La maldición de Hill House

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La escritora Shirley Jackson (1916-1965) publicó su primera novela The Road Through the Wall en 1948, a la que siguieron Hangsaman (1951), The Bird’s Nest (1954), The Sundial (1958) y We Have Always Lived in the Castle, en 1962, que obtuvo una valiosa publicidad extraliteraria cuando al marido de Shirley Jackson se le ocurrió hacer público, en las páginas de un conocido rotativo, que su autora había practicado la brujería, cosa que ésta negó rápidamente. No obstante, después de su muerte se supo que semejante desmentido sólo trataba de evitar el rechazo de la opinión pública hacia su persona. Según explicó su hijo, Laurence Hyman, su madre poseía un tablero Ouija y cartas del Tarot y sabía perfectamente cómo utilizarlos, además de unos quinientos libros sobre ocultismo. La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House, 1959), considerada una de las principales novelas de horror del siglo XX, narra el inquietante experimento de John Montague, doctor en Filosofía y antropólogo, que lleva años entregado al estudio de «las perturbaciones psíquicas» que suelen manifestarse en las «casas encantadas». Infructuosamente ha buscado una casa idónea, cuando un día oye hablar de Hill House, una mansión solitaria y de siniestra reputación. Montague decide alquilarla y busca ayudantes dispuestos a pasar una temporada en ella: Eleanor, una mujer desdichada que, tras once años cuidando a su arisca madre inválida, se ha vuelto una persona solitaria; Theodora, joven alegre y curiosa, seleccionada por su increíble capacidad telepática; y Luke, vividor y mentiroso, incluido en el grupo por exigencia de la propietaria, su tía. El objetivo: tomar notas de cualquier fenómeno paranormal que se presente para documentar el libro sobre casas encantadas que prepara el doctor. Las alucinantes experiencias que vivirán en la casa será mejor que el lector las descubra por sí mismo.

ANTICIPO:
Era el primer día verdaderamente luminoso del verano, una época del año que siempre le traía a Eleanor dolorosos recuerdos de su primera infancia, cuando todo el tiempo le había parecido verano; era incapaz de recordar un invierno anterior a la muerte de su padre, un día frío y lluvioso. Últimamente le había dado por preguntarse, durante aquellos años rápidamente escrutados, qué había hecho con todos aquellos días de verano desperdiciados; ¿cómo podría haberlos malgastado tan irreflexivamente? Soy tonta, se decía a sí misma a comienzos de cada verano, soy muy tonta; ahora soy una mujer adulta y conozco el valor de las cosas. En realidad nada es una pérdida de tiempo, reflexionaba sensatamente, ni siquiera la propia infancia; y luego, año tras año, una mañana de verano, una brisa cálida caía sobre la calle de su ciudad en la que estuviera paseando y un pequeño y frío pensamiento la asaltaba, He vuelto a dejar que se me escape más tiempo. Y sin embargo esa mañana, conduciendo el pequeño coche que era tan suyo como de su hermana, aprensiva no fueran todavía a darse cuenta de que después de todo había ido a llevárselo, recorriendo dócilmente la avenida, siguiendo las hileras del tráfico, deteniéndose cada vez que así se le indicaba y girando cuando podía, sonrió en dirección a los rayos solares que se desparramaban sesgadamente sobre la calle y pensó, Me marcho, me marcho, por fin he dado el paso.

En todas las ocasiones anteriores en las que había obtenido el permiso de Carrie para conducir el coche, había avanzado con cautela, desplazándose con sumo cuidado para evitar incluso el más insignificante arañazo o abolladura que pudiera haber irritado a su hermana, pero hoy, con su caja de cartón en el asiento trasero y su maleta tendida en el suelo, sus guantes, el monedero y su abrigo de entretiempo en el asiento junto a ella, el coche le pertenecía por completo, un pequeño mundo cerrado de su propiedad; me marcho de verdad, pensó.

Junto al último semáforo de la ciudad, antes de girar para tomar la salida a la gran autopista, se detuvo, esperando, y sacó la carta del doctor Montague de su monedero. Ni siquiera necesitaré el mapa, pensó; debe de ser un hombre muy cuidadoso. «… siga la Ruta 39 hasta Ashton», decía la carta, «y luego gire a mano izquierda para tomar la comarcal 5 en dirección oeste. Recórrala durante algo menos de cincuenta kilómetros y llegará a un pequeño pueblo llamado Hillsdale. Atraviese Hillsdale hasta llegar a una esquina en la que encontrará una gasolinera a la izquierda y una iglesia a la derecha, y gire a mano izquierda para adentrarse en lo que le parecerá un estrecho camino vecinal; verá que esta carretera, bastante deficiente, se interna en las colinas. Sígala hasta el final –unos diez kilómetros– y llegará a las puertas de Hill House. Le envío estas instrucciones tan detalladas porque no es recomendable detenerse en Hillsdale a pedir señas. Los lugareños son groseros con los forasteros y se muestran abiertamente hostiles ante cualquiera que muestre interés por Hill House.

»Me alegra mucho que vaya a reunirse con nosotros en Hill House y será para mí un sumo placer conocerla en persona el próximo jueves 21 de junio…»

La luz del semáforo cambió; Eleanor salió a la autopista y se vio libre de la ciudad. Nadie, pensó, podrá detenerme ahora; ni siquiera saben hacia dónde me dirijo.

Nunca había conducido grandes distancias sola. La noción de dividir su encantador viaje en kilómetros y horas era una tontería; ella lo veía, manteniendo el coche con precisión entre la raya central de la carretera y la línea de árboles que flanqueaba la carretera, como una sucesión de momentos, cada uno de ellos nuevo, que la acarreaban con ellos, impulsándola hacia un lugar desconocido por un camino repleto de novedades. El viaje en sí era su acción positiva; su destino, vago, insospechado, quizá inexistente. Estaba dispuesta a saborear cada curva de su viaje, amando la carretera y los árboles y las casas y los pueblos pequeños y feos, tentándose a sí misma con la noción de que a lo mejor se le metía en la cabeza parar en cualquier sitio para nunca más volver a marcharse. Podría detener el coche a un costado de la carretera –aunque no estaba permitido, se dijo a sí misma; la castigarían si de verdad lo hiciera– y abandonarlo para vagar más allá de los árboles hacia el campo suave y acogedor que se extendía al otro lado. Podría caminar sin rumbo fijo hasta sentirse exhausta, persiguiendo mariposas o siguiendo un arroyo para, a la caída de la noche, alcanzar la cabaña de un humilde leñador que le ofrecería refugio; podría establecer su hogar definitivo en East Barrington o Desmond o la pedanía de Berk; también podría no abandonar nunca la carretera, sino sencillamente seguir avanzando hasta que las ruedas del coche se hubieran desgastado por completo y ella hubiera llegado al fin del mundo.

Y, pensó, también podría sencillamente dirigirme a Hill House, donde me esperan y donde me van a ofrecer refugio y una habitación y comida y un pequeño salario simbólico en compensación por haber abandonado mis compromisos y obligaciones en la gran ciudad para huir a ver mundo. Me pregunto cómo será el doctor Montague. Me pregunto cómo será Hill House. Me pregunto quién más estará allí.

Ahora se había alejado ya considerablemente de la ciudad, expectante ante la inminente aparición del desvío a la Ruta 39, ese mágico trecho de carretera que el doctor Montague había escogido, de entre todas las carreteras del mundo, para que la condujera sana y salva hasta él y hasta Hill House; ninguna otra carretera podría llevarla desde donde se encontraba hasta el lugar en el que anhelaba estar. El doctor Montague vio confirmada su infalibilidad; bajo la señal que indicaba el desvío hacia la Ruta 39 había otra señal que anunciaba: ASHTON 194 KILÓMETROS.

La carretera, su íntima amiga ahora, serpenteaba y se zambullía, trazando curvas tras las que le aguardaban sorpresas –en una ocasión una vaca, observándola por encima de una valla, en otra un perro carente de toda curiosidad–, sumergiéndose en hondonadas sobre las que se extendían villorrios, dejando atrás tierras de cultivo y huertos de frutales. En la calle principal de un pueblo pasó frente a una casa enorme, de altos muros y columnatas, con postigos en las ventanas y un par de leones de piedra custodiando las escaleras, y pensó que a lo mejor podría vivir allí, limpiándoles el polvo a los leo¬nes cada mañana y acariciándoles la cabeza para darles las buenas noches. El tiempo empieza esta mañana de junio, se aseguró a sí misma, pero es un tiempo extrañamente nuevo y contenido en sí mismo; en estos pocos segundos he vivido toda una vida en una casa con dos leones a la entrada. Cada mañana he barrido el porche y les he quitado el polvo a los leones, y todas las vísperas les he acariciado las cabezas para desearles buenas noches, y una vez a la semana les he lavado los rostros, las melenas y las zarpas con agua caliente y sosa y he limpiado entre sus dientes con un estropajo. En el interior de la casa las estancias eran elevadas y espaciosas, de suelos pulidos y ventanas inmaculadas. Una anciana delicada y diminuta se ocupaba de mí, acarreando rígidamente una bandeja con una vajilla de plata para el té y trayéndome cada noche un vaso de vino de saúcos en beneficio de mi salud. Cenaba a solas en el alargado y silencioso comedor, frente a una mesa resplandeciente, y entre los altos ventanales los azulejos blancos de las paredes destellaban a la luz de las velas; cené un ave, y rábanos del jardín, y mermelada casera de ciruela. Si tenía que dormir lo hacía bajo un dosel de organdí blanco, y una lámpara me resguardaba con su luz desde el recibidor. La gente me hacía reverencias en las calles del pueblo porque todo el mundo se sentía muy orgulloso de mis leones. Al morir yo…

Para entonces ya había dejado el pueblo muy atrás y pasaba frente a sucios y cerrados quioscos de comida y señales arrancadas. En otro tiempo, hacía mucho, había habido una feria con carreras de motocicletas en algún lugar cercano; las señales todavía mostraban fragmentos de palabras. ATREVIMIENTO, anunciaba una de ellas; MALDAD, era otra, y Eleanor se rió de sí misma, dándose cuenta de que iba buscando presagios por todas partes; la palabra correcta es TEMERARIOS1, Eleanor, conductores temerarios, y redujo la velocidad porque estaba conduciendo demasiado rápido y no quería llegar demasiado pronto a Hill House.

Alcanzado determinado punto, detuvo el coche por completo a un lado de la carretera para observar con incredulidad y admiración. Siguiendo el trazado de la carretera, durante quizá cuatrocientos metros, había pasado junto a un seto de adelfas espléndidamente cuidadas, floreciendo rosas y blancas en una hilera regular que había suscitado su admiración. Ahora había llegado hasta la entrada que protegían las flores y vio que el seto continuaba más allá. La entrada no eran sino un par de pilares de piedra destrozados, flanqueando una carretera que se alejaba de ellos adentrándose en un campo vacío. Vio que las adelfas se separaban de la carretera y que formaban los lados de un gran cuadrado. La vista le alcanzaba hasta el extremo más alejado del gran cuadrado: otra hilera de adelfas que, aparentemente, seguía el curso de un riachuelo. En el interior del cuadrado de adelfas no había nada, ninguna casa, ninguna construcción; nada salvo la recta carretera que lo atravesaba y que iba a terminar en el riachuelo. ¿Qué es lo que había aquí, se preguntó, qué es lo que había aquí y ha desaparecido, o qué es lo que iba a haber pero nunca llegó? ¿Iba a ser una casa o un jardín o un huerto? ¿Los alejaron de aquí para siempre o van a regresar? Las adelfas son venenosas, recordó Eleanor. ¿Podrían estar protegiendo algo? ¿Saldré, pensó, saldré del coche y pasaré entre las ruinosas puertas y luego, una vez me encuentre dentro del cuadrado mágico de adelfas, descubriré que me he adentrado en un país imaginario, venenosamente protegida de las miradas de los transeúntes? Una vez haya pasado a través de los postes mágicos, ¿me encontraré al otro lado de la barrera protectora, roto el hechizo? Me adentraré en un hermoso jardín, con fuentes y bancos y rosas enroscadas en pérgolas, y encontraré un sendero –enjoyado, quizá, con rubíes y esmeraldas, tan suave como para que la hija de un rey pueda recorrerlo con sus pequeñas sandalias– que me conducirá directamente al palacio hechizado. Subiré pequeños escalones de piedra y pasaré junto a los leones de piedra que montan guardia hasta llegar a un patio en el que brota una fuente y la reina espera, sollozando, a que regrese la princesa. Cuando me vea dejará caer su bordado y llamará a los sirvientes de palacio –desperezándose al fin tras su largo sueño– para que preparen un gran banquete, porque el hechizo se ha roto y el palacio vuelve a ser el que era. Y viviremos felices para siempre.

No, por supuesto, pensó, volviendo a poner en marcha el coche, tan pronto como el palacio vuelva a ser visible y el hechizo se haya roto, todo el hechizo se habrá roto y los campos que rodean a las adelfas recobrarán su auténtica forma, fundiéndose los pueblos y las señales y las vacas en la suave imagen verde de un cuento de hadas. Después, descendiendo de las colinas, llegará un príncipe lanzando destellos de verde y plata, seguido por cien arqueros a caballo, ondean¬do los gallardetes, espoleando a sus monturas, haciendo centellear las joyas…

Eleanor se echó a reír y volvió la cabeza para despedirse con una sonrisa de las adelfas mágicas. Otro día, les dijo, Otro día volveré y romperé vuestro hechizo.

Se detuvo a almorzar después de haber conducido ciento sesenta y un kilómetros. Encontró un restaurante rural que se anunciaba como un antiguo molino y se descubrió sentada, increíblemente, en un balcón asomado sobre un vistoso arroyuelo, observando las rocas húmedas y el centelleo embriagador de las aguas vivas, con un cuenco de cristal tallado lleno de requesón frente a ella en la mesa, y colines de maíz en una servilleta. Como se trataba de una época y una tierra en la que los encantamientos se conjuraban y se rompían con facilidad, deseó prolongar su almuerzo, sabiendo que Hill House siempre la esperaba al final del día. Las únicas otras personas en el comedor eran una familia, una madre y un padre con un niño y una niña pequeños, y hablaban entre sí dulce, suavemente, y en una ocasión la niña se volvió y observó a Eleanor con franca curiosidad y, al cabo de un minuto, sonrió. Las luces del arroyo allá abajo tocaban el techo y las mesas barnizadas, y se deslizaban sobre los rizos de la niña, y la madre de la niña dijo:

–Quiere su taza de estrellas.

Eleanor alzó la mirada, sorprendida; la niña se apretaba contra el respaldo de su silla, negándose hoscamente a beberse la leche, mientras su padre fruncía el ceño y su hermano lanzaba risitas y su madre decía tranquilamente:

–Quiere su taza de estrellas.

Por supuesto que sí, pensó Eleanor; por supuesto, también yo; una taza de estrellas, claro que sí.

–Su tacita –le estaba explicando la madre, sonriendo apologéticamente a la camarera, que se mostraba estupefacta ante la idea de que la estupenda leche de campo del molino no fuera lo suficientemente buena para la niña–. Tiene estrellas en el fondo, y cuando está en casa siempre bebe la leche en ella. La llama su taza de estrellas porque puede ver las estrellas mientras se bebe la leche.

La camarera asintió con poco convencimiento y la madre le dijo a la niña:

–Ya beberás la leche en tu taza de estrellas esta noche cuando lleguemos a casa. Pero por ahora, sólo para ser una niña muy buena, ¿querrás beber un poquito de leche en este vaso?

No lo hagas, le dijo Eleanor a la niña; insiste en tu taza de estrellas; una vez te hayan atrapado para que seas como todos los demás, nunca volverás a ver tu taza de estrellas; no lo hagas; y la niña la miró rápidamente, dedicándole una sonrisa sutil de comprensión que hacía que se le marcaran los hoyuelos, y meneó la cabeza tozudamente en dirección al vaso. Chica valiente, pensó Eleanor; valiente y sabia.

–La estás malcriando –dijo el padre–. No deberías permitirle estos caprichos.

–Sólo esta vez –dijo la madre. Dejó el vaso de leche y tocó a la niña suavemente en la mano–. Cómete el helado –dijo.

Cuando se marcharon, la niña se despidió con la mano de Eleanor y Eleanor le devolvió el saludo, sentada en una feliz soledad para terminar su café mientras el alegre arroyuelo daba saltos por debajo de ella. Ya no tengo que ir mucho más lejos, pensó Eleanor; he hecho más de la mitad del camino. El final del viaje, pensó, y lejos, en el fondo de su mente, centelleando como el arroyuelo, el estribillo de una canción bailó en el interior de su cabeza, recuperando en la distancia un par de palabras; «En el retraso nunca hay abundancia», pensó, «en el retraso nunca hay abundancia».

Casi se detuvo para siempre a las afueras de Ashton, porque pasó junto a una diminuta casita rural enterrada en un jardín. Podría vivir allí completamente sola, pensó, reduciendo la marcha del coche para observar el serpenteante sendero de entrada hasta la pequeña puerta azul en cuyo escalón descansaba (no podía ser más perfecto) un gato blanco. Aquí tampoco me encontraría nadie, detrás de todas estas rosas, y sólo para asegurarme también plantaría adelfas. Encenderé el fuego cuando las tardes sean frías y asaré manzanas en mi propia chimenea. Criaré gatos blancos y coseré cortinas blancas para las ventanas y en ocasiones saldré por la puerta para ir a la tienda a comprar hilo de coser y canela y té. La gente vendrá a mí para que les lea la fortuna, y prepararé pociones de amor para doncellas melancólicas; tendré un petirrojo… Pero la casita ya había quedado muy atrás y había llegado el momento de buscar la nueva carretera cuidadosamente descrita por el doctor Montague.

«Gire a mano izquierda para tomar la Ruta 5 en dirección oeste», decía su carta, y, con tanta eficacia y presteza como si la hubiera estado guiando desde algún lugar lejano, manejando su coche con sus propias manos mediante algún tipo de control remoto, así lo hizo; se encontró en la Ruta 5 dirigiéndose hacia el oeste, y su viaje casi había concluido. Sin embargo, a pesar de lo que le había advertido, Eleanor pensó, Me detendré en Hillsdale sólo un minuto, lo justo para tomar un café, porque no puedo soportar que mi largo viaje acabe tan pronto. En realidad no se trataba de una desobediencia; la carta decía que no era recomendable detenerse en Hillsdale para pedir señas, no que estuviera prohibido pararse a tomar un café, y quizá si no menciono Hill House no estaré haciendo nada malo. En cualquier caso, pensó turbiamente, es mi última oportunidad.

Hillsdale le salió al paso antes de que pudiera darse cuenta, una maraña desordenada de casas sucias y calles retorcidas. Era un pueblo pequeño; tan pronto como entró en la calle principal pudo ver al otro extremo la esquina con la gasolinera y la iglesia. Sólo parecía haber un lugar en el que pararse a tomar un café, y se trataba de un bar de aspecto poco atrayente, pero Eleanor estaba empecinada en detenerse en Hillsdale, de modo que acercó el coche al maltrecho bordillo frente al bar y salió. Tras un minuto de reflexión, con un asentimiento silencioso en dirección a Hillsdale, cerró el coche pensando en su maleta, que reposaba en el suelo, y en la caja de cartón del asiento de atrás. No pasaré mucho tiempo en Hillsdale, pensó, observando de arriba abajo la calle, que conseguía ser oscura y desagradable incluso a pleno sol. Un perro dormía intranquilo a la sombra junto a un muro, una mujer miraba a Eleanor desde el umbral de una puerta al otro lado de la calle, y dos muchachos se apoyaban perezosamente contra una valla en premeditado silencio. Eleanor, que tenía miedo a los perros desconocidos, a las mujeres burlonas y a los gamberros, entró rápidamente en el bar, agarrando con fuerza su monedero y las llaves del coche. En el interior encontró una barra atendida por una muchacha cansada y carente de mentón y un hombre sentado a un extremo de la misma, comiendo. Se preguntó brevemente lo hambriento que debía haber estado para entrar en un lugar como aquel, cuando se fijó en la barra y vio el pringoso cobertor de cristal que protegía un plato de rosquillas. «Café», le dijo a la joven detrás de la barra. La muchacha se volvió con fatiga y cogió torpemente una taza de una pila de ellas que había en un anaquel; tendré que beberme el café porque he dicho que iba a hacerlo, se dijo Eleanor a sí misma con severidad, pero la próxima vez haré caso al doctor Montague.

Entre el único comensal y la muchacha de la barra parecía estar desarrollándose una elaborada broma; cuando esta le sirvió a Eleanor su café, dirigió una mirada hacia el hombre y medio sonrió; él se encogió de hombros y luego la muchacha soltó una carcajada. Eleanor levantó la mirada, pero la chica se estaba examinando las uñas y el hombre estaba limpiando su plato con un trozo de pan. Quizá el café de Eleanor estuviera envenenado; ciertamente lo parecía. Decidida a sondear la villa de Hillsdale hasta sus mayores profundidades, Eleanor le dijo a la chica:

–Tomaré también una de esas rosquillas, por favor –y la chica, mirando de reojo al hombre, deslizó una de las rosquillas hasta otro plato y lo situó frente a Eleanor y volvió a reír cuando sorprendió otra mirada por parte del hombre–. Tienen un pueblo muy bonito –le dijo Eleanor a la muchacha–. ¿Cómo se llama?

La chica la observó con los ojos abiertos; quizá nadie había tenido hasta entonces la audacia de llamar a Hillsdale un pueblo muy bonito; transcurrido un momento, la joven volvió a mirar al hombre, como si estuviera solicitando una confirmación, y luego dijo:

–Hillsdale.

–¿Hace mucho que vive usted aquí? –preguntó Eleanor. No mencionaré Hill House, le aseguró al doctor Montague en la lejanía, sólo quiero perder un poco de tiempo.

–Sí –contestó la chica.

–Debe ser agradable vivir en un pueblo pequeño como este. Yo vengo de la ciudad.

–¿Sí?

–¿Le gusta vivir aquí?

–No está mal –dijo la muchacha. Volvió a mirar al hombre, que las escuchaba con atención–. No hay mucho que hacer.

–¿Es un pueblo grande?

–Bastante pequeño. ¿Quieres más café? –esto último lo dijo en dirección al hombre, que estaba golpeando el plato con su taza, y Eleanor le dio un primer y estremecedor sorbo a su propio café y se preguntó cómo podría alguien querer más.

–¿Reciben muchos visitantes? –preguntó cuando la chica terminó de rellenar la taza y hubo regresado a apoyarse contra los anaqueles–. Turistas, me refiero.

–¿Para qué? –durante un minuto la muchacha la observó desde lo que podría haber sido un vacío mayor que cualquiera conocido por Eleanor–. ¿Por qué iba nadie a venir aquí? –miró hoscamente en dirección al hombre y añadió–, ni siquiera tenemos cine.

–Pero las colinas son tan bonitas. En la mayoría de pueblos apartados como este uno suele encontrar gente de ciudad que ha ido para construirse casas en las colinas. Para tener privacidad.

La chica rió brevemente.

–No será aquí que vengan, no.

–O para remodelar casas antiguas…

–Privacidad –dijo la chica, y volvió a reírse.

–Sólo me resulta sorprendente –dijo Eleanor, notando que el hombre la estaba observando.

–Sí –dijo la muchacha–. Si al menos pusieran un cine.

–Había pensado –dijo Eleanor con cautela– que podría echar un vistazo por los alrededores. Las casas antiguas suelen ser baratas, ¿sabe?, y siempre es divertido trabajar en ellas.

–No por aquí –dijo la chica.

–¿Quiere decir –insistió Eleanor– que no hay ninguna casa vieja en los alrededores del pueblo? ¿En las colinas?

–No.

El hombre se levantó, sacando unas monedas de su bolsillo, y habló por primera vez.

–La gente se marcha de este pueblo –dijo–. No viene a él.

Cuando la puerta se hubo cerrado a sus espaldas, la chica volvió sus inexpresivos ojos hacia Eleanor, casi con resentimiento, como si hubiera sido Eleanor con su cháchara la que hubiera ahuyentado al hombre.

–Lo que ha dicho es verdad –dijo finalmente–. Siempre se marchan, los más afortunados.

–¿Y cómo es que usted no se ha ido? –le preguntó Eleanor, y la joven se encogió de hombros.

–¿Acaso me irían mejor las cosas? –preguntó. Cogió el dinero de Eleanor sin interés y le devolvió el cambio. Luego, con otra de sus rápidas miradas, observó los platos vacíos que había al otro extremo de la barra y casi sonrió–. Viene aquí todos los días –dijo. Cuando Eleanor le devolvió la sonrisa y abrió la boca para hablar, la muchacha le dio la espalda y se puso a ordenar las tazas del anaquel, y Eleanor, sintiéndose despedida, se separó con alivio de su café y cogió el monedero y las llaves del coche.

–Adiós –dijo Eleanor, y la joven, todavía de espaldas a ella, respondió:

–Buena suerte. Espero que encuentre su casa.

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