La mariposa de Obsidiana

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Siglo XV. Antes de morir, las víctimas sacrificadas en los templos aztecas veían, en su última imagen terrenal, la mariposa de obsidiana: un efecto del reflejo del sol contra el negro cuchillo de piedra con el que el sumo sacerdote les desgarraría el pecho para extraerles el corazón. Cuando se abriera la herida, esa mariposa mística elevaría las almas de los cautivos hasta los dioses solares, transformándolas en el espíritu de valerosos guerreros y en estrellas de la mañana.

Siglo XX. En la noche del 2 de enero de 1984, en el ámbito de una exposición sobre historia de la tortura, la policía española descubre el cadáver de una joven bailarina que ha sido salvajemente asesinada y desollada. El cuerpo aparecerá sobre un altar azteca: Entre las piezas de la muestra se echa en falta un antiguo cuchillo de obsidiana. A partir de ahí, se deduce que se ha cometido un crimen ritual. La subinspectora Martina de Santo, investigará el pasado de la stripper asesinada y consultará a los arqueólogos acerca de las ofrendas de los pueblos precolombinos. La investigación se complicará cuando, pocos días después, una segunda mujer -también joven y atractiva- aparezca sacrificada y desollada del mismo modo que la primera. Este es el segundo caso de De Santo, a la que conocimos en Los hermanos de la costa.

ANTICIPO:
La noche era fría y oscura. Nevaba sin parar. Entre los copos flotaba una neblina parda, suave y brillante como la piel de un felino.

En la falda de una colina arbolada, el Monte Orgaz, cuya ladera norte daba al océano, la subinspectora Martina de Santo, la única mujer adscrita al Grupo de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía de Bolscan, bajó de su coche, un Saab de color negro con los asientos de cuero y el salpicadero forrado de maderas nobles, y se arrebujó en su gabardina, asimismo negra.

Decidió dejar encendidos los faros, por si se extraviaba en la oscuridad. Buscó en la guantera una linterna, y encendió también un cigarrillo. El viento, que hacía rachear la nevada, dispersó el humo al salir de su boca.

Por un filo de piedras, la subinspectora evitó el enlodado prado. Ganó el lindero y fue orillando el bosque donde, de niña, solía jugar a policías y ladrones con las alumnas de Santa Ana. Pero esos juegos escolares se celebraban en primavera, a la luz del día, no en noches como aquélla, cuando el pulmón de la galerna, arremolinando la nieve y arrasando las copas de los árboles, imponía una cierta sensación de temor.

El haz de su lámpara jugó con las sombras de los robles, fomentando la impresión de que entre sus ramas se escondían seres vivos. Ojos amarillos, como la bruma, que la estarían vigilando desde un más allá plagado de amenazas.

Pero, ¿quién podía vagar a esas horas por la tenebrosa colina? La religión de Martina de Santo no admitía otros espíritus que sus propios demonios familiares, a los que mantenía a raya embebiéndose en su labor policial. A la subinspectora no le gustaba mirar dentro de su alma porque no siempre su espejo reflejaba la verdad. Prefería concentrarse en la realidad exterior. En aquel bosque fantasmagórico, animado… ¿de acechantes seres? No, sonrió Martina, no podía haber muertos vivientes en el Monte

Orgaz. La noche era inhóspita y el paisaje lo bastante espectral como para que ni siquiera las parejas más enceladas buscasen en su floresta amparo al amor clandestino.

Sólo unos locos, como aquellos sectarios Hermanos de la Costa con los que se había enfrentado en las semanas anteriores, discurrirían reunirse en un paraje así. Pero los

Hermanos estaban a buen recaudo.

Esa noche, la del 2 de enero de 1984, la subinspectora se sentía anímicamente vacía. El éxito de su última investigación criminal contrastaba con el desgraciado final de una historia importante en su vida.

Al salir de Jefatura, conduciendo bajo la persistente nieve, había renunciado a refugiarse en su casa. Pensando que a la intemperie ordenaría mejor sus ideas, se había desviado por el antiguo camino de acceso a la refinería, una calzada en desuso con un ramal de tierra destinado a los camiones que antaño tanqueaban en la planta.

Cerca de la orilla del mar, se había pilotado un puente nuevo que enlazaba con la autovía. Desde entonces, el tráfico pesado no precisaba ascender las rampas del Monte

Orgaz. Los tráilers abandonaban la autovía a la entrada misma de la planta de refino. La carretera que ascendía los escarpes de la colina apenas se empleaba ya. A mitad de monte, la primitiva pista de carga había quedado clausurada por una valla de alambre espinoso. Un rayo había calcinado uno de sus extremos, junto al que pendía una antigua señal: «Zona industrial. Prohibido el paso.»

Al llegar caminando hasta ese letrero, semioculto por la maleza, la subinspectora se sobresaltó. En medio del vendaval, había oído una especie de tos; volvió a tener la impresión de que alguien la observaba desde una fronda de encinas, oculto tras los montículos de nieve. Pero tan sólo era el graznido de una lechuza.

Martina atravesó la valla y comenzó a encaramarse sobre las resbaladizas piedras graníticas a las que su linterna arrancaba una textura láctea. Sintiendo la nieve en los ojos, y cómo la culata de su Star del nueve corto se le clavaba en la cadera, fue ascendiendo la pendiente, hacia la cumbre del monte fustigado por la tempestad.

En la cima del Monte Orgaz, a seiscientos metros sobre el nivel del mar, la violencia del viento le arrebató el sombrero y lo hizo rodar detrás de los riscos. Martina renunció a recuperar su borsalino, tragó una aspirina a palo seco porque el frío la estaba entumeciendo y usó su barra de cacao para suavizar sus cortados labios. Un relámpago rasgó el océano, iluminando los petroleros anclados en la rada a la espera de recibir la orden para verter su carga.

Las chimeneas de la refinería, que ocupaba el lecho del valle, hasta la playa, expulsaban lenguas de un fuego azulado que parecía sobrenatural. Nevaba con más intensidad.

También los días anteriores había nevado en Bolscan. En Nochevieja, cuando los copos empezaron a caer, la subinspectora estaba de servicio. No tenía con quién celebrar Año Nuevo y se había ofrecido voluntaria para hacer un favor a sus colegas de brigada, la mayoría de los cuales, contradiciendo la leyenda de tipos duros, mantenían familias o relaciones estables.

Aquella tarde, la de Nochevieja, Martina vio nevar desde la ventana de una sala de Homicidios tan silenciosa y vacía como no podía recordarla. Después, había errado por las calles, observando a la gente que se divertía en los bares. La estampa invernal de la ciudad le había recordado a su infancia. A sus padres, ambos fallecidos. A las remotas tardes de otros inviernos en que su padre, el embajador Máximo de Santo, la llevaba a la cordillera de La Clamor, en compañía de Leo, su hermano mayor, para perseguir rastros de visones y ardillas y modelar muñecos de nieve con una zanahoria por nariz, su clásica bufanda vieja y una escoba en el regazo de la blanca barriga.

Las laderas del Monte Orgaz estaban cubiertas de nieve. Como si aquélla fuera la puerta a un mundo futuro, la refinería punteaba un onírico palacio con torres de fuego, contenedores de hormigón y desnudas oficinas donde modernos hechiceros convertirían el crudo en calidad de vida. A veces, la planta de refino inspiraba a Martina la imagen de un gran barco varado en la hondonada, un transatlántico con las luces encendidas, pero condenado a permanecer anclado frente a la negrura del mar.

En ese instante, tras la cortina de nieve, se oyó el sonido de una piedra al caer al vacío. Martina alzó la vista. Como una lúgubre y amenazante aparición, vislumbró, encaramada a las rocas, una figura humana que parecía estar a punto de abalanzarse contra ella.

Su corazón se desbocó. La subinspectora desenfundó el arma.

—¡No se mueva! ¡No haga un solo movimiento o disparo!

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