La mandrágora

Lamandragora

Como resultado de inseminar artificialmente a una prostituta con el semen de un ahorcado surge a la vida la bella y malvada Mandrágora, uno de los grandes y más fascinantes mitos de la literatura fantástica, equiparable a Frankestein, Drácula, El Golem o El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Su autor, Hans Heinz Ewers, uno de los escritores germanos de literatura fantástica más notables, junto al vienés Gustav Meyrink, recreó la vieja leyenda romántica de la mandrágora, incorporando los conocimientos científicos del siglo XIX. Desde el momento de su aparición, la fascinante Mandrágora cautivó la imaginación de los cineastas expresionistas, que la llevaron a la pantalla en varias ocasiones. Con todo merecimiento, La Mandrágora debe ocupar un lugar destacado en la literatura gótica del siglo XX.

ANTICIPO:
Hizo más aún: se fue a la Corporación de los sajones y mandó al comandante dos estudiantes que le confirmaran e hicieran más severas las condiciones: cinco cambios de balas a diez pasos de distancia. Esto haría buen efecto e impresionaría seguramente a la señorita.

El tribunal mixto, compuesto de oficiales y estudiantes, fue bastante razonable para fijar un solo cambio a la distancia de veinte pasos. De esta manera ninguno de los dos se haría mucho daño yel honor quedaría a salvo. El conde sonrió al oír el fallo y se inclinó cortésmente, pero Mohnen se puso muy pálido. Había contado con que se declararía no haber lugar al duelo, instándose a los dos a que se presentaran mutuas excusas. Cierto que no era más que una bala, pero podía dar.

Por la mañana temprano salieron en coche hacia el bosque de Kotten, todos de paisano, pero con bastante solemnidad, en siete coches: tres oficiales de húsares y el médico del regimiento; luego el doctor Mohnen y, con él, Wolf Gontram, dos estudiantes de la Saxonia y otro de la Guesphalia que debía hacer de juez de campo. También el médico doctor Peerenbohm, un veterano de la Corporación de los Palatinos, y además dos criados de la Corporación, dos asistentes y un sanitario a las órdenes del médico. También estaba presente el Excelentísimo señor ten Brinken, que había ofrecido al jefe de sus oficinas su asistencia como médico y había exhumado y hecho limpiar su viejo estuche de cirugía.

Dos horas anduvieron en aquella alegre mañana. El conde Geroldingen estaba de muy buen humor. El día antes, por la tarde, había recibido una cartita de Lendenich que contenía un trébol de cuatro hojas y un papelito con esta única palabra: «Mascota». Llevaba la carta en el bolsillo interior de su chaleco y le hada reír y soñar un feliz acontecimiento. Charlaba con sus camaradas divirtiéndose en aquel duelo de niños. Era el mejor tirador de pistola de la ciudad y declaraba estar encantado con la idea de arrancarle al doctor de un pistoletazo un botón de la bocamanga. Pero no se puede tener seguridad en estas cosas, sobre todo cuando se manejan pistolas ajenas; por eso prefería disparar al aire, pues habría sido una infamia hacerle al doctor ni siquiera un arañazo.

El doctor Mohnen, que iba en un mismo coche con el joven Gontram y con el consejero, no pronunciaba palabra. También él había recibido una carta que ostentaba los grandes y agudos rasgos de la escritura de la sefiorita ten Brinken y contenía una minúscula herradura de oro; pero ni siquiera había reparado en ella, murmurando algo así como: «¡Superstición pueril!» y arrojando la carta enseguida sobre su mesa. Tenía miedo, verdadero miedo, que se derramaba como agua sucia en la fogata de su amor. Se llamaba idiota, por haberse levantado tan temprano para ir al matadero. Constantemente luchaban en él el deseo de pedir perdón al comandante y salir así del paso con la vergüenza de tener que hacerlo ante el consejero y el joven Gontram, a los que tanto había hablado de sus hazafias. Adoptando un aspecto heroico, intentaba fumar un cigarrillo y parecer completamente indiferente a todo. Pero cuando los coches se detuvieron en la carretera junto al bosque y todos marcharon por el sendero que conducía al claro grande, estaba pálido como la cera.

Los médicos prepararon sus vendajes, el juez de campo hizo abrir las cajas de las pistolas y las cargó, pesando cuidadosamente la pólvora para que ambos tiros fueran iguales. Los padrinos sortearon los puestos de sus apadrinados.

El comandante contemplaba sonriendo aquella ceremonia que nadie tomaba en serio; pero el doctor Mohnen volvió la espalda y clavó la vista en el suelo. Luego el juez midió los veinte pasos, dando saltos enormes que hicieron torcer el gesto a los oficiales, que consideraban impropio que aquel señor convirtiera la cuestión en pura farsa sin tener en cuenta el decoro.

-¡Este claro va a ser demasiado pequeño! -le gritó el mayor von dem Osten burlonamente.

Pero el estudiante contestó con toda tranquilidad:

-Los señores pueden meterse en el bosque. Así es más seguro.

Los padrinos condujeron a los duelistas a sus puestos. El juez les instó nuevamente a que se reconciliaran, pero sin aguardar la respuesta prosiguió:

-Como por ambas partes se rechaza toda avenencia, ruego a los señores se atengan a mi señal.

Un profundo suspiro del doctor le interrumpió. A Mohnen le temblaban las rodillas, la pistola cayó de su mano; sus facciones estaban pálidas como un sudario.

-¡Un momento! -gritó el médico acercándose hasta él a grandes pasos.

El comandante, Gontram y los otros señores de la Saxonia le siguieron.

-¿Qué le pasa a usted? -preguntó el doctor Peerenbohm.

El doctor Mohnen no dio respuesta alguna y siguió mirando al frente, completamente descompuesto.

-¿Qué le pasa a usted, doctor? -repitió su padrino levantando la pistola del suelo y volviéndosela a poner en la mano.

Pero Mohnen, que tenía el aspecto de un ahogado, seguía callando.

Una sonrisa se deslizó por el ancho rostro del consejero, y acercándose al sajón le dijo al oído:

-Algo humano le acaba de pasar.

-¿Qué quiere usted decir? -preguntó éste, que no comprendió enseguida.

-Huela usted -murmuró el anciano.

El muchacho se echó a reír, pero ambos comprendieron lo serio de la situación, sacaron sus pañuelos y se los apretaron a las narices.

-¡lncontinentia alvi! -declaró el doctor Peerenbohm.

Sacó del bolsillo un frasquito, puso unas cuantas gotas de opio en un terrón de azúcar y se lo tendió al doctor:

-Tome usted, chúpelo. Reúna todas sus fuerzas. Verdaderamente un duelo así es una cosa terrible.

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