de su clínica está siempre abarrotada. Por las tardes recibe a los pacientes de pago, que también le llenan la consulta. Es un doctor muy apreciado, tanto por sus varios saberes como por su bonhomía.

Sobre la mesa de su despacho se ven las publicaciones médicas más importantes del mundo; tiene un pequeño laboratorio perfectamente equipado, como lo está su consulta y clínica; es, pues, uno de tantos buenos médicos, negros o blancos, que hay en las Indias Occidentales.

Pero cuando el doctor Holly regresa ya de noche cerrada a su domicilio, a su muy confortable villa rodeada de palmeras y de un jardín preñado de flores que des prenden un aroma embriagador, una villa rodeada de un alto muro con una gran puerta de acceso por la que cabe su automóvil, se olvida de las publicaciones médicas, de toda literatura científica, en fin, y se da a una suerte de lectura absolutamente distinta: Paracelso, Eliphas Levy, Frazer, Swedenborg, William James, Madame Blavatski… El doctor Holly, resulta evidente, es un estudioso de la religión comparada, del folklore, del misticismo y de la magia. También escribe. Sus libros, publicados en Francia, suponen una novedad siempre apreciada por los estudiosos europeos.

No creo traicionar sus confidencias, sin embargo, si digo que a pesar de todo esto, cuando el doctor Holly se enfrenta a los problemas de sus pacientes no acude a la tradición mágica ni religiosa, sino a las más modernas técnicas de diagnosis y a los medicamentos de reciente descubrimiento. No se le tome, pues, por un mago, sino por un médico.

Aunque muchos haitianos de la capital, gente perfectamente imbuida de los hábitos de la vida moderna, rechazan cuanto se refiere al vudú, y no sólo eso, sino que lo denigran, el doctor Holly, un hombre perfectamente civilizado, lleva muchos años estudiando los ritos mágicos y esotéricos de la cultura haitiana. Esos pacientes pobres a los que trata gratuitamente le cuentan cosas valiosísimas, le hacen confidencias que jamás harían a cualquier otro hombre de la ciudad… Es el doctor Holly, además, amigo de todos los papalois de Haití, muchos de los cuales acuden a su consulta en busca de remedios químicos, cuando los suyos, naturales, no les surten el efecto deseado.

Un día le comente algo de lo que habla oído acerca de ciertos ritos de magia negra que se daban en la isla, llamados genéricamente le culte des morts. Le llamó la atención que hubiese oído hablar de ello, pues no es cosa que suelen comentar los habitantes del país con los extranjeros, y mucho menos si son blancos. Me aseguró que trataría de ponerme en contacto con algunos practicantes de la magia negra.

-Son nigromantes -me respondió- gente que usa cadáveres para verificar sus rituales mágicos… Pero en nuestro vocabulario criollo no existe la palabra nigromante, nadie sabrá de qué les hablas si la pronuncias. Me pides algo muy difícil, realmente; ten en cuenta que ni siquiera tus amigos fieles al vudú podrían ayudarte en este asunto… Tampoco es una práctica, la del culte des morts, muy extendida en la isla; incluso la odian muchos que son fieles devotos del Peno y de los ritos en honor de Legba… Pero no te preocupes, que haré cuanto pueda para facilitarte los contactos que buscas.

En mis investigaciones sobre el rito del culte des morts hubo, como puede suponerse, engaños, dificultades, frustraciones, fraudes, intentos de desviar mi atención hacia otros aspectos que nada teman que ver con el objeto principal del estudio que pretendía.

Pero un día se presentó en mi propia casa un muchacho con una nota -no tenia teléfono allí- del doctor Holly, en la que me pedía que acudiera a su consulta. Salí rápidamente, claro, y encontré al buen médico hablando con una muchacha mulara que me pareció particularmente dulce de tan aniñada y bonita como era. El doctor nos presentó. Se llamaba Classina, Mam’selle Classina. Se levantó de la butaca en la que estaba y comprobé que era muy alta, tanto como yo; estrechó mi mano con fuerza mientras me dedicaba una hermosa sonrisa, y con una voz muy suave, muy dulce, muy amistosa, me dijo:

-Bon jou’, blanc.

El doctor Holly le dijo que yo era un hombre de fiar, un estudioso que sólo albergaba buenas intenciones, buen conocedor de Haití y también, de gran parte del ritual vudú, que me había sido desvelado por algunos de los papalois y de las mamalois más importantes de la isla. Es más, le dijo que yo era el único bocor blanco del mundo, y que había viajado y hecho estudios importantes en Guinea y otras partes de la tierra aún más lejanas, siempre para conocer los más ocultos misterios…

—Oui, papa —dijo la muchacha, cosa que repitió dulcemente, Oui, papa, cuando el doctor Holly me dijo que Mam’selle Classina era una Nebo del culte des morts, y que el sábado siguiente podría visitar su casa en las colinas.

El doctor Holly no tenía la menor intención de acompañarme, sin embargo. Desde que se había instaurado la Administración norteamericana en Haití se cuidaba mucho de no cometer la menor infracción conocía las leyes que prohibían el sortilège… Lo comprendí, dada su posición social; me dijo, en cualquier caso, que podría contar con su ayuda siempre que lo necesitara, bien para obtener datos derivados de sus estudios (que tenía perfectamente archivados) o bien para conocer a más gente que pudiera aportar algo de valor a mis investigaciones. Pero nada más. Repito que no quería enemistarse con la nueva administración del país.

Llegué a la casa que me había dicho Classina tras una larga y dura marcha. Una anciana y una mujer joven me estaban esperando, pero no vi a la muchacha. Volvería pronto, me dijeron. Me ofrecieron un café, me senté a saborearlo frente a la casa y después encendí un cigarro excelente; ellas, mientras, se empleaban en sus tareas de cocina.

Cuando comenzaba a caer la tarde llegaron dos o tres docenas de personas. Me observaron con desconfianza, desde lejos; sus saludos, más políticos que cordiales, lejos de relajarme me hicieron sentir más tenso, expectante, desconfiado también yo mismo… La anciana, que observó todo aquello, se acercó a ellos y les habló en voz baja. Vi que sonreían, lo que me alivió; varios alzaron de nuevo sus manos para saludarme, cosa que hicieron ahora de manera más franca. Me sentí mucho mejor, lógicamente. Pasaba el tiempo y no sucedía nada. Aquella gente andaba por allí pero nadie me decía una palabra, aunque su actitud no fuese ya recelosa; la verdad es que apenas me miraban. Finalmente, alrededor de las nueve de la noche, entraron todos en la casa, ordenadamente; un cuarto de hora después un anciano -me dio entonces la impresión de que era quien gobernaba la aldea-, quizá el padre de Classina, salió para tomarme de un brazo y conducirme al interior de la casa, con los demás.

Fuimos hasta la habitación del fondo, muy estrecha, en la que había una mesa -el altar- cubierto por un paño mitad rojo y mitad blanco, sobre el que vi varias calaveras, huesos humanos, una pala y un pico… Y un crucifijo de madera sobre algo que me pareció la piel de una boa… Y velas de sebo de olor desagradable sobre palmatorias de las que se ponen sobre las tumbas. No vi los símbolos del ritual vudú que ya conocía, ni objetos sagrados de cualquier otra especie, salvo el crucifijo de madera. Allí, evidente mente, no se celebraban rituales vudú. Allí no se celebraban oficios religiosos. Del techo de la habitación pendía una lámpara de cuya vela salía un humo muy negro. El ambiente era asfixiante, opresivo.

En el suelo, ante aquel altar, cuerpo con cuerpo, hombres y mujeres se apretaban, unos sentados y otros tumbados; había más hombres que mujeres.

Ante el altar de las calaveras se plantaron entonces tres figuras grotescas… Siniestras, más bien… Tres mujeres. La del centro, la más alta, era la antes encantadora Classina, ahora totalmente transfigurada, dramáticamente transfigurada, cabe decir… Vestía una túnica blanca y una chaqueta negra de hombre; se tocaba con un sombrero también de hombre. Sus antes expresivos ojos negros ahora apenas se le veían, de tan caídos como tenía los párpados, que llevaba pintados de negro; eso, sobre su delicada piel mulata, le daba un aspecto sobrecogedor. Tenía una mirada impersonal, inescrutable. Antes me había parecido una muchacha bellísima y ahora me provocaba una absoluta repulsión. En una comisura de su boca ahora tensa tenía un gran cigarro apagado, que más bien parecía un palo. Eso la hacía aún más grotesca. O siniestra. O más desagradable.

Sus ropas sugerían que ya no era una hembra, si no Papa Nebo, el dios hermafrodita, machihembrado, de la muerte. Sus párpados caídos y pintados de negro lanzaban un mensaje específico: la muerte es ciega, a nadie respeta ni discrimina.

Aquella criatura, antes deliciosa y ahora monstruosamente metamorfoseada iba entre dos mujeres, como ya he dicho; sus esposas.

La que estaba a su derecha era una mujer sin otra cosa especial, salvo su mirada perdida, sus ojos muy cargados, sus párpados también pesados. Era Gouédé Mazacca, una especie de representación femenina del personaje tradicional del hombre del saco, y tema en la mano derecha, en efecto, un saco que parecía pesarle: llevaba un niño recién nacido muerto y parte del cordón umbilical entre las hojas venenosas de un manzanillo.

La que estaba a la izquierda de Classina era una mujer de baja estatura, acaso por lo cual llevaba un altísimo turbante blanco. Permanecía impertérrita como una estatua, apenas pestañeaba. Tenía una botella de ron medio vacía en su mano derecha y una cachiporra en la izquierda. E» Gouédé Oussou, La más Borracha, posible corrupción del francés criollo ou soule, que significa «estás borracho» o «estás borracha». No creo que estuviese borracha en aquellos momentos, sin embargo, pues es difícil que alguien que ha bebido mucho se mantenga tan firme, tan hierática, con los pies clavados en el suelo.

Allí estaban, pues, esas tres figuras. Después de contemplarlas durante unos segundos ante el altar de las calaveras ya no me parecieron tan siniestras ni grotescas, sino tragicómicas. Pretendían inspirar miedo.

Quienes allí estaban se habían arrodillado ahora ante su presencia. El humo era cada vez más denso en aquella habitación. Olía terriblemente a carne humana y a sebo de velas.

Aquellos fieles del ritual habían acudido allí para pedir a Papa Nebo su intercesión a propósito de varios asuntos, unos inocentes y otros diabólicos. Tras un tiempo relativamente largo en el que sólo se escuchaba la respiración agitada de los fieles y algún sollozo entrecortado, Gouédé Mazacca gritó: «Papa Nebo attend!», cosa que repitió de inmediato, pero gritando aún más, Gouédé Oussou. Significaba aquello que Papa Nebo estaba dispuesto a escuchar súplicas.

Dos o tres fieles, que estaban de rodillas pero con el rostro en tierra, en una prosternación trágica, muy patética, se irguieron entonces con los ojos llenos de lágrimas, alzaron sus manos, lanzaron gemidos que me helaron el corazón… Sólo uno de ellos, empero, tomó la palabra.

Dijo que su hijo estaba muy enfermo; añadió que la madre de su hijo, ya difunta, le había dado un ouanga maléfico al hijo, antes de morir, para que la acompañara poco después a la tumba. Repitió entre sollozos que su hijo, lo único que tenía, su única ayuda para trabajar la tierra, se moría lentamente. Lo necesitaba para recoger la próxima cosecha.

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