La luz de Egipto

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La novela tiene lugar durante el III Periodo Intermedio. Tras la dinastía de los Ramésidas, Egipto fue cayendo en una anarquía progresiva que le llevó primero a dividirse en dos reinos enfrentados y, a la larga, a atomizarse en principados independientes.
Egipto era un país sólo económicamente viable con un estado centralizado que supervisase las cosechas y la distribución. La fragmentación, por tanto, supuso un desastre. Todo el norte acabó en manos de príncipes y jefes ma, de origen libio. Y tras ellos llegó la invasión de los nubios, que llegaron a colocar una dinastía de esa etnia en el trono, si bien nunca controlaron de forma efectiva todo Egipto. Ellos caerían a su vez ante la irrupción de los asirios. Fueron ellos los que propiciaron el ascenso de Psamético de Sau como faraón, ya que tenían que enfrentarse a problemas en sus fronteras septentrional y oriental, y no querían distraer más tropas de lo necesario en un Egipto convertido en una olla de intrigas y revueltas.
El protagonista de La luz de Egipto, Snofru, es un Uetuti nesu (mensajero del faraón). Un funcionario ambulante al servicio del faraón Psamético. Como muchos egipcios de la época, Snofru advertía y lamentaba la decadencia de Egipto. Como tantos otros, la achacaba a la pérdida de la Maat (orden, verdad, justicia) y sueña con la vuelta a un Egipto unido, bajo el gobierno de un faraón.
En el cumplimiento de sus obligaciones, sigue a una familia de ladrones de tumbas hasta la remota ciudad de Pi-Atón. Y es justo cuando los atrapa cuando todo comienza a complicarse. Petener, amigo de la infancia y ahora alto oficial del faraón, le impide entregar a los saqueadores a los jueces. Por el contrario, le ordena que los lleve de vuelta al Nilo para entregarlos en secreto y sin hacer preguntas en un punto prefijado.
Snofru, disciplinado, obedece. Pero en su fuero interno comienza a temer haberse mezclado en lo que más odia. En una de las intrigas, tan abundantes en el Egipto de esos días. Y, lo que es peor, en un asunto turbio, contrario a la Maat, por la que tantos años ha luchado.

ANTICIPO:

En aquella jornada de hierro y destrucción, luego tan famosa, no faltaron tampoco egipcios en la defensa de Tebas. Allí estuvieron Snefru y sus amigos, entonces poco más que unos adolescentes, a los que el destino había hecho llegar como peregrinos, a tiempo de tomar parte en los acontecimientos. Todos tuvieron, ese día, sobradas oportunidades de demostrar el coraje de cada uno, así como su pericia con las armas. Aunque egipcios del Delta, de Dyebat-Neter, se sintieron obligados a empuñar los hierros para proteger de los asiáticos a la ciudad más sagrada de la Tierra Negra. Y eso pese a que sus propios gobernantes eran enemigos de los nubios, que no dejaban de ser otros bárbaros invasores, como los asirios, por más que adorasen a los mismos dioses que los egipcios. Pero todos eran muy jóvenes, con fuego en la sangre y pájaros en la cabeza, y para ninguno de ellos había nada más importante que el momento presente.
En años aún por venir, los supervivientes de esa jornada habrían de recordarla con ánimo casi ligero, aunque ahí supieron por primera vez lo que era ver caer a amigos bajo las armas enemigas. Unos en las murallas, traspasados por flechas asirias, a otros perdidos de vista durante los combates callejeros, entre el humo negro y la confusión, sin nadie supiese más de ellos. Y alguno más dejó la vida en las escaramuzas en el río, en duelos de arqueros de nave a nave, o en abordajes maza en mano.
Los que conservaron la vida y pudieron regresar a Dyebat-Neter, su ciudad natal, iban a celebrar esa fecha todos los años, reunidos en el patio de la casa de alguno de ellos, o en una casa de cerveza, brindando y cantando en memoria de los amigos muertos y las hazañas comunes. El paso del tiempo acabaría por adornar los recuerdos de algunos, y los dotaría de gran precisión, como si los combates en murallas, calles y el río hubieran sido pintados en fresco sobre pared, con toda riqueza de detalles. Pero Snefru nunca recordaría otra cosa que una confusión espantosa. El desorden, el frenesí con el que disparaban sus arcos desde los pretiles de los muros, contra masas de infantería que avanzaban escudos en alto, a la luz gris del alba, envueltos en esas ráfagas de aire frío que se levanta al amanecer. Los gritos, lamentos, el vibrar de las cuerdas de arco, el vuelo y silbido de flechas. El retumbar de arietes contra las puertas, el chascar de madera astillada, el bramido de las trompas, el hedor de la muerte. Y luego la marea de fugitivos que se apretujaban en las callejas, como rebaños en estampida, entre el olor a quemado y el humo de los incendios.
Aún después, cuando aquellos amigos que lograron mantenerse unidos se embarcaron, no para huir, sino para ayudar a proteger a las embarcaciones cargadas de fugitivos en su cruce del río, no hubo otra cosa que tumulto.
No mucho después de aquellos sucesos, habría de nacer en la cuenca del Nilo una épica efímera, jamás registrada por escrito, que, en boca de cantores ambulantes, glorificaba la jornada, con loas a los valientes que allí estuvieron y lamentos por la caída de Tebas. Esa defensa se convirtió en un mito y, cuando algún hombre prudente se preguntaba en voz alta por qué la evacuación fue tan apurada, por qué los tesoros y objetos sagrados estuvieron en un tris de caer en manos asirias, se solía argüir que eso se debió a la rapidez con que los enemigos atacaron a la ciudad desprevenida. Como plaga de langosta, decían algunos cánticos.
Pero Snefru, que estuvo allí, sabía hasta qué punto los sacerdotes de Amón y los jefes nubios habían infravalorado a los asirios. Todos creían que la gran distancia entre Menfis y Tebas sería foso suficiente y, al cabo, el más prudente fue el faraón negro, Taharqa, que no se detuvo en la ciudad: llegó derrotado desde el norte y, sin detenerse, había seguido camino de Nubia, en busca de la seguridad del lejano sur. Los asirios no pudieron así capturarle. Porque las tropas de Nínive llegaron y, mientras los arietes y hachas hacían astillas las puertas de Tebas, sus dirigentes aún discutían qué hacer. Confiaban todavía en sus muros y en que, en caso extremo –como tenían a sus enemigos por salvajes, aptos sólo para la guerra más brutal-, podrían evacuar con holgura hacia la otra margen del Nilo.
No fue así. Los asirios, nada dispuestos a dejar escapar a tantos personajes de calidad y tantas riquezas, se apoderaron de naves en la misma ribera. Las mandaron al centro del río, cargadas de arqueros, a impedir el paso, y suerte tuvieron a su vez los tebanos de que los asirios menospreciasen a los egipcios en el combate. Tras haber derrotado, una y otra vez, a los príncipes del Delta y al faraón negro, no les tenían en mucho como guerreros. Por eso ellos lograron abrirse paso luchando, en una jornada sangrienta que se prolongó hasta el ocaso, y en la que no faltaron abordajes ni naufragios, como multitud de ahogados por ambas partes. Pero los egipcios lograron salvar estatuas sagradas, reliquia y tesoros, así como también a los notables tebanos, que pudieron sentirse a salvo en la otra orilla, donde el enemigo no había podido desplegarse.
No sólo nobles y jerarcas cruzaron el Nilo, sino también gente de todas las clases que buscaba la salvación en el río y, por eso, Snefru y sus amigos estuvieron surcando las aguas verdosas, ida y vuelta, en un batel de cedro y acacia, tendiendo arcos contra cuanta embarcación enemiga tratase de acercarse a los refugiados. Pero, pese a las baladronadas que más de uno se permitió años después, no ocuparon ningún puesto crítico, ya que estuvieron cubriendo el paso por el sur, y los asirios atacaban desde el norte, a contracorriente. Aunque eso no quiere decir que no tuviesen que combatir. Más de una nave enemiga logró romper la línea de las egipcias, para virar luego en redondo y volver a favor de la corriente, disparando flechas. Y era entonces cuando les tocaba combatir.

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3 Opiniones

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  • Noticias
    on

    [b]PRESENTACIÓN DE «LA LUZ DE EGIPTO»[/b]

    El Ateneo de Madrid y la editorial EDHASA

    Tienen el placer de invitarle a la presentación de la novela

    [i]La luz de Egipto[/i]

    de

    [b]León Arsenal[/b]

    El acto tendrá lugar el lunes 2 de noviembre a las 20 horas, en el Ateneo de Madrid (C/Prado 21) y el libro será presentado por el escritor [b]Javier Negrete[/b].

    [img]http://www.interplanetaria.com/imagenes/La%20Luz%20de%20Egipto.jpg[/img]

  • Carlomarde
    on

    Es una novela más sencilla que La Boca del Nilo o que los Malos Años. Menos protagonistas, una trama muy definida, varias (pocas) subtramas. A mí me ha dejado buen sabor de boca y eso que me gustan las novelas corales históricas de Arsenal-

  • FelixR
    on

    Este tipo de obras no son narrantiva histórica….es posible que el argumento se desarrolle en una època determinada y tome un contexto histórico como telón de fondo…pero de allí a que sea narrativa o novela histórica hay un enorme trecho.Arsenal es hábil en el manejo del lenguaje, aunque lento en el desarrollo de la trama que carece de adornos y es su estilo….pero le falta mas imaginación para situar un contexto en la historia real y acercarla a esa clase de literatura o de estilo que se llama narrativa y mucho menos histórica. Lean una biografía de Napoleón por Sweig o Bellóc y allí si señores…tenemos mas que una buena y excelente biografia…tenemos narrativa y novela en una.

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