La llegada de el Borak y otras aventuras inéditas de Francis Xavier Gordon

LlegadaDeElBorakRobertEHoward

El aventurero norteamericano Francis Xavier Gordon, conocido como “El Borak” por su rapidez, fue el primer personaje de ficción creado por el tejano Robert E. Howard, inspirándose en varios personajes históricos como el General Gordon, de Kartoum, o el mítico Lawrence de Arabia. Este título de “Los libros de Barsoom” recopila todas las piezas que permanecían inéditas sore El Borak, todas ellas muy esquivas, e incluyendo algunas de reciente aparición en los EEUU, gracias a las pesquisas de la Fundación Robert E. Howard: poemas, cuentos, fragmentos, una novela, e incluso mapas y dibujos del joven Howard, que configuran lo que restaba de aparecer del ciclo de El Borak, y que presentamos a los lectores en un volumen profusamente ilustrado y con 4 láminas a todo color.

ANTICIPO:

En el siguiente poblado, que resultó ser amistoso, Gordon compró una canoa ligera., pensada para dos personas, y, a partir de entonces, él, acompañado de otro hombre, navegaba a cierta distan­cia por delante de los botes, como vanguardia de exploración. En ocasiones se llevaba a Yar Alí, otras veces a Lal Singh, y, otras, a
Umgazi.
Umgazi iba con él cuando llegaron a una catarata, por la cual desapareció su canoa, antes de que los tres botes pudieran alcanzar­la. Y, cuando hubimos rodeado la catarata, descubrimos que no hab­ía canoa alguna a la vista. El río proseguía su camino durante millas, hasta desaparecer en otra catarata. Unos pocos hipopótamos se sal­picaban unos a otros junto a la orilla, a la cual se acercaba también
un cocodrilo. No se veía nada más.
—¡Por el Profeta! -juró Yar Alí-. Aquí hay algo muy raro.
—Quizás se hayan acercado a la orilla, -sugirió Abdhur Shah.
—En ese caso, su canoa estaría junto al borde del agua, y a la vis­ta, -dijo Lal Singh.
Disparamos algunos tiros, pero no obtuvimos respuesta. Era como si la jungla se hubiera tragado a El Borak y Umgazi. Algunos pensaban que, quizás, algún hipopótamo o cocodrilo había volcado la canoa, o que ésta había chocado con un objeto sumergido y se había hundido, y los dos hombres habían sido devorados por los cocodrilos. Pero no encontramos el menor rastro de que aquello hubiera sucedido.
Una de las embarcaciones se mantuvo en mitad del río, mientras que las otras dos avanzaban, una por cada orilla. Y, poco después, los de la canoa del margen oriental lanzaron un grito, y los demás remamos hacia ellos. Habían encontrado la canoa, medio sumergida en el río, muy cerca de la orilla. La arrastramos tierra adentro. Estaba destrozada en algunos sitios, como por lanzazos, y había evidencias de una batalla terrible en los costados de la embarcación, donde grandes salpicaduras de sangre manchaban la madera de la canoa.
—¡Por el Profeta! -juró Yar Alí-. Ese Shaitan negro, ese matabele ha asesinado a El Borak.
Ese mismo pensamiento se nos había ocurrido a todos. Pero hubo objeciones.
—¿Cómo podría un hombre corriente derrotar a El Borak? – preguntó Lal Singh.
~A lo mejor le ha pillado por sorpresa, -dijo Yar Alí-, Nunca me fié de ese matabele. Se unió a nuestro safari con el único propósito de asesinar a El Borak. Sin duda, en estos momentos estará escapando a toda prisa, a las tierras de los matabeles… llevando consigo la cabeza de El Borak.
Al escuchar aquellas palabras, un murmullo salvaje se alzó de entre los botes, y un sinnúmero de tulwars salieron de sus tahalís.
-Quizás se mataran el uno al otro, -dijo Bagheela Khan-, y luego hayan sido devorados por los cocodrilos.
Algunos de nosotros bajamos a tierra, pero, aparte de algo de hierba aplastada, -que bien podría ser obra de algún cocodrilo arrastrándose hacia la orilla-, no había el menor rastro, ni de lucha ni de huida. El lodo que cubría la orilla del agua no mostraba huella alguna.
Lal Singh tomó el mando. Observé su rostro oscuro y sardónico y me fijé en que aparecía grave y resuelto. \\\”Si en alguna ocasión, me mataran o capturaran, Lal Singh asumirá el mando\\\” había dicho El Bo­rak, y los afganos lo habían aceptado. Pero Lal Singh sabía bien que no existía más que un solo hombre en toda África que pudiera con­trolar a esos lobos, y que ese hombre era El Borak.
–Umbelazi, Ghur Shan y Sakatra bajarán a tierra y registrarán la orilla en busca de huellas, -dijo Lal Singh-. Examinad primero las inmediaciones, y nosotros os esperaremos aquí.
Tras un buen rato, el gurkha y los Zulus regresaron con la noti­cia de que no había el menor rastro, ni de Gordon ni de nadie más.
—Seguid el curso del río, -sugirió Lal Singh-. Los botes nave­garán en la misma dirección, y os mantendréis a la vista.
De modo que eso fue lo que hicimos, y no habíamos avanzado demasiado cuando escuchamos un grito procedente de la orilla, por delante de nosotros. El bote en el que viajábamos Lal Singh y yo, -y al que había subido Yar Alí, para poder discutir a fondo el misterio- se acercó a la orilla. Cuando estábamos llegando al margen del río, un hombre saltó al agua y después subió a bordo. Se trataba de Um- gazi. Estaba cubierto de sangre de la cabeza a los pies. Tenía un corte en la mejilla y otro en la frente. Su taparrabos estaba hecho jirones y su maza de bola, que era la única arma que llevaba, estaba teñida de sangre hasta la empuñadura.
—¿Dónde está El Borak? -inquirió Yar Alí, amenazándole con su cuchillo del Khyber.
Este es el relato que narró el matabele: Gordon y él habían ro­deado la catarata, quedando fuera de la vista de los botes, cuando un negro les gritó desde la orilla. Avistaron unos cuantos negros en la orilla, haciendo señales amistosas. El Borak hizo que Umgazi remara a tierra, y se puso en pie, sobre la canoa, con el rifle a punto.
Según se acercaba la canoa, los negros vieron el rifle de Gordon y dejaron sus armas en el suelo, acercándose aún más al borde del agua.
La jungla, como ya habíamos visto, descendía hasta el río, y la orilla era una suave pendiente que se sumergía en el agua. El Borak no era capaz de entender el lenguaje de los nativos, y el matabele acercaba el bote cada vez más. Los nativos parecían asustados, y Gordon, tras escrutar la jungla a su alrededor y no ver nada, bajó su rifle, apartando el dedo del gatillo.
Umgazi acercó la embarcación más de lo que pretendía, y enton­ces, mientras los negros se comunicaban con Gordon a base de sig­nos, emergió de la jungla una pesada arrojadiza, que golpeó a El Borak de lleno en la frente, derribándole inconsciente. Un instante más tarde, los negros, tras recoger sus armas, saltaron a la canoa, mientras, procedentes de la jungla, aparecían nuevos enemigos. Um­gazi tan sólo tuvo tiempo de agarrar su lanza y su maza, y se abalan­zaron sobre él. Luchó como un demonio, matando a uno con su lan­za y a otro de un golpe de maza, pero lograron reducirle y le ataron de pies y manos, igual que a Gordon, que seguía sin sentido. Luego, dejando la canoa allí donde se había hundido tras el combate, y bo­rrando con cuidado las huellas que habían dejado en el lodo, los guerreros se habían subido a los árboles, altos y tupidos, avanzando en paralelo a la orilla del río. Marchaban como si fueran simios, sal­tado por entre la vegetación, y los árboles eran tan grandes, y sus ramas tan intrincadas, que podían hacerlo sin dificultad. Tras avan­zar una cierta distancia, descendieron # suelo y se detuvieron unos minutos para descansar, pues, a pesar de sus ligaduras, el matabele había forcejeado, resistiéndose a cada paso hasta el punto que no entendía por qué no le habían matado. Allí, El Borak recuperó el sentido, y le dijo a Umgazi que le ayudaría a liberarse, y que sería mejor que él escapara solo, y condujera a sus lobos a rescatarle.
—Pues, -dijo El Borak-, si yo intentara ir contigo, nos matarían a ambos, pero si logras escapar, podrás volver con los guerreros.
Los nativos les habían dejado a ambos en el suelo, y Umgazi co­locó su espalda contra la de El Borak, pues tenía las manos atadas por detrás. Las muñecas de El Borak también estaban atadas, pero trabajó en las ligaduras de Umgazi hasta lograr soltarlas con la fuer­za de sus dedos, antes de que los negros pudieran darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Entonces, mientras se arrojaban sobre ellos, Umgazi se liberó los pies y, tras incorporarse de un salto, recuperó su maza de manos del guerrero que se la había arrebatado, mató a un negro con ella y es­capó a toda velocidad.
Cuando el matabele hubo concluido su narración, los demás permanecimos en silencio durante un tiempo.
No sabíamos si creerle, o no.
-Mientes, negro, -dijo Yar Alí Khan-, Ningún nativo podría en­gañar así a El Borak.
—¿A dónde se dirigían esos nativos? -inquirió Lal Singh.
-Río arriba, -dijo Umgazi-. Deben de pertenecer a alguna tribu del río, pues avanzaban pegados a la orilla.
Yar Alí Khan se puso en pie de un salto.
–¡Mientes, matabele! -exclamó-. ¡Tú has asesinado a El Borak! -y blandió su largo cuchillo del Khyber.
El matabele lanzó una fugaz mirada a su alrededor, leyendo la sospecha en todos los rostros, y entonces, veloz como un leopardo, esquivó la estocada de Yar Alí, propinó un puñetazo al afgano, y saltó por la borda.
Al instante, una docena de rifles se apuntaron hacia él, pero, tras una rápida orden de Lal Singh, los guerreros contuvieron su fuego. Todos, a excepción de Yar Alí. Soltando un escupitajo, agarró un fusil y disparó sin llegar a apuntar. La bala erró el blanco y, antes de que pudiera volver a disparar, Lal Singh saltó sobre él y, empleando toda su fuerza, le arrebató el arma. Entonces fue necesaria la fuerza de diez de nosotros para evitar que el afgano saltara al río y nadara tras Umgazi, e incluso estuvo a punto de volcar la barcaza, tales eran su rabia y su furia salvaje. El matabele nadó velozmente hacia la costa, a pesar de los cocodrilos, y desapareció en la jungla. Yar Alí se volvió hacia Lal Singh.
-Si resulta que ese matabele ha matado a El Borak, entonces yo te mataré a ti, Lal Singh -dijo el afgano, con una voz que era como el aullido de un lobo sediento de sangre.
-Te doy mi permiso para ello -repuso Lal Singh con calma.
Entendí que, de todos nosotros, Lal Singh era el que más se in­clinaba a creer el relato de Umgazi. Llamó a bordo a los dos zulúes y al gurkha, y, entonces, nos expuso sus planes.
-Voy a llevarme a Ghur Shan y a ocho hombres más, -dijo Lal Singh-, y le seguiremos el rastro al matabele. Las barcas seguirán avanzando por el centro del río hasta que deseemos subir a bordo. ¿Coincide esto con vuestros planes?
Eso último iba dirigido a Bagheela Khan, Yar Alí y Unalanga. Pero estuvieron de acuerdo, y Lal Singh eligió a los hombres que deseaba llevar consigo. Seleccionó a Ghur Shan, Abdul Khan, Mo- hammed Alí, a mí, y a Umbelazi, Sakatra, Maleesa, Umlingaan, y Undaya.
Yar Alí estaba furioso porque Lal Singh no le había elegido para acompañarnos, pero el sikh le explicó que era mejor que se quedara en las barcazas, para ayudar a Bagheela Khan y a Unalanga a mante­ner controlados a los lobos. De modo que Yar Alí accedió, aunque no de muy buen grado.
Ghur Shan y Umbelazi siguieron las huellas del matabele sin demasiada dificultad, y no tardó en quedar claro que el negro estaba dejando un rastro claro de forma deliberada.
—Sabía que le seguiríamos la pista, -dijo Lal Singh. Empezaba a parecer como si el matabele hubiera dicho la verdad.
—Podría estar conduciéndonos a una trampa, -dijo Abdul Khan.
De modo que avanzamos con cautela. Llegamos a un lugar en el que la vegetación estaba aplastada, como con signos de lucha, y mos­traba numerosas huellas humanas. Ghur Shan examinó el lugar con atención.
—El matabele decía la verdad, al menos en parte, -reconoció-. Aquí descendieron dos hombres de los árboles, y aquí yacieron dos hombres, -y nos mostró las impresiones en el suelo blando.
A partir de allí, seguimos el rastro de los hombres, que estaban en plena marcha, y pudimos comprobar que llevaban algún bulto pesado, pues había algunas huellas más profundas que las demás.
—Están cargando con El Borak -dijo Ghur Shan-. O le han mata­do, o está prisionero.
—Va atado de pies y manos, -dijo Umbelazi-. Pues, de haberle soltado los pies, aunque fuera para que pudiera caminar por sí solo, se las habría ingeniado para escapar.
Las huellas del matabele aparecían por encima de las de los gue­rreros negros, de modo que supusimos que se encontraba en alguna parte por delante de nosotros. Lal Singh creía que el matabele inten­taría rescatar a El Borak por su cuenta, aunque Abdul Khan pensaba que se había limitado a asustarse de nosotros, y que se apresuraba a reunirse con la banda que había cogido prisionero a El Borak.
El rastro avanzaba junto a la orilla del río, tal como Umgazi nos dijera, y, en ocasiones, pudimos vislumbrar el río por entre la jungla. Umbelazi avanzaba en cabeza y, poco después, volvió con la noticia de que una banda de guerreros se acercaba por el sendero.
Nos hicimos a un lado, ocultándonos en la jungla, y nos agaza­pamos tras las altas hierbas selváticas. Divisábamos el sendero que habíamos estado siguiendo, y que comenzaba ya a parecerse a una senda de nativos, que serpenteaba por entre los árboles.
Los guerreros no habían aparecido aún ante nosotros cuando, de repente, las altas hierbas se hicieron a un lado y un rostro negro, salvaje, coronado con un tocado de plumas, bajó la mirada hacia nosotros. Evidentemente, los nativos también contaban con explora­dores, igual que nosotros. Llevaba una larga lanza colgada de la espalda, pero, antes de que pudiera emplearla, Ghur Shan le des­trozó el cráneo con un tajo de su cuchillo kukri. El nativo cayó hacia atrás, y su cadáver quedó oculto en la hierba de la jungla.
Justo entonces, una banda de guerreros apareció ante nosotros: el grupo del que Umbelazi nos había hablado. Seguían la intrincada senda que atravesaba la jungla.
—Si siguen avanzando río arriba, no tardarán en ver nuestras huellas -susurró Lal Singh-. De modo que, si prosiguen la marcha, habrá que tenderles una emboscada, aunque sean más que nosotros.
Los guerreros eran unos treinta. Alzamos nuestros rifles, con los dedos en los gatillos, y, entonces, justo antes de que se acercaran a nuestro escondrijo, giraron bruscamente, en ángulo recto, y se diri­gieron al sureste, desapareciendo en la jungla.
—Un afeitado apurado, -dijo Lal Singh, mientras regresaba al sendero. Y así había sido, tanto para nosotros como para ellos.
Siguiendo el camino, llegamos de nuevo hasta la orilla del río. Y allí nos detuvimos, presas del asombro.
En el lugar donde nos encontrábamos, el río era muy ancho tras la curva que rodeaba la segunda catarata. Las tres barcázas aparecie­ron justo en dicha curva, y se detuvieron, alzando los remos.
En la parte central del río se alzaba un islote. Era largo y estre­cho, y estaba rodeado por un escarpado acantilado que se levantaba hasta una altura de seis metros sobre el agua. Calculé que debía me­dir de largo las dos terceras partes de una milla, y, de ancho, casi un cuarto de milla. La corriente chocaba contra sus rocas y pasaba ve­lozmente a ambos lados del islote.
Tenía la misma forma que el cauce del río, hacia el sureste, y desde el noroeste. En el centro había una aldea, y otra más en el ex­tremo sur. El poblado central poseía chozas muy grandes, pues pu­dimos divisar sus altos tejado por encima de la alta empalizada que la rodeaba. La aldea del sur, en cambio, carecía de empalizada. Con­sistía tan sólo en una gran cantidad de chozas muy próximas entre sí. Había algunas de gran tamaño que parecían volar sobre el agua, pues estaban erigidas sobre recios pilares clavados en lo más pro­fundo del río. Se hallaban al mismo nivel que la isla y había puentes que conducían a ellas desde las chozas de tierra firme. Y, en el agua, entre unas y otras, había canoas. Docenas de ellas o incluso centena­res. Una verdadera flota. Vimos muchos nativos en la isla, y nos di­mos cuenta de que la suya era una tribu muy poderosa.
Las barcazas se habían detenido a la altura de la catarata, y los lobos parecían indecisos sobre qué hacer a continuación. Lal Singh nos condujo de vuelta a la cascada, atrajo la atención de los hombres de los botes, y les hizo señas para que se acercaran, tras lo cual subi­mos a bordo.
—Esa es la tribu que ha capturado a El Borak -dijo Lal Singh-, Y está reciamente fortificada.
Se discutieron numerosos planes. Yar Alí era partidario de car­gar contra la isla con espadas y antorchas, pero Lal Singh le contestó que eso sería una necedad. Nos enfrentaría cuerpo a cuerpo contra centenares de guerreros, y estaríamos en desventaja.
Ormuzd Shah sugirió que evitáramos la isla, navegáramos río abajo y, una vez allí, construyéramos un dique para inundar el islote. Pero parecía evidente que se trataba de una tarea demasiado ardua, y que llevaría demasiado tiempo. De manera que unos dijeron una cosa, y otros, otra, y nadie parecía sugerir un plan que fuera mejor que los demás.
Lal Singh dijo que deberíamos remar hacia atrás, volviendo a rodear la catarata, para después ir a inspeccionar la isla. Eso nos ayudaría a trazar nuestros planes.
De modo que eso hicimos y, cuando estábamos a punto de per­der de vista el islote, divisamos frente a nosotros una flota de hasta doscientas canoas.
Aquello era lo que todos deseábamos, de modo que remamos directos hacia ellas. Los nativos estaban erguidos en las canoas, blandiendo sus lanzas y hachas, y aullando como animales. Lal Singh ordenó que las tres barcazas avanzaran en paralelo, y a noso­tros nos dijo que contuviéramos el fuego hasta que él diera la orden. Las canoas avanzaron. Pudimos divisar ver las salvajes expresiones de los negros, y sus lanzas empezaron a estrellarse contra nuestra barricada de escudos. Eran hombres gigantescos, vestidos con ropas de alegres colores, pieles de mono y plumas de avestruz, y armados con hachas de batalla, largas lanzas, arcos y grandes mazas de gue­rra. Muchos de ellos llevaban viejos mosquetes.
Cuando se encontraban a tiro de pistola, Lal Singh dio la orden de abrir fuego. Todos los rifles de las tres barcazas descargaron una andanada. A esa distancia, y con lo próximas que estaban las canoas entre sí, no fue necesario apuntar. Nos limitamos a disparar a que­marropa. Lal Singh se alzó en mitad de la barcaza, y arrojó cartuchos de dinamita y granadas de mano.
Esa batalla fue breve. En pocos instantes, lo que quedaba de la flota caníbal escapaba a toda prisa de regreso a su aldea. Habíamos volatilizado, destrozado y hundido casi la mitad de sus canoas. El río hervía de cocodrilos que devoraban a todo el que caía al agua. Cuando las canoas comenzaron a retirarse, la barcaza de Yar Alí avanzó con presteza para perseguirlas. Cuando los negros vieron que un bote se adelantaba en la formación, dos de sus canoas viraron y se lanzaron al ataque. Aquello complació sobremanera a Yar Alí. El y sus guerreros saltaron sobre los negros como si fueran demonios. No hubo disparos. El combate fue cuerpo a cuerpo, y demasiado veloz para eso. Las lanzas y las mazas de guerra de los caníbales lanzaron destellos y golpearon a diestro y siniestro, pero, entre ellas, hendían y sajaban los tulwars de los afganos y los assegais de los zulús. Incluso los remeros makolala hacían todo cuanto podían, no sólo con los remos, sino también con las armas que les habíamos repartido al azar.
Antes de que nuestras barcazas pudieran llegar hasta ellos, la batalla se luchó y ganó. Yar Alí, insaciable, deseaba seguir avanzan­do para continuar la persecución, pero, al escuchar una orden grita­da por Lal Singh, dio instrucciones para virar y retroceder, aunque lo hizo a regañadientes. Abdullah bin Sikander había muerto atravesado por tres lanzas, y N\\\’Moto y uno de los remeros makolala estaban heridos, aunque no de gravedad, pero, de lor tripulantes de las dos canoas de negros, no quedaba un solo guerrero con vida.
—Ojalá hubieras hecho algún prisionero, -dijo Lal Singh.
—Habría estado bien, -reconoció Yar Ali, Pero cuando la sed de sangre se apodera de mí, no soy capaz de pensar en otra cosa que no sea matar, matar y matar.
Y en verdad había matado. Lo que ahora quería era llevar a cabo el ataque a la isla.
Lal Singh señaló que había varios centenares de guerreros en la isla y que, aunque lográramos llegar hasta ella, no podríamos escalar los escarpados arrecifes que, como ya he señalado, se alzaban hasta una altura de más de seis metros.
Lal Singh empleó los prismáticos de campaña de El Borak para examinar la isla, y luego ordenó a las barcazas que retrocedieran hasta la cascada y lanzaran lastre amarrado por la borda, a modo de anclas. De este modo, las barcazas no serían arrastradas por la co­rriente, río abajo, y ningún negro podría emboscarnos desde la jun­gla.
Luego trazamos nuestro plan para atacar la isla. El intérprete ba- toka nos informó de que los isleños eran una tribu muy fuerte, que llevaba instalada en el islote desde más tiempo del que podía recor­dar. Incluso en su país, había oído historias sobre ellos. Eran piratas del río, y toda canoa que pasaba junto a la isla era obligada a pagar tributo, o bien sus tripulantes eran masacrados. Pensaba que se tra­taba de una tribu de la etnia Manyeuma, pues eran caníbales.
—El poblado del centro es el más grande, y ahí debe ser donde se encuentre el palacio del rey, -dijo Lal Singh-. La aldea del sur, en cambio, parece ser su base naval. Ahora, os contaré mi plan. Si creen que les estamos venciendo, matarán a El Borak, de modo que debe­remos doblegarles de forma fiera y veloz. Me llevaré una barcaza río abajo al resguardo de la noche, y nos las arreglaremos para escalar los arrecifes del extremo noroeste. Entonces, cuando de la señal, que consistirá en una andanada de fusilería, las otras dos barcazas se lanzarán sobre las chozas que están erigidas sobre pilotes, encima del río. Si lográis capturarlas, entonces podréis destruir la aldea de la orilla con gran facilidad. Así podremos atacar el poblado principal desde ambas direcciones, y obligarles a rendirse.
—¿Y qué pasará si han matado a El Borak? -preguntó Unalanga.
—Entonces les masacraremos a todos: hombres, mujeres y niños, -dijo Lal Singh.
—Está bien, -dijo Bagheela Khan, y todos estuvimos de acuerdo.
Esperábamos que los manyeuma enviaran contra nosotros otra flotilla de canoas de guerra, pero no lo hicieron, al igual que tampoco dispusieron un cerco de canoas en el río para evitar que prosiguié­ramos el viaje.

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